"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Febrero, 2010


Murió MARTHA CORSALINI

Publicado en homenaje el 4 de Febrero, 2010, 20:15 por MScalona


EL PELIGRO DE LAS PALABRAS

 

 

                                                


 

     Debía ir a su casa para despertar a su hijo por lo urgente del trámite. Lo llamó varias veces con el celular pero no contestaba, sólo se oía la voz impersonal avisándole que el abonado no estaba disponible.

Salió del trabajo con el tácito permiso de su superior inmediato. Para hacer más rápido y por la generosidad de una de sus compañeras, se montó en la bicicleta y se alejó por el camino más corto. Quería regresar pronto.

     Entre pedaleo y pedaleo se sentía feliz de recibir el aire fresco en su rostro y de que echara hacia atrás su cabello sin importarle que enmarañara los rulos apretados y descoloridos.

       A pesar del tiempo desde que no usaba una bicicleta se alegró de poder hacerlo con seguridad y soltura. Llegó a su casa, encontró a su hija ya levantada y con el celular apagado. Le repitió las recomendaciones necesarias para que el papeleo se realizara en forma correcta. Temía que el Dr. Terraza, un abogado joven de la ciudad, pudiera encontrar algún detalle que los comprometiera legalmente. Este afamado doctorcito, el terror de la ciudad, se encargaba de resolver casos raros, que llevaba a juicios y que, con métodos poco ortodoxos, le dejaban grandes ganancias mientras que a sus clientes los arreglaba con pequeñas tajadas.

Después de recordarle otra vez las precauciones, se puso en marcha para regresar al trabajo. En la esquina dudó un instante entre seguir o no de contramano. Al fin se decidió por hacerlo, aunque no por la calle principal donde el tráfico era de alta velocidad.

Iba despacio y casi pegada al cordón. El chirriar de la cadena junto al golpeteo del guardabarros flojo producían un ritmo semejante al de una canción infantil que recordó y comenzó a tararear despreocupada.

Al llegar a la mitad de cuadra vio un camión estacionado al que el dueño le estaba colocando la lona para tapar la carga, como hacen siempre cuando se preparan para salir de viaje. La estiraba con una caña india en cuyo extremo superior le habían hecho un corte en forma de gancho como una V corta, y al inferior lo habían  transformado prácticamente en una punta de lanza.

Sin abrirse demasiado, solo lo suficiente para esquivar al camionero -que de espaldas seguía con su trabajo-, vio como la caña le quedaba enganchada en el borde de la lona y dando un tirón seco hacia abajo trató de zafarla.

En ese preciso instante  ella pasaba junto a él. La caña, que se le antojaba como un gran palo, golpeó su muslo derecho, resbaló y siguió hacia la otra pierna donde detuvo su curso al chocar con el fémur a la altura de la arteria femoral. El dolor tan intenso sumado a la sorpresa del golpe hizo que mientras se quejaba con voz apenas audible por la falta de aire, transpirara copiosamente.

La fuerza con que el camionero desprendió la lona, la envió sin control hacia el otro cordón frenando así la marcha. Se bajó de la bicicleta en cámara lenta. Sentía que ese dolor agudo comenzaba a extenderse por todo el cuerpo, por cada uno de sus órganos, estrujándole el estómago hasta las náuseas, subiéndole por las sienes y la nuca hasta sentir que se desmayaba.

Comenzó a inspirar por la nariz y largar el aire por la boca. Evitó así vomitar y superar el mareo. El camionero se le acercó sorprendido y la miraba abriendo sus ojos azules escondidos tras una abultada nariz ganchuda que le daba aspecto de pajarraco.

-         ¿Qué le hice? ¿Qué le paso?

-         Nada…  nada, estoy bien –mintió.

-         ¡Cómo no la vi! ¿Dónde le pegué?

-         Aquí, aquí. – dijo señalando la zona inguinal donde la pollera rasgada daba muestras de lo ocurrido.

-         ¡Qué desastre! A ver…

-         No se desespere- dijo con voz desfalleciente- La culpa es mía, yo iba en contramano.

       Trataba así de tranquilizarlo pues parecía un accidente preparado como esos de los que se ocupaba el Dr. Terraza.

-         ¡No, no! Yo debía haber mirado. Pero ¿dónde le di?

-        

Su timidez le impedía levantarse la pollera para mostrarle.

         Al darse cuenta, el camionero fue en busca de su esposa.

