"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Enero del 2010


más novedades editoriales...

Publicado en General el 31 de Enero, 2010, 22:07 por MScalona


LA EDITORIAL CORDOBESA  "RAÍZ DE DOS" está preparando

una Antología de Narrativa titulada DOS CIUDADES

,Córdoba-Rosario, con textos de autores de los

dos lugares, a presentarse en Rosario en abril del

corriente: 

Sergio Gaiteri ; Reyna Carranza ; Cristina Loza ;

Federico Falco ; Daila Prado ; Jorge Cuadrado ;

Reynaldo Siettecase ; Osvaldo Aguirre ; Cecilia Muruaga ;

Angélica Gorodischer ; Rafael Ielpi ; Marcelo Scalona 

y Delia Crochet .-

Scalona = Homo Sapiens

Publicado en General el 31 de Enero, 2010, 21:59 por MScalona

Un panorama diverso y renovado

                                        

                             

El panorama de la narrativa y poesía santafesina tendrá nuevos títulos en 2010. Editorial Ciudad Gótica anuncia colecciones de poesía, narrativa, ensayo y poesía joven y tendrá su apuesta máxima con la Obra reunida, de Jorge Isaías, en tres tomos de 350 páginas, con la versión completa de Crónica gringa. El libro aparecerá junto a una muestra homenaje al escritor, al cumplirse 40 años de la publicación de su primer libro, La búsqueda incesante (1970).

Ediciones Diatriba, en Santo Tomé, tiene preparado La manguera, poemas de Cecilia Moscovich, y proyecta una selección de textos del blog de Rocha (www.rochaestaloca.blogspot.com) y la reedición de Resiste, volumen que reúne tres libros del poeta sanjustino D. J. Buenmozo. A su vez, Ediciones UNL publicará Panorama de poesía de jóvenes santafesinos, compilado por María Angélica Hechim.

La rosarina Papeles de Boulevard anuncia tres libros de poemas: Visiones fugitivas, de Ana María Cué, Oficio mudo, de Alicia Acquaviva, y Blues de escena, de Virginia Gazze. "Estamos trabajando sobre futuras ediciones de otros autores y considerando otros proyectos que daremos a conocer en el transcurso de este año", dicen los editores.

Homo Sapiens presentará la colección "Rosario, Ciudad y Orilla", dedicada a la narrativa local, con dirección de Marcelo Scalona. Estuve, de Miguel Sedoff, será el primer título.

A su vez, Fundación Ross continuará la colección Semillas de Eva, que dirige Gloria Lenardón, con Tres relatos y un infortunio de Lourdes Vázquez y la antología Cuando narradoras latinoamericanas narran en Estados Unidos, en dos volúmenes.

Este año se presentará una nueva editorial en Rosario, dirigida por Beatriz López, con asesoramiento de Gloria Lenardón y Marta Ortiz en el área de literaria. El plan prevé publicar textos de literatura, política, historia y sociología. En abril se presentará la colección Narrativas contemporáneas.


a teru...

Publicado en Nuestra Letra. el 31 de Enero, 2010, 12:37 por Gonza!

Busco, inspiración. Ese golpe suave en el cuerpo que duela tal cual mil catapultas apuntadas al pecho. Ganas esas de tomar del cuello al arte, destruir las formas, los conceptos. Necesito de ese temblor del suelo, de esa magia grisácea que me lleve al otro lado, a ese país de espumas blancas donde las letras brotan, y el camino es claro, y la duda amiga, aliada. Me he perdido yo mismo esperando esa noticia que llegue, el anunciar, la promesa de que pronto acometerá el milagro, el alerta, esa tormenta inculta que se porfía.

Y el tiempo nos muere de a uno los pasos, el avance me es lento y te busco en esta lluvia de verano, pido a gritos el estallido irrumpa, y avanzo solo, empapado en esta rítmica verticalidad que arrolla,  y sean musas, pido, las que broten como gotas, se fundan, (el camino es tan largo), los pasos: tan muertos están todos, busco, inspiración que demuela mis piernas, y derrita mis letras, y me encuentre en esa zona ambigua de formas, de rastros donde al fin me enfrento a mi mismo, y soy yo de nuevo, tan torpe vagando, en esta lluvia que aprieta, y azota, y afirma, y ya no duele.

del último Joaquinito...

Publicado en Mis canciones el 30 de Enero, 2010, 12:56 por MScalona

LA VIUDITA DE CLICQUOT

A los quince los cuerdos de atar me cortaron las alas
A los veinte escapé por las malas del pie del altar
A los treinta fui de armas tomar sin chaleco antibalas
Londres fue Montparnasse sin gabachos, Atocha con mar

A los cuarenta y diez naufragué en un Plus Ultra sin faro,
Mi caballo volvió sólo a casa. ¿Qué fue de John Wayne?
Me pasé de la raya con tal de pasar por el aro,
Con sesenta qué importa la talla de mis Calvin Klein

Nunca supe templar la guitarra que embrida mi potro,
Cuando el dealer me dijo que si, no le dije que no,
La hormiguita murió, la cigarra se casó con otro,
Yo aposté por las fichas caídas de tu dominó

Allons enfants de la patrie,
Maldito mayo de París.
Vendí en Portobello los clavos de mi cruz,
Brindé con el diablo a su salud

Se llamaba Rebeca la gringa que empató conmigo,
Me sacaba la lengua en lugar de enseñarme a besar
Me compró una tormenta después de robarme el abrigo,
Con la espalda mojada no hay nada peor que soñar

Negocié tablas al ajedrez: tu alfil por mis peones,
Abrevé en los pezones con sal de la mujer de Lot,
Antes que tiñera noviembre mis habitaciones,
Descorché otra botella con la viudita de Clicquot.

Allons enfants de la patrie,
Maldito mayo de París
Vendí en Portobello los calvos de mi cruz,
Brindé con el diablo a su salud

Allons enfants de la patrie
Maldito mayo de París
Vendí en Portobello los clavos de mi cruz,
Brindé con el diablo a su salud

Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga…

                                         

                         

http://www.youtube.com/watch?v=q7-I0o8LMsE

                         

                   

         

Joaquín Sabina, de su último disco VINAGRE Y ROSAS

 el 17 de febrero se presenta en el Estadio de ÑULS

el martes, un equipo SWAT...

Publicado en Sugerencias. el 30 de Enero, 2010, 12:47 por MScalona

plus Salinger

Publicado en De Otros. el 29 de Enero, 2010, 9:22 por MScalona


                                                  
                              

                 
" Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el "hombre que ríe" había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el "hombre que ríe" respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del "hombre que ríe" sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general-siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el "hombre que ríe" se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. "
                    

            

Jerome David Salinger,  EL HOMBRE QUE RÍE, fragm

more SALINGER

Publicado en De Otros. el 28 de Enero, 2010, 20:29 por MScalona


                                       

" Era un taxi viejísimo que olía como si alguien hubiera acabado de vomitar dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún lado de noche. Pero más deprimente todavía era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer abrazados por la cintura, o una pandilla de tipos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia, y hace que uno se sienta aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe. Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.
-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park ?
-¿ Qué ?
-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿ Sabe, no?
-Sí. ¿ Qué pasa con ese lago ?
-¿ Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí ? Sobre todo en primavera. ¿ Sabe usted por casualidad dónde van en invierno ?
-Adónde va , quién ?
-Los patos. ¿ Lo sabe usted, por casualidad? ¿ Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen ?
El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.
-¿ Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez ?
-Bueno, no se enoje por eso.
-¿ Quién se enoja ? Nadie se enoja.
Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:
-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven.
"




The Catcher on the rye    (El Guardián en el centeno)  p. 73, Ed Alianza

por fin se supo...

Publicado en General el 28 de Enero, 2010, 17:14 por MScalona


Murió J.D. Salinger,

uno de los más grandes escritores estadounidenses

16:13|Tenía 91 años y desde hace medio siglo vivía recluido en una

cabaña en New Hampshire, nordeste de EE.UU. Su emblemática obra

"El guardián entre el centeno" es un clásico de la literatura moderna.

Salinger y su mujer, en una de sus pocas apariciones públicas
El escritor estadounidense Jerome David Salinger, falleció hoy a los 91 años de edad
por causas naturales, según publicó el diario The New York Times,
a través de un comunicado del propio hijo del autor.
        
        

siempre recomendamos EL GUARDIÁN EN EL CENTENO
como libro iniciático, para escritores o lectores de vocación:
una delicia... la vida de Holden Caulfield y su hermanita Phoebe...

TRILCE 58 - more César (morcísar)

Publicado en De Otros. el 27 de Enero, 2010, 13:36 por MScalona

                                


En la celda, en lo sólido, también

se acurrucan los rincones.


Arreglo los desnudos que se ajan,

se doblan, se harapan.


Apéome del caballo jadeante, bufando

líneas de bofetadas y de horizontes;

espumoso pie contra tres cascos.

Y le ayudo: Anda, animal!


Se tomaría menos, siempre menos, de lo

que me tocase erogar,

en la celda, en lo líquido.


El compañero de prisión comía el trigo

de las lomas, con mi propia cuchara,

cuando, a la mesa de mis padres, niño,

me quedaba dormido masticando.


Le soplo al otro:

Vuelve, sal por la otra esquina;

apura ...aprisa,... apronta!


E inadvertido aduzco, planeo,

cabe camastro desvencijado, piadoso:

No creas. Aquel médico era un hombre sano.


Ya no reiré cuando mi madre rece

en infancia y en domingo, a las cuatro

de la madrugada, por los caminantes,

encarcelados,

enfermos

y pobres.


En el redil de niños, ya no le asestaré

puñetazos a ninguno de ellos, quien, después,

todavía sangrando, lloraría: El otro sábado

te daré de mi fiambre, pero

no me pegues!

Ya no le diré que bueno.


En la celda, en el gas ilimitado

hasta redondearse en la condensación,

¿quién tropieza por afuera?


César Vallejo

Del libro Trilce (1922)

TRILCE: Vallejo

Publicado en De Otros. el 27 de Enero, 2010, 13:17 por MScalona

[Cesar+Vallejo+5.jpg]

César Vallejo, Perú, 1892-1938


Trilce

                         

                    


Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
?Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. ?¿Está?? No; su hermana.
?No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.

                        

               

             


MARGUERITE DURAS

Publicado en De Otros. el 26 de Enero, 2010, 18:48 por MScalona

EL AMANTE DE LA CHINA DEL NORTE


Ed.   Tusquets-   Marguerite Durás.

 

 

 

 

Es la pensión Lyautey de noche.

El patio está desierto. Hacia el refectorio los jóvenes boys juegan a cartas. Uno de ellos canta. La niña se detiene, escucha los cantos. Conoce los cantos del Vietnam. Escucha un momento. Los reconoce a todos. El joven boy del pasodoble atraviesa el patio, se hacen una señal, se sonríen: Buenas noches.

