"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Ejercicio Erotismo

Publicado en relatos el 10 de Octubre, 2009, 17:51 por F_Artana

GATO  MAULA

 

 

 

 

Saludó como todos los días al entrar. La recepcionista le retribuyó el saludo, pero luego le hizo un gesto invitándolo a que se acercase para hablarle en voz baja.

Él se acercó y se inclinó a escucharla.

— Doctor...... La primera paciente viene por primera vez. Viene particular, pero no quiso abonar. Dice que quiere arreglar sólo con usted. Le insistí, pero no hubo caso. Incluso le dije que seguramente usted no la iba a querer atender si no seguía el procedimiento normal, pero no me llevó el apunte y se quedó esperándolo.

— Bien…, la voy a atender igual por ser la primera vez, pero ya charlaré con ella ese tema.

— Además me clavó la vista y tiene una expresión demasiado extraña que incomoda. Me parece que el caso viene complicadito.

Él dio la vuelta y se dirigió al consultorio, no sin antes echar una fugaz ojeada a la joven que lo esperaba. Voluptuosa, hermosísima. Lo miraba fijamente con lascivia, con la punta del dedo índice tocándose una comisura de la boca entreabierta. Estaba como desparramada en su asiento. Una pose y una mirada exageradamente eróticas que le recordaron fotos típicas de modelos de revistas. En cualquier otra persona, esa pose hubiera parecido forzada y llamaría la atención por lo desubicada, pero en ella había algo que le produjo una sensación distinta; difusa; difícil de definir. La sensación era la misma que se da al ver algunos personajes de la farándula que usan peinados y trajes extravagantes, que nadie más podría usar sin caer en el ridículo, y que sin embargo en ellos lucen bien.

La experiencia en la profesión lo había entrenado para poner cara de piedra ante lo que viniese. No sería la primera ni la última vez que un paciente lo desafiara a situaciones capaces de desarticular a cualquiera que no estuviese preparado para lo que fuere.

La llamó al consultorio y ella entró felina.

Su actitud, su mirada, sus movimientos, seguían provocándole esa misma sensación de incómoda dualidad. Hubiesen sido ridículos en cualquier otra persona, pero por tratarse de ella, se veían naturales y armoniosos. Hasta la ropa que usaba seguía ese mismo patrón dual. Esa misma ropa en otra mujer, por más que tuviese un cuerpo tan fabuloso como el de ella, no luciría tan provocativa y sexy como en ella. Sólo era ropa ajustada al cuerpo.

Reminiscencias de las chicas de Divito en cuanto a la voluptuosidad, pensó.

Se sentaron a ambos lados del escritorio. Él comenzó a tomarle los datos para la ficha, esperando que ella fuera quien sacara el tema del pago de la consulta. La forma de hablar; la voz de nena provocadora y la mirada fija en él, hicieron que su incomodidad fuese en aumento.

En un momento dado, ella pareció molesta con el tiempo que estaba demandando el cuestionario o con lo irrelevante de los datos, e interrumpió:

— ¿Puedo acostarme en el diván?

— Bueno,…. no es lo usual en la primera sesión…— no terminó de completar la idea porque ella se levantó. Con las manos se acarició las caderas hacia abajo para acomodarse el calce de los pantalones ajustados y fue a recostarse al diván, dejándolo a él con la frase inconclusa; con el mal antecedente  de estar entregándole las riendas de la situación al paciente; y con la imagen de esas caderas en la retina.

En el diván, ella siguió como buscando una posición adecuada con movimientos felinos. Él comenzó a experimentar una erección. En su mente se encendió una luz de alarma. Sabía bien que cierta barrera en la necesaria relación entre psicólogo y paciente corría peligro de ser vulnerada. Nunca le había sucedido algo semejante, pero se consideraba a sí mismo perfectamente capaz de manejar la situación con profesionalidad. Tuvo que levantarse de detrás del escritorio y acercarse para sentarse en la silla donde se sentaba cuando los pacientes se acostaban en el diván. Lo hizo con la precaución de evitar que ella pudiera notar la erección. Pero ella lo esperaba con una sonrisa burlona que parecía indicar que leía su mente.

Él se sintió dominado. Se sintió el mísero ratón; el objeto de diversión del gato maula. Sin embargo, mantuvo la cara de piedra. Dentro de él, el psicoanalista trataba de retener el control frente al hombre, o quizás se debiera decir, frente al instinto animal.

Ella comenzó a hablarle sin preámbulos:

—Te cuento. Estoy aquí porque todos me han insistido que venga, pero yo no necesito tratamiento. Estoy muy conforme con mi vida. Algunos me dicen que soy adicta al sexo, pero para mí no es así. Me gusta coger como a cualquiera, pero no estoy todo el tiempo pensando en coger. Lo que sí es que estoy todo el tiempo pensando en calentar a los hombres fundamentalmente; y también a las mujeres. Me gusta hacerlo y no veo que haya nada de malo en eso. Si me gusta alguien, me encamo, como hace cualquiera; supongo. No es mi culpa que me gusten casi todos. Pero no sé por qué me dicen que es enfermizo andar por la vida queriendo calentar a todos. A mí me gusta y no le hago mal a nadie, sino más bien todo lo contrario. Todos me elogian la belleza. Estoy muy conforme con mi cuerpo. Amo mi cuerpo. Siento que fue creado para placer mío y de los demás, y que tengo que aprovecharlo.

Ella despachó su monólogo con la misma sonrisa descarada. Una sonrisa que resaltaba sus labios carnosos y la blancura radiante de sus dientes. Era toda provocación, toda sensualidad, toda lujuria.

Él consideró que en este caso debía tratar de poner el máximo de distancia. Si bien el trato con sus pacientes acostumbraba a ser de vos, buscó ajustarse a los cánones más estrictos de la profesión.

—En primer lugar, debo decirle que se acostumbra a que el trato con los pacientes sea de usted. Son pautas de la profesión.

El gato maula no pudo contener una risita corta, apenas perceptible.

El mísero ratón no tuvo más remedio que disimular y apelar a los procedimientos de la profesión.

— ¿Y cómo son sus relaciones sentimentales? Porque una cosa es que le guste una persona y otra que sienta algo más. Me refiero a lo que podríamos definir como amor.

— Mirá, nunca sentí nada por nadie que no sea atracción física. Pero estoy bien así. La gente sufre mucho por amor y por falta de amor. Yo soy distinta, no sufro por amor, ni por falta de amor, y siento que gozo de la vida más que cualquiera, pero eso parece que es anormal y que necesita tratarse.

El “mirá” de ella era una provocación. Era Sharon Stone cruzando las piernas y pidiendo fuego en el interrogatorio.

Él se sentía turbado como aquel mismo inquisidor de Sharon Stone, pero con dificultad sacó a relucir un discurso académico.

— Verá. Nos guste o no, la sociedad impone ciertas conductas como aceptables y otras no. En otras épocas y culturas antiguas había mujeres que podían dedicarse totalmente a los placeres carnales por gusto; sin ningún tipo de escarnio social. Concretamente era común en algunas sociedades orientales y también las hetairas en la antigua Grecia, por ejemplo. Pero en cierta manera eso atentaba contra la familia y fundamentalmente contra la seguridad de las esposas legítimas. De una forma u otra se fue gestando la idea del puritanismo, del cual hoy en día nos estamos alejando, pero igual sigue subyacente. No voy a emitir juicio de valor al respecto, pero aquí el problema me parece que es otro. Es un tema de narcisismo. El exagerado narcisismo conduce a una excesiva búsqueda de satisfacción personal. La posmodernidad está planteando objetivos plenamente hedonistas. Todos tenemos una capacidad innata para amar, y cuando nos amamos demasiado a nosotros mismos, podemos perder la capacidad de amar a los demás. Cuando esto ocurre, hablamos de un trastorno narcisista de la personalidad. Freud decía que el narcisismo acompaña a las mujeres bellas, que no aman pero esperan ser amadas.  

Inconscientemente, él utilizó palabras difíciles. Pero ella no necesitaba conocer el significado de las palabras para entenderlo, si lo hubiera querido hacer. Había estado sonriendo y mirándolo durante toda esa alocución pero no le interesó en lo más mínimo. Retomó la palabra ella, como si él no hubiera dicho absolutamente nada.

— Por ejemplo, ahora —, y sonrió aún más — estamos solos acá, yo acostada en el diván. ¿Qué tiene de malo que te haga calentar? ¿Acaso no lo disfrutás vos también? Cuando estoy con un hombre, así como ahora, me encanta ver si hice que se le parara. Me encanta la idea de que se masturben pensando en mí o que cojan con sus mujeres pensando en mí. Si eso es tener alma de puta, quiero ser la más puta de todas.

Él evitó el reflejo instintivo de mirarse la entrepierna para ver si se notaba la erección.

Ella volvió a reírse, conocedora del poder del descaro para excitar más a un hombre. La impresión de que ella leía su mente se hizo más palpable. Ambos sabían que no hacía falta mirar la entrepierna de él para saber de la existencia de aquella fiera enjaulada, furiosa por salir. Él contemplaba ese espléndido cuerpo; jugoso; carnoso; que se mostraba ardiente de deseo. Esa máquina de calentar que le estaba provocando la erección más formidable que recordara. Reprimir sus impulsos primarios se convirtió en una tarea demasiado difícil de sobrellevar. Logró mantener la compostura, intentó decir algo pero no conseguía esbozar nada coherente. Y el gato maula continuó jugando.

— ¿Qué te pasa? Alguien me dijo que los hombres no pueden irrigar las dos cabezas al mismo tiempo y parece que es cierto.

Él hizo un esfuerzo más por retomar el control.

— Por favor. Mantengamos la relación entre nosotros en el plano estrictamente profesional.

Ella rió descaradamente y le retrucó.

— Como diría el chiste: ¿A cuál profesión te referís? ¿A la tuya o a la mía?

El mísero ratón jugó su última carta para tratar de escapar.

— Bueno. Ya estamos en horario. Veremos en la próxima sesión si podemos encausar el tema como se debe y aclarar los pasos a seguir.

Ella, con su imperturbable sonrisa socarrona, sacó un condón de su bolsillo y alcanzándoselo terminó con la inútil resistencia:

     Dale. Cobrate —.

 

 

                                           

    FERNANDO  ARTANA

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-