"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




9 de Noviembre, 2009


LORRIE MOORE

Publicado en De Otros. el 9 de Noviembre, 2009, 12:10 por MScalona

 

 

 

Gerard y yo vivíamos enfrente, en el mismo paliér. Juntos compartíamos el último piso de un pequeño edificio rojo en Marini Street, Podíamos dejar las puertas abiertas con un ladrillo y pasar volando, como si dijéramos, de un departamento al otro y, aunque la mayor parte del tiempo estábamos de acuerdo en que vivíamos juntos, otras veces me daba cuente de que no era lo mismo. Se mudó a Marini Street cunado yo llevaba tres años viviendo allí, como para satisfacer mis deseos de  discutir nuestro futuro. Entonces éramos amantes desde hacía diecinueve meses. El año anterior había decidido por su cuenta irse a vivir al otro extremo de la ciudad, a un gran <<Apartamento en el bosque>>. (Llamaba a mi piso  <<la casa de campo de la ciudad>>.) Era muy caro, pero, según decía, lleno de chispa y sabiduría, <<estaba lo bastante lejos para resultar encantado>>, aunque nunca averigüé qué consideraba encantador a aquella distancia, si él, yo, o el apartamento. A lo mejor eran las vistas. Me temo que Gerard prefería el mundo a distancia, como una fotografía de recuerdo. Le gustaba besarme y arrimarse a mi cuando yo estaba apenas despierta y consciente, atontada por un resfriado muerta de cansancio. Le gustaba a veces vencer cierta resistencia para conseguirme.

-Es un cerdo machista -dijo Eleanor.

-A lo mejor es un necrófilo latente -sugerí, dándome luego cuenta de que quizá era lo mismo.

-Polvo eres y en polvo te convertirás- repuso Eleanor, encogiéndose de hombros-. Después  del trabajo, uno bien frío. De modo que nunca practicamos el ritual de la discusión, de la decisión y de la búsqueda del piso. Sencillamente, la pareja india que vivía enfrente se marcho antes de acabar su contrato y una noche dijo Gerard de pronto durante el monólogo de Carson:

-Oye, quizá deba mudarme aquí. Sería más barato  que en el bosque.

Pagábamos el alquiler aparte, teníamos cocinas individuales, distintos números de teléfono, cuartos de baño y baños separados por un tabique. A veces daba golpecitos en la pared y me preguntaba a través de las cañerías qué tal iba.

-Bien, Gerard. Muy bien.

-Me alegro de saberlo -contestaba él. Y entonces tirábamos de la cadena al mismo tiempo.

-De mal gusto -comentó Eleanor.

-Es como Delmar, en Maryland, que es la misma ciudad que Delmar, en Delaware.

-Es como vivir en camas separadas -insistí.  

-Es como el Borscht Belt -repuso Eleanor-. Primero pruebas en los altos de Carskills antes de instalarme en la zona más selecta.

-Es como vivir abochornada por el rechazo.

-Es muy  de Gerard -dijo Eleanor-. Ese hombre es vecino de rellano de su puñetero corazón.

-Es músico -le dije, sin mucho convencimiento. Utilizaba demasiado a menudo este tipo de excusas, como un Rumpelstiltskin, un ogro del amor, que convirtiera fraudulentamente la paja en oro.

-Por favor - me previno Eleanor, señalando su estómago-. Por favor, mi bocadillo.

 

              

                 

Estas era las palabras que utilizaban: aspiración, mamografía, cirugía, obstrucción, esperar. Al principio sólo querían esperar a ver si se trataba de una obstrucción de las

glándulas galactóforas.

-¿Glandes galactíferos? -exclamó Gerard.

-¡Lácteos! -grité-. ¡Glandes lácteos!

Si el bulto no desaparecía en un mes, celebrarían nuevas deliberaciones, empleando las otras tres palabras. Aspiración tenía un hálito prometedor, yo siempre había tenido aspiraciones; y mamografía parecía un mote cariñoso par ala abuela preferida.  Pero las demás no me gustaban.

-¿Esperar? -pregunté, tensa como un semáforo en ámbar-. ¿Esperar a ver si desaparece? Eso podría haberlo hecho yo sola.

La enfermera sonrió. Me caía simpática. No lo achacaba todo el <<estrés>> ni a mi <<vida personal>>, redundancia que nunca me gustó.

-Quizá sí -contestó-. Y quizá no.

Luego el médico me recetó sedantes y me dio un volante par ala consulta siguiente.

De los sedantes hay que decir lo siguiente: sirven para adaptarse mejor a la muerte. Me costaba trabajo ir alguna parte, y mucho más pasar de la vida a la muerte, sin la necesaria ayuda psíquica. Comprendí que ésa era la razón por la que a las personas que atravesaban una situación confusa y desdichada les resultaba difícil salir a adelante: se quedaban sin fuerza: envejecían y regresaban al mismo tiempo; no tenían sedantes. No sabían quiénes eran aunque imaginaban ser la hamburguesa ambarina que vendían en el universo paralelo. Asustados hasta de la punta de sus pies, necesitaban el valor de los sedantes. Lo que le haría considerar generosamente el escuálido fragmento de su vida y juzgarlo bueno, logrando una muerte más tranquila. Al fin y al cabo era más fácil abandonar algo que se amaba serena y verdaderamente, que algo que verdadera y frenéticamente no se quería en absoluto. Morir bien consistía en adoptar la actitud correcta. Una muerte sana, como todo- ascensos laborales o tener un aspecto más juvenil-, era una simple cuestión de sentirse bien consigo mismo. Que es donde entraban los sedantes. Tan estupidizada como un caramelo de menta,  una mujer podía poner una mano dichosa en el hombro de la muerte y decirle con su voz ronca:

¿Qué pasa, tía, te echas un baile?

También podía arreglar la casa.

Podía hacer la compra.

Podía lavar y doblar la ropa.

 

                

             

La Dido y Eneas de Gerard era una versión de rock de la ópera de Purcell. Nunca la había visto. No quería que fuese a los ensayos. Me dijo que quería mostrarme el espectáculo acabado y perfecto, al final, como un regalo. A veces  pensaba que se había enamorado de Dido, la protagonista, cuyo verdadero nombre era Susan Fitzbaum.

-Que lo pases bien en Túnez-le decía cuando se largaba a los ensayos. Me gustaba decir Túnez. Tenía resonancia obscena, como una parte del cuerpo rara vez entrevista.

-Cartago, Benna. Cartago. Precioso sitio para visitar.

-Aunque tú, claro está, prefieres Italia.

-¿Por la historia? ¿Para ir a sentar la cabeza? Desde luego.

¿Has visto mis llaves?

-¡Ja! El día que tú sientes cabeza…- Pero no sabía cómo terminar la frase, y añadí.: Será el día en que sientes la cabeza.

-¿Por qué crees que la llamaron Roma, cariño? –dijo sonriendo.

Le di sus llaves. Estaban debajo de un Opera News que yo utilizaba para matar moscas.

-Gracias por las llaves-dijo y, sin dejar de sonreír, desapareció por la escaleras en una visión posmoderna de chaqueta de cuero raído, bolso de tela descuidadamente llevado en bandolera y pantalones tan mal planchados que las vueltas parecían dibujos de Moebius.

                   

                     

 

 

 

Llamaba en los descansos de los ensayos.

-¿Dónde te apetece dormir esta noche, en tu casa o en la mía?

-En la mía- contesté.

Seguro que no estaba enamorado de Susan Fitzbaum. Ni ella de él.

                    

 

                   

                

 

 

  De la novela ANAGRAMAS, p.   19-23

   Edit. Anagrama

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-