"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




10 de Febrero, 2010


A Martha

Publicado en homenaje el 10 de Febrero, 2010, 23:51 por Saty

Tal vez sea

Una tonta forma de consuelo

Pensar que perduramos

En las palabras

                        Los gestos

                                         Los aromas

Especialmente

En las palabras.

 

Tal vez crea

Que somos privilegiados

Y nuestros sintagmas

provocan

                     Un guiño

                                    A la vida

Dejando un rastro

Para esquivar la muerte.

 

el imperdible de MARTHA CORSALINI

Publicado en Cuentos el 10 de Febrero, 2010, 18:56 por MScalona

  LA  BÚSQUEDA   -   

"…y quiero agradecer enormemente, en nombre de mi familia, la solidaridad que nos demostraron las muchísimas personas que, de una manera u otra, nos ayudaron a buscar a mi papá. Hago extensivo este agradecimiento a los bomberos voluntarios que colaboraron con la búsqueda. Gracias…gracias de todo corazón…"

El operador de la FM local, subía el volumen de la consola y lanzaba al aire descaradamente el "viejo, mi querido viejo". Era viernes. El sábado anterior había comenzado todo.

Cuando bajó el sol, la humedad del atardecer perfumó de jazmines el rincón en donde Alfredo tomaba mates. Como un picaflor goloso, tomó la bicicleta que estaba en el garaje y salió ávido por libar más. Supo que debía empujar el pedal izquierdo para darse el envión. Con actitud de autómata, pasó la otra pierna sobre el caño y comenzó el pedaleo.

          Encaró rumbo al río.

Una telaraña de calles y bocacalles le provocaron el primer desconcierto. Bajar los pies, esperar que pase ese auto, volver a pedalear, bajar los pies, la luz roja en verde… debe ser verde, volver a pedalear. El aroma de jazmines se perdía, pero aparecía el olor de los paraísos. También era dulce, pensó.

En el bolsillo del chaleco de lanilla, llevaba el buscador de astros redondo y plano de latón con las caras pulimentadas. Veía el grabado de las coordenadas horizontales de la esfera celeste; también veía el cenit, el horizonte, el ecuador, el azimut y los círculos de capricornio y cáncer. Confió en el instrumento, puesto que había nacido en julio, y esta coincidencia lo animaba.

La luna se empezó a asomar de a ratos, entre los árboles que abrazaban el camino de tierra al que había llegado. Sonaba, ahora, el concierto de esos bichitos, con los que tantas veces había jugado de niño. La música, la luna, el olor, y el instrumento…lo guiarían, pensó Alfredo, y se le ocurrió decir en voz alta, mientras avanzaba: "no todos los caminos conducen a Roma".

Inés y sus hijos, caminaron por el centro de la ciudad, por las calles de los barrios de las afueras. Ante la aparición de cualquier ciclista se les aceleraba el corazón. Se detenían en cada baldío gritando su nombre. Inés llevaba en su cartera blanca, las pastillas de las ocho, las de medianoche y en la petaca, el tabaco con la pipa. Vio una casa en construcción por la calle 25 de Diciembre. Tratando de mantenerse en equilibrio, para no caer entre la maraña de pastos secos que aún seguían creciendo altos y llenos de púas, Inés se tocó el estómago. Temió tropezar con los restos de escombros abandonados por los albañiles, esquivó las pequeñas alimañas que aprovechaban la noche para aparecer. Sintió asco al tocarlas accidentalmente con sus pies, sus cuerpos eran suaves, fríos, húmedos.

Hacía rato que las obsesiones lo venían persiguiendo, se dijo Inés. Podó el árbol, aquel, hasta dejar solo muñones en vez de ramas…en una continua ambición de cortar y cortar. Le ocultó entonces, la escalera y el serrucho. Cuidaba como a un niño, el auto Peugeot 404 bordó. Lo ponía en marcha, lo sacaba del garaje.  Cuando le desconectaron la batería, el sonido seco de no arranque, lo impulsaba a cargar bidones con nafta en la estación. Agregaba el combustible al tanque. Repetidas veces… el tanque rebalsaba.

