"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




4 de Octubre, 2009


las cosas son lo que parecen... (Hume)

Publicado en Humor el 4 de Octubre, 2009, 20:35 por MScalona
Le cose non sono mai quello che sembrano :D
mistro:

zuppadivetro:

thenakey:

voristrip:

havanadonnalina:
via asset.soup.io


awesome.


 

No quedar pegado

Publicado en General el 4 de Octubre, 2009, 17:28 por Bruno Prea

Después de la jornada laboral, Wilson Menéndez, uruguayo por elección y argentino por trabajo y conflictos legales, pensó un rato con la cabeza apoyada en un árbol que todavía recibía los últimos vástagos tibios del sol y se dio cuenta de su miserable situación: el no quería quedar pegado.

            Desesperado pero conciente del carácter implacable de su descubrimiento, y ante la imposibilidad de encontrarle solución teórica, tomó un billete de dos pesos y se pidió una cerveza. Al cabo de un rato inconmensurable para él, aunque se percatara de la ausencia total de luz solar, el kiosquero le pidió amablemente que se fuera. Quitó la linga de su bicicleta y emprendió el retorno a los suburbios, acción que lo devolvió a su inmensa pena, a las cavilaciones acerca de la lealtad y la traición, mezcladas con conceptos de honor y heroísmo y un poco de mareo, por el hambre y los dos litros de alcohol que le circulaban por la sangre.

 

            Martín Schanmberg, argentino pero descendiente de alemanes, empresario joven y prometedor, soltero codiciado y codicioso tuvo, en otro rincón de la city, una revelación similar: el no quería quedar pegado.

 

            Dos estudiantes y tres viejas sintieron lo mismo en plaza de Mayo, aunque por supuesto, jamás lo comentaron. Comentarlo era, sin dudas, la primera forma de quedar pegado. Y les fue pasando a todos, uno por uno o simultáneamente. Habitantes, ciudadanos, la gente, y demás gentilicios y designaciones arbitrarias de la multitud y sus diversos componentes homogéneos iban rindiéndose, singulares, ante el imperio del “no quedar pegado”.

 

             Y esta historia versa sobre cómo el “no quedar pegado” vino para quedarse, aunque ya nadie hable de él en esos términos y a pesar de que las nuevas generaciones jamás lo sentirán como una revelación sino como algo instituido y rígido como la roca que nos cobija pegados al suelo, evitando que volemos como pájaros o astronautas. El “no quedar pegado” no es tan viejo, y los últimos intentos de resistencia han sucumbido hace poco, no se sabe bien donde ni cómo. Ensayamos la hipótesis de que fue por cansancio, que es la más triste, pero la menos grave.

            Hecha esta introducción necesaria, no espere en lo que sigue nada parecido al optimismo, aunque es probable que usted también este manipulado, preso del “no quedar pegado”. Si esto se lee dentro de muchos miles de años, quizá las perspectivas sean otras. Quizá tenga el valor fundamente de los relatos míticos, quizá sea a esos mundos impensados del mañana, lo que el pecado original y sus artimañas ideológicas fueron a nuestro impensado del hoy y del ayer. De todos modos, no puede prometerse más que una profunda tristeza, neutralizada por la negligencia del que escribe, sujeto ajeno a mis deseos y que sufre por ello, que no soporta la inercia pesada del “no quedar pegado”.

