"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




23 de Noviembre, 2009


ANTONIO DI BENEDETTO

Publicado en De Otros. el 23 de Noviembre, 2009, 17:45 por MScalona

 LOS  SUICIDAS  

p.  11-16,  Ed. AH

Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.

Tenía 33 años.

El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.

Aunque tía Constanza, con reserva pero sin tacto, mencionó esa coincidencia,  no he vuelto a ella mi pensamiento hasta hoy que el tema, de cierta manera, ha salido a mi encuentro.

En la agencia el jefe me dijo: “Puede ser su oportunidad”.

Sin requerir consentimiento, me introdujo en la tarea. Sobre el escritorio desplegó tres fotografías y me incitó a descubrir lo que posiblemente él ya había observado.

-¿Que ve en ellas?

Consideré que esperaba de mí una deducción fuera de lo corriente. Inclinado, examiné las fotos, que tenían, cada una, un cuerpo humano, tumbado y vestido. Dije:

-Veo que están muertos, los tres.

-No es una respuesta muy sagaz.

Acepté su mordacidad como una advertencia de que debía ver mejor, y pronto. Me molestó, pero transigí, más bien por el presentimiento de que comenzaba a descifrar. Indiqué:

-Una es mujer, dos son hombres.

Remarqué lentamente, como si costara enterarse. Proseguí, sin prisa:

-Ella y este otro conservan los ojos abiertos. El tercero no.

-¡Oh!-dijo el jefe, se arrancó del escritorio y caminó. Entonces pensé que no soy un bromista y ya bastaba porque asimismo él podía decir basta. Dije:

-Los que tienen los ojos abiertos siguen mirando…

El jefe se detuvo, yo también.

Sentí que entendía y que me importaba lo que había entendido:

-Miran… como si miraran para adentro, pero con horror.

No necesitaba su aprobación-un sonido que me echó-, ni el silencio con que propició la impresión de que algo faltaba. Sí, en mi mente había una mueca de placer sombrío.

No dudé que había acertado, que le había ampliado la visión. Eso ya estaba. Lo que a continuación, con urgencia, precisaba saber, era lo que pregunté:

-¿Los mataron?

-No, se mataron.

 

 

Era el embrión de una serie de notas. Un embrión informe.

Discutimos la serie: Historia de los dos casos de los ojos espantados. No conocemos la historia. Alguien, un profesional respetable, proporcionó las fotos; no puede ayudarnos ni decirnos quiénes son ni quién las tomó. Dos casos no dan para una serie. Pero su historia las tomó. Dos casos no dan para una serie. Pero su historia nos hace falta. Hay que averiguar, pesquisa propia. L a policía no colaborará. Se puede probar. No colaborará, no informa sobre suicidios. La publicación provoca el contagio. Suicidios por imitación, epidemia de suicidios, peste de suicidios.

¿Por qué el horror introspectivo? ¿Por qué el placer sombrío? Por ahí puede darse la generalización, más material para más notas, la serie si confirmamos la generalización. Sí. No puede ser la historia de dos, o dos historias que dejaron de ser noticia. Precisamos casos frescos. Habrá que esperar. ¿Esperar qué? Que se produzcan, y ver. No, no se puede esperar. ¿Esperar qué? Que se produzcan, y ver. No, no se puede esperar, dispone de dos meses. Tenemos lista la circular para ofrecer la serie a los diarios. Podemos venderla a treinta vespertinos y tres revistas en color. ¿La quiere sensacionalista? No, seria. Nuestra agencia no es sensacionalista. Como usted dijo vespertinos…Dije no más. Para las revistas precisará diapositivas. ¿Por qué solo revistas a color? Por la sangre, para que se aprecie el rojo; si no, hay que marcarla con una flecha y explicar en el epígrafe, y se pierde. Tiene razón. Trabaje con Marcela. ¿Por qué Marcela? Recuerde, el reportaje del avión caído en la cordillera. Sabe arriesgarse. En este asunto no habrá riesgos, trataremos con muertos. ¿No habrá? Así lo espero. Quién sabe.

