"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




10 de Noviembre, 2009


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Publicado en De Otros. el 10 de Noviembre, 2009, 18:18 por MScalona

En el formulario  de la escuela, a la pregunta de << ¿Casada?>> (era información facultativa), contesté con un rotundo <<No>> y, seguidamente, tras la pregunta << ¿Con quién?>>, escribí <<Con un individuo que se llama Gerard>>. No sé cómo, pero mis alumnos de la tercera edad se enteraron y cuando empezaron las clases lanzaron sonrisitas, menearon la cabeza y se burlaron de mí.

-Una chica tan simpática como tú -decía su retrogrado estribillo-, ¡y sin marido!

Las clases se daban por la noche en el tercer piso de la sección de letras, un enorme edificio victoriano casi en las afueras. El estudio de baile rechinaba y los espejos eran pesadillas, como hojas de aluminio pegadas a la pared. Yo hacía  lo que podía.

-Al centro, arriba, abajo, otra vez. Al centro, arriba, abajo, rodilla adelante.

Tenía diez mujeres de sesenta años y un hombre de setenta y tres llamado Barney.

-Eso es, Barney -le gritaba-. Agarralo ya.

Pero no solía referirme al ritmo: Barney tenía un aparato auditivo que no dejaba de caerse al suelo en pleno ejercicio. Al final de la clase se rezagaba y trataba de entablar conversación, disculpándose del aparato y contándome escandalosas historias de su hermana Zenia, que tenía nada menos que ochenta y un años, y al parecer, estaba tan ágil como un insecto.

-¿Y están muy unidos usted y su hermana? –Le pregunté una vez, mientras guardaba las cintas.

-¡Unidos! -gritó, sacando la cartera y enseñándome una fotografía de Zenia en Mallorca, con un traje de baño amarillo. El nunca se había casado, me dijo.

Las mujeres me trataban como a una hija. Después de clase  se apretujaban a mi alrededor y me aconsejaban las diferentes cosas que debía hacer para encontrar marido. La alta me hablaba de mechas.

-¿No te parece, Lodeme? ¿No crees que Benna debería hacerse mechas?

Lodeme era más o menos la jefa de la pandilla, llevaba los leotardos más elegantes (a rayas azules, claras y oscuras),  estaba en buena forma, podía hacer la tijera sentada durante varios minutos, y se esforzaba en demostrar una sabiduría dura  y parda.

-Primero el pelo, luego el corazón-gritó Lodeme-. Congela tu corazón y ya no tendrás problema. Nadie se enamora de un hombre bueno. ¿Verdad, Barn?

Entonces le daba un manotazo en el brazo y al suelo caía de nuevo el aparato auditivo. Después de clase tenía que tomar un sedante.

Hubo una época en que traté de hacer imposibles anagramas con dos palabras: lunar y eliminar, pusilánime y exánime; mal de amor y amolador. Veía a Eleanor para tomar una copa en nuestras reuniones de la Escuela Shirley o para comer en Hank´s Grill, y si yo llegaba primero, escribía una y otras vez las palabras en una servilleta, tratando de encajarlas, como un niño que dividiese tres por dos sin llegar a hacer la operación.

-¡Hola!-dije a Eleanor cunado llegó y se derrumbó en la silla. Tenía garabateadas en letras grandes mal de amor y melodrama.

-Estás perdiendo práctica, Benna. Debe de ser tu vida amorosa.

Eleanor se inclinó y escribió hastío y habitación; siempre había sido la más lista.

-Pide zumo de tomate-me aconsejó-. Así se quita el olor a mofeta. Gerard era un hombre alto de ojos verdes que olía a polvos de talco y se interesaba por la buena música. Yo estaba tumbada en la cama,  explicándole algo terrible y personal y me interrumpió con lo siguiente:

-Eso es Brahms. Eres como Brahms.

-¿Quieres decir que soy vieja, gorda y con barba?-repliqué.

-Exactamente-contestó él, sonriendo.

Una vez, después de confesarle las diversas humillaciones de mi adolescencia, me comentó:

-Eso parece un poco comentó:

-Eso parece un poco Stravinsky.

-¡Cómo! -respondí, molesta-. ¿Es que no tuvo el período hasta el último curso de bachillerato? Al menos es un consuelo saber que un compositor famoso también ha sufrido alguna de mis desgracias.

-A ti no te gusta mucho la música, ¿verdad?-dijo Gerard.

En realidad, me encantaba la música. A veces creo que ésa fue la primera razón por la que me enamoré de Gerard. A lo mejor no tenía nada que ver con el olor de su piel, ni con sus enormes zancadas, ni con el ritmo particular de sus palabras (el reggae de la pradera, lo llamaba él), sino con el metro hecho de que era capaz de tocar cualquier instrumento de  cuerda-piano,  banjo, violonchelo-, componer óperas rock, afinados poemas y canciones, líricas o pop. Si yo leía el periódico, él escuchaba a Mozart. Si veía el telediario, él ponía Madame Buterfly  comentando que siempre era lo mismo: los norteamericanos haciendo barrabasadas en países donde no tenían que estar. Sólo con cruzar el foso del pasillo aprendía estropeando la mano con unos tensores, Brahms no sé caso; eso era lo más sensacional, lo que más le gustaba contarme.

-Bueno, vale-contestaba yo. O más sencillamente-: ¿Y qué?

Antes de conocer a Gerard, todo lo que sabía de música lo había sacado de la banda sonora de Paso decisivo. Pero ahora podía tararear al menos tres compases del vals de Musetta. Tenía todos los conciertos para piano de Beethoven. Sabía que Percy Grainger se había casado en el Hollywood Bowl.

-Pero Brahms-insistía Gerard-, bueno, Brahms nunca se casó.

No es que yo quisiera casarme. Sólo quería un equivalente del matrimonio, aunque nunca supe exactamente qué era eso y a menudo sospechaba que no existía realmente. Sin embargo, estaba convencida de que había algo mejor que la solitaria farsa en que muy pronto se convertiría el vivir uno enfrente de otro, en el mismo paliér.

Y por eso me sentía culpable y burguesa. De modo que me consolaba con los defectos de Gerard. Era infantil; siempre perdía las llaves; era de Nebraska, como un horrible presentador de televisión; se había criado cerca de uno de los más antiguos restaurantes de la autopista I-80; contaba chistes que incluían las palabras salchicha y pedo; una vez dijo que el acto sexual se reducía a <<esconder el salchichón>>. También tenía la costumbre de perseguir animalitos para asustarlos. En realidad, la primera vez lo hizo con un pájaro en el parque y yo me reí, pues lo encontré divertido. Más tarde me di cuenta de que era un poco raro: Gerard, con treinta y tres años, corriendo detrás de pequeños mamíferos, obligándolos a saltar los arbustos, a trepar a los árboles, por los muebles. Luego se volvía sonriente, como un loco hechizado, como un Puck con título universitario. También le gustaba echar agua al morro y la cabeza de gatos y perros, extendiéndola con la palma de la mano, como un peluquero, diciendo que así se parecían a Judy Garland. Comprendí que la vida era demasiado corta para que alguien superase verdadera y completamente lo que fuera, pero era evidente que unas personas se esforzaban más que otras.

A los veinte años me molestaban las mujeres que se quejaban de que los hombres eran frívolos e incapaces de comprometerse.

-Hombres o mujeres, es lo mismo -decía yo-. Algunas mujeres son capaces de comprometerse, otras no. Hay hombres que se comprometen y otros que no. No es cuestión de sexo. Luego conocí a Gerard y empecé a creer que los hombres son incapaces de comprometerse.

        -No es que los hombres teman la intimidad -le dije a Eleanor-. Es que son hipocondríacos de la intimidad: siempre creen que los han agarrado cuando la tienen. Gerard supone que estamos muy unidos, pero la mitad del tiempo me habla como si me hubiese conocido tres cuartos de hora antes, contándome cosas de su vida que hace que conozco y haciéndome preguntas personales  cuya respuesta ya debe conocer. Anoche me preguntó cuál era mi segundo nombre. ¡Dios Santo, no puedo ni hablar de ello!

-¿Cuál es tu segundo nombre? –inquirió Eleanor asintió con la cabeza y miró a otro lado.

-Cuando iba a la catequesis -explicó-, me encantaba la historia de santa Clara y san Francisco. Francisco fue canonizado por su devoción a las ideas vagas y generales, como Dios y el Cristianismo, mientras Clara lo fue por su devoción a Francisco. ¿Comprendes? Eso lo resume todo: aunque sea un santo, aunque se bueno y devoto, un hombre no  es bueno ni devoto hacia nadie en particular. –Encendió un Viceroy-. ¿Por qué tenemos que estar con hombres, de todos modos? Me parece que lo he sabido alguna vez.

.Los necesitamos por su destornillador de estrella -dije.

-Es cierto -repuso, enarcando las cejas-. Se me olvida que sólo sales con hombres circuncisos.  

LORRIE MOORE,      op. cit.  p. 26-31

Acústico (de anoche)

Publicado en Poemitas. el 10 de Noviembre, 2009, 10:47 por Caro Musa

Acústico

 

 

Cuando ellos duermen deambulo por las habitaciones

hurgando sonidos:

 

                       (el sonido no es

              la frontera del espacio sino

                         su espesura)

 

1.      Aspas del ventilador.

2.      Machaqueo persistente del aire acondicionado contiguo.

3.      Viento. Bocinas.

4.      Gorjeos de gorriones y palomas mugrientas.

5.      Respiraciones acompasadas, profundas.

6.      Pulsaciones

asimétricas de los dedos sobre el teclado.

7.      Bambolearse recurrente la cortina y

8.      El ladrido ocasional de algún perro vagabundo

        (que no es

                                             el lustroso mimado de al lado)

 

Cuando ellos duermen abro los poros como

un cazador

acústico

 

Me empecino al acecho y espero

 

             (¿ya?)

 

la pasmosa cisura/ la explosión

providencial

de la palabra

 

Mamá

 

No duerme,

escribe.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-