Todas las ventanas del dormitorio están abiertas debido al calor. Las chicas están encerradas detrás en las jaulas blancas de la mosquiteras. Apenas se las reconoce. Las luces piloto de los pasillos las vuelven pálidas, agonizantes.

Héléne Lagonelle pregunta bajito cómo le ha ido, dice: <<Con el chino>>. Pregunta cómo es. La niña dice que tiene veintisiete años. Que es delgado. Que parece haber estado un poco enfermo cuando era pequeño. Pero nada grave. Que no hace nada. Que si fuera pobre sería terrible, no podría ganarse la vida, que moriría de hambre… Pero que eso él no lo sabe.

Héléne Lagonelle pregunta si es guapo. La niña duda. La niña dice que lo es. ¿Muy, muy guapo? Pregunta Héléne. Sí. La suavidad de la piel, el color dorado, las manos, todo.

Dice que es guapo todo él.

-Su cuerpo, ¿cómo es de guapo?

-Como el de Paulo dentro de unos años.

Esto es lo que cree la niña.

Héléne dice que tal vez sea el opio lo que le quita la fuerza.

-Tal vez. Es muy rico, afortunadamente, no trabaja, nunca. Es también la riqueza lo que le quita la fuerza. No hace más que el amor, fumar opio, jugar a las cartas… Es una especie del golfo millonario… ya ves…

La niña mira a Héléne Lagonelle. Dice:

-Es divertido, así es cómo le deseo.

Héléne dice que cuando habla la niña, ella Héléne, también lo desea, como ella.

-Cuando hablas de él lo deseo así también.

-¿Lo deseas mucho?

-Si. Contigo, junto contigo.

Se besan. Indecentes hasta las lágrimas, hasta hacer callar las canciones de los jóvenes boys que se han acercado a la escalera del dormitorio.

Héléne dice:

-Es a él a quien deseo. Es a el. Lo sabes. Tú le querías.

-Si. Sigo queriéndolo.

-¿Te ha hecho daño?

-Mucho.

Silencio. Héléne pregunta:

-Hasta ese punto… ¿no se puede comparar con nada más, nada?

-Nada. Pasa muy rápido.

Silencio.

-Estás deshonrada ahora.

-Sí. Para siempre. –Ríe-: Hecho está.

-Como por un blanco.

-Sí. Igual.

Silencio. Héléne  Lagonelle llora suavemente. La niña no lo ve. Héléne dice llorando:

-¿Tu crees, tú, que yo soportaría a un chino?

-Si te planteas la pregunta, es que no.

Entonces Héléne dice a la niña que no haga caso de lo que dice, que es la emoción.

 

 

Pregunta a la niña cómo lo ha hecho. La niña le dice:

-Según tú, ¿Cómo?

-A mí me parecía que era porque eras pobre.

La niña dice: Tal vez. Ríe, conmovida. Dice:

-Me gustaría mucho que te ocurriera a ti. Mucho. Sobre todo con un chino.

Héléne, desconfiada, no contesta.

 

 

 

Los jóvenes boys siguen cantando en el fondo del patio junto al refectorio. Ellas escuchan los cantos en vietnamita. Tal vez los tarareen bajito con ellos en vietnamita.

 

Al días siguiente.

Héléne Lagonelle dice que el jaleo que se oye es de las regadoras municipales. Héléne Lagonelle dice que el perfume que se huele es el olor de las calles lavadas que llega hasta los dormitorios de la pensión.

 

Despierta a las demás que aúllan que las dejen en paz. Héléne continúa. Dice que el olor es tan fresco, es también el Mekong. Que aquella pensión, por fin, se vuelve como su casa natal.

Después de su declaración, Héléne canta. Anda como feliz Héléne Lagonelle, aquellos días, como enamorada del chino a su vez, oye hablar de él a la niña de Sadec.

 

 

La niña camina por la Rue Lyautey. Lentamente. La calle está vacía. Llega delante del liceo. Se detiene. Mira la calle vacía. Todos los estudiantes han entrado en clase. Ya no hay niños afuera. Se oye el ruido de otros recreos que tienen lugar en un patio interior.

 

La niña permanece afuera, detrás de un pilar del pasillo.

 

No espera al chino. Se trata de otra cosa: no quiere entrar en el liceo hasta el final del recreo. De repente el timbre. Ella entra, alcanza lentamente el lugar en el pasillo donde los alumnos esperan la llegada del maestro.

 

Llega el maestro.

Los alumnos entran.

El maestro le sonríe a la hija de la directora de la escuela indígena de Sadec.

 

El pasillo del liceo, vació.

El suelo del pasillo está invadido por el sol hasta una determinada altura del muro.

 

Retomamos el pasillo vacío en el momento de la campana de la noche.

El sol ha desaparecido del suelo.

La niña de espalda sale del pasillo del liceo.

 

Delante de ella, a cierta distancia de la puerta del liceo, la limusina china. Sólo está allí el coger. Cuando ve a la niña baja a abrirle la puerta. Ella comprende. No le hace pregunta alguna. Sabe. Es conducida por el chófer hacia si amante. Entregada a él. Eso le conviene.

Durante todo el trayecto permanecemos sobre ella quien esta noche mira afuera sin verle.

 

 

 

Ciudad a través. Dos o tres puntos de referencia en el inventario: teatro Charner, la catedral, el Edén Cinema, el restaurante chino para los blancos. El Continental, el hotel más bonito del mundo. Y ese río, ese encanto, siempre, y de día y de noche, vacío o poblado de juncos, de llamadas, de risas, de cantos y de pájaros de mar que remontan hasta el Valle de los Juncos.

 

 

El chino abre la puerta antes de que llame. Lleva la bata negra de la noche- Se quedan allí donde están. El coge la cartera de ella, la tira el suelo, la desnuda, e acuesta cuán largo es junto al cuerpo de ella en el suelo. Luego espera. Espera. Aún. Dice bajito:

-Espera.

Entra en la noche oscura del cuerpo de la niña. Se queda allí. Gime de enloquecido deseo, inmóvil, dice bajito:

-Todavía…espera…

Ella se convierte en su objeto, sólo para él secretamente prostituida. Ya sin nombre. Entregada como una cosa, una cosa solo por él robada. Por él solo tomada, utilizada, penetrada. Una cosa de pronto desconocida, una niña sin otra identidad que la de pertenecerle a él, de ser su bien, para él solo, sin palabras para nombrarlo, fundida en él, diluida en una generalidades también naciente, la mal nombrada desde el principio de los tiempos con otra palabra, la de indignidad.

 

 

Les vemos después, acostados en el suelo en el mismo lugar. Convertidos en los amantes del libro.

 

 

La cama está vacía. Los amantes acostados. Encima de ellos el ventilador que gira. La encuentran la conserva en su propia mano. Dice:

-Ayer fui a un burdel para hacer otra vez el amor… contigo,… no puedo… me fui.

-Si la policía nos encontrara…-ella ríe- soy muy menor…

-Me detendría dos o tres noches tal vez… no lo sé muy bien. Mi padre pagaría, no sería grave.

 

 

La calle de Cholen. Las farolas se encienden en la luz del crepúsculo. El cielo tiende ya azul de la noche, se le puede mirar sin quemarse los ojos.

Al borde de la tierra, el sol está al borde de la muerte.

Muere.

 

MARTÍN CAPARRÓS

Publicado en Aguafuerte el 22 de Enero, 2010, 17:35 por MScalona

Todos con Cobos

                                                                                                

Avanza la conspiración para imponer la candidatura de Julio Cobos.

Entre ostras y magrets se ultiman sus detalles. 

Por Martín Caparrós
21.01.2010
      
                     
El CoCo –Comando Conspiraciones– anda sobrepasado. Desde el éxito de sus operaciones anteriores –ustedes recordarán, la que consiguió eliminar las estadísticas oficiales cargándose el Indec, la que no consiguió matar a uno de los Kirchner para que el otro ganara las elecciones pero igual impactó por su audacia–, los encargos les llueven. Y a los muchachos del Comando, es obvio, les encanta mojarse.

–Pero ésta no la veo. Nos puede salir por la culata.

–Por la culata te va a salir a vos, precioso.

Con los éxitos, el CoCo se regaló un upgrade: ya sólo se sientan en La Bourgogne del Alvear o el Duhau del Hyatt, donde están seguros de comer mal pero muy caro –o, como dice Dos: se morfan cada vez un par de lucas, y no hay plato más rico que la guita. Ellos sostienen que es cautela –que es más tranquilo charlar rodeados de extranjeros–, pero saben que mienten: en otras mesas suelen refocilarse patrones de la industria, los jefes de Biolcati, un par de obispos amigos de Lilita –y a los muchachos les gusta que esa gente los vea, que sepa que siguen complotando, que los tema.

–No, en serio. ¿Y si nos equivocamos? Podría ser un desastre histórico.

Dice Tres, las ojeras cada vez más negras, la gran papada blanca. El mozo se viene demorando con las ostras, y Tres está pensando en comérselo crudo.

–Vos de histórico sólo tenés la edad, gordo. Hagamos lo que dice el jefe y el Macho nos tira una embajada a cada uno. ¿Vos qué querés? ¿París, Roma, Tegucigalpa? No sabés las minas que hay en Tegucigalpa. Y lo baratas.

Le contesta Dos. Dos anda por los cincuenta y se enchastra con gel las crenchas renegridas; sus compañeros sospechan que se tiñe y murmuran que es puto para no reconocer que lo envidian. Uno dice que no hay problema, que le tengan confianza. Uno tiene el pelo largo cano, prestancia de caudillo antiguo: por más Armani que se ponga siempre parece que llevara el viejo poncho de vicuña. “Pero es un cuadro”, suelen decir Dos y Tres cuando alguien de afuera se ríe de su jefe, que ahora insiste:

–Me pregunto si ésa no era la idea desde el principio. Ustedes saben lo increíble que es el Macho cuando inventa.

–¿Vos decís que lo metió en ese brete a propósito?

Pregunta Tres, y Uno se explica:

–Y, capaz, pichón, era pura ganancia. Le armaron el paquete para que tuviera que desempatar, no viste cómo se asustó cuando le dijeron que había empate. Si votaba que sí, salía la 125. Si votaba que no, quedaba como un duque con la Rural, amigos y parientes y largaba para jefe de la oposición. Y terminó votando no positivo, el muy gonca, ni siquiera se atrevió a llamarlo por su nombre. Una beca, muchachos, una beca.

–Y, el Macho no da puntada sin hilo.

Dice Dos, que quiere ganar puntos.

