"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Noviembre, 2009


DE QUÉ SE RÍE

Publicado en Cuentos el 16 de Noviembre, 2009, 17:48 por R_Parma

de qué se ríe

¿De qué se ríe? No entiendo. Es que usted habrá notado que hay gente que se la pasa riéndose. No sonríen: se ríen. ¿De qué…? ¿Es que hay motivos suficientes y constantes para hacerlo? No creo, más bien suena insoportablemente optimista en nuestro contexto. Aquí, la risa no se justifica.

Quizá tenga que ver con alguna "insoportable levedad del ser". Con todo respeto por Kundera, título altamente sugerente, no pretendiendo parangón alguno en mi análisis. Pero es que las personas que adoptan esta actitud (que nunca termino de entender si es un denodado intento de puesta en marcha de una inoperante estrategia de marketing), no me parecen nada inocentes, ya que para un número nada despreciable de otros,  resulta eficaz, como destinado a quienes carecen de otro registro mimético. Para mucho de ése público al que se dirigen, resultan agradables: siempre de buen humor, siempre con una sonrisa en la boca, y hable uno de lo que hable con ellos, su cara se mantiene imperturbable, ¿cómo es posible ese registro isomórfico ante todo?                                                                   

           Puede suceder que estén planteando algo muy serio y grave, o, lo que es peor, que uno les esté relatando algo dramático y esa risa estereotipada -casi sardónica y ridícula (?)- no se les pueda borrar de la cara, y entonces puede ocurrir que uno termine con una especie de sentimiento de culpa por haber tirado mala onda. No sé: …este tipo está tan contento y por consiguiente le va tan bien en la vida, que yo no tengo ningún derecho a tirarle malas noticias o conciencia.  O más  que afirmar, uno se pregunta: ¿tan bien le va en la vida a éste tipo? Me pregunto cómo tendría la cara el día de la muerte de su madre. Y el día en que nació su hijo.  ¿Sería la misma? Bueno, tal vez ésas caras no reflejen realidades sino promesas.

-¿Le viste la cara al chanchito? Se sonreía. Que habrá visto antes de... su hora

-¿Cuando lo vas a asar? Aprovechá que tiene la boca abierta y ponele algo en la boca, no sé… una manzana por ejemplo.

-Habló  tu vieja, dice que no viene.

-Traeme el celular que esta sonando…

-¿Porqué hay tanto ruido? Son los vecinos?

-Hay que decirles que aflojen con la música. Además, qué mal gusto que tienen!

-Bueno, al final  este chanchito nos va a caer muy bien, porque es un chanchito sonriente   y alegre.

-Grasa tiene igual, pero grasa derretida por la risa,  tal vez asi no tape las arterias.

-¿Cuántos somos a comer? ¿Alcanzará?

El día que me regalaron el chancho yo estaba en el centro,  de pronto me ví con un chanchito de doce kilos en una caja; no sabía dónde ponerlo: no  hay freezer que aguante, es muy grande. Pensaba: pobre chancho, qué destino de mierda, no sólo  que lo mataron, sino que además,  después de muerto, tampoco encontraba un lugar digno para estar. Primero me matan, hasta ahí bien, luego me hacen viajar desde Maciel hasta Rosario, sin una  adecuada  refrigeración. Me dio mucho calor. Después me hacen recalar en el centro y mi nuevo dueño está como mareado sin saber dónde llevarme, sin poder pensar  con quién comerme, no sé… a  mi eso me generó mucha inestabilidad, estaba inseguro. Bueno, finalmente, mi nuevo dueño me subió a un taxi, me llevó hasta un supermercado de Koreanos y  terminé en el freezer, adonde me tuvieron nada más ni nada menos que un mes y medio. Yo allí me sentía contenido, si bien tenía un poco de frío, porque una cosa es estar sin nada de refrigeración y otra es el  freezer!, pero bueno ahí quietito nadie me tocaba y  yo tranquilo y helado.

Luego de pronto parece que se avecina el día, llega mi dueño y habla con el carnicero del supermercado y le anuncia que me comerán el domingo a la noche con unos amigos, son como diez !!! Había que sacarme del freezer el viernes a la noche, para empezar a transpirar un poco y estar  listo el sábado a mediodía para que me echen todas esas porquerías picantes que te ponen para estar más rico.