Aprovechó ese momento para subirse otra vez a la bicicleta, pero al levantar la pierna venciendo al dolor, sintió que algo cálido y pegajoso le corría por el muslo. Dedujo que era sangre. Debía tener un tajo, pero ¿de qué tamaño? Aún no había podido fijarse. Decidió volver a su casa en el momento en que la mujer llegaba a la carrera tomándose la cabeza con ambas manos.

-         ¿Qué pasó? ¿Se siente bien? ¿Quiere que llame a una ambulancia?

-         No, no se haga problemas. Me voy a mi casa y yo llamo a la emergencia. Mi hijo trabaja allí.

            Y caminando con dificultad regresó con la bicicleta a la rastra. Entró, se levantó la pollera y vio como un surco de sangre rojo oscuro le llegaba hasta la rodilla partiendo de una herida de labios abultados que parecían sonreírle con malicia.

           Despertó a su hija. Su celular había quedado sobre el escritorio.

-         Por favor llamá a Leandro  que venga rápido. Un tipo, un reverendo hijo de mil putas, me dio con un palo y me parece que me tienen que coser.

-         Sí, ya lo llamo. Pero ¿por qué te pegó? ¿Cómo fue?

-         Si te cuento, si lo cuento, nadie me lo va a creer. ¡Sólo a mí me pasan estas cosas! Después te digo. Ahora dejame que me duele mucho; y avisá en el trabajo.

           A los 10 minutos llegó la ambulancia con un médico y dos enfermeros. Su hijo no estaba entre ellos, había tenido que hacer un traslado. Sentada junto a la mesa la auscultaron, le limpiaron la herida, la vendaron y le dijeron que debía ser suturada. Como vieron que casi no tenía color en las mejillas y apretaba los dientes soportando el dolor, le dieron un calmante oral.

-         Con esto no vas a sentir nada, es un calmante como para caballos pero tómalo tranquila. Ahora nos tenemos que ir a ver a otro paciente. Dentro de unos minutos volvemos y la llevamos a coser ¿de qué médico prefiere ir?

-         Del Dr. Alberto –murmuró mientras le empujaban con suavidad la cabeza entre las piernas para evitar que se desmayara.

Al ratito llegó su hijo mayor asustado.

-         ¿Qué te pasó? Estaba sentado en un bar después de terminar todo el papeleo, y cuando me vieron los enfermeros me dijeron a los gritos, que un tipo te dio con un palo. ¿Te tienen que coser?

            Detrás de él, y completando el cuadro familiar, entró apurado Leandro con los enfermeros que venían a buscarla.

-         ¡Vieja! ¿Quién te dio con un palo? ¿Cómo fue?

-         Fue realmente de película, si te lo digo no me vas a creer.

-         ¿A ver? ¡Uh, pero qué cagada! Vamos, vamos ya de Alberto.

En el trayecto le contó.

-         ¡Uh, parece que fuera un caso como los de Terraza!

En el barrio, en el bar, en el trabajo todos comentaban lo sucedido. Cada uno cambiaba el tono o le agregaba algo de su propia cosecha. Todo se iba haciendo cada vez más grande y más grave hasta que alguien nombró al Dr. Terraza y otros se encargaron de que llegara a oídos del camionero.

-         Si esta mujer habla, el cuervo te hace un buraco…

-         Pero si ella iba en contramano.

-         Sí, y vos no tenías que hacer eso en la calle. Rogá que no abra la boca, que si no…

              El camionero comenzó a desesperarse. Si la mujer hablaba, si se iba del abogado ese, perdería todo: su casa recién estrenada, el camión nuevo, todo comprado con sus únicos ahorros. ¡Qué desastre que podrían hacerle! Cuanto más lo pensaba, más se enloquecía buscando una solución para parar este embrollo.

              De la silla de ruedas la pasaron a la camilla. El Dr. Alberto comenzó a suturarla mientras la escuchaba atento aunque ya le habían comentado lo disparatado de este accidente. Es que ella necesitaba decirlo, ponerlo en palabras, escucharse a sí misma contarlo para poder creerlo. A ella también le parecía una mentira.

              Como el médico notó su gran nerviosismo, además de la anestesia local le dio un tranquilizante sublingual. Este relajante, más el que le habían hecho tomar los enfermeros, más todo por lo que pasó: sorpresa, susto, dolor, ansiedad (al saberse ahora protegida y segura), hizo que comenzara a aflojarse, a tener necesidad de dormir.

               Sus párpados parecían tener decisión propia y no dejaban de intentar cerrarse a pesar del esfuerzo que hacía para mantenerlos abiertos. No podía entender bien lo que Alberto le decía, y, cuando lograba descifrarlo, sólo podía articular algunos monosílabos para responderle. ¡Justo ella que no paraba nunca de hablar!

                Ya se dejaba atrapar por esa nebulosa que la envolvía cuando logró distinguir al doctor que salía de la habitación diciéndole que sólo le faltaba recetarle un refuerzo de la antitetánica, y que descansara un rato mientras volvían los de la emergencia.

               Así intentó hacerlo, cuando con los ojos entrecerrados pudo ver que por la otra puerta entraba un enfermero con un guardapolvo blanco medio ajustado, corto de mangas, que realmente le quedaba chico. Esbozó una sonrisa, se notaba que para él debía ser, por lo menos, un talle más grande. Seguro que no le pertenecía.

                 También notó que se le acercaba con una jeringa en la mano. Sus neuronas, aunque medio perezosas, lograron captar algo que la angustió. No entendía por qué. Trató otra vez de enfocar la mirada, ahora en la cara de ese hombre que se le arrimaba para inyectarla. Esa cara, eso ojos azules y fríos, esa nariz abultada, ¿cuándo y dónde los había visto? ¿por qué le producían este miedo sordo y profundo? No podía encontrar las respuestas aunque buscara, revolviera en su mente.

                    Trató de decirle que ya el doctor había terminado, pero no llegaron a materializarse las ideas en palabras, y, antes de hundirse desesperada en ese sueño intenso que había ganado la batalla, sintió como la punta fría de una aguja se apoyaba en su boca y pinchaba sus labios.

                         Primero el superior y luego de empujar con firmeza la barbilla hacia arriba para poder cerrarlo, le clavaba el inferior. Sintió como se deslizaba el hilo lacerando la carne y sin poder moverse, como se tensaba y anudaba con tirones rápidos. Y lo sintió en cada puntada que le daba, una, dos, tres veces más; mientras lágrimas de dolor, estupor y resignación corrían por sus mejillas junto con gruesas gotas de sudor hasta humedecer la camilla.

                          Y sintió también como sus suspiros finales se escapaban por los huecos que dejaron cada una de esas desparejas puntadas, en su fallido intento por abrir la boca por última vez.

 

 

 

                                                                        Martha I. Corsalini.

 

  

 

 


morocuLTos, lastuesday

Publicado en General el 4 de Febrero, 2010, 13:05 por MScalona
Deep Inside 004 by you.

Francisco  Kuba

http://algunosescritos.wordpress.com/


Treinta y uno a la noche. Fiesta. Veinticinco cuerpos saltan en un seis por cuatro, suena a decibeles inadmisibles un continium de minimal tecno. El año nuevo puja por salir y la gente se choca a un ritmo descarnadamente sexual. Nadie quiere saber nada con el año viejo. Yo, creo entender, en un ataque de supuesta lucidez, que vivimos de sembrarle promesas al futuro. Por suerte afuera la tormenta confunde las cosas, las desarma. No me gusta el sentido, a veces escucho lo que pienso y me doy asco. Ezequiel dice que se muere de a poquito, y se encoje mientras lo repite. Andrés dice que la pasemos lindo y se despide con una sonrisa, la misma que tiene pegada desde que ella acepto acompañarlo de vacaciones. Hasta ahí, me acuerdo. Después, me dijeron que seguí bailando, que traté mal a un tipo, pero que no pasó nada. Tengo flashes. Ella nunca vino. Me acuerdo de que alguien escribió en el vidrio: Yo quiero ser estrella como la chiqui.

del martes pasado en OCULTOS

Publicado en General el 4 de Febrero, 2010, 12:38 por MScalona
Deep Inside 002 by you.
Gabriel  Bortnik

Singularidades  -http://conngo.blogspot.com


                      


Las narraciones primeras explicitan el carácter único de cada evento en el Conngo. En estas tierras no hay siguiera uno para el dos, y mucho menos cada dos habrá tres.
Lo que sucede es único, sui generis. Jamás será el primero de una cadena de otros símiles con los cuales compararse luego. Cada pestañear es análogo a sí mismo.
De esto concluimos que el Conngo exagera cuando se juzga existente en tiempo y espacio. No podría sostenerse siendo algo aquello que nunca fue más que fugaz.
Algunos flashes eventuales, sin embargo, son recordados como más incógnitos que otros.
Citaremos algunos:
  • Un lunes amaneció domingo.
  • La boca que murió por un pez.
  • Aquel árbol que se mudó a los suburbios.
  • El Conngoccino con sabor a miel.
  • Los versos del poeta conngues que nublaron la vista
  • Descripción del Conngo que escupió en la cara.
  • La singularidad que se pretendió constante.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-