–Sí, pero ahora está perdiendo gas, va a haber que reforzarlo.

Aclara Uno.

–¿Al Macho?

Pregunta Tres, que no soporta más la espera de las ostras.

–Si serás pelotudo.

Le contesta, cariñoso, Uno, y llama a un mozo para que les vuelva a llenar las copas de champán del Rin.

–No, boludazo: a Cobos.

Dice Dos, y Uno le hace seña de que hable más bajito. Dos se ríe; Uno vuelve a mirar su cigarrillo sin prender y les dice que la cosa no puede fallar: hay que darle manija, dice, hay que ponerlo bien arriba, afirmarlo como jefe de la oposición.

–Bueno, cada vez que el Macho o la Hembra lo putean sube varios puntos.

Insiste Tres, y Uno le sonríe: a este boludo hay que explicarle todo.

El mozo llega con las ostras: dos docenas y media, su pan negro, su manteca de pura vaca virgen. Tres se abalanza y traga; un hilito de baba salada delicada carísima le cae por la papada. Uno y Dos intentan sorber la spuzza a puerto como si les gustara.

–Por supuesto que sube, para eso lo hacen.

–¿Entonces vos decís que ahora la Hembra decidió no ir a China para tirarle el fardo? ¿No te parece que queda mal ella también?

–No, lo manda al frente a él. Y además así no va a salir con otro paquete de 20.000 millones. El problema con Cobos es que no alcanza con todos los favores que le hacemos. Para imponerlo hay que meterse en su campaña.

–Pero jefe, nos van a sacar carpiendo. Si llegamos a aparecer ahí todo se va al carajo.

Dice Dos, cara fruncida por la spuzza.

–Obvio, pichón. Por supuesto que nosotros no aparecemos en ninguna parte, pero tenemos que mover todo lo que se pueda: si esperamos que la hagan ellos vamos muertos. Ésos se presentan solos a las elecciones del consorcio y terminan segundos.

Dice Uno, y que lo primero será salir a comprar periodistas: que ahora, dice, con el miedo que les dio por la ley de medios, están más baratos que nunca. Y un par de dibujantes de encuestas, dice, y mandarles un par de publicitarios como la gente.

–Sí, qué fiaca. Va a haber que laburar en serio. Si hasta la rima los tira para atrás.

El mozo ve que Uno y Dos tienen problemas con las ostras y pregunta si puede retirar; Tres lo fulmina con sus ojos tajitos engrasados.

–¿Y qué les decimos a los publicitarios, que lo muevan por dónde?

Pregunta Dos, que ya no puede disimular el asco. Uno la lleva con más calma:

–Lo que tienen que subrayar es la serenidad: en medio de la famosa crispación, el tipo es calma. Un quía sin ambiciones, que llegó a ese lugar sin querer pero puso el pecho cuando fue necesario, una especie de héroe accidental. Uno sin nada muy especial, tipo Tinelli, sin muchas luces, tipo Susana: un sinsinsín. Eso va a andar, a la gente le gusta.

Tres termina la última ostra –se comió dos docenas– y el mozo pregunta si les trae los magrets con su salsa de mango. Uno mira a Dos, que alza los hombros. Tres se enjuga el morro con la servilleta refulgente y se atreve, por fin, a decirles que no entiende nada:

–Ustedes perdonen, che, yo trato, pero no lo entiendo. ¿Nos dimos vuelta, estamos laburando para el enemigo? Yo no digo que no, pero por lo menos avisen, che, consultenmé.

–¿Vos estás loco, gordo? ¿Cómo nos vamos a dar vuelta? ¿Y la embajada? No, querido, ésa es la gracia: lo ponemos a Cobos por las nubes, le damos manija durante todo el año, toda la derecha se le encolumna atrás, se transforma en su candidato indiscutible, y ahí vamos y lo soltamos.

–¿Lo qué?

–Lo soltamos. Bueno, es una forma de decir. El quía se suelta solo. Si está de candidato a presidente va a tener que salir a hablar, conferencias, actos, debates, y ahí se viene abajo
en diez días. ¿Ustedes lo escucharon?

Pregunta Uno, y Dos sigue participando:

–Sí, tiene algo que lo favorece: nunca mandó una idea. Lagente está cansada de esos que dicen que saben qué pensar.

–Eso es cierto. Pero en la campaña va a tener que largar alguna, y ahí revienta. La verdad. ¿Ustedes leyeron ese documento que sacó ahora, que dice que “la mejora de la calidad educativa requiere establecer prioridades: chicos en la escuela y maestros que enseñen en ella”? Ese tipo es un nabo, en cuanto se pare en el medio del escenario se deshace, queda un charquito. Y ahí aparece el Macho y arrasa con todo.

–¿Y por qué ponerle todas las fichas a él? ¿Los otros son más peligrosos, se nos podrían ir de las manos?

Pregunta Tres, que cada vez entiende menos.

–No, al contrario: los otros son más complicados de vender, están al horno. Macri con esto de gobernar ya se fue al bombo, Carrió se dedica a los patitos, Duhalde se presenta
en Jurassic Park y lo jubilan. Éste, en cambio, como no hace nada, viene zafando… Pero cuando llegue el momento nos lo comemos con palitos.

–¿A vos te parece?

–Sí, hermano, lo tenemos servido. Imaginate los spots: “Si buscás un traidor, este es tu hombre. Primero traicionó a los radicales, después a los peronistas, ¿querés ser el siguiente?”. O lo sacamos chacoteando con De la Rúa, seguro que alguna juntos tienen. Y después otro: “Firmeza, decisión, una visión del mundo: se fue con unos y al año descubrió que prefería a los otros”. Lo empezamos a llamar El Panqueque, vas a ver cómo prende. Y los últimos días vamos con el más fuerte, especial para los destituyentes: “El primero que lo eligió fue Kirchner. ¿Usted va a elegir igual que él?”. Es perfecta, como le pega al Macho nadie va a imaginar que la hicimos nosotros.
Y de remate, para la zurda, podemos reflotar lo que le publicó Verbitsky cuando se les dio vuelta, eso de que andaba con la marina y con la iglesia.

Dice Uno, más y más entusiasta. Tres intenta aprobar –pero le cuesta. Por ahora, aprueba el malbec de Angélica Zapata y
prueba la puntita del magret. Se lo ve dudoso, preocupado.

Dos le pregunta qué le pasa y Tres se toma un tiempo, piensa cómo decirlo, masca el pato. Al final encuentra la manera:

–¿Ustedes de verdad creen que no lo va a votar nadie, así nomás, por traidor, por nabo, por inútil?

–Obvio, gordo, evidente.

–Muchachos, ¿no estaremos sobreestimando a nuestro pueblo tan querido? .


B A R T H E S

Publicado en De Otros. el 21 de Enero, 2010, 11:35 por MScalona

 

 

 

INCIDENTES

 

Roland  Barthes

Ed. Anagrama, p.  39-50

 

 

 

 

 

En Marruecos, no hace mucho…

 

 

 

El camarero ha bajado en una estación a tomar un geranio rojo y lo ha puesto en un jarro de agua, entre la cafetera y el trastero mugriento en el que va amontonado las tazas y platos sucios.

 

 

                                                                      *

 

En la plaza del pequeño Zoco, con la camisa azul al viento, viva imagen del desorden, un muchacho irritado (es decir, en este caso, con todos los rasgos de la locura) gesticula e insulta a un europeo (Go home). Desaparece. Poco después, un canto anuncia la llegada de un entierro; aparece el cortejo. Entre los que sostienen el féretro por turnos, el mismo muchacho, provisionalmente calmado.

 

 

                                                                    *

 

He oído al Primo del Rey, de tez intensamente negra, haciéndose pasar por un negro americano (fingiendo no saber árabe).

 

                                                                    *

 

La caza de los cabellos largos: Rafaelito sostiene que su padre le ha cortado el pelo mientras dormía. Otros dicen que la policía rapa a la gente por la fuerza en plena calle: revuelta y represión incluso contra las cabelleras negras de los chicos.

 

                                                                   *

 

Dos viejas americanas se apoderan por la brava de un anciano grandullón y ciego, y le obligan a cruzar la calzada. Pero lo que este Edipo hubiera preferido es dinero: dinero, dinero, no solidaridad.

 

                                                                     *

 

Un chico muy fino, casi dulce, con manos ya algo fornidas, ejecuta de pronto, rápido como un disparo, el gesto que le indica el chaval: sacudir la ceniza del cigarrillo con un toque de uña.

 

                                                                       *

 

Abder… quiere una toalla limpia que, por temor religioso a la mancha, hay que dejar allí, aparte, para purificarse después del amor.

 

                                                                        *

 

Un venerable Hadj, de corta barba gris, muy cuidada, las manos también, tocado artísticamente con una chilaba de una tela muy fina y extremadamente blanca, bebe un vaso de leche blanquísima.

Sin embargo, eso es lo que hay: una mancha, un ligero rastro de mierda, como una cagada de paloma, en su capucha inmaculada.

 

                                                                          *

 

Una europea no joven, sucia, que tiene afición maníaca por todo lo que se menea y se deshilacha- cabellos, esteras, abrigos, bolsos y faldas con fleco-, atraviesa el pequeño Zoco. La Muy-Meneante es una <<maga soviética>> (me cuenta, sin castañar, un muchacho).

 

                                                                         *

 

El niño descubierto en el pasillo dormía en un embalaje de cartón: su cabeza emergía como desgajada.

 

                                                                         *

 

Cerca del pequeño Zoco, una pareja de europeos ha instalado un chiringuito de patatas fritas para hippies. Una pancarta reza: Hygien is our speciality. Y la mujer va y vacía el cenicero en la calle…, cosa no muy british.

 

                                                                          *

 

Una chica es regañada en público por su madre campesina. La chica se echa a gritar. La madre está tranquila, obstinada;  ha cogido las greñas de su hija como quien agarra un trapo y le sacude la cabeza metódicamente. El corro es instantáneo. Sentencia del masajista: la madre tiene razón. –Pero ¿Por qué?   -La chica es una puta (en realidad, el masajista no sabe que ha pasado).

 

 

                                                                             *

 

El chaval de cinco años, con pantalón corto y sombrero, golpea una puerta, escupe, se toca el sexo.  

 

                                                                              *

 

Un mendigo ciego, viejo, con chilaba y barba blanca: imponente, impasible, antiguo, sofocleo, odeonesco, mientras el adolescente que mendiga para él toma sobre su rostro toda la carga expresiva que justifica tal situación: sus rasgos torturados, tensados por una mueca hacia abajo, muestran dolencia, miseria, injusticia, fatalidad: ¡Mirad!, ¡mirad!, dicen los rasgos del muchacho, mirad a quien ya no ve.