En estas ocasiones, Alfredo retaba a su nieto Augusto, porque se le presentaba a caballo en la cocina. "No cambio el auto por el caballo" reía sarcástico Alfredo. Se tomaba el micro y escapaba a casa de su mamá. A Uranga. Ella sabría cuidarlo, consolarlo. Una vez en Uranga, tomaba el camino de arboledas entrelazadas, ese que parecía el túnel que  cruzó con su hija hacía treinta y ocho años, buscaba la casa baja, blanca, de puertas y ventanitas laterales de madera pintadas de marrón…pero no estaba. Se enojó con el otro hijo de Inés, cuando descargaron la arena para la construcción de la casa vecina, porque él, no iba a pagar lo que no necesitaba.

Ahora estaba otra vez en el camino-túnel.

En el preciso instante, en que la luna aparece en el horizonte, y tiene la misma longitud celeste con el sol…los caminos se encuentran. Lo sabía, porque lo había estudiado en Ciencias con la señorita Elena. Sacó la esfera del bolsillo nuevamente.

Todos los mapas contienen un sistema de coordenadas que facilitan la localización de puntos geográficos, y esta esfera, era como un mapa. Giró la araña adecuadamente y obtuvo en la lámina, las coordenadas del Lucero. Colgó de su dedo índice el instrumento y a través de dos pínulas, lo vio. Se bajó de la bicicleta, para evitar movimientos en el momento de tomar los datos.

Ahora había que calcular los meridianos y paralelos de acuerdo con el sistema babilónico de medición del tiempo y de los grados en donde un día es igual a veinticuatro horas y una revolución a trescientos sesenta grados. Una vez obtenidas estas dos cifras, encontraría el lugar: la casa de su mamá. Los meridianos van de polo a polo, recordaba en imagen casi fotográfica esa página del manual,  "meridiano: línea del mediodía". Había que medir hacia el este y el oeste.

"Los paralelos son círculos más pequeños que el Ecuador". El ángulo entre el Ecuador y el paralelo da la latitud. Él necesitaba ser exacto. Así que dividió el grado en sesenta minutos y el minuto en sesenta segundos. Lo inquietaba una laguna en la memoria ¿se podía calcular todo desde el Lucero…o debía ser la estrella Polar? Alfredo hizo un esfuerzo por visualizar aquella hoja de su libro de quinto grado… pero no recordó ese dato. El rocío de la noche, le humedeció la ropa y comenzó a sentir frío. Se acomodó debajo de uno de los árboles, apoyándose en su tronco y puso a resguardo también su bicicleta. Se adormecía de a ratos.

Se inauguraban esa noche, las instalaciones del Real, un club de la ciudad ubicado hacia el oeste, cerca de autopista. Muchos efectivos de la policía local, estaban asignados al control de la seguridad de ese evento. Cuando Inés fue a hacer la denuncia por la desaparición de su padre la atendió el único que quedaba en la seccional. Hasta más tarde no podría comenzar la búsqueda.

Inés volvió a su casa. Se recostó en la hamaca debajo de la parra y recordaba el diálogo que el día anterior había escuchado entre su padre y sus hijos. Estaban sentados en el zaguancito, pasaba caminando Carmela, la vecina.

-         Mirá qué culo, el de Carmela!

-         Eh, nono…¡qué boquita!

-         No, escuchame, así redondo, duro, poderoso… no cualquiera.

-         Jaja… mirá, mirá nomás que es gratis!.

-         No te creas: mirá nomás… eso fue mío. Más de una vez…

-         No me digas!...contá, contá

-         Suave como una piel de durazno. Una fruta, nene. Si hasta siento las cosquillas como en aquellos momentos.

-         Pfffff… mirálo al viejo! De calladito!

Inés, mientras escuchaba, recordaba aquél día en que bailando delante del televisor, había recibido un bofetón por provocadora. Una chica decente, no se mueve de ese modo. En su juventud, e inclusive hasta ahora, Inés disfrutaba bailando. No era discreta en sus movimientos. Más bien, espontánea. Se olvidaba del entorno. Se perdía con la música… no veía ni siquiera a su compañero. Bailaba con placer, desde pop, rock, hasta cumbias o pasodobles. No la había inhibido aquella actitud medio tiránica.