Culorotti, el del fegatello

Publicado en Nuestra Letra. el 4 de Octubre, 2009, 12:00 por Fernando Artana

—Che, ¿sabés que ayer me encontré con el viejo Culorotti?
—Uuuuuuuh… ¡Qué viejo loco! ¿Qué cuenta?
Cristian, el principiante, nos observaba sin decir nada. Pero se notó que el apellido Culorotti le llamó la atención. Era lógico para un chico de trece años.
—Me dijo que quería volver al club, y me preguntaba si había algún día en que no viniera Molinari. Le dije que Molinari se había mudado a Buenos Aires, así que no había posibilidad de que se cruzaran. Entonces me dijo que venía hoy. En cualquier momento cae.
—Uuuuuuuh…..Sonamos ¿Para qué le dijiste eso? El viejo es imbancable. Ahora va a venir a querer hacernos el fegatello a todos.
El pibe puso cara de sorpresa ante esa palabra. Edu y yo hicimos como que no nos dimos cuenta, pero nos conocíamos mucho y no necesitábamos hacer ningún gesto entre nosotros para confabularnos y saber hacia donde encaminar la conversación. Seguimos en lo nuestro y charlando como si el pibe no estuviera mirándonos, ni escuchándonos.
—Así es. ¡Culorotti! El rey del fegatello. No te podés descuidar un segundo que te hace un fegatello, el viejo.
—¡Como le gusta el fegatello! Viejo fegatelero.
—¡Si habrá fegateleado en su vida!
—Tarde o temprano nos hizo el fegatello a todos los miembros del club
—¡Eso mismo! Ningún miembro se salvó de que el viejo le haga un fegatello.
—Yo lo establecería como un ritual de iniciación de los socios. Para ser socio del club hay que experimentar que el viejo te haga un fegatello.
—Eso. Establecelo vos, que sos de la comisión directiva.
El pibe, a esa altura tenía los ojos como el dos de oros y comenzaba a mirar para la puerta. No sé si para ver si venía el viejo o para salir corriendo.
—Esto no da para más— dijo Edu y tumbó el rey.
Edu y yo levantamos la vista, a mirarle la cara de no entender nada del pibe.
—Che, ¿Y si hacemos un fegatello nosotros para enseñarle al pibe?
—Dale.  Porque el viejo va a caer en cualquier momento, y lo primero que va a querer hacer, es hacerle un fegatello a Cristian.
El pibe había quedado inmóvil y se había empezado a poner colorado. La naturalidad con que Edu y yo hablábamos lo dejaba más perplejo.
Ya era suficiente broma así que Edu y yo le enseñamos el ataque fegatello en la defensa de los dos caballos. Era tan novato que ni siquiera había escuchado el nombre de esa variante. Para colmo la defensa de los dos caballos es la típica apertura que usan todos los principiantes, así que le enseñamos cómo tenía que jugar cuando le jugaran el ataque fegatello. Si bien el ataque fegatello es muy agresivo, defendiéndose bien se llega al medio juego con la partida casi ganada.
Empezamos otra partida, y comenzaron a caer otros socios, pero Cristian prefería seguir mirando nuestras partidas y escuchar nuestra conversación en vez de jugar.
—Culorotti me dijo que quería probar uno de sus inventos con nosotros. Nos quiere usar de conejillos de Indias.
—¿Con qué se vendrá el viejo trastornado?
—¿Te acordás lo del lavadero automático de perros?
El pibe se empezó a reír.
—Si, el viejo había inventado un lavadero automático de perros al estilo como el de los autos. El perro entraba atado con una correa, arriba de una cinta corrediza por una especie de túnel. Recibía unos chorros de agua y de espuma a presión desde todos los rincones. Después pasaba por unos rodillos de cepillos y después recibía viento caliente para secarlo.
El pibe ya estaba a las carcajadas.
—Los pobres bichos salían enloquecidos de ese túnel ¿Y te acordás del faquiumóvil?
—El faquiumóvil estaba muy bueno. El viejo tenía un 4L y le había instalado un sistema. Movía una palanca y se desplegaba del techo del 4L un puño de cartón grandote con el dedo anular extendido que se movía para arriba y para abajo. Se activaba una sirena como de la policía y unas luces que se prendían y se apagaban.
—Era un peligro el viejo manejando y cuando lo reputeaban, el viejo accionaba la palanca.
El pibe no paraba de reírse.
—Pero lo más grande fue el dispositivo para navegar en auto
—Ahhh, eso salió en los diarios
—Esto no da para más— dijo Edu y tumbó el rey.
Acomodamos las piezas para empezar otra partida, comentando un poco las jugadas de la partida anterior. Jugábamos un poco con la curiosidad del pibe que finalmente tuvo que preguntar cómo era el dispositivo para navegar con el auto de Culorotti.
