"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




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Publicado en De Otros. el 31 de Octubre, 2009, 18:55 por MScalona

Cuando nuestras miradas dejaron de cruzarse, de evitarse, cuando volvió a tomar un cigarrillo del paquete, y como si hubiéramos ido allí siempre, hice señas al mozo de que nos trajera otro vaso, sí, de los mismo, se puso a contarme. Si, había perdido su trabajo. Yo debía imaginarlo; no era para hacerse una historia, salvo que ya había pasado los cincuenta años. No le pregunté nada en todo el tiempo que me habló. Sí, en todo el tiempo que me habló aquel día, creo no haber soltado más que dos frases, por que había sentido enseguida cuánto lo necesitaba él. Sin embargo, él se había dedicado mucho, en su trabajo. Había seguido todos los cambios técnicos, y hablaba alemán correctamente. Eso no era tan fácil para un tipo como él, que había hecho pocos estudios. No se lo vio venir, simplemente. Claro que bastaba con prender la tele para saberlo, pero él no pensó que le pasaría eso, a él. Sobre todo, no había apartado dinero. Había ayudado a su madre para el departamento en Marsella con su prima, y había alquilado en lo sucesivo uno muy pequeño, en planta baja. Un hombre tenía muchas deudas, en la vida, y eso quería decir eso: la vida. Me largo dos o tres cosas como esa, sin saberlo. Sin saberlo, me hizo el retrato de un tipo que podría ser yo, lo mismo que otros, pero que simplemente era él. Hacerlo no lo inquietaba. Llenaba sus días como podía, le había pedido a todos sus conocidos que se me mantuvieran alerta, porque a su edad, él solo contaba con ellos. A eso él lo llamaba la vigilia humana. Me acuerdo de esta torpe expresión, ¿de dónde habría sacado esa fórmula? Su última compañera lo había abandonado, se había puesto insoportable, según ella,  insoportable, eso había puesto como pretexto, pero en realidad, eso a él no le había movido un pelo. Ella estaba con él por algún interés, más o menos calculado, y encontrarlo sin trabajo había precipitado su decisión.

-¿Qué edad tenía ella?

  -¿Quién? Ah, ¿ella? Cuarenta y siete años, creo.

Me pareció que la pregunta lo sorprendía, como si eso no tuviera ningún interés. Además, en ese momento, le vi una sonrisa de niño, justo en los ojos, ¿Cómo si todavía la amara, o como si nunca hubiera dejado de quererla? Pero en realidad no. Fue a la conciliación laboral, sin creer mucho en ellos. Los tipos que lo habían echado eran su misma generación, tenían tu edad, me dice. Se habían dado cuenta perfectamente de que le jugaban una mala pasada, pero echar a uno como él quizá valiera la pena, debían decirse este tipo de cosas. Él había sido ingenuo, y además idiota, cuando reflexionaba sobre su historia, realmente no se lo había visto venir.

Miraba de a ratos alrededor nuestro, a mi alrededor, en el café. Todos los boxes se habían llenado, poco a poco, y en la calle que desciende, de tanto en tanto afluía la gente para tomar el tren a la estación Sain-Lazare. Su maletín estaba lleno de papeles, notas de ratificación, citaciones de los notarios, CVs para evitar o devueltos  a su dirección, asuntos en marcha.  Tenía un folio con esa etiqueta. Lo puso sobre la mesa. Sin abrirlo, como si todavía dudara. Tuve el presentimiento, a la noche, pensando en eso, que todavía le pasarían algunas cosas en la vida, que el asunto no terminaría ahí. ¿Sería causa con su maletín de computadora, despojado de computadora, en el que él ordenaba sus papeles? ¿Sería la dueña del café, esa mujer tan joven de tez clara, que sin embargo no daba la impresión de juventud y de vida? Los tipos como yo suelen llenarse de melancolía cuando miran a los otros. Después que pasé los cuarenta años, y sobre todo después de divorciarme, cuatro años atrás, sólo encuentro consuelo en el trabajo que me permite distanciarme de las cosas. Después de mi separación, no volví a vivir una verdadera historia de amor. No tenía fuerzas para eso, me decía. ¿Pero por qué haría falta tenerla? A medida que pase el tiempo… Con frecuencia hasta ahí llegan mis pensamientos, después trato de dormir, porque no tengo ninguna idea de qué me espera de ahí en más.  

                

                  

Dominique Fabre, op. cit. p. 20-23

Dominique Fabre, op. cit. p. 20-23

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-