"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




morOnetti... los Adioses...

Publicado en De Otros. el 18 de Noviembre, 2009, 18:20 por MScalona

Las cartas volvieron a llegar, ahora armoniosamente: una escrita con la ancha letra azul junto con otra escrita a máquina. No sentía lástima por el hombre sino por lo que evocaba cuando venía a beber su cerveza y pedir sin palabras, sus cartas. Nada en sus movimientos, su voz lenta, su paciencia, delataba un cambio, la huella de los hechos innegables, las visitas y los adioses.

Esta ignorancia profunda o discreción, o este síntoma de la falta de fe  que yo le había adivinado, puede ser recordado con seguridad y creído. Porque, además, es cierto que yo estuve buscando modificaciones, fisuras y agregados y es cierto que llegué a inventarlos.

En esto estábamos mientras iba creciendo el verano, en enero y febrero, y los rebaños de turistas llenaban los hoteles y las pensiones de la sierra. Estábamos, él y yo –aunque él no supiera o creyera saber otra cosa- jugando durante aquel verano reseco al juego de la piedad y la protección. Pensar en él, admitirlo, significaba aumentar mi lástima y su desgracia. Me acostumbré a no verlo ni oírlo, a darle su cerveza y sus cartas como si las acercara a cualquier otro de los que entraban al almacén con los disímiles uniformes de verano.

-No crea que no me doy cuenta -decía el enfermero-. No quiere hablar del tipo. ¿Y porqué? ¿También a usted lo embrujó? Es de no creer lo que pasa en el hotel viejo. No saluda a nadie  pero nadie quiere hablar mal de él. De la muchacha, sí. Y ni siquiera con Gunz; no se puede hablar con Gunz de la muerte del tipo. Como si él no supiera, como si no hubiera visto morir a cien otros mejores que él.

Todos los mediodía el hombre recogía sus cartas, tomaba una botella de cerveza y salía al camino, insinuando un saludo, metiéndose sin apuros en el insoportable calor, atrayéndome de sus hombros, con lo que había de hastiado, heroico y bondadoso en su cuerpo visto de atrás en la marcha. Acababa de terminar el carnaval cuando la mujer bajó del ómnibus, dándome la espalda, demorándose para ayudar al chico. No se detuvo junto al árbol ni buscó la figura larga y encogida del hombre; no le importaba que estuviera o no allí, esperándola. No lo necesitaba porque él ya no era un hombre sino una abstracción, algo más huidizo y sin embargo más vulnerable. Y acaso estuviera contenta por no tener que enfrentarlo en seguida, tal vez hubiera organizado las cosas para asegurarse esta primera soledad, los minutos de pausa para recapitular y aclimatarse. El chico tendría cinco años y no se parecía ni a ella ni a él: miraba indiferente, sin temor ni sonrisas, muy erguida la cabeza clara, recién rapada.

No era posible saber que se traía ella detrás de los lentes oscuros; pero ahí estaba el niño, con las piernas colgando de la silla y ahí estaba ella, acercándose el refresco, acomodándose el nudo de la corbata escocesa, aplastándose con la saliva el pelo sobre la frente. No quiso reconocerme porque tenía miedo de cualquier riesgo imprevisto, de delaciones y pasos en falso; me saludó, al irse, moviendo lo indispensable la boca, como si los labios, los anteojos, la palidez, la humedad bajo la nariz, todo el cuerpo grande y sereno no fuera otra cosa que un delegado de ella misma, del propósito en que ella se había convertido, y como si considerara necesario mantener este propósito libre de roces y desgastes, sin pérdidas de lo que había estado reuniendo y fortificando para dar la batalla por sorpresa en el hotel viejo. Y acaso ni siquiera eso; acaso no me veía ni me recordaba y, en un mundo despoblado, en un mundo donde sólo quedaba una cosa para ganar o perder, persistiera, sin verdaderos planes, con sencillez animal, en la conservación apenas exaltada de la franja de tiempo que iba desde su encuentro en la sala de baile, en un reparto de medallas y copas, con el pívot de un equipo internacional de básquetbol, hasta aquella tarde en mi almacén, hasta momentos antes de colarse en una pieza del hotel, empujando con las rodillas al niño impávido para apelar, sucesiva, alternativamente, a la piedad, a la memoria, a  la decadencia, al sagrado porque sí.