—El viejo había inventado un sistema portátil para adosar a cualquier auto. Consistía en una especie de flotadores que se unían a los flancos de los autos, y unas ruedas dentadas que se bajaban y se enganchaban a las ruedas traseras del auto. Norias creo que se llaman. ¿Viste esos barcos del Mississippi que se impulsan con ese tipo de ruedas? Bueno, algo así era, pero más chicas, obvio.
—Nos invitó a todos a la demostración
—Yo fui porque me dio miedo que el viejo se ahogara. Me fui con unos shorts de baño, porque me imaginaba que me iba a tener que tirar al río para sacarlo al viejo.
El pibe se desternillaba.
 —Era en una bajada cerca de San Lorenzo. Nos había dado un mapa para llegar. No sé como hizo para encontrar un lugar adecuado. Apareció manejando un Fiat 600 con todo el equipo arriba del techo del fitito, y cuando llegó cruzó las ruedas y dio como un medio trompo: “Es que no tengo frenos” dijo cuando se bajó.
La risa del pibe era contagiosa.
—Había algunos vecinos del viejo y algún que otro curioso. Habremos sido unas diez personas. Empezó a explicar con solvencia la facilidad con que se adosaba el sistema al automóvil. Era admirable el convencimiento que tenía de que iba a funcionar. Adosó todo. Puso unos tablones  para que el auto bajara hacia el agua porque si bien la ladera era suave en ese lugar, había como un escaloncito. Y se mandó al río nomás. Los flotadores aguantaron al principio. Movió una palanca o no sé qué, que hacía que bajaran las norias esas y se encastraran a las ruedas del auto. Empezó a acelerar a lo loco.
—Hoy no es mi día— interrumpió Edu y tumbó el rey.
Volvimos a acomodar las piezas y proseguí con el relato porque el pibe estaba interesadísimo.
—Bueno, empezó a acelerar a lo Culorotti y las ruedas giraban y levantaban agua para todos lados. Nos bañó a todos, pero se ve que la fuerza del motor tiraba el agua para arriba pero no empujaba el auto, así que el auto apenas avanzaba, y se empezó a hundir despacito. El viejo aceleraba cada vez más y levantaba como un géiser  de cinco metros de altura, pero el auto seguía moviéndose apenas. Más que mojados, estábamos embarrados todos y el motor empezó a hacer explosiones. El viejo seguía acelerando como si nada. Empezaron a salir unos chisporroteos del motor. Entonces empezamos a gritarle todos: “¡Salí Anselmo, que se hunde! ¡Salí que se va a prender fuego todo!”. El viejo seguía como si nada. Yo ya estaba por meterme a sacarlo, pero como era playito donde estaba no había demasiado problema porque el viejo cuando saliera iba a hacer pie lo más bien. Recién cuando se paró el motor y empezó a entrar agua por la ventanilla abierta, el viejo salió. Yo me metí para ayudarlo a salir y llegar a tierra firme; total ya estaba empapado. El fitito todavía debe estar en el fondo del río.
El pibe se retorcía de la risa.
—“¿No sé que pudo haber salido mal?” decía el viejo jadeando y todo embarrado.
—Y las peleas con Molinari eran épicas
—Sí, la última fue la peor de todas. Por eso no volvió más el viejo. Pero Molinari ya lo había echado del club un par de veces antes.
—Molinari tenía un carácter podrido, pero el viejo lo provocaba siempre.
— Pero tenía razón Molinari. Una cosa es que hablemos en una partida así nomás como esta, y otra es en una partida de torneo.
Hicimos un silencio para concentrarnos en la partida, hasta que el pibe no pudo más y nos preguntó:
—¿Y qué pasó con ese tal Molinari?
— Pasó que estábamos jugando un torneo interno entre nosotros. Habíamos juntado plata entre los participantes para comprar unas copas para los premios. Era la última fecha del torneo y le tocaba jugar a Molinari con el viejo Culorotti. El viejo ya no tenía chances de ganar un trofeo. Era un jugador que arriesgaba mucho. Tenía inventiva pero sabía muy poco de teoría. Molinari sabía mucho más y jugaba mucho mejor. Pero como todo; el viejo te podía abrochar si te descuidabas un poquito. La cuestión que el viejo no podía dejar de hablar cuando jugaba. Y cuando se ponía nervioso, peor. Tenía unas muletillas que eran cualquier cosa. Cualquier verdura mandaba el viejo. O se ponía a cantar alguna estupidez. Te hacía reír, siempre y cuando no fueras vos el rival.
—Caissa diosa ingrata, no me hagas meter la pata— acotó Edu como ejemplo de las muletillas del viejo.