Recurro: Mejor sería Pedro, preferiría trabajar con un hombre. Manda: No, Marcela.

Sin decirlo, pienso en Marcela como un negocio particular. Es ascética, parece. Es casi nueva en la agencia y apenas conozco. No nos gustamos. No me gusta, he soltado por ahí. Uno me preguntó por qué. Dije:

“Tiene 30 0 32”. Años, quise decir.

 

 

 

Salgo y me alivio. Me deslumbra el verano.  Me deslumbra el verano. Me deslumbra rápidamente me pone pegajoso el cuerpo.

Viene por la vereda una blusa con interiores. Podría decirle algo. Otra, escotada. Nada le digo a ésta tampoco, es inútil para el vehículo, pasan; pero la miro, quién sabe cómo, porque una señora  me mira. Es la censura y pretende arrinconarme.

Pienso en la serie. Tendré que ver gente que no me importa porque no es la que lo hizo; personas prevenidas, reacias (quizá Marcela me ayude a llegar a ellas; en su estilo es un cebo, tiene 30).

Pongo el pie en el cajón de lustrar.

Y tendré que hablar, hablar de eso.

Pienso en papá. Yo era como este niño, el lustrador, así de pequeño. Supe que había muerto, ignoraba cómo. Lloré hasta secarme, dormí, desperté, la ceremonia seguía, las visitas susurraban. Alguien, posiblemente mi madre, clamaba: “¡Muerte injusta!” Comprendí lo de injusta-nos dejaba sin él-, pero no pude entender cómo la muerte se introdujo en la casa t se apoderó de papá. Porque en la mañana él estaba vivo, de pie y sano como cualquiera, y murió en la tarde mientras había sol, y yo tenía el convencimiento de que la Muerte era una figura siniestra que daba sus golpes en la oscuridad de la noche. Pregunto, al niño que me lustra los zapatos, qué es la muerte.

Levanta sus ojos marrones y me considera, desde abajo, entre sorprendido e intimidado, si bien no cesa de cepillar.

Mi pregunta ha sido excesivamente abstracta. Me corrijo y sonrió, para atraerlo:

-¿Nunca murió alguien que conocías, un vecino, un tío?...

El chico se encorvaba sobre su trabajo, se concentra y dice:

-Sí, mi papá.

Callo.

Él me espía, con curiosidad: advierto que no me rechaza. Procuro establecer-¿He comenzado mi tarea?-que conoce de los alcances de la muerte, dónde supone que está el que muere.

Contesta que el padre está en un nicho, pero la madre, al principio  contaba que se fue de viaje, y ahora dice que está en el cielo. Él no lo cree. ¿No cree en el Cielo? En el Cielo si, pero el Cielo es para los buenos y el padre le pegaba a la madre.

Estoy pensando un día cargado de muerte. Es suficiente. Entro a un cine donde dan Alphaville. Trabajaré mañana.

Particularidades

Publicado en General el 23 de Noviembre, 2009, 14:43 por Pájaro

Tal vez este dato sea conocido por la mayoría de los mortales, pero la verdad que yo no lo sabía.

Una pavada más: la sumatoria de los números de la ruleta dá 666.

El diablo llegó a Rosario o ya estaba?

Hagan sus apuestas...

RAFEL IELPI

Publicado en Ensayo el 23 de Noviembre, 2009, 10:03 por MScalona

Al Mejor Postor

 

 

 

 

Estas ceremonias, dignas de una página de Roberto Arlt, se llevan a cabo en distintos lugares de Buenos Aires donde arribaba la totalidad de mujeres traídas desde Europa. Uno de ellos era el Teatro Alcázar, sobre la calle Suipacha; otro, el <<Café Parisien>> que también funcionaba como restaurant, emplazado sobre la aristocrática Avenida Alvear 3184 casi esquina Billinghurst, uno de cuyo dos propietarios ( el otro era Salomón Mittelstein) era Achiel Moustowsy, miembro de la Zwi Migdal (la más grande comandita prostibularia hacia 1930, continuadora de la Sociedad de Varsovia) y uno de los ciento ocho personajes que, durante un tiempo, estarían detenidos en la Cárcel de Encausados por orden del juez Rodríguez Ocampo, como consecuencia de posterior caso Liberman.