 

 

                                                                           *

 

Las jóvenes vendedoras clandestinas: menta, limón (Virgilio). El infame policía secreta, con aspecto duro; las maltrata, es brutal con ellas, pero las dejas que se larguen.

 

 

                                                                        *

 

Fantasía deliciosa: un mójame de manos suaves, obrero de hilandería, sostiene que la mezquita de los judíos está a oscuras los sábados; me la enseña: es la iglesia de los capuchinos españoles; lo los judíos, dice, la utilizan (se la prestan) para sus oficios.

 

 

                                                                             *

 

Un adolescente negro, en impermeable barato, tocado con un sombrero horrible (azul cueste), y una muchachota hippy, ambos descalzos sobre la acera sucia, pasan por delante de los autóctonos del Café Central: el muchacho ha pescado una chica, pero antes los demás rinde culto a la majadería occidental.

 

 

                                                                              *

 

La empleada de Iberia no ha sonreído. Tenía una voz perentoria, llevaba un maquillaje abundante y seco, uñas muy largas, pintadas de un rojo sangriento: las uñas, manejando los alargados billetes, doblándolos con un gesto autoritario de inveterada costumbre…

 

 

                                                                         *

 

Una tetera para el té con menta, de metal liso, sin botón de plástico en la tapadera, comprada en compañía y con la ayuda del campeón de boxeo, pesos medios, de Marruecos.

 

                                                                       *

 

Habiéndome declarado prudentemente incapaz de ayudar al Primo del Rey, éste me tranquiliza: según dice, yo podría aconsejarle en la gestión de los millones que piensa obtener de su magnate de la ginebra.

 

                                                                         *

                    

  Abdessalam, interno en Tetuán, parece que ha venido esta mañana a Tánger (me lo encuentro por casualidad) para comprar una pomada antirreumática y un tapón silbato para el hervidor.

 

                                                                       *

 

Un joven muy moreno, en camisa color licor de menta, pantalones verde almendra, calcetines naranja y zapatos rojos, aparentemente muy cómodos.

 

                                                                           *

 

Ante un barbudo que baila, el Primo del Rey me informa: es un filósofo. Para ser filósofo, dice, son necesarias cuatro cosas: 1) Ser licenciado en árabe; 2) viajar mucho; 3) tener contactos con otros filósofos; 4)Hallarse lejos de la realidad, por ejemplo, a orillas del mar.

 

 

                                                                       *

 

Un joven negro empolvado de blanco (casi blanco de negro) con un anorak rutilante.

 

                                                                          *

 

En el pequeño Zoco, en julio, la terraza está llena de gente. Viene a sentarse un grupo de hippies, entre ellos una pareja; el marido es un rubio grandullón, desnudo bajo un mono de trabajo; la mujer viste un largo camisón wagneriano; la mujer lleva de la mano a una niñita blanca y tierna: la hace cagar sobre la acera, entre las piernas de sus compañeros, que no se inmutan.

 

                                                                        *

 

Búsqueda vana de una chilaba azul. Observación de Siri: no hay ovejas azules.

 

                                                                        *

 

Mustafá está enamorado de su gorra: <<Me gusta, esta gorra>> No se la quita ni para hacer el amor.

 

                                                                       *

 

En el patio del hotel Minzah, una mujer en larga túnica roja, un poco azorada, me pregunta, sin muchos rodeos, por <<los servicios>>.

        

                                                                       *

 

Prueba de la pertinencia fonológica: un joven vendedor en el bazar (con aire atractivo): ¿tu ti (no pertinente) quieres un tapiz golpear (pertinente)?

 

                                                                       *

 

A Aliwa (bello nombre, como para repetirlo incansablemente) le gustan los pantalones inmaculadamente blancos (a final de temporada); pero, a la vista de la inconveniencia de los lugares, siempre acaba posándose una mancha sobre este blanco lechoso.

 

                                                                     *

 

En la playa de Tánger (familias, tías, muchachos), obreros ancianos, como viejos y lentos insectos, limpian y allanan la arena.

 

                                                                      *

 

Selam, veterano de Tánger, se desternilla porque ha encontrado a tres italianos que le han hecho perder el tiempo: << ¡Me tomaban por un afeminado!>>

 

                                                                      *

 

 Un campesino viejo en chilaba marrón (profundo color de andrajos) lleva en bandolera una enorme trenza de grandes cebollas malvas.

 

                                                                       *

 

<<Papá>>, un viejo inglés encantador y chalado, suprime by sympathy el lunch durante el Ramadán (by sympathy hacia los muchachos curiosos).

 

                                                                       *

 

A las nueve de la mañana, un hombre joven y fornido atraviesa el pequeño Zoco, con una oveja vivas a cuestas, con las patas atadas por delante (gesto pastoral y bíblico). Pasa una niña acariciando la gallina que lleva en brazos.

 

                                                                       *

 

Por la ventana del hotel, en el paseo algo desierto (es domingo por la mañana, temprano todavía: a lo lejos, se ve llegar a la playa a unos chicos para jugar fútbol), veo una oveja y un perrito, con la cola respingona; la oveja le pisa los talones al perro; por fin intenta montarlo.

 

                                                                       *

 

Desde el tren que acababa de apearse en una estación desierta (Asilah), le vi correr por la carretera, solo, bajo la lluvia, asiendo la caja de puros vacía que me había pedido <<para guardar sus papeles>>.

 

                                                                        *

 

En una calle de Salé, alguien anuncia una redada; los vagabundos huyen. Un zagal de catorce años está sentado, con una bandeja de pastelillos posada en las rodillas. Un enorme soldado policía va derecho a él, le propina un rodillazo en la barriga y se queda la bandeja, sin detenerse, sin volverse, sin mediar palabra (se comerán los pasteles, no hay duda). El zagal está transpuesto, pero se aguanta las lágrimas; titubea y huye. La presencia de dos amigos me azora y evita que le dé dos mil francos.

 

                                                                    * 

Inicio raciniano: con suave complacencia: << ¿Me ve usted? ¿Quiere usted tocarme?>>

 

                                                                     *

 

A un joven hermoso, serio, elegante en traje gris y con un brazalete de oro, de manos finas y limpias, fumando Olympic rubio, bebiendo té, hablando con cierta elocuencia (¿un funcionario?, ¿de los que demoran los expedientes?), le cae un hilillo de saliva sobre la rodilla; su compañero se lo advierte.

 

                                                                     *

 

Limpia enérgicamente el bidet con la escobilla del váter. Ante la observación que le hago dice:

<< ¡Solo para el bidet!>>

 

                                                                      *

  En un concierto (música alemana, naturalmente), dos jóvenes en el vestíbulo hablan con gravedad (se sienten observados y, por lo tanto, al estilo europeo, no miran a nadie); uno de ellos, con americana de terciopelo, sostiene una pipa en el pico.

 

                                                                       *

 

Es un restaurante de Rabat, cuatro campesinos –en medio de las salsas, las ensaladas, las carnes y los trajes-chaqueta-beben leche con mucho azúcar y comen lentamente, hasta acabarse una hogaza.

 

                                                                      *

 

Un tal Ahmed, cerca de la estación, lleva un jersey azul celeste con una bella mancha grasienta de color naranja en la pechera.

 

                                                                        *

 

Masas, aglomeración, pancartas a lo lejos, banderolas, silbatos de la policía. ¿Una huelga? ¿Una manifestación política?  No, una lamentable novatada de la Escuela de Ingenieros de Mojamelandía: una chica en minifalda sobre un camión, canciones francesas, inscripciones edificantes: <<Seamos conscientes del gran cometido que nos espera>>, <<Novatos hoy, mañana ingenieros. >>

 

 

                                                                        *

 

Farid, a quien encuentro en Tour et Nuit, la toma con un mendigo que pide primero un cigarrillo y luego, cuando ya lo tiene, dinero <<para comer>>, Este esquema de explotación progresiva (por lo más, muy banal) parece indignarle: <<Mira cómo te recompensa por haber cedido>> Sin embargo, poco después, al despedirme de él y ofrecerle otro paquete de cigarrillos, que se embolsa sin darme las gracias, él mismo se atreve a pedirme cinco mil francos <<para comer>>. Como me troncho, Farid alega la diferencia (todo el mundo se cree aquí distinto de los demás, porque no se sienten como personas, sino como algo necesario).

 

                                                                        *

 

Abdellatif-tan voluptuoso- justifica perentoriamente las ejecuciones de Bagdad. La culpabilidad de los acusados es evidente dada la rapidez del proceso: eso significa que el caso estaba claro. Contradicción entre la brutalidad de esta animalada y la frescura tibia de su cuerpo, la disponibilidad de sus manos, que sigo poseyendo y acariciando, como un estúpido, mientras suelta su catecismo vengador.

 

                                                                         *

 

Visita de un muchacho desconocido, enviado por su compañero << ¿Quién eres? ¿A que has venido?

-¡Cosas de la naturaleza!-. (Otro, en otra ocasión:

<< ¡Cosas de la ternura!>>)

 

                                                                          *

 

Jardines  del Chella: un adolescente espigado, de cabello lacio, enteramente vestido de blanco, con botines por debajo de los tejanos blancos, acompañado por sus dos hermanas con el rostro velado, me mira fijamente y escupe: ¿rechazo o contingencia?

 

                                                                          *

 

Difícil traer de París un <<souvenir>> para el chico que me lo había pedido: ¿Qué suplemento de gracia puedo ofrecer a quien es completamente pobre? ¿Un mechero? ¿Para encender que cigarrillos? Opto por el souvenir codificado, es decir, del todo inútil: una torre Eiffel de latón.

 

                                                                             *

 

Un francés, residuo del Protectorado (pequeña droguería), afásico (un fusilazo en la boca, explica penosamente) y encima de atáxico, escogiendo lentamente dos mechas para mi lámpara de butano, hallas de pronto una voz clara, fuerte y distinta para gritarle a su perro (que no ha hecho nada, salvo estar allí), por dos veces: ¡Cerdo!

                                                                         *

 

Driss A. no conoce la expresión <<correrse>>: él habla de <<la mierda>> << ¡Cuidado que sale la mierda!>>: no hay nada más traumatizante. Otro slaoui (mójame gimnástico) habla, conciso y exacto, de eyacular: << ¡Cuidado, voy a eyacular!>>.

 

                                                                           *

 

Al ir a bajar las escaleras, le doy a un mustafá (encantador, radiante, ardiente, honesto) unas sandalias para que me las sostenga mientras cojo la llave (<<Aguántame esto. >>). Luego compruebo que se las ha quedado (supresión del préstamo).

 

                                                                           *

 

En el banco: un mendigo ciego entra, vacilante, tanteando con el bastón acariciador las puertas, los mostradores, las taquillas; toca las paredes del dinero. Un cliente le da una moneda. El cajero: <<No lo haga: luego se acostumbran. >> (Como una mosca que solo fastidia al cabo de un rato.)