—O por ahí movía un peón y arengaba: ¡Avanzad proletariado!
—O exclamaba: “José se llamaba el padre y Josefa la mujer, y tenían un hijito que se llamaba Josesito”, y ese “Josesito” lo decía con voz de nenito. O cuando cometía un error decía: “De poetas y de locos, me acabo de mandar un moco”.
— La cuestión que Molinari, tenía la partida perdida y el viejo dale que dale con sus muletillas. “Callate viejo de mierda”, le decía Molinari.
—Y el viejo le respondía algo así como: “Volverán las oscuras golondrinas. Quien quiera oír que oiga”.
—O sino: “Osías el osito en mameluco, paseaba por la calle Chacabuco”
—O sino se ponía a cantar: “Pintarse la cara color mierda seca, tirarse peditos en la bañadera”
—Y Molinari se ponía más loco y más lo puteaba al viejo.
—Y el viejo seguía: “El tiempo que te quede libre, si te es posible, dedícalo a mí”. Porque encima Molinari estaba por perder por tiempo.
—Se puso a hablar como si estuviera dando una conferencia y decía: “El alfil es la mejor pieza, anatómicamente hablando. Es la única pieza que para usarse no necesita untarse en vaselina porque tiene la punta redondeada…… ¿No te parece, Molinari?”
— Porque Molinari tenía un alfil que le había quedado encerrado y no le servía para nada. Molinari no aguantó más y tiró el tablero al piso. Estaba totalmente sacado y le gritó que se vaya porque sino lo iba a cagar a trompadas.
—“Tomátelas culorrrrrrroto”, le gritaba.
—Y ahí se dio una escena fellinesca. El viejo levantó la cabeza mirando el techo y se paró declamando sus muletillas, mientras Molinari le gritaba que se fuera. Nosotros tratábamos de calmar a Molinari y le decíamos al viejo que era mejor que se fuera.
—Vos pibe, no debés saber ni quien fue Tato Bores. Era un cómico de televisión que tenía un programa y había un personaje que recitaba poemas incomprensibles mirando el techo. El viejo Culorotti parecía ese. Se levantó y fue hacia el perchero a buscar su abrigo, siempre con la vista en el techo, medio tanteando por donde caminaba y diciendo cosas como: “Mi honra está en juego y me pican los huevos”, “De carne somos y al polvo vamos”, o “No le pidan olmos a José Luis Perales……y a Manzanero tampoco”
—“¡Diantres! ¡Qué contrariedad!” o “Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo Molinari que un gran profesor”.
—Se puso el abrigo, siempre mirando el techo, y siempre declamando sus muletillas y al final se fue cantando la marsellesa.
—¡Qué viejo loco!— dijo el pibe riéndose.
—No hay caso. Hoy estás intratable— dijo Edu y volvió a tumbar el rey.
Cristian quedó a la expectativa de seguir escuchando.
— Después que el viejo cerró la puerta, nos quedamos todos mudos. Como a los dos minutos volvió a abrir la puerta, asomó la cabeza, me miró a mí y me preguntó: “¿pero la partida la gané yo, no?”. No me dio tiempo a responderle nada, porque tuvo que cerrar la puerta antes que Molinari le tirara con una torre. Gracias a esa partida gané el torneo yo; sino lo hubiera ganado Molinari. Tengo la copa en mi casa.
En eso se abrió la puerta y antes de que entrara nadie, se escuchó la voz del viejo:
—¡Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud!
         —¡Culorotti!— exclamamos todos. Lo saludamos y le presentamos al pibe. Culorotti tenía un cierto aire a Einstein: tirando a flaco y petiso, pelado con el pelo largo a los costados, con anteojos culo de botella y barba incipiente.
Lo invitamos a que jugara con el pibe ya que lo habíamos entrenado para refutar el fegatello, pero el viejo no quiso.
—No, muchachos. Vengo a probar mi invento— dijo mostrándonos un maletín que traía.
Todos nos miramos con cierta picardía.
—Les explico de que se trata. Es un grabador del inconsciente.
Ya no pudimos disimular las sonrisas.
—No me gusta ese nombre ¿por qué no lo llamamos el fegatello de Culorotti, en honor a la apertura preferida de nuestro científico estrella?— dijo el flaco Solís. Todos adherimos a la idea del flaco. Culorotti seguía en la suya sin prestar atención a lo que decíamos.
—Tengo que probarlo con ustedes por el siguiente motivo: ustedes tienen que jugar al ajedrez y a la vez hablar de algo. Esa es la forma de poder grabar al inconsciente. Esas tres funciones de la mente tienen que estar activas: el pensamiento analítico que se usa en la partida de ajedrez, el pensamiento que se utiliza en el habla y el inconsciente que será el que va a ser grabado. Pero si no están activas las otras dos funciones no se graba el inconsciente. Es un tema técnico que no puedo entrar a detallar ahora.