Cuando conoció a  Raúl…se vestía en casa de Teresa. Botas blancas hasta las rodillas, jardinero minishort, blusa de gasa transparente con motivos coloridos de pop art. Aros enormes, argollas plateadas, cadenas y pulseras que seducían con sus ruiditos metálicos cuando se movía al bailar. Desde allí salían hacia Vieja Posta, hasta las seis de la mañana. Luego, nuevamente a la casa de Teresa, descambiarse y vestirse para su padre.

Ya había estado con Raúl. Escuchar ahora, las confesiones de Alfredo, la llenaban de estupor.

Amaneció.

Augusto con sus hermanos, consiguieron dos vehículos para rastrear los caminos aledaños. Continuaba la búsqueda en su segundo día. Decidieron pedir ayuda en la sede del Comando: no podían actuar hasta recibir la orden policial. Algunas personas desconocidas, aportaban informaciones sobre ancianos en bicicleta en el lado sur de la ciudad, o camino al puerto. También en la banquina de autopista. Se movilizaban hasta estos lugares, pero…no era Alfredo. Pidieron ayuda a la Prefectura…ya se iban a ocupar. Pasarían los datos a San Nicolás y Rosario. Es todo lo que podían hacer.

Enrique, compañero de trabajo de Alfredo, avisó que el domingo al mediodía, lo había saludado mientras esperaba la luz verde de un semáforo cercano a su casa. Le extrañó su mirada "perdida y desenfocada", dijo, pero continuó su camino y no dio importancia. Otro que aportaba datos diariamente era "el cartonero de Las Ranas"…tocaba timbre, cuando Inés o Luciano, su hijo adolescente, salían a la vereda, él estaba con las piernas entreabiertas, manitos en los bolsillos delanteros del jean… y decía:

-         Hoy no hubo novedad. Recorrí el barrio de punta a punta… y por hoy nada.

Entonces, hacía un pequeño gesto con su mano derecha todavía dentro del bolsillo, y la ahuecaba esperando la propina por la información. Luciano le ponía unos pesos cada vez.  Cuando los pajaritos comenzaron a gorjear en el campo, Alfredo se despertó. Tenía la lengua pastosa…había dormido casi toda la noche. Tenía la certeza de la dirección. Siempre hacia el este. Por donde sale el sol. Estiró sus piernas, tomó su bicicleta, y sacó del bolsillo el instrumento.

Había un signo, con dos circulitos ubicados uno sobre el otro. Era un número, lo sabía. ¿Pero cuál? Y ¿cuánto era?. Este contratiempo, pensó, me va a dificultar el cálculo. Recitó en voz alta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve…. Y siguió hasta el ciento noventa y nueve. Ese signo con dos circulitos no aparecía. Se subió a la bicicleta y retomó la pedaleada del día anterior. El camino era ese. No importaba demasiado la cantidad. Una campesina, salió al encuentro abriendo la tranquera.

-         ¿Sabe por dónde está la casa de Catalina?

-         No conozco a ninguna Catalina. Por aquí no vive nadie con ese nombre.

      Vieja de mierda, pensó Alfredo. Ni siquiera sabe adónde está parada.

Y siguió andando. Se alejó con la sospecha de que quizás, la vieja, le quería robar la bicicleta. O el objeto que llevaba en el bolsillo. O esos papelitos con dibujos que llevaba escondidos en la ropa interior. Sabía que la gente hace cualquier cosa para tener algunos de esos. No se los iban a sacar tan fácil, pensó. Primero me tienen que desnudar.

                                                    *   *   *

-         ¿ Y cómo encuentran a las personas perdidas?

La mujer policía, que había acompañado a Inés y a sus hijos hasta la Comisaría local… sugirió que se cruzaran al bar hasta que se hiciera de día.

A las seis, llegó el intendente. El bar La Corte, estaba lleno de funcionarios que desayunaban antes de clickear las tarjetas de entrada al trabajo.