 

                                                                            *

 

En tour et Nuit, un limpiabotas: mirada y sonrisa, profesionalidad. Se llama Driouich (derviche pequeño). Cuando se va, ya a lo lejos, me dirige un gesto amistoso.

 

                                                                              *

 

Lahoucine en casa. Lahoucine está sentado frente a mí, inactivo, plácido, inerte toda la mañana. Nunca unas manos han estado en tanto reposo: en un reposo que sólo captaría un pintor. Ante ello, actuó de manera excesiva: haciendo algo cada momento, cambiando sin cesar alguna cosa de sitio: escribiendo, tomando un papel, leyendo, sacando punta a un lápiz, cambiando un disco, etcétera.

 

                                                                              *

 

Moulay, el conserje del edificio, me da a entender con un gesto imperioso que, durante mi ausencia, Aixa, su joven mujer, para proteger de los <<ladrones>> el apartamento, dormiría allí a la entrada, en el suelo, sobre la estera junto a canapé (un trocito de estera, una alfombrilla sobre las baldosas).

 

                                                                             *

 

El joven pied-noir, el pequeño burgués reciclado, lleva un jersey por encima de los hombros con las mangas anudadas por delante: pone las llaves de su coche en una mesa de café Tour et Nuit; tiene un acento apremiante, breve, como retorcido por una brusca torsión.    

 

                                                                             *

 

Dos estudiantes de Derecho:

Uno de ellos, Abdellatif (derecho francés), occidentalizado, dos años en Suiza (parece ser), elegante (jersey azul celeste, traje de fino terciopelo beige), acento distinguido, mentiroso (dice que está en segundo de carrera, me consta que no es verdad), ostenta el discurso del Tedio (marcharse del país) y me formula la siguiente pregunta: << ¿Qué piensa usted de Pompidou?>>.

El otro, Najib, que me encuentro al día siguiente en el mismo sitio, como un sustituto del primero, estudiante de derecho árabe, de una elegancia natural pero vestido pobremente (cazadora blanca, pantalones de pana granate con dobladillo muy ancho, zapatos gastados, con hebillas), de mirada dulce, manos finas y frías, sin dramatizar el tedio se fija como vocación: llegar a ser médico o abogado. Me pide que le explique si los ministros, puesto que cambian a menudo de trabajo, son o no especialistas,  competentes (sin ninguna intención crítica).

 

                                                                             *

 

El Tesoro, fortaleza de estilo francés, se halla continuamente rodeado de una banda de tullidos que se agitan como gorriones entre el estiércol: un menudo guardián (aparentemente) de bicicletas, arremete con vehemencia sobre un pobre cliente.

 

                                                                             *

 

En medio de los retozos más bien lascivos del grupo, uno de los colegiales comenta el último tema de redacción: <<Comparen entre sí las pedagogías de Rabelais y de Montaigne. >>

 

                                                                           *

 

Sus compañeros dicen de H. que es <<muy sensual>> (enunciado que la austeridad del acento piednoir transforma en algo todavía más inquietante): H. se convierte para mí en el Muy-Sensual. Sin embargo, el sentido de esta denominación se adivina ulteriormente con facilidad: se lo folla.

 

 

                                                                              *

 

<<-Siento que voy a enamorarme de ti. Es un lío. ¿Qué hago?

-Dame tu dirección. >>

 

                                                                              *

 

Mientras el pequeño Mohammed me recita unos versos que acaba de componer (salvo que sean de Sully Prudhomme), pienso firmemente para mis adentros que es una suerte haberlo conocido, pues voy a pedirle ahora mismo que vaya a comprarme una libra de tomates e la tienda de al lado.

 

                                                                               *

 

Amal parece encantado con su nombre: me lo dice enseguida, me explica la traducción con alborozo (<<Me llamo Esperanza>>, dice), repara en él con satisfacción cada vez que la palabra sale en una canción.

 

                                                                             *

 

Mohammed (evidentemente), hijo de un comisario, quiere (al terminar los estudios) ser inspector de policía: esa es su vocación. Por lo demás (dice) le gusta el fútbol (delantero centro), los flippers y las chicas.

 

                                                                              *

 

Aunque la vitrina de la tienda rebose de los eléctrodos más diversos y más avanzados, los dos dependientes, a quienes pido un cassette, son incapaces  de venderme el aparato. Uno de ellos, el más joven, no sabe cómo funciona el artilugio que me enseña: todo un follón de botones apretados, con un resultado imprevisible, la tapa salta, ruidos penosos, cambio de pilas, y nada de música, no hay manera. El otro, el patrón, ocupado en quién sabe qué, se desinteresa y  no tarda en sentenciar que debe de tratarse de un efecto de fábrica. Y después de tratarse de todo eso, ¡ya hay que tener ganas para comprarse un aparato de ochenta mil francos!

 

                                                                                *

 

 Mohammed L., a quien encuentro una mañana sobre la diez, se muestra entre apacible y adormecido; acaba de levantarse, dice, porque anoche estuvo componiendo unos versos hasta muy tarde para una obra de teatro que está escribiendo, <<sin personajes, sin intriga, etc. >> Otro, el Mohammed pequeño, me dijo que escribía poesías <<para no caer en el aburrimiento>>. La poesía permite aquí acostarse mucho más tarde.

 

                                                                 *

 

Amidou, alumno de segundo, futuro profesor de gimnasia, hallado un domingo por la mañana entre el barro del Rastro, pobre y amable, con el impermeable demasiado corto, zapatos empapados y desatados, bellos ojos marroquís, cabellos rizados, tiene que<<reflexionar>>  para mañana sobre <<lo cómico de Moliére>>.

(Amidou: prefiero suprimir la H., pues:

Dulce como el almidón,

Inflamable como la yesca)

 

                                                                          *

Me gusta el vocabulario de Amidou: soñar y estallar por empinarse y gozar. Estallar es vegetal, es moral, narcisista, lleno, cerrado.

 

                                                                           *

 

El Ramadám: la luna aparecerá pronto. Hay que esperar todavía media hora para hacer el amor: <<Empiezo a soñar ¿Estará permitido?-No lo sé. >>

 

                                                                            *

 

 

A., al salir el otro día, después de haber <<soñado>>, vio como los calzoncillos se le inundaban en  plena calle; pero no pudo lavarse, como prescribe su religión, porque en su internado sólo se duchan una vez por semana, etc. (el rencor alcanza al Estado).

 

                                                                            *

 

Sentados en el balcón, esperan a que se encienda la lamparita roja que anuncia en la cima del minarete el final del ayuno.

Cada tarde del Ramdám, hacia las cinco (estamos en noviembre), el restaurante de la Libération, en la medina, visto desde la calle, se transforma en la casa de beneficencia con largas mesas alineadas, rodeadas de hombres codo a codo que comen la sopa, el único camarero de siempre atiende solicitadamente a todos, como un hermano converso.  

 

                                                                             *

 

Naciri sabe bien el francés, no hay duda; la prueba está en que intercala con desenvoltura sin ragmas extranjeros en medio de las frases: <<Deben de haber salido esta noche, beacouse Ramadam>>.

 

                                                                              *

 

El <<jefe de caja>> (adolescente de rostro agradable) enuncia con gravedad: la civilización, es cuando uno conoce sus derechos y es consciente de si obligaciones. Después de los cual, imitándonos, se echa a reír.

 

                                                                              *

 

Este viernes, a la hora en que terminaba el Ramadán, el atardecer todavía hemos tenido que prohibirnos fumar, porque, al entrar en un hogar judío, ha resultado que expresaba el Sabbat.

              

                                                                                *

 

Profesores franceses: discuten un proyecto de doctorado: ¿Cuál es su experiencia pedagógica? Embarazo, tribulación. De pronto, para alivio de todos una exclama: ¡La lección de examen (en las oposiciones).

 

                                                                                *

 

Festival del cabello: mi joven limpiabotas, agachado me ofrece la visión de su cráneo, objeto de un buen raspado, mientras por detrás, sobre la acera, un chaval andrajoso, con un gesto maniático, se rastrilla el cabello liso y polvoriento con un peine de juguete.

 

                                                                              *

 

Concesión  entre sus manos muy finas, muy cuidadas, muy limpias (acababa de lavárselas) y la manera cómo las mostraba, las hacía jugar, las incorporaba, hablando, con pequeños movimientos de gestuario pied-noir. Concesión entre la extrema finura de sus zapatos negros, como de lujo, y su manera de estirar las piernas.

 

                                                                               *

 

Un joven limpiabotas algo loco, deslavazado, se echa siempre encima, proponiéndome pegándose a mí con insistencia: <<Yo, limpiabotas, chino>> (adjetivo ponderativos).

 

                                                                                *

 

El mismo día:

Por un lado, el pequeño burgués, el estudiante que, bobamente, por hacer teatro ante los demás, para << pegársela a los demás>>, me suelta una respuesta tan tonta, tan floja, que se convierte en un simple mensaje de mala fe.

Por otro lado

 

 

           

Gandolfo.

Publicado en De Otros. el 18 de Enero, 2010, 12:30 por fmaini.
La yanqui y el polaco

 Por Elvio E. Gandolfo

Cuando me dijo que era Susan Sontag, al principio no le creí. En ese momento estábamos en la costanera, soplaba un viento frío y agradable desde el río, con cierto dejo maloliente, es cierto, pero agradable al fin.

–Así que Susan Sontag –le dije, un poco incrédulo, sin moverme. “Manso, Cabeza”, habría recomendado el Polaco.

No recuerdo bien qué contestó ella, si lo confirmó, si hizo algún comentario sobre el río o las gaviotas o los pescadores que nos rodeaban, cerca del Aeroparque: cinco o seis tipos inmóviles, y uno en la vereda que no pescaba, que hacía media hora que miraba fijamente a uno de los pescadores, con ojos él mismo como de pescado, como si del pez que fuera a sacar aquel viejo de tricota anaranjada en la tarde fría dependiera su vida.

Si no hubiera dicho que se llamaba Susan Sontag, o más bien que era Susan Sontag (dijo soy Susan Sontag), no me habría fijado ni en el viejo de tricota, ni en el idiota que lo miraba, ni en nada. Habría seguido hundido en la sensación que habíamos sentido desde que nos conociéramos, veinte horas antes. No se me habría ocurrido, tampoco, calcular cuántas horas hacía que estábamos juntos, que nos habíamos conocido.

La mujer, alta, de vaqueros, con una camisa suelta y arremangada, casi una muchacha del Oeste, se había parado conmigo a esperar la luz verde en Lavalle y el costado de la 9 de Julio más cercano al río.