Espero poder  oler bien, porque a decir verdad cuando yo vivía en el pueblo mi olor era medio nauseabundo, me deslizaba entre la caca y el barro con mis amigos y familiares, eso si era lindo! nadie sabía quién era quien, éramos todos iguales, a la hora en que nos traían la comida nos abalanzábamos todos como locos, nadie era muy rápido y llegábamos arrastrándonos en el barro y la mierda. Yo no sé muy bien si con esa infancia y sobre todo con esa inmunda forma de alimentarme, mi carne pudiera saber bien, pero mi dueño se encargará de ponerme todos los picantes y yuyos necesarios para que huela y guste bien.

Por fin llegará el domingo,  me echarán sobre una parrilla con abundantes brasas ardientes, parte de mi grasa se derretirá, pero otra parte, nada despreciable, pasará a integrar las panzas de mi dueño y sus nueve amigos. Las mujeres, ya sabemos, no me tendrán mucho con ellas ya que enseguida se ponen a hacer mucha gimnasia o se pasan cuatro días de ayuno completo y me sacan de encima rápidamente; en cambio los hombres me mantendrán con ellos más tiempo en sus panzas parrilleras que lucirán, por momentos hasta orgullosos, junto con otras tantas contingencias parecidas todas las cuales hacen un importante conjunto homogéneo de reservas calóricas no fácilmente derretibles.

Pero lo más significativo es acordarse de  las valoraciones  que recibía: al principio y cuando todavía no había ido a parar al asador. Se escuchaba: ¿qué hermoso chanchito? y él se sonrosaba  literalmente. Luego, ya habiendo pasado unas cuatro horas por la parrilla quedó doradito: ¡qué lindo color! Morado: ¿ustedes tienen idea lo que es estar sobre miles de brasas ardientes durante 4 horas sin parar?

Finalmente lo único que quedó de él fue la cabeza. Bueno, yo pensé que habían preservado lo más importante, ya que incluida la cara, mantenía, aunque distorsionada, la sonrisa original y seguramente algo de mis pensamientos. Pero fue una falsa alarma, ya que escuche que Zulema, la vieja de al lado, le decía a mi dueño: Olegario acordáte de guardarme la cabeza!!! No sé para que diablos la quieren sólo sacan miseria de ella pero es el afán y el morbo de terminarme de descuartizar.

Finalmente se multiplican los comentarios, los primeros, los del día siguiente no suelen ser alentadores: me duele la cabeza, tengo la panza revuelta! Es que ese lechón que nos comimos, y encima a la noche, yo no pedí desaparecer en turno vespertino, la elección fue de ellos.

Luego más tarde cuándo todo queda en la memoria remota, se suele escuchar: te acordás del chanchito que nos comimos en lo de Olegario, ¡qué bueno que estaba!  Nos comimos hasta los huesitos.

Nuevamente lo dicen con sonrisas. No, más bien con risas de festejos, de hazaña, sin pensar ni en un solo minuto todo lo que tuve que peregrinar hasta llegar a la panza de ellos: el frío y el calor extremos que pasé, el tiempo esperando en la más absoluta incertidumbre de cuál sería mi destino y la forma en que me borraron la sonrisa. Esa  sonrisa que tenía sus razones, ya me olvidé cuáles, pero las tenía... ¡Y ahora pienso de qué carajo se ríen!

                                                                       RICARDO  PARMA

                                                                                 

                                                            

                                                                                                               

Sasturain sobre Lamborghini.

Publicado en General el 16 de Noviembre, 2009, 12:19 por FMaini

Una cosa es andar descalzo y otra quedarse en patas. El primero no se pone, no usa; el segundo, se saca lo que llevaba puesto. Los hombres y mujeres que hicieron el 17 de Octubre no es que no tuvieran nada –camisa y zapatos– sino que literalmente se descamisaron y se quedaron en patas. Se sacaron lo puesto, se desvistieron para la ocasión. ¿Por qué? Porque estaban cansados y en confianza; y habían llegado a la casa... La idea de que la Plaza es la Casa –el lugar común, el lugar propio– se funda ahí. Esas mujeres y esos hombres –que no eran de ahí, okupas de la Historia– encontraron su lugar y se pusieron cómodos. Eso significan los dos gestos malditos, descamisarse y meter las patas en las fuentes: un ataque a la propiedad privada, la propiedad privada de lo público quiero decir, hasta entonces indiscriminadas para los dueños de todo, incluida la Democracia a medida.