Por supuesto que la andanada de chistes y burlas no se hizo esperar.
—Obvio que lo iban a tomar así. Los genios siempre somos incomprendidos al comienzo. Pero ustedes les contarán a sus nietos con orgullo, que conocieron a uno de los más grandes científicos de la historia— sentenciaba el viejo.
Por curiosidad y para divertirnos un rato accedimos. El viejo sacó las cosas del maletín y comenzó a conectar los cables del fegatello de Culorotti. Nos puso unos electrodos en las sienes a Edu y a mí que íbamos a jugar la partida. Los electrodos iban hacia una caja cuadrada amarilla con una única lucecita prendida.
—Este viejo nos quiere electrocutar— dijo Edu.
El viejo no escuchaba nada. De la cajita salía otro cable que iba a un grabador a casette Sony, de los primeros que se fabricaron.
—Aquí se va a grabar lo que diga el inconsciente de ustedes— explicaba el viejo señalando el grabador.
—El inconsciente es Edu. Yo no— le repliqué.
La cuestión es que nos pusimos a jugar, con los electrodos pegados, la lucecita de la cajita amarilla prendida, el grabador grabando y todos mirando.
—Bueno pero tienen que hablar de algo mientras juegan— nos dijo el viejo.
—Ok. ¿Vas a venir el sábado a mi casa a comer el asado que te debo?— me preguntó Edu.
—Sí, por supuesto
—¿Venís con tu mujer y tu hijo?
—Con mi mujer sí, pero mi hijo sale con sus amigos. Así que no te preocupes por tu hija. No hace falta que la escondas.
—Jajaja
— Yo llevo el vino
—No, dejá. Las apuestas hay que pagarlas como se deben, sino no vale apostar. El día que yo te gane un asado no voy a llevar el vino.
—Ok. Como quieras.
En ese tono siguió la conversación hasta que Edu tumbó el rey. El viejo nos desconectó los electrodos y rebobinó el casette.
—Ahora están a punto de ser testigos de un hecho histórico— dijo Culorotti en tono solemne— recuerden bien todos los detalles de lo que aquí está sucediendo, porque hoy pasaremos a la posteridad.
— ¡Dale viejo, que queremos escuchar lo que tenés grabado en ese casette, así te podemos curtir!— le chantó el flaco Solís.
El viejo puso el volumen al máximo y apretó el play. Empezaron a escucharse unos ruidos que parecían que podían ser voces, pero inentendibles. Las burlas de todos no tardaron, pero de a poco las voces comenzaron a hacerse más claras. Las voces, y sobre todo la entonación con que se escuchaban, se parecían a la de Edu y la mía, pero la fidelidad del grabador era mala. Todos hicimos silencio y empezamos a escuchar.
—Te hacés el humilde frente al pibe, pero se te nota a la legua que querés florearte diciendo que ganaste ese torneo de mierda. Sos un pobre tipo que sólo participa en los torneos en donde sabés que podés ganar.
El pibe puso los ojos como el dos de oros nuevamente. Edu se puso serio. Yo también. El viejo estaba radiante y empezó otra escena fellinesca. Se ve que el viejo no quería emitir sonido para no interrumpir lo que se escuchaba, pero la alegría que tenía no cabía en su cuerpo. Necesitaba demostrarla de alguna manera. Así que se paró y se puso a aletear con los brazos, inundado de felicidad.
—Lo que menos quiero es ir a ese asado el sábado. Sólo a vos se te ocurre hacerme una apuesta a mí. Si sabés que no me podés ganar, y menos una partida pensada a media hora. Pero me rompés tanto, que al final te tengo que castigar. Y vos después me castigás a mí haciéndome ir a tu casa a comer el asado.
—Lo único que falta es que traigas esos vinos berretas que comprás vos. Metételos en el culo. En lo que sí te doy la razón es en que no vengas con tu hijo, y que vengas con tu mujer. Un minuto que me dejes a solas con ella y me la transo. La otra vez estuve a punto. Se nota que la tenés mal atendida.
El ambiente se tornó por demás de incómodo. Todos nos quedamos inmóviles y perplejos sin saber qué cara poner. El único que se movía y con ganas era Culorotti que aleteaba con más ímpetu y la sonrisa le desbordaba la cara. Podría decirse que la sonrisa ya no le entraba en la sala.