Hubo algo extraño. Pasó un taxi, un taxi común, creo que un Falcon, y los dos lo seguimos con la mirada. El taxi no hizo nada en particular: pasó como un taxi, despacio. Sin embargo nos miramos y nos reímos: ella se rió, yo me reí. No mucho: apenas, y sobre todo con los ojos. Nos dimos cuenta porque mirándonos se nos perdió la luz verde y cuando cruzamos nos tomamos de la mano primero, y luego del brazo, de la carne resistente del brazo.

Después estuvo lo del arbusto. Cuando llegamos al otro lado era como si hubiéramos cruzado el Jordán en vez de la 9 de Julio. Ella jadeaba un poco, yo también. Por mi parte hacía tiempo que no sentía esa sensación de abandono de todas las defensas: el cerebro se me había transformado en una gelatina donde sólo flotaban las palabras “qué bien, qué bien”, estado que orillaba seriamente el cretinismo. En cambio el cuerpo parecía cantar a voz en cuello, bañándome en la maravilla de aquella mujer de ojos francos, grandes, mirándome, con la camisa afuera, suelta, sin soltarme la mano, llevándosela un poco al pecho, como para guardarla, y preguntándome, articulando las palabras en un trance, qué tenía que tomar para ir a Berisso. Me hice repetir la pregunta dos veces y después le dije, como si cada palabra fuera una lucha contra la agonía de articularla, que no tenía la menor idea.

–Yo tampoco soy de acá –le dije.

Ante semejante despiste mutuo, nos dimos vuelta otra vez hacia la avenida y emprendimos el regreso. Pero esta vez nos quedamos en el medio. Nuestras cabezas se fueron acercando como atraídas por un electroimán de frecuencia modulada, lenta, y cuando estuvieron muy cerca dejamos de mirarnos, entrecerramos los ojos y nos besamos. Si el Polaco nos hubiese visto, habría comentado: “Muy bien, Cabeza, muy bien; olvídese de vos, y bese, coma, coja. No sea gil”.

Completamente ebrios empezamos a caminar hacia Marcelo T. de Alvear. Atardecía. El perfil de edificios y carteles luminosos, los ruidos de los coches, los pibes que jugaban bajo los árboles en medio de la luz moribunda, jugosa del atardecer, hicieron que me sintiera al borde del desmayo. Ella pareció sentir lo mismo, porque de pronto los dos nos dimos cuenta de que nos estábamos sosteniendo el uno al otro aferrándonos de los cinturones, tirando un poco hacia arriba. Ahora no hubo risa: nos detuvimos porque no podíamos dar un paso más, y hubo un segundo beso interminable. Me gustaba la forma de resistir y ceder que tenía su lengua, el modo en que llevaba el cabello echado hacia atrás y, cuando la toqué con una mano vacilante, tímida por debajo de la áspera tela de la camisa, el seno relativamente pequeño, suavísimo.

Cruzamos una, dos calles. Entramos en una especie de plazoleta oscura, llegamos a la orilla del arbusto, un arbusto redondo, grande, de esos que uno usa de “casita” cuando chico. En un solo movimiento, los dos miramos a nuestro alrededor y después nos dejamos caer mansamente en su interior, raspados por las ramas, la mujer debajo de mí, recibiéndome, deslizando primero las manos para desabrocharme el pantalón, y después metiéndolas por detrás, apretándome las nalgas para que pesara más sobre ella. Había un olor no a tierra sino a polvo, como si estuviéramos fornicando en medio de un desierto amable, protegidos del sol y de la luna.

Y ahora en plena costanera, iba y me decía que era Susan Sontag. Después de unos minutos tuve que creerle: había visto un par de fotos de ella, y se le parecía. Además empezó a moverse, hablar y respirar como Susan Sontag. No habíamos hablado mucho desde que nos conociéramos. Del arbusto habíamos pasado a un bar, donde habíamos comido una pizza de espinaca y salsa blanca bien cargada. Casi nos entendíamos por gestos. Me limité a señalar el teléfono público, me paré, llamé a lo de Daniel y le avisé que esa noche no iba a dormir a su casa. Regresé a la mesa. De ahí pasamos a un hotel, cargados de chocolates y una docena de naranjas. Después había llegado aquel domingo de sol, la caminata interminable por la ciudad vacía, el lento derivar hacia el río, una especie de pasión por caminar, caminar, caminar: dejarnos llevar el uno contra el otro, yo maravillado del tacto cálido de su vaquero de corderoy marrón, de su lengua cada vez que nos besábamos, y del peso de su cuerpo y el mío.

Lo grave no era que ella fuera Susan Sontag, sino que aquella confesión desencadenara de inmediato en mí un proceso de gandolfización irreversible, siniestro. “Oígame bien, Cabeza”, me había dicho una vez el Polaco cariñosamente, aun cuando yo acabara de negarme por enésima vez a permitir que me enseñara a jugar al ajedrez, “nunca seas demasiado tú mismo, vos. Ser demasiado uno mismo es una desgracia, Cabeza, acuérdese lo que te dije yo”. En cuanto recordé las fotos, la vi automáticamente más alta, alerta, a la defensiva. “Porque cuando empezás a ser vos, cuando te gandolfizás, Cabeza, la otra persona, pongámosle González, se va gonzalizando, gonzalizando, hasta que no hay forma de entenderse, Cabeza: muy peligroso eso.”

El Polaco tenía razón. Ahora me sentía rígido, desubicado, ridículo junto a aquella ensayista norteamericana de reconocido prestigio que visitaba nuestras costas, es decir Argentina. ¿De qué carajo podía hablar con ella? ¿Cómo podía volver a abrazar distraído la cintura tierna, suave de alguien que era Susan Sontag? Ponerme a disparatar sobre temas de sus libros, a hablar de la no-interpretación, el cáncer o la tuberculosis en plena costanera, rodeado de gaviotas y un viento ahora sí francamente maloliente, me resultaba la gandolfización final. Decidí jugarme. Me apoyé en el murallón, me di vuelta lentamente, la encaré muy de cerca.

–Tenés unas tetitas hermosas –le dije. Pero la voz fue apenas un poco estridente, tendría que haber sido un susurro cariñoso, ablandado por la sonrisa que sentía por dentro, y que ahora iba siendo atrapada por la rigidez externa, encerrada dentro de cajas cada vez más estrechas.

Ella también se apoyó en el murallón, y aguantó a pie firme. Por un segundo estuvo a punto de romper a reír, y entonces salvábamos la tarde, tal vez nuestras vidas. Pero ya me había dicho quién era, y recordó en cambio, con un ademán de la mano izquierda (adoré esa mano mientras se movía, recordé cómo la había mordisqueado tiernamente en la pieza del hotel, la asocié con su sexo amplio y húmedo y franco como los ojos, como esa mirada que me había impresionado en las fotografías que había visto hacía tanto tiempo y que me habían obligado a reconocerla), recordó, digo, que hacia el atardecer se reunía “con la gente de Punto de Vista”.

Y ahí, como decía mi amigo Ricardito, se pudrió todo. Porque yo conocía también a la gente de Punto de Vista y la apreciaba, porque en medio de ese conocimiento generalizado habría interminables discusiones sobre los pros y los contras de la situación socio-político-cultural pasada, presente y futura, porque todo lo que había quedado en suspenso mientras caminábamos con la mujer por la ciudad, todo lo que había pasado a formar parte de nosotros tácitamente mientras nos hacíamos el amor con dulzura y violencia bajo el arbusto y en el hotel, se haría explícito, hablado, apalabrado, sobado, toqueteado, franeleado, gastado y finalmente abstracto, lejos de la sagrada concreción de nuestras manos, bocas y piel reconociendo interminablemente al otro, un proceso que podría haber durado años pero que se había interrumpido en seco cuando la mujer, en la costanera, mientras el tipo de ojos de pescado se tomaba un taxi como quien se encaminaba al suicidio, me decía:

–Yo soy Susan Sontag.

Y no me consoló nada imaginar el comentario del Polaco, cuando se enterara: “No llore, Cabeza, las yanquis son todas iguales”.

Cortazar.

Publicado en De Otros. el 15 de Enero, 2010, 19:17 por fmaini

Diario para un cuento

 Por Julio Cortázar

2 de febrero, 1982

A veces, cuando me va ganando como una cosquilla de cuento, ese sigiloso y creciente emplazamiento que me acerca poco a poco y rezongando a esta Olympia Traveller de Luxe (de luxe no tiene nada la pobre, pero en cambio ha traveleado por los siete profundos mares azules aguantándose cuanto golpe directo o indirecto puede recibir una portátil metida en una valija entre pantalones, botellas de ron y libros), así a veces, cuando cae la noche y pongo una hoja en blanco en el rodillo y enciendo un Gitanes y me trato de estúpido, (¿para qué un cuento, al fin y al cabo, por qué no abrir un libro de otro cuentista, o escuchar uno de mis discos?), pero a veces, cuando ya no puedo hacer otra cosa que empezar un cuento como quisiera empezar éste, justamente entonces me gustaría ser Adolfo Bioy Casares.

Quisiera ser Bioy porque siempre lo admiré como escritor y lo estimé como persona, aunque nuestras timideces respectivas no ayudaron a que llegáramos a ser amigos, aparte de otras razones de peso, entre ellas un océano temprana y literalmente tendido entre los dos. Sacando la cuenta lo mejor posible creo que Bioy y yo sólo nos hemos visto tres veces en esta vida. La primera en un banquete de la Cámara Argentina del Libro, al que tuve que asistir porque en los años cuarenta yo era el gerente de esa asociación, y en cuanto a él vaya a saber por qué, y en el curso del cual nos presentamos por encima de una fuente de ravioles, nos sonreímos con simpatía, y nuestra conversación se redujo a que en algún momento él me pidió que le pasara el salero. La segunda vez Bioy vino a mi casa en París y me sacó unas fotos cuya razón de ser se me escapa aunque no así el buen rato que pasamos hablando de Conrad, creo. La última vez fue simétrica y en Buenos Aires, yo fui a cenar a su casa y esa noche hablamos sobre todo de vampiros. Desde luego en ninguna de las tres ocasiones hablamos de Anabel, pero no es por eso que ahora quisiera ser Bioy sino porque me gustaría tanto poder escribir sobre Anabel como lo hubiera hecho él si la hubiera conocido y si hubiera escrito un cuento sobre ella. En ese caso Bioy hubiera hablado de Anabel como yo seré incapaz de hacerlo, mostrándola desde cerca y hondo y a la vez guardando esa distancia, ese desasimiento que decide poner (no puedo pensar que no sea una decisión) entre algunos de sus personajes y el narrador. A mí me va a ser imposible, y no porque haya conocido a Anabel puesto que cuando invento personajes tampoco consigo distanciarme de ellos aunque a veces me parezca tan necesario como al pintor que se aleja del caballete para abrazar mejor la totalidad de su imagen y saber dónde debe dar las pinceladas definitorias. Me será imposible porque siento que Anabel me va a invadir de entrada como cuando la conocí en Buenos Aires al final de los años cuarenta, y aunque ella sería incapaz de imaginar este cuento –si vive, si todavía anda por ahí, vieja como yo–, lo mismo va a hacer todo lo necesario para impedirme que lo escriba como me hubiera gustado, quiero decir un poco como hubiera sabido escribirlo Bioy si hubiera conocido a Anabel.

