"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




El Andén

Publicado en General el 24 de Septiembre, 2009, 10:11 por Alejandro

En Córdoba los mediodías de enero se derriten.

 

Pensaba volver en el colectivo de la noche anterior pero, en la oficina, algunas cosas se atrasaron. Terminó a las doce comiendo unas empanadas en el bar de una estación de servicio, en la misma manzana del hotel, sin aire acondicionado, que le recomendaron. Rodeado de cordobeses munidos de celulares, tan complejos, de los que manaban cuartetos. Solo uno no llevaba gorra. Supuso que ellos, a su vez, reflexionaron que solo uno llevaba corbata. A las 4 de la mañana  abandonó la idea de dormir. La sábana pegada a su espalda empapada. En el techo ventilador de buje reseco. Un mosquito perdido en su oreja.  Los hijos de puta que corrían picadas en la calle con ciclomotores de escape libre, justo bajo de su ventana. Cordobeses de gorra, aventuró. La televisión a esa hora se poblaba de santones que farfullaban en portuñol y vendían un aceite que protegía de los trabajitos. Mientras esperaba que los choferes abran la puerta del doble piso blanco y rojo entendió porque tanto malhumor. Tenía la certeza que en el interior del colectivo encontraría ese fresco esquivo. Lo estudió. Vidrios polarizados. Cortinas cerradas. El Scania regulaba firme alimentando el aire acondicionado. Confirmó, con la patente "v", que era un caballo viejo con buenas pilchas. Los choferes no se acercaban, acodados en un bar americano, a veinte metros de donde él sudaba. A los quince minutos aparecieron. Primero llegaron sus panzas redondas, después las camisas rosas y los pantalones grises. Uno chupaba un escarbadientes y de su mano derecha colgaba un termo blanco adornado con flores rojas. "Apurate la reconcha de tu madre", murmuró. El del termo caminó hacia el puesto del conductor y abrió la puerta a través de la ventana. El otro se paró y empezó su letanía: "¿dónde va?". Mojó el dedo índice, dobló el pasaje y cortó el control. Miró al que seguía en la fila y le extendió su boleto. Con dificultad, portatraje y portanotebook a cuesta, trepó la escalera caracol al segundo piso. El aire helado lo alivió, hacía frío allí arriba. Por fin. Chequeó su número se asiento y enganchando sus bártulos en los respaldares caminó hacia el final del coche. Individual y atrás. Tan transpirado como a las cuatro de la mañana se desparramó en lo que sería su lugar en las seis o siete horas por venir. Detestaba esa estación de colectivos, había estado allí demasiadas veces. Su abuelo, militar retirado del III Cuerpo de Ejercito, tenía una casa en Bialet Massé en la que pasó todos los eneros y febreros de su infancia y adolescencia. Desde Rosario a Córdoba en el ABLO de las 23:57 y hasta Bialet en el mugriento Capillense de las 08:03. Aquellos veranos modelaron su incipiente odio a la alta temperatura. Toleraba el día sentado en el arroyito que escurría por detrás de su casa, escuchando como se puteaban los que vivían en el rancho arriba de la otra barranca, mirando a su abuelo pelear con algún cerco y su inutilidad. Durante la cena, los relatos de la Revolución Libertadora, Azules y Colorados y lo que vino. En la cocina, una vieja radio de onda corta era su compañía hasta el amanecer con estaciones de Ullan Bator o la errática aparición del "Pájaro Carpintero Ruso" (1). Las noches de diexismo rectificaban el verano en Bialet Massé. A los dieciocho años, retornaba de un viaje al Machu Pichu y la idea de encontrarse (aún lo intentaba). Córdoba era la escala obligada del Expreso Panamericano abordado en La Quiaca. Mató el tiempo que lo separaba de la combinación a Rosario deambulando por sobre los  baldosones grises y sucios que le recordaban a su abuelo. Ya no escuchaba onda corta, lo obsesionaban las redondas tetas de su novia, último souvenir de la secundaria. En un puesto de revistas  compró El Gráfico y un libro de Helen Van Slyke para ella. En la tapa de la revista un jugador de Boca, transpirado, primitivo, embrionario le transmitió calor. Imaginó una noche de Copa Libertadores húmeda y pegajosa en algún estadio de Mina Gerais. Lluvia, no. En cambio en la tapa del libro, una pareja, él pelo largo, musculoso, ella demasiado para ser algo más que un muy buen dibujo. Tanta pasión de folleto, experimentó algo de asco. Al rato desayunó e instantáneamente sintió ganas de cagar. Corrió a un baño, un morocho con pocos dientes se quedó con sus postreras monedas a cambio de un rollito de papel higiénico que no le alcanzó y lo obligó a recurrir a la brillosa tapa de El Grafico.  Un piso debajo de él escuchó trabajar el varillaje de la caja. Con los ojos entrecerrados lo último que vio fueron las gigantescas vigas naranjