"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Modelo de Figura Barthiana

Publicado en De Otros. el 19 de Octubre, 2009, 12:48 por MScalona

Efectos  Personales

Yo tenía un encendedor Dupont, una lapicera Montblanc, un reloj Rolex. El Dupont, de plata, era extrachato y tenía una trama en cuadrillé Príncipe de Gales. La Montblanc, negra con virolas doradas-de oro-, era desproporcionadamente grande y tenía una pluma revival similar a las de las lapiceras de los abuelos de los abuelos. En la virola podía leerse "Meisterstuck", obra maestra. El Rolex era pequeño, un modelo para jóvenes, de la serie Junior. De acero inoxidable, tenía esfera intensamente blanca y pequeños números romanos. Siempre perdía los Duponts. Los compraba por pares, y siempre estaba reponiéndolos: un derroche. La Montblanc a veces perdía, otras la regalaba. Regalé muchas Montblanc, pero jamás regalé un Dupont.

¿Curioso? Algo debe explicarlo. Blanco, fuego, fumar, cuadrado, negro, signos, escribir, redondo. Algo debe servir para explicar todo esto. Jamás perdí mi Rolex: lo regalé.

La mujer tenía uno idéntico. Se llamaba Elsa. Se lo robaron en el ferrocarril, en la estación Retiro del ferrocarril Mitre. Costaba mil seiscientos dólares. Yo estaba loco, de lástima. No por la violación de la propiedad, sino por la violencia. El brazo o la vida: un ratero. Sin alternativas: el tren zarpa, la mina desde lo alto mira despectivamente hacia el andén. Desde lo alto, desde la ventana del vagón del ferrocarril, desde el Rolex, desde el cigarrillos recién encendido, desde el marido que viajará más tarde en su automóvil, desde el asiento conseguido a precio de esperar media hora viendo zarpar dos o tres trenes llenos de gente apremiada por llegar a. Así miraba la mina. El ratero opera desde abajo. Sale con planes, con ilusiones y ganas de robar Rolex, el ratero. Se pone en marcha, pesadamente, tren. El ratero actúa por reflejos largamente adiestrados. Sus dedos como pinzas penetran entre la piel y la esfera del Rolex. Las falanges se pliegan sobre el cristal. La mano firme se prolonga en un brazo relajado que sigue el movimiento del tren. Cuerpo pegado a la pared del vagón, nadie verá al ratero desde el vagón. La mujer grita. Las huellas de la malla de acero se ahondan: marcas violetas afloran muy pronto. La mano de la mujer se hincha. Muy pronto afloraran marcas violetas. Grita. Gritará más fuerte y pedirá auxilio a un señor con paraguas, a un señor con diario y a un señor con paquetes próximo a su asiento. Ahora viene una vieja columna que sostiene la vieja manguera de cargar agua en las viejas locomotoras de vapor. Aquí el ratero se separa del tren. Es el encuentro de la alternativa: el brazo o el reloj. "Es un abrir y cerrar de ojos", contarán más tarde. El señor del paraguas, el señor del diario y el señor del paquete han escuchado el grito, el reclamo de auxilio de la putísima ventana. También los han escuchado el señor de la pistola y la muchacha de los planos de arquitectura. La malla del Rolex cede siempre un eslabón más débil, diseñado ex profeso por estándares de seguridad de fábrica, han dicho. Hay una vida, hay una juventud perdida en cuidadoso adiestramiento. Hay horas de estudio de las topografías del andén y de umbrales de reacción de la gente común. Desprevenida: siete segundos. Lo primero que se piensa es que la mujer ha enloquecido. Es una ley. Así declaran días después en la delegación policial: "una loca o una broma". Y todos prometen que la próxima vez estarán prevenidos. Después lo olvidan, ocho diez días bastan para olvidar cualquier proyecto de previsión. Hay toda una teoría que se aprende en la práctica y se generaliza en los pabellones de la cárcel de contraventores. "¿Y Lucecita?" "Está guardado"-dicen-, "fue a la escuela". "¿De que se había olvidado Lucecita?", "de no confundirse de cliente", "de no repetir lugares", "De atar la zapatilla", "de no tomar vino del día antes", "de ir con el estomago vació". Siempre se filtra un olvido, un error. Se entiende. La mujer tarda un tiempo que ya no puede medir para reponerse. Baja en la estación siguiente, por la denuncia. Después no se explica por qué tanto gesto inútil. Pasa una hora o dos o tres (¿Cómo saber sin Rolex?) y siente aún la contradicción del vientre, el sobresalto del corazón, la soledad del tren cuando los señores de paquete, diario, pistola, libro, etc., la miran, oyen, no comprenden. Queda la marca, una especie de condecoración, tema para las charlas de las próximas semanas.  La cara del muchacho, inolvidable. Los ojos grandes, parecían tristes. Los dientes, muy blancos, indicaban que él si sería capaz de matar. El marido la calma. El moretón y la pequeña lesión en la muñeca muy pronto pasarán. Marcan la indignación, mi indignación, por la violación de la muñeca de la muñeca, sino por ese abrir y cerrar de ojos donde el reloj no pertenece a nadie sino a la ley de ofertar la vida por el trac del eslabón más débil. ¿Débil? Yo le di mi Rolex igual al suyo, y nunca lo repuse. Solía reponer los Dupont que perdía y los Montblanc que perdía o regalaba, nunca repuse el Rolex. Así era mi vida por entonces. En esos días mi maestro estaba lejos, en Mar del Plata. Dictaba clases de algo que se parecía al psicoanálisis para médicos y profesores de letras y lógica de colegios privados de la ciudad. En primavera, cuando regresan los guardavidas a preparar sus playas para recibir a los turistas, solía pasar algunas noches en la casetas de madera donde se guardaban las carpas y las reposeras de mimbre y lona todo huele a pintura y resaca de mar, hablaba con los bañeros y su corte de ayudantes sobre literatura, bebiendo vino blanco y comiendo pescados que alguien recoge con el trasmallo y otro fríe para mezclar el olor a mejillones, mimbre y recién pintado y humo de tabaco que va impregnando todo a medida que avanza la charla con olor a aceite comestible: algo quemado que pone notas hogareñas en la precaria habitación expuesta al fuerte viento del sur de los acantilados. Él podría explicar mejor que yo todo esto. No. Tal vez ya no: aprendimos.

Acero, blanco, tiempo, muñeca, sólido. Palta, gris, fuego, cuerpo, gas, Ébano, negro, letra, mano, líquido. Restituir, perder, regalar, perder. ¿Y por qué a Elsa?

                                                                                      1978      

Rodolfo Fogwill (ARG-1941) del libro CUENTOS COMPLETOS

Ed Alfaguara p.  47-49

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-