"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Imitando (infructuosamente) a Fogwill

Publicado en Cuentos el 24 de Noviembre, 2009, 17:09 por Alejandro

DESPUES DE NAVIDAD

 

ANTES DE AÑO NUEVO

 

No recuerdo con exactitud. Creo que 1983, diciembre, después de Navidad y antes de Año Nuevo. Alfonsín no tenía veinte días de vida. Mi papá confiaba en un peronismo muerto para siempre, a Dios gracias. Tanto como su fundador, El Conchudo, aún con manos. A las dos de la tarde sonó el timbre. A través del vidrio pude ver al Alemán Boitel, un poco más allá estaba parado el Falcon gris del Mimi, el tío de Boitel. Nos invitaban a mi hermano Gustavo (hasta hoy convencido que Björk y Yoko Ono son tucumanas) y a mí a despedir el año con cervezas y sangrías en algún bar. Por entonces yo suponía que los años se despedían de noche, jamás de tarde con 40 grados a la sombra. Por entonces no me había dado cuenta que esas despedidas carecían de sentido: la mierda era imperecedera. Se llamaba Carlos Alfredo Beutel Schmitt pero se suponía que Karl Boitel era más apropiado, más germano. Su fenotipo de los individuos pertenecientes a los pueblos de estirpe nórdica, tal vez formados por los sucesores de los antiguos indoeuropeos. En las peñas universitarias conoció a una chica judía, más tarde su novia. De ella nunca pude saber si cumplía con el apotegma de las hembras judías, ésto es, muy buenas tetas. En realidad la sentencia era propia, yo mismo estaba de novio con una chica judía que tenía muy buenas tetas. El resto, una inferencia de coyuntura, demasiado audaz. Contra todos los pronósticos Boitel partió a Israel e ingresó en un kibutz. Allí aprendió el complejo funcionamiento de los equipos de riego artificial. Era un buen técnico formado en la dura disciplina de los Salesianos. Los israelíes son expertos en el tema, en especial el riego por goteo. Luego se mudó a México. Le fue muy bien vendiendo equipos de riego importados desde Israel. En History Channel termina Ice Roads Truckers[1]y salto a Weather Channel. Un informe sobre la temporada 2009 de huracanes en México. Era un gran tipo Boitel, yo lo quería. Pasábamos las tardes de domingo jugando a la pelota, escuchando los partidos que relataba el Gordo Muñoz. La radio dentro del arco, protegida por uno de los palos. El Mimi era hermano de la madre de Boitel y una persona tan importante en su vida. Un buscavidas, enorme, cabezón, semicalvo, de cara roja y ojos claros. Ametrallaba palabras, puteaba de continuo, chupaba como un cosaco y fumaba Colorados. Varios años atrás regenteaba la Cantina Don Bosco, un bodegón sobre calle Salta, frente al Colegio San José y un viernes a la noche nos invitó a cenar uno de los mejores pollos a la portuguesa de mi vida. Al entrar nos espetó "ojo, acá el más gil se coge un avestruz al vuelo". Mi hermano lo apreciaba. En una oportunidad lo salvó (a él y unos amigos) de morir por inanición al borde de la Laguna Gómez, en Junín (la última posibilidad de alimentarse fracasó al colar fideos, a falta de instrumento más adecuado, con una bolsa de nylon que se reventó ni bien entró en contacto con el agua hirviendo). El Mimi los rescató, los llevó a comer un asado, los trajo de regreso a Rosario en el Falcon gris, paró a tomar cerveza fría en cada bar y sentenció "que calor la puta que lo parió, los gallos caen con paracaídas". Acá debo vencer la tentación de usar la palabra "chiringuito". Épocas de autos sin aire acondicionado, ventanilla y camisa abierta. Murió hace algún tiempo y pidió que sus cenizas sean desparramadas en el lugar donde alguna vez trabajó y pasó los mejores instantes de su vida.

 

Aquella tarde de diciembre fuimos al Bar Wembley, acaso al Sunderland, ya no recuerdo. No había nadie en la calle, solo nosotros y un mozo que no tuvo paz. El Mimi, su cadencia al hablar, pedía triples y cervezas. Daba la sensación que iría a morirse esa misma tarde. Ha pasado tanto que no puedo evocar la charla, solo al Mimi, a Boitel y a Gustavo frente a los vasos, las moscas que no nos dejaban en paz y un paisaje borroneado por el perpetuo polvillo del puerto. Los tres eran grandes fabuladores. Tipo seis decidió levantarse y partir en busca de algún otro bar donde pudiéramos comer  unas costeletas con un par de huevos fritos. No hubo forma de disuadirlo y recalamos en una pizzería de Mendoza y Santiago que ya no existe más, sucumbió a un fideicomiso sojero que construyó diez monoambiente por piso de diez metros cuadrados cada uno. Luminosos, eso si. Tuvo que contentarse con pizzas y más cerveza. Como a las ocho nos dejó otra vez en la puerta de casa. Pienso en Boitel, en como pasará los huracanes que llegan y la Gripe A.

