"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




RODOLFO FOGWILL

Publicado en De Otros. el 5 de Octubre, 2009, 18:23 por MScalona

Nunca se deben iluminar las caras con la linterna. Al principio, cuando alguien pedía la linterna, siempre la pasaban prendida, dirigiéndote el rayo de luz a la cara. Así se producía dolor: dolían los ojos y dejaba de verse por un rato. Abajo -por tanta oscuridad-, y afuera, andando siempre de noche y en el frío, la luz duele en los ojos. Alguien alumbraba la cara y los ojos se llenaban de lágrimas, dolían atrás, y enceguecían. Después las lágrimas bajaban y hacían arder los pómulos quemados por el sol de la trinchera. Escaldaban.

                     

                                      

Después Luciani había callado. Siempre al llegar el que entra habla. El que llega viene de no hablar mucho tiempo, de mucho caminar a oscuras, de hacer guardias arriba de algún cerro esperando la oscuridad. Viene de estar tanto callado que cuando se halla en el calor empieza a hablar. Como cuando despiertan: despiertan y se largan a hablar.

En la chimenea lateral algunos estaban despertando. Se oían sus voces:

-¿Qué hora es?-decía una voz finita, llena de sueño.

-Las siete.

-¿De la noche? -era la misma voz.

-Sí, de la noche.

-Ah…

-¡No! –Interrumpía otra voz, tonada cordobesa-, ¡Iban a ser las siete del mediodía…!

Alguien rió. Alguien puteó. Entre esos ruidos hubo otros como de cascos y jarros golpeándose. Hablaba uno:

-Ah… ¡che, uruguayo!

-¿Qué?- le respondían.

-Quería saber… ¿Si vos sos uruguayo, por qué carajo estás aquí?

-Porque me escribieron argentino. ¡Soy argentino!

-¡Suerte! -dijo una voz dormida.

-Che… ¿y por que te dicen uruguayo?

-Porque yo nací ahí, vine de chico…

-¡Es una mierda el Uruguay…!

-Sí -era la voz del uruguayo-, mi viejo dice que es una mierda.

-¿Tu viejo es uruguayo?

-Sí… ¡Oriental!

-¿Y tu vieja?

-No. Murió. Era también  del Uruguay…

-Gardel era uruguayo…-dijo alguien, para saltear el tema de la muerta.

-No… ¡francés! -dijo el uruguayo.

-Francés y bufa  -terció alguien-, lo leí en un libro de historia del tango.

-Gardel… ¿bufa? -dudaba el de la voz finita.

-Sí  -dijo el que había leído-. ¡Era francés, bufa y pichicatero!

Después la voz que había preguntado la hora insistió:

-¿Qué hora es…?

-Las siete y cinco –contestó la voz del que tenía hora y después gritó-: Che… ¡A despertarse! ¡A las ocho salen ustedes…!

-Mejor –dijo uno-. Así respiramos. ¡Acá no se aguanta más el olor a mierda…!

                 

                          

Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales. Para llegar hasta la pajarera había que cruzar el campo donde siempre pegaban los cohetes: se veía desde lejos un avión solitario que parecía quedarse quieto en el aire, después se lo veía girar y volverse para el lado del norte, y enseguida llegaban uno o dos cohetes que había disparado. Pegaban en el campo echando humo, hacían una pelota de fuego y después una explosión que trepidaba todo y el aire se enturbia con un ácido que ardía en la cara. ¿Quién iba a querer cruzar el campo para llevar heridos? La explosión repercute adentro, en los pulmones, en el vientre; hasta pasado mucho tiempo sigue sintiéndose un dolor en los músculos que se torcieron adentro por el ruido, por la explosión. Cruzar el campo a pie da miedo, porque se sabe que allí pegan los cohetes y se arrastran por el suelo  -todo quemado- como buscando algo. Los que andan por ahí están siempre temiendo y se les notan los ojitos vigilando a los lados. Muchos se vuelven locos. Un cohete explotó un jeep. Un cohete británico les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos.

                                        

                                        

                                        

                                        De la novela    LOS  PICHICIEGOS

                                       RODOLFO  FOGWILL,  Edit  Interzona.

La novela fue escrita en tres meses, en tiempo real, durante el conflicto de Malvinas, mayo-julio 1982, en San Pablo, donde Fogwill estaba autoexiliado.-  --

                                        

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-