Los socios terminaron vendiendo el negocio a un trío que incluía, junto a Simón Kumchev, a dos de los nombres más notorios de la cofradía de tratantes: Mauricio Caro y Simón Brutkievich, este último presidente de la Migdal al momento de producirse su debacle apenas iniciada llamada <<década infame>>.

Alzogaray (Comisario Policial Federal) es uno de los testimonios sobre aquellas escenas patéticas: La habitación utilizada para tal fin estaba provista de un tablado a manera de escenario, en el que aparecía la víctima exhibiendo su desnudez. No bien corríanse lateralmente las cortinas que la ocultaban a las miradas de los asistentes, se anunciaba el remate impulsados por repugnante avaricia. Palpaban la dureza de sus carnes, se detenían en la conformación general del cuerpo y los pechos, de la dentadura y del cabello. Realizado este examen comenzaba la subasta. Formuladas una o dos ofertas, por distintos interesados pero sin revestir nunca los aspectos de una competencia formal, adjudicábase la mercadería al mejor postor.

Entre los espectadores de aquellos remates se contarían no sólo algunos magistrados y policías amigos de los rufianes sino algún notable como George Clemenceau, que en su visita a la Argentina para los fastos del Centenario tuvo tiempo entre agasajos, conferencias y su viaje a Rosario, para  conocer <<in situ>> el tenebroso mundillo de la prostitución organizada, un ambiente, por lo demás, en el que algunos compatriotas suyos tenían por ese entonces un protagonismo singular.

 

 

 

 

                          La sociedad remataba mujeres en el Café Parisien, propiedad de uno de sus directivos. El lugar estaba en uno de los lugares más burgueses de Buenos Aires y en uno de los salones del Parisien se montaba un escenario, y al descorrerse las cortinas aparecían las mujeres desnudas. Los invitados al espectáculo eran rufianes, jueces y políticos. El rematador recibía las ofertas, que se hacían en voz alta. Los compradores subían al escenario, palpaban los cuerpos (culo y tetas sobre todo) y hacían la oferta.

Era una autentica <<bolsa de mujeres>>…

 

                                                           (Vazquez-Rial: El cementerio…., op.cit).

 

 

El periodista Gustavo Germán González, cronista policial de Crítica rescató en su rico anecdotario publicado el título de 55 años entre policías y delincuentes, y habiendo sido testigo de uno de aquellos remates de mujeres, la peculiar <<oferta>> que el rematador hacía a la expectante audiencia de clientes, integrada exclusivamente por tratantes o rufianes judío- polacos, rusos y franceses: <<Mírenla bien>>, repetía. <<Es gordita, tiene sólo 22 años y nunca trabajó en el oficio. Es obediente. ¿Cuanto ofrecen por ella? <<Dos mil pesos>>, dijo un gordo patilludo. El rematador se mostró indignado por lo ínfimo de la oferta: << ¡Mírenla bien!>>, repetía, y obligando a la mujer a que abriera la boca, insistió en su descripción: << ¡Fíjense bien: no tiene ni una muela picada!>>. Siguió la puja hasta que un rufián pagó 60.000 mil pesos para mandarla a uno de sus negocios en Rosario… 

 

 

 

 

RAFAEL  IELPI, 

EL IMPERIO DE PICHINCHA, Ed. Homo Sapiens, p. 97-99,

obra que presentaremos con el autor el próximo miércoles 25 a las 19,30 hs. en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia.-

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-