3 de febrero

¿Por eso estas notas evasivas, estas vueltas del perro alrededor del tronco? Si Bioy pudiera leerlas se divertiría bastante, y nomás que para hacerme rabiar uniría en una cita literaria las referencias de tiempo, lugar y nombre que según él la justificarían. Y así, en su perfecto inglés,

It was many and many years ago,

In a kingdom by the sea,

That a maiden there lived whom

you may know

By the name of Annabel Lee –

–Bueno –hubiera dicho yo–, empecemos porque era una república y no un reino en ese tiempo, pero además Anabel escribía su nombre con una sola ene, sin contar que many and many years ago había dejado de ser una maiden, ni por culpa de Edgar Allan Poe sino de un viajante de comercio de Trenque Lauquen que la desfloró a los trece años. Sin hablar de que además se llamaba Flores y no Lee, y que hubiera dicho desvirgar en vez de la otra palabra de la que desde luego no tenía idea.

4 de febrero

Curioso que ayer no pude seguir escribiendo (me refiero a la historia del viajante de comercio), quizá precisamente porque sentí la tentación de hacerlo y ahí nomás Anabel, su manera de contármelo. ¿Cómo hablar de Anabel sin imitarla, es decir sin falsearla? Sé que es inútil, que si entro en esto tendré que someterme a su ley, y que me falta el juego de piernas y la noción de distancia de Bioy para mantenerme lejos y marcar puntos sin dar demasiado la cara. Por eso juego estúpidamente con la idea de escribir todo lo que no es de veras el cuento (de escribir todo lo que no sería Anabel, claro), y por eso el lujo de Poe y las vueltas en redondo, como ahora las ganas de traducir ese fragmento de Jacques Derrida que encontré anoche en La vérité en peinture y que no tiene absolutamente nada que ver con todo esto pero que se le aplica lo mismo en una inexplicable relación analógica, como esas piedras semipreciosas cuyas facetas revelan paisajes identificables, castillos o ciudades o montañas reconocibles. El fragmento es de difícil comprensión, como se acostumbra chez Derrida, y lo traduzco un poco a la que te criaste (pero él también escribe así, sólo que parece que lo criaron mejor):

“no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada. Y sin embargo amo: no, es todavía demasiado, es todavía interesarse sin duda en la existencia. No amo pero me complazco en eso que no me interesa, por lo menos en eso que es igual que ame o no. Ese placer que tomo, no lo tomo, antes bien lo devolvería, yo devuelvo lo que tomo, recibo lo que devuelvo, no tomo lo que recibo. Y sin embargo me lo doy. ¿Puedo decir que me lo doy? Es tan universalmente subjetivo –en la pretensión de mi juicio y del sentido común– que sólo puede venir de un puro afuera. Inasimilable. En último término, este placer que me doy o al cual más bien me doy, por el cual me doy, ni siquiera lo experimento, si experimentar quiere decir sentir: fenomenalmente, empíricamente, en el espacio y en el tiempo de mi existencia interesada o interesante. Placer cuya experiencia es imposible. No lo tomo, no lo recibo, no lo devuelvo, no lo doy, no me lo doy jamás porque yo (yo, sujeto existente) no tengo jamás acceso a lo bello en tanto que tal. En tanto que existo no tengo jamás placer puro.”

Derrida está hablando de alguien que enfrenta algo que le parece bello, y de ahí sale todo eso; yo enfrento una nada, que es este cuento no escrito, un hueco de cuento, un embudo de cuento, y de una manera que me sería imposible comprender siento que eso es Anabel, quiero decir que hay Anabel aunque no haya cuento. Y el placer reside en eso, aunque no sea un placer y se parezca a algo como una sed de sal, como un deseo de renunciar a toda escritura mientras escribo (entre tantas otras cosas porque no soy Bioy y no conseguiré nunca hablar de Anabel como creo que debería hacerlo).

Por la noche

Releo el pasaje de Derrida, verifico que no tiene nada que ver con mi estado de ánimo e incluso mis intenciones; la analogía existe de otra manera, parecería estar entre la noción de belleza que propone ese pasaje y mi sentimiento de Anabel; en los dos casos hay un rechazo a todo acceso, a todo puente, y si el que habla en el pasaje de Derrida no tiene jamás ingreso en lo bello en tanto que tal, yo que hablo en mi nombre (error que no hubiera cometido nunca Bioy), sé penosamente que jamás tuve y jamás tendré acceso a Anabel como Anabel, y que escribir ahora un cuento sobre ella, un cuento de alguna manera de ella, es imposible. Y así al final de la analogía vuelvo a sentir su principio, la iniciación del pasaje de Derrida que leí anoche y me cayó como una prolongación exasperante de lo que estaba sintiendo aquí frente a la Olympia, frente a la ausencia del cuento, frente a la nostalgia de la eficacia de Bioy. Justo el principio: “no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada”. El mismo enfrentamiento desesperado contra una nada desplegándose en una serie de subnadas, de negativas del discurso: porque hoy, después de tantos años, no me queda ni Anabel, ni la existencia de Anabel, ni mi existencia con relación a la suya, ni el puro objeto de Anabel, ni mi puro sujeto de entonces frente a Anabel en la pieza de la calle Reconquista, ni ningún interés de ninguna naturaleza por nada, puesto que todo eso se fue consumando many and many years ago, en un país que es hoy mi fantasma o yo el suyo, en un tiempo que hoy es como la ceniza de estos Gitanes acumulándose día a día hasta que madame Perrin venga a limpiarme el departamento.

6 de febrero

Esa foto de Anabel, puesta como señalador en nada menos que una novela de Onetti y que reapareció por mera acción de la gravedad en una mudanza de hace dos años, sacar una brazada de libros viejos de la estantería y ver asomarse la foto, tardar en reconocer a Anabel.

Creo que se le parece bastante aunque le extraño el peinado, cuando vino por primera vez a mi oficina llevaba el pelo recogido, me acuerdo por puro coágulo de sensaciones que yo estaba metido hasta las orejas en la traducción de una patente industrial. De todos los trabajos que me tocaba aceptar, y en realidad tenía que aceptarlos todos mientras fueran traducciones, los peores eran las patentes, había que pasarse horas trasvasando la explicación detallada de un perfeccionamiento en una máquina eléctrica de coser o en las turbinas de los barcos, y desde luego yo no entendía absolutamente nada de la explicación y casi nada del vocabulario técnico, de modo que avanzaba palabra a palabra cuidando de no saltarme un renglón pero sin la menor idea de lo que podía ser un árbol helicoidal hidro-vibrante que respondía magnéticamente a los tensores, 1, 1’ y 1” (dibujo 14). Seguro que Anabel había golpeado en la puerta y que no la oí, cuando levanté los ojos estaba al lado de mi escritorio y lo que más se veía de ella era la cartera de hule brillante y unos zapatos que no tenían nada que ver con las once de la mañana de un día hábil en Buenos Aires.

Por la tarde

¿Estoy escribiendo el cuento o siguen los aprontes para probablemente nada? Viejísima, nebulosa madeja con tantas puntas, puedo tirar de cualquiera sin saber lo que va a dar; la de esta mañana tenía un aire cronológico, la primera visita de Anabel. Seguir o no seguir esas hebras: me aburre lo consecutivo pero tampoco me gustan los flashbacks gratuitos que complican tanto cuento y tanta película. Si vienen por su cuenta, de acuerdo; al fin y al cabo quién sabe lo que es realmente el tiempo; pero nunca decidirlos como plan de trabajo. De la foto de Anabel tendría que haber hablado después de otras cosas que le dieran más sentido, aunque tal vez por algo asomó así, como ahora el recuerdo del papel que una tarde encontré clavado con un alfiler en la puerta de la oficina, ya nos conocíamos bien y aunque profesionalmente el mensaje podía perjudicarme ante los clientes respetables, me hizo una gracia infinita leer NO ESTAS, DESGRACIADO, VUELVO A LA TARDE (las comas las agrego yo, y no debería hacerlo pero ésa es la educación). Al final ni siquiera vino, porque a la tarde empezaba su trabajo del que nunca tuve una idea detallada pero que en conjunto era lo que los diarios llamaban el ejercicio de la prostitución. Ese ejercicio cambiaba bastante rápidamente para Anabel en la época en que alcancé a hacerme una idea de su vida, casi no pasaba una semana sin que por ahí me soltara un mañana no nos vemos porque en el Fénix necesitan una copera por una semana y pagan bien, o me dijera entre dos suspiros y una mala palabra que el yiro andaba flojo y que iba a tener que meterse unos días en lo de la Chempe para poder pagar la pieza a fin de mes.

La verdad es que nada parecía durarle a Anabel (y a las otras chicas), ni siquiera la correspondencia con los marineros, me había bastado un poco de práctica en el oficio para calcular que el promedio en casi todos los casos era de dos o tres cartas, cuatro con suerte, y verificar que el marinero se cansaba o se olvidaba pronto de ellas o viceversa, aparte de que mis traducciones debían de carecer de suficiente libido o arrastre sentimental y los marineros por su lado no eran lo que se llama hombres de pluma, de modo que todo se acababa rápido. Qué mal estoy explicando todo esto, también a mí me cansa escribir, echar palabras como perros buscando a Anabel, creyendo por momento que van a traérmela tal como era, tal como éramos many and many years ago.

8 de febrero

Lo que es peor, me cansa releer para encontrar una ilación, y además esto no es el cuento, de manera que entonces Anabel entró aquella mañana en mi oficina de San Martín casi esquina Corrientes, y me acuerdo más de la cartera de hule y los zapatos con plataforma de corcho que de su cara ese día (es cierto que las caras de la primera vez no tienen nada que ver con la que está esperando en el tiempo y la costumbre). Yo trabajaba en el viejo escritorio que había heredado un año antes junto con toda la vejez de la oficina y que todavía no me sentía con ánimo de renovar, y estaba llegando a una parte especialmente abstrusa de la patente, avanzando frase a frase rodeado de diccionarios técnicos y una sensación de estarlos estafando a Marval y O’Donnell que me pagaban las traducciones. Anabel fue como la entrada trastornante de una gata siamesa en una sala de computadoras, y se hubiera dicho que lo sabía porque me miró casi con lástima antes de decirme que su amiga Marucha le había dado mi dirección. Le pedí que se sentara, y por puro chiqué seguí traduciendo una frase en la que una calandria de calibre intermedio establecía una misteriosa confraternidad con un cárter antimagnético blindado X2. Entonces ella sacó un cigarrillo rubio y yo uno negro, y aunque me bastaba el nombre de Marucha para que todo estuviera claro, lo mismo la dejé hablar.