 

          Creo, legalmente, que otra tarde de diciembre, también después de Navidad y antes de Año Nuevo, mientras caminaba a refinanciar una deuda me acordé del Mimi y Boitel. Tuve que esperar un rato sentado al escritorio de la fresca oficina de los usureros con la vista perdida en el titular de un diario "Embajada de Israel: a nueve meses no hay pistas". Padre e hijo, a quienes conocía largamente, se sentaron frente a mí. No me quedaban dudas, áquello era una revancha. Habíamos sido compañeros, primaria y secundaria. Mucho más que eso, mi primer amigo. Lo fue hasta el exacto momento en que pisamos la vereda del colegio, terminó el acto de colación y ya no se escuchó Pompa y Circunstancia. Hasta ahí nuestro peor temor era, los jueves, caminar cincuenta metros por Pellegrini, cruzar Corrientes, en el kiosco de revistas no encontrar Corsa y vernos en la obligación de esperar veinticuatro horas más para saber por qué razón Brian Henton le sacaba canas verdes a Marc Surer. Éramos dos perdedores, resignados, dos pelotudos que aún jugaban al Scalextric. Pero pasó lo obvio. A los dos nos afiebraba la chica judía de muy buenas tetas que sirvió de inspiración para el axioma de tan dudosa validez y que venía a estudiar a mi pieza con un pulóver rojo, sin corpiño. Él, gordo, papada, miope y estéril no tuvo chance. Con el tiempo, supe que nunca lo olvidaría.

 

Ustedes tienen que prever un poco mejor las cosas. Ustedes trabajan mal. El vencimiento del documento era 31 de diciembre y vos me venís a decir, dos días antes, que querés renovarlo hasta la soja. Ustedes no van a tener soja hasta abril o mayo, si recién terminan con la siembra de la de segunda. ¿Me equivoco? Ustedes tienen que entender que acá hay un grupo de inversores a los que tenemos que responder. Fijate esto. Tengo un pedido de plata de una gente que importa ropa, contenedores enteros. No tienen problemas en pagar hasta el cinco por ciento mensual (en dólares pensé) porque le ganan más del diez. Cero riesgos. Te vamos a renovar pero con un aumento de tasa, cuatro por ciento porque nos conocemos. Tenés que entender que si bien a nosotros nos interesa cuidar nuestra plata también nos interesa la salud de nuestros clientes. Hacemos un nuevo documento y sumamos los intereses devengados hasta ahora, que no me estás pagando, y le incluyo los nuevos hasta el 31 de mayo. ¿Trajiste el sello?

 

 Asentí y miré el bolso que llevaba conmigo, acostado sobre la mesa, el cierre hacia mí. Lo abrí. Una agenda inútil, el sello de apoderado, el Colt 38 corto, pavonado, seis tiros. Primero gatillé al pecho de mi camarada. Dos veces. Cayó de la silla. Esperé unos segundos, el padre apoyaba sus manos sobre la sangre en la camisa celeste. Se desesperaba. Balbuceó el tercer hijo de puta, disparé a su cabeza.

 

Asentí y miré el bolso que llevaba conmigo, acostado sobre la mesa, el cierre hacia mí. Lo abrí. Una agenda inútil, el sello de apoderado. Pregunté "¿tiene el pagaré listo?". Antes de irme, mis hombros un poco más encorvados, estrecho las manos de ambos y les agradezco la colaboración, la gauchada que nos están haciendo. Me disculpo por las molestias ocasionadas.  Como a las ocho llegué a la puerta de mi casa.

 

 

 

En Weather Channel termina el informe acerca de los huracanes. Me pregunto a cuánto estará un pasaje al DF. Uno de esos baratos, que paran seis horas en Lima y otras más en Bogotá. Cuando pase esta mierda de la Gripe A voy a ir a visitar a Boitel.

 

[1]"Camioneros en el hielo" muestra los inconvenientes que afrontan un grupo de conductores al transportar cargas desde Fairbanks hasta Deadhorse, sobre la Bahía de Prudhoe en Alaska. Ambos puntos están unidos por la James Dalton Highway, una de las carreteras más peligrosas del mundo.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-