-         ¿ No será un caso de secuestro express?

A Inés le sonó a broma pesada. Lo miró fijamente:

-         No creo que los secuestradores sean tan boludos. No hay posibilidad de    pagar recompensa…. ¿por qué no le ordena a la gente de Defensa Civil que nos sugiera los pasos a seguir en la búsqueda?...

-         Eso lo he hablado. Deben organizarse, pensarlo…vio?

-         O sea… gracias.

No se podía hacer nada.

Juan, el intendente, había sido compañero de trabajo de Alfredo y Enrique

en la época en que los tres, tomaban el ómnibus en la garita de la Plaza 9 de Julio y hasta a veces, un cafecito en el bar de la sede del club Unión, para ir a Metcon. Eran obreros metalúrgicos de la sección de fundición. Ellos veían como ventajoso el hecho de trabajar con calorías, porque los beneficiaba una jubilación temprana. Se habían hecho amigos, conversaban sobre las muñecas y pelotas,  las sidras que tiraban desde el tren en la Estación Arroyo Seco, a tres cuadras del bar en el que ahora estaban sentados Juan, Inés, sus hijos y la mujer policía.

Juan guardaba en su ropero, esa versión de "La Razón de mi vida", en donde la foto de la Señora era impecable. Su primer amor. De eso solían discutir con Alfredo,  sobre la ausencia de mujeres líderes después de ella y que ésta nueva compañera del general…no le llegaba ni a los talones. Ahora, Juan era intendente por tercer período, representando a ese mismo partido. Se había jubilado a los cuarenta y cinco, en fábrica, y desde entonces, nunca salió del Palacio de las Palmeras. Se parecía en eso, al general…

La vida política, lo había cambiado un poco. Había aprendido a hablar con las eses, a usar la palabra "nocivo" de modo correcto, y que a las monjas no se les dice "señora"… y no se las besa… Ahora trataba de calmar a Inés… sin demasiados argumentos.

-         Tengo las manos atadas…

Le había confesado.

-         Hasta que no lleguemos a las cuarenta y ocho horas… no podemos hacer nada.

Las cuarenta y ocho horas, habían pasado hacía un día…pero Juan, no acertaba estrategias de búsqueda.

-         A veces pasan por algún puesto policíaco, se les pide documentos y…los encuentran.

-         No llevaba los documentos encima.

-         O denuncian a un desconocido que ronda determinado lugar…

-         Si. Comprendo- dijo Inés- El problema en él, es la memoria…

Mientras conversaban, Pato, el bombero voluntario de la cuadra, se aproximó a la mesa y  sugirió:

-         Si nos hacen copias con la fotografía de Alfredo, podemos distribuir en cada rincón de la zona su imagen… denunciándolo como desaparecido.

-         Ya organizo la impresión. Voy de Marcos y le pido copias, ¿cuántas? -dijo Augusto-

-         Mil copias, pibe. Hacete mil, que nosotros nos encargamos.

-         Y hago otras quinientas para repartir nosotros…

-         Buena idea – acotó Juan- busquen una foto en la que esté bien… cosa que la gente se comprometa.

-         Últimamente, siempre estaba mal… si vamos al caso. Hay que encontrarlo antes que padezca la falta de medicamentos.

-         Ustedes piensen, que salir a buscarlo, significa mover patrulleros, destinar efectivos, un gasto que desde la municipalidad no podemos afrontar. Y la policía… bueh… la policía no tiene un centavo.., y menos combustible.

Inés se quedó pensando, si no le estaban pidiendo eso que a veces se nombra como "colaboración voluntaria"… como el cartonero de Las Ranas. Pero su cabeza estaba ya rumbo a su casa, a la mesa de luz de María, pensando cuál de las fotos era la más adecuada. Canal Tres y Canal Cinco de Rosario, rechazaron el pedido telefónico de pasar la foto por la tele… era requisito imprescindible la orden desde la comisaría. Y la orden… no llegaba.