9 de febrero

Resistencia a construir un diálogo que tendría más de invención que de otra cosa. Me acuerdo sobre todo de los clisés de Anabel, su manera de decirme “joven” o “señor” alternadamente, de decir “una suposición”, o dejar caer un “ah, si le cuento”. De fumar también por clisé, soltando el humo de un solo golpe casi antes de haberlo absorbido. Me traía una carta de un tal William, fechada en Tampico un mes antes, que le traduje en voz alta antes de ponérsela por escrito como me lo pidió en seguida. “Por si se me olvida algo”, dijo Anabel, sacando cinco pesos para pagarme. Le dije que no valía la pena, mi ex socio había fijado esa tarifa absurda en los tiempos en que trabajaba solo y había empezado a traducirles a las minas del bajo las cartas de sus marineros y lo que ellas les contestaban. Yo le había dicho: “¿Por qué les cobra tan poco? O más o nada sería mejor, total no es su trabajo, usted lo hace por bondad”. Me explicó que ya estaba demasiado viejo como para resistir al deseo de acostarse de cuando en cuando con alguna de ellas, y que por eso aceptaba traducirles las cartas para tenerlas más a tiro, pero que si no les hubiera cobrado ese precio simbólico se habrían convertido todas en unas madame de Sevigné y eso ni hablar. Después mi socio se fue del país y yo heredé la mercadería, manteniéndola dentro de las mismas líneas por inercia. Todo iba muy bien, Marucha y las otras (había cuatro entonces) me juraron que no le pasarían el santo a ninguna más, y el promedio era de dos por mes, con carta a leerles en español y carta a escribirles en inglés (más raramente en francés). Entonces por lo visto a Marucha se le olvidó el juramento, y balanceando su absurda cartera de hule reluciente entró Anabel.

10 de febrero

Esos tiempos: el peronismo ensordeciéndome a puro altoparlante en el centro, el gallego portero llegando a mi oficina con una foto de Evita y pidiéndome de manera nada amable que tuviera la amabilidad de fijarla en la pared (traía las cuatro chinches para que no hubiera pretextos). Walter Gieseking daba una serie de admirables recitales en el Colón, y José María Gatica caía como una bolsa de papas en un ring de Estados Unidos. En mis ratos libres yo traducía Vida y cartas de John Keats, de Lord Houghton; en los todavía más libres pasaba buenos ratos en La Fragata, casi enfrente de mi oficina, con amigos abogados a quienes también les gustaba el Demaría bien batido. A veces Susana -

Es que no es fácil seguir, me voy hundiendo en recuerdos y a la vez queriendo huirles, exorcizarlos escribiéndolos (pero entonces hay que asumirlos de lleno y ésa es la cosa). Pretender contar desde la niebla, desde cosas deshilachadas por el tiempo (y qué irrisión ver con tanta claridad la cartera negra de Anabel, oír nítidamente su “gracias, joven”, cuando le terminé la carta para William y le di el vuelto de diez pesos). Sólo ahora sé de veras lo que pasa, y es que nunca supe gran cosa de lo que había pasado, quiero decir las razones profundas de ese tango barato que empezó con Anabel, desde Anabel. Cómo entender de veras esa anécdota de milonga en la que había una muerte de por medio y nada menos que un frasco de veneno, no era a un traductor público con oficina y chapa de bronce en la puerta a quien Anabel le iba a decir toda la verdad, suponiendo que la supiera. Como con tantas otras cosas en ese tiempo, me manejé entre abstracciones, y ahora al final del camino me pregunto cómo pude vivir en esa superficie bajo la cual resbalaban y se mordían las criaturas de la noche porteña, los grandes peces de ese río turbio que yo y tantos otros ignorábamos. Absurdo que ahora quiera contar algo que no fui capaz de conocer bien mientras estaba sucediendo, como en una parodia de Proust pretendo entrar en el recuerdo como no entré en la vida para al fin vivirla de veras. Pienso que lo hago por Anabel, finalmente quisiera escribir un cuento capaz de mostrármela de nuevo, algo en que ella misma se viera como no creo que se haya visto en ese entonces, porque también Anabel se movía en el aire espeso y sucio de un Buenos Aires que la contenía y a la vez la rechazaba como a una sobra marginal, lumpen de puerto y pieza de mala muerte dando a un corredor al que daban tantas otras piezas de tantos otros lumpens, donde se oían tantos tangos al mismo tiempo mezclándose con broncas, quejidos, a veces risas, claro que a veces risas cuando Anabel y Marucha se contaban chistes o porquerías entre dos mates o una cerveza nunca lo bastante fría. Poder arrancar a Anabel de esa imagen confusa y manchada que me queda de ella, como a veces las cartas de William le llegaban confusas y manchadas y ella me las ponía en la mano como si me alcanzara un pañuelo sucio.

próximo martes, siguen los éxitos

Publicado en Sugerencias. el 15 de Enero, 2010, 13:59 por MScalona

ciclo_ocultos19enero by you.

acompañamos a nuestros compañeros

PABLO CASTRO-NICO DOFFO y JAVIER VERBA

MÚSICO INVITADO:  Guillermo Farina

RICARDO ZELARAYÁN

Publicado en De Otros. el 15 de Enero, 2010, 11:27 por MScalona

UNA MADRUGADA POR DÍA

 

 

 

                                    A la memoria de Robert Desnos

 

 

 

Las trizas no se ven.

¡Oh gran sorda al viento!

El viento hace trizas el tiempo.

El día se ha vuelto oscuro

Para volverse a aclarar,

Para ser otro día.

Mi larga espera no puede ser siempre.

El amor tiene que estar aquí…

No a cien leguas a la redonda.

El gallo despierta,

El pájaro domestico del canto de la madrugada.

Mis ojos comienzan a licuarse en contacto

Con la luz.

Pero la llamarada sin estrépito del corazón

No despierta a los vecinos.

Ella (es decir vos) ya duerme

Pero yo sigo despierto.

Ella dejó todo para mañana.

Esa hora, me dijo.

Yo me he quedado como pez fuera del agua

De su mirada…

Feliz de voz (de ella),

 Pero Dios te (me) oiga,

Porque yo no estoy tan seguro

De hasta mañana.

Nada se sabe hasta mañana.

Hay una gran diferencia

Entre el soñador y el dormido/a.

Entre los pájaros que duermen

Y el gallo, cantor del alba.

Entre sus ojos cerrados

Y mis ojos abiertos.

Todos están afuera (aunque duerman),

Todos se han ido.

Hasta mañana.

Los que duermen han cerrado su sueño

Con siete llaves

Hasta mañana.

Los insomnes de amor y los otros

Se quedan,

Esperan.

Y yo visito una fábrica de encendedores perdidos.

(Hoy no sólo se fabrican objetos para tener

Sino también

Objetos para perder.)

Pero los encendedores perdidos

No hablan con los paraguas perdidos.

Y yo me voy, pájaro negro,

Con el paraguas infinito de la noche

Acribillado por tus miradas,

Por el recuerdo de tus miradas.

La madrugada es dura

Como el pan del olvido.

Tu mirada es sólo un recuerdo

Hasta mañana.

 

el martes pasado, ciclo OCULTOS...

Publicado en Fotitos. el 15 de Enero, 2010, 11:14 por MScalona
verano 2010 006 by you.

CELESTE  GALIANO

verano 2010 005 by you.

SILVIA TOMBOLINI

verano 2010 003 by you.

MARIA LAURA ISAIA

verano 2010 007 by you.

MARIA LAURA, CELESTE y MAYRA

MARIA LAURA, CELESTE y MAYRA

LORRIE MOORE

Publicado en De Otros. el 12 de Enero, 2010, 12:31 por CELINA

    

         La vida era insoportable, y sin embargo uno tenía que cargar con ella a todas partes. Estaba viviendo en carne propia un trabajo que había hecho para mi clase de Mitología de primero. El dolor, en su errática evolución, pasaba por diversas etapas. Primero Hércules. Después Sísifo. Después Perseo. Después Eco. Finalmente uno se convertía en flor o árbol, con la inclinación de una flor y la rigidez anhelante de un árbol. Pero con zapatillas. Y cenas. Y tareas domésticas. Sí que mejoré, por usar las jerga médica, sin que me sintiera realmente mejor, y conforme fueron pasando las semanas otoñales, empecé a salir de mi habitación con más frecuencia y también a ayudar a mi padre con la cosecha. Incluso empecé a acompañarlo a hacer entregas de patatas y mezclas de lechugas triestacionales a restaurantes de Chicago, viajando por carreteras secundarias, entre colinas bajas de origen glaciar y morrenas. También alguna vez lo ayudé con su puesto en el mercado de granjeros de aquella misma ciudad. Mi padre llevaba las chapas de identificación de mi hermano a todas partes. Había momentos toda la tierra me parecía una tumba. Otras, de mayor esperanza, me parecía un jardín.

                                                                                                    Pág.402

 

       Yo suponía que el alma sólo abandonaba el cuerpo en el último minuto y de mala gana. ¿Y quién podía culparla? Amábamos nuestras vidas mucho más de lo que nos dábamos cuenta, y sólo al final percibíamos su munificencia, como a veces decían en la iglesia, sentíamos incluso la riqueza de sus oportunidades perdidas, o entendíamos simplemente que la vida era mucho más de lo que imaginábamos y por lo tanto que dejarla suponía una gran renuncia. A veces imaginaba que justo antes del olvido, postrado y a punto de morir, a uno le concedían un último encuentro de despedida con los amigos: una última ronda en un rincón  agradable de la mente.  Hasta el hardware traqueteante y moribundo hacía entrega de sus pequeños placeres antes de pasar a mejor vida. ¡Era toda una canción! ¿Y no era este un trueque atractivo: sensación por espíritu y viceversa? Un intercambio que se daba a lo largo de toda la vida y que quizás se intensificaba en el momento de la muerte: el sediento abrazo al dispensador de agua por una gota.

                                                                                       Pág. 410

                                                                                      Al  pie de la escalera- Lorrie Moore

el martes, nos OCULTAMOS

Publicado en Sugerencias. el 10 de Enero, 2010, 15:34 por MScalona

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María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-