El primero que cantó / contó / evocó ese gesto colectivo y espontáneo fue Leónidas Lamborghini, el pedazo de poeta que se acaba de morir. Ya sabemos del texto de Scalabrini, ya sabemos del poema de Olivari, ya sabemos de la crónica de Marechal. No tienen nada que ver con la Operación Lamborghini. Porque Leónidas –primero por edad y por experiencias, después por proyecto poético– habló desde otro lado, desde la incertidumbre, desde la experiencia del desalojo. No celebró El 17 durante la prolongada fiesta popular vigilada –tampoco le cantó “a Eva”: le dio voz propia– sino que lo evocó en diferido. Una década (prodigiosa) después, lo mentó y reivindicó ya con la casa (ésta sí) tomada, violada, ametrallada.

Los poemas de Leónidas escritos entre 1954 y 1965, reunidos primero en Al público y después en El solicitante descolocado y Las patas en las fuentes, contestaron, fueron de algún modo la única respuesta a la pregunta no formulada por ningún Adorno criollo: ¿podía haber poesía argentina después del bombardeo de la Plaza?

Se pueden citar –él los citó en exhaustivo reportaje de Jorge Fondebrider, hace veinte años– los poetas que lo inspiraron. Habló de Discépolo, de Eliot, de Dante, de Pound, de Baudelaire y Apollinaire. Habló siempre de la gauchesca –el peluquero Hidalgo, sobre todo–, de la poesía dramática –por el entrecruzamiento de voces de personajes con entonación propia– de la parodia que le permitía joder en serio y de la reescritura que usaba para volver a decir lo dicho por otros, por él mismo: la fórmula maravillosa era: “Lo mismo pero parecido” (sic). Todos esos procedimientos le sirvieron y le servirían siempre para sacarse de encima el “yo lírico” de los neorrománticos rilkeanos del cuarenta que se miraban el ombligo, de la mismísima vanguardia de Poesía Buenos Aires que lo acogió –vía Raúl Gustavo Aguirre– generosamente, sin entenderlo demasiado.

Es que el procedimiento de Lamborghini fue (también para él) sacarse cosas. No es el mítico “poeta popular” que trae la voz no contaminada de retórica y habla “el lenguaje de la gente”. Eso no existe. No está desnudo ni descalzo cuando empieza a contar / cantar. Tiene toda la Poesía, todas las palabras, los discursos circulantes –prestigiosos y profanos– a su disposición. Y desde ahí busca un registro, un tono, una manera, una tradición viva a la que adscribirse sin carnet ni compromiso. Pero no busca “su” voz. Por eso, Leónidas se saca la pilcha, el uniforme verbal y conceptual de poeta lírico / vanguardista establecido y –descamisado– queda en cueros, libre y en casa, cómodo para disfrazarse, ser otro y el mismo, gesticular frente al espejo y los demás. Por eso, se saca los zapatos y las medias de la retórica a la moda y mete las patas desnudas en las fuentes, en las entreveradas aguas bautismales de la poesía.

De algún modo, viendo cómo con el tiempo y debido al rigor del camino elegido –sobre todo a partir de mediados de los setenta– su palabra se fue enrareciendo, quedando a menudo en balbuceo, uno puede decir que Lamborghini, como en el efectivo clip de Robbie Williams, una vez que empezó a sacar (se), no paró hasta el hueso puro y duro.

Precisamente, lo de poeta sacado y sacador no es mala definición para este Leónidas impar. A muchos los / nos sacó del silencio ensimismado: primero nos hizo detenernos a escuchar; después nos ayudó a poder decir algo –ilusamente propio– que será siempre un poco suyo.

esta noche, leen BOASSO y CASTRO...

Publicado en Sugerencias. el 16 de Noviembre, 2009, 11:26 por MScalona

desde las   21  hs.

TERCER MUNDO BAR

RIOJA  1089. 

Ezequiel Ambrustolo

Publicado en De Otros. el 16 de Noviembre, 2009, 11:23 por MScalona

¿Lacaniana?

 

 

 

El sentido

Rueda

          Móvil,

Aunque no exista,

Es un deber

               Construirlo.

                          Fingirse

Y darlo por hecho.

 

 

 

                 Ezequiel Ambrustolo

              Nació en 1983, del libro  “La fuerza de las horas  Ed. Alción, 2008

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-