—Tenés un culo a toda prueba. Estuve estudiando la Caro-Kann que jugás vos y te la refuté lo más bien, pero sos un caradura que no abandonás cuando tenés que abandonar ¿No te enseñaron que cuando tenés una partida perdida tenés que abandonar? ¿No te enseñaron que seguir una partida perdida es una falta de respeto al rival? Tenés un culo a toda prueba porque después, con la partida ganada, me vengo a colgar la torre como un pelotudo. Vos tendrías que haber sido el que pagara el asado en tu casa y como mi mujer no iba a querer ir, seguro que en algún momento me iba a poder transar a la tuya.
Culorotti aleteaba y en cualquier momento remontaba vuelo.
—Cuanto más quieras cuidar a tu hija, más pronto se te va a recibir de puta. Se nota que ya tiene tendencia a ser putita. No te preocupés por mi hijo porque el que te la va a voltear voy a ser yo. Es más fácil que quitarle un caramelo a un chico. El día menos pensado me la volteo a tu nenita. Capaz que este mismo sábado y en tu propia casa.
Apagué el grabador de un puñetazo.
—¡Tomátelas Culorotti! ¡Te pasaste con la jodita!— le grité.
Culorotti seguía aleteando y empezó a declamar:
—Lo sospeché desde un principio
— ¡Tomátelas antes que te agarre a patadas!
—Hombres necios que acusáis, a Culorotti sin razón.
— ¡Si le tenías miedo a Molinari, más vale que me tengas más miedo a mí! ¡Llevate ese invento! ¡Juntá  ese fegatello de mierda y tomátelas!
Ninguno me había visto así nunca. Yo no era de perder los estribos como tantos otros jugadores de ajedrez.
—Quién te ha visto y quien te ve— declamaba Culorotti, mientras con una mano empezaba lentamente a juntar los petates del fegatello y con la otra seguía aleteando.
—Amalillo, lindo colol— entonaba Culorotti cuando guardó la caja en el maletín.
—Non calentarum, largum vivirum………. El tuerto Alberto tenía un ojo cerrado… ¿y el otro? …..abierto………..
— ¡Apurate, viejo de mierda!
—Donde iremos a parar si se apaga Valderrama………Eso pregunto yo: ¿Dónde?.... —el delirio de Culorotti era total— Alcoyana, Alcoyana,… ¡qué fuerte que está tu hermana! 
De pronto, cuando ya se encaminaba para la puerta, se paró en seco y dejó de aletear. Alzó el dedo índice al cielo y proclamó a viva voz
—¡Seré el próximo premio Nóbel!
Lo agarré de la solapa y lo saqué a la rastra.
El silencio que quedó, se hizo pesado. Se interrumpió unos instantes cuando desde afuera se escuchó a Culorotti cantando la marsellesa mientras se alejaba.
—Allons enfants de la patrie…con Maradona y Platini.
Nos miramos con Edu sin saber qué decir. Un par de segundos después sentí que debía decirles algo a todos que seguían callados.
—El hijo de puta tomó nota de todo lo que le dije ayer cuando lo encontré. Por eso sabía del asado que le gané a Edu. Sabía que yo iba a querer llevar el vino y que Edu no iba a querer que lo lleve. Le conté de las edades de los chicos. Le conté que había un pibe nuevo que le gustaba escuchar nuestras anécdotas. Y el hijo de puta nos armó esta joda. Le salió bien al guacho. Pero ahora no lo voy a dejar volver nunca más. Después de todo, qué se yo cuanto tiempo hace que no paga la cuota.
Me senté a jugar con Edu como para dar por terminado el tema.
Al día siguiente de ese incidente llamé a Edu y le di una excusa por la cual no iba a poder ir al asado. Lo dejaríamos para más adelante. Él no pareció lamentarlo, más bien pareció aliviado.
A partir de ese día empecé a ir menos al club. Edu tampoco apareció mucho y ya casi ni hablamos, ni jugamos. No se habló más del tema, pero creo que a todos, y especialmente a Edu y a mí, nos quedó la sensación que no sería descabellado que a Culorotti le dieran el Nóbel.


                                                                                                       Fernando Artana

Dos poemitas de Juan Gelman

Publicado en De Otros. el 4 de Octubre, 2009, 1:16 por sandra

A saber

Es posible que un poema

sea bueno. Depende

del azimut de su deseo, del sol

que abra

en la selva que somos. Un gallo

canta al atardecer, peón

de olvido, chantre

del no va más, noche

y humo, anuncia

lo que vendrá, la réplica

de pesadillas, el rostro

que se mira a sí mismo.

Deja caer

El poema, en estado

de fragilidad o de furia, deja

caer su sombra sobre el mundo y lo desplaza

a pájaros errantes, ojos

abiertos en la sangre, cóleras

del aire, espantos

del amor. Así la tarde

dora su vuelo hacia la nada. El poema

dejó de hablar cuando nació.

Balbucea en la calle

como un idiota ciego.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-