Estábamos los tres en el almacén vacío, esperando que sonara la bocina del ómnibus para Los Pinos.  Le miré los hombros redondos, la lentitud protectora, caso irónico de los movimientos con que atendía al chico e iba vaciando su propio vaso de naranjada. Comparé lo que podía ofrecer a ella y a la muchacha, inseguro acerca de ventajas y defectos, sin tomar partido por ninguna de ellas. Sólo que me era más fácil identificarme con la mujer de los anteojos, imaginarla entrando en la pieza del hotel, prever el movimiento de retención e impulso con que ella trataría de cargar persuasiones en el niño para lazarlo enseguida hacia el largo cuerpo indolente en la cama, hacia la cara precavida y atrapada alzándose del desabrigo de la siesta, revindicando su envejecido gesto de entereza desconfiada.

Entre las dos, hubiera apostado contra toda razón por la mujer y el niño, por los años, la costumbre, la impregnación. Una buena apuesta para el enfermero. Porque al día siguiente, en un paisaje igual, con idéntica luz que el anterior, vi la pequeña valija de la jovencita oscilando frente a la puerta del ómnibus los mismos trajes grises, el sombrerito estrujado por la mano enguantada, blanca.

Entró con la cabeza demasiado alta, aunque con aquella inclinación, que la atenuaba, que parecía  insinuar, engañosamente la capacidad de separarse, sin verdadera lucha, e todo lo que viera o pensara. Me saludó como desafiándome y se mantuvo derecha frente al mostrador, la valija entre los zapatos, tres dedos de una mano hundidos a medias en el bolsillo de la chaqueta.

-¿Se acuerda usted de mí? –Dijo, pero no era una pregunta-. ¿A que hora tengo algo para el hotel viejo?

-Tiene una media hora de espera. Si prefiere,  podemos tratar de conseguir un coche.

-Como la otra vez -comentó ella sin sonreír.

Pero yo no iba a llevarla, en todo caso. Tal vez haya pensado en la imposibilidad de repetir el primer viaje y sorpresa, o en la melancolía de intentarlo. Ella dijo que prefería esperar y se sentó en la mesa que ya conocía; comió la comida del enfermero, queso, pan  y salame, sardinas, todo lo que yo podía darle. Con un brazo apoyado en la reja, me miraba ir y venir, ensayaba conmigo la expresión tolerante y desplegada que había imaginado durante el viaje.

-Porque cuando llegue ya habrán almorzado -explicó, ayudándose a creer que un servicio de comedor a deshora era el trastorno más grave que llevaba al hotel. Los escasos clientes entraban en la sombra, venían hacia mí y el mostrador con las cabezas inmóviles, los ojos clavados en mi cara; pedían algo en voz baja, despreocupados de que los atendiera o no, como si sólo hubiera venido para interrumpir mi vigilancia, y giraban en seguida para mirarla, curioseando en los platos colocados frente a los ojos con aparatosa sorpresa, con burla y malicia; todos hombres y mujeres sobre toda las inconformables, fatigadas   mujeres que bajaban desde la sierra en la hora de la siesta, querían encontrar en mí alguna suerte de complicidad, la coincidencia en una vaga condenación.

Era como si todos supieran la historia, como si hubieran apostado a la misma mujer que yo y temieran verla fracasar. La muchacha continuaba comiendo, sin esconder la cara ni ostentarla. Después encendió un cigarrillo y me pidió que me sentara a tomar café con ella.

LOS ADIOSES    (1953),

pags. 101-108, Edit. Bruguera, 1º Edición, 1980

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-