La gente del pueblo, que tenía caballos…comenzó a organizar para el día siguiente, un rastrillaje…desde Arroyo Seco…hasta Fighiera. Tomarían el camino que va hasta el río y partirían hacia el sur… Se agregarían, después se supo, los amigos de Augusto y sus hermanos en bicicletas, y hombres de a pie.  Las ruedas se frenaban entre los surcos de soja. Alfredo se había salido del camino. Tenía los pies hinchados, y le latía la sien…el sol de mediodía golpeaba duro a través de las ropas sucias. No llevaba su gorra con visera. Nunca la usaba cuando no salía de caza. Tampoco llevaba el arma, ni la cantimplora con agua fresca, ni los bocaditos de manzanas que le hacía María, cada vez que encaraba la aventura.

Así que, pensó Alfredo, suerte que ya estoy cerca de la casa de mi vieja.

Y comenzó a ver, muy lejos, la arboleda de plátanos que la rodeaban. Apresuró la pedaleada y las chicharras lo distrajeron un rato. Entre los surcos zigzagueaban, de vez en cuando, culebras marrones y verdes y algún perro ladraba distante. Se bajó de la bicicleta la apoyó cuidadosamente debajo del paraíso y se sentó en el canal de Savoca, que lleva hasta el río, la sobrecarga de agua de los campos.

Se pasó la tarde, estudiando las mudas de las chicharras, color cobre algunas, y doradas otras…con las patas aún en forma de garra, pero vacías...con los vientres ranurados, las alas como nervaduras de las hojas que estaban al lado de su pié izquierdo. Esas hojas, tenían unos pelos. Alfredo las acarició y un líquido irritante lo llenó de granos. No las volvió a tocar.  Al costado de las hojas, unos bichos chiquitos y negros, venían en fila, se subían por su pié y parecía gustarles la oscuridad que seguramente habría dentro de sus pantalones.

El agua del canal, corría con fuerza. Arrastraba hojas, animales muertos, bolsas de nylon cerradas y llenas de algo. Era turbia,  marrón y apestaba. El olor, al principio, le molestó… después se le antojaba parecido al aroma de la cocina de su madre en las épocas de carneadas. Se cocinaban los cueritos de cerdo para hacer el queso, la sangre para las morcillas, y la grasa reducida a chicharrón.

En todo eso pensaba, cuando el cielo se oscureció por la invasión de millares de aves pequeñitas y negras, que se reunían en las barrancas, más adelante… y se tiraban en picada libre hacia abajo. Hacían un gran bullicio con el aleteo… las miraba pasar…parecían haber encontrado el lugar exacto para descansar… ahora que el cielo empezaba a mostrar las primeras estrellas… otra vez. Todas iban en la misma dirección, que él ya había descubierto como la indicada. Si eran golondrinas…estarían reuniéndose en la arboleda del campo de su madre.

Se acurrucó usando el declive del terreno como almohada. Esa noche soñó que finalmente llegaba. Que comía chicharrones con pan y tomaba su tazón de leche recién ordeñada. Tomaba hasta hartarse. Hasta que la panza le dolía. Se tenía que aflojar el cinturón. Su mamá le acariciaba la cabeza, y le aconsejaba un corte de pelo. Las alpargatas nuevas junto al catre con su cuaderno… el sulky con el "Malacara" y el apero listo. Era un nuevo día… hoy la señorita Elena, les iba a contar más sobre el astrolabio y los navegantes de Colón.

Los jinetes ya habían pasado cuatro veces siguiendo la línea prolija de los surcos de zapallos. Estaban en la quinta de Susana. Le estropeaban los plantines de hierbas aromáticas y las plantaciones de portulacas que preparaba para vender en la temporada.

Mientras unos iban, otros venían, se enfrentaban esquivándose, y el cruce hacía más efectiva la búsqueda. No quedaba terrón de tierra sin ser explorado.  A la casa de Inés, llegó un oficial del Comando Radioeléctrico, diciéndole que sus efectivos estaban a total disposición. Inés debió firmar la conformidad en un papel en donde quedaba claramente expresa la hora y el día. La amiga de Gabriela, la hija mayor de Inés, partió en bicicleta hacia el cementerio. No vaya a ser, pensó…

El camino que lleva al San Roque, es también muy arbolado. Tiene tipas y olmos que, se entrelazan. Las golondrinas, lo eligen para reunirse, todos los veranos, antes de partir hacia Capistrano. Hay, a su izquierda, un canal profundo, con pastos verdes tiernos… y la sombra es tupida… un techo. Protege del sol, del viento, del brillo de la luna, de los murciélagos. El declive es pronunciado, se diría que es una cama mullida.

Allí lo encontró la chica. Recostado y frío. En el dedo índice tenía el reloj de bolsillo que le había regalado su padre cuando cumplió veintiuno. Estaba detenido en las "ocho". Su bici acomodada, recostada, como él, debajo de un paraíso…el único que se mezclaba con los otros árboles. Sólo

un paraíso entre las filas de tipas y olmos.

-         Gabriela! Aquí hay alguien!

Se acercaron los buscadores,  los que venían de a pie, a caballo, en bicicletas. También los hermanos de Gabriela.  Le avisaron a Inés, con una llamada a su celular. Llegaron los reporteros con sus cámaras, filmaron sin censura, lo que después se vio en canal seis.  Las ropas estaban desgarradas, sucias de barro, los anteojos a unos cuantos metros entre los surcos.

Desde allí se leía el bajorrelieve de la pared frontal del cementerio San Roque:

                  "Requiem in pace".

                                                              Martha  Corsalini

Este cuento fue elegido 3º en el concurso de cuentos de 1º año 2008, en marzo del año pasado.   Les recomiendo que lo impriman y lo lean con mucha atención, es un cuento modelo en cuanto al género (estilo, técnica, recursos),  pero lo más notable que tiene, es su lirismo, delicado y profundo, un gran principio de incertidumbre, donde todo el tiempo parece que vamos al cliché sensiblero, y sin embargo, todo el tiempo lo elude.  Te lleva hasta allí, a las puertas, y te saca, y encima te va corriendo cada vez más allá de lo obvio. Y como sucede en el gran cuento clásico, el final es sorpresa pero temido, presentido, anticipado levemente.  Y todo impregnado de una marca muy nuestra del taller:  el suave desaliento.  CHAPÓ  MARTHA

DISCULPAS AL PÚBLICO LECTOR porque hoy durante unas horas  retiramos este cuento de la página. Es que lo habíamos posteado desde el Mozilla y aparecían unos jeroglíficos horriblemente billgateanos. 

La Tarde

Publicado en relatos el 10 de Febrero, 2010, 11:56 por PCastro

                   

          

     


            La tarde se consume con la lluvia que en sus gotas arrastra la inmundicia de nueve días. Los chicos descalzos piden monedas a los automovilistas en el semáforo de calle Pueyrredón. El viento del este trae un olor acre a hollín y río, pero en los autos no se siente más que el perfume siliconado de los pinitos con los colores de Estados Unidos de América. El palomar está colmado, las aves hacen ruidos graves y se turnan para tomar agua, comer y danzar moviendo el cogote hacia atrás y adelante. Contra los cordones no hay autos estacionados, se arremolinan en pequeños ríos hojas de distintos árboles en su viaje loco hacia las bocas de tormenta. Las plantas del jardín francés cobran nueva vida y los colores deslumbran. El plomo del aire se puede palpar y moja la quietud del reverberar del pasto. Va oscureciendo y aparece un carro al que siguen dos perros flacos. Los chicos del semáforo se acercan corriendo y antes que se detenga se van subiendo por el estribo del costado izquierdo. Se tapan con un nylon con la leyenda “otro país es posible – lista 67” entre cartones y botellas. Uno de los perros se detiene cerca de la boca de tormenta, hay un pájaro herido y lo mata de un mordiscón. Cuando se dispone a comerlo el otro perro le gruñe, se muerden y el cadáver del pájaro es tragado por la boca de tormenta. Entonces miran el carro que se aleja y trotan para alcanzarlo.

 

 

 

 

Pablo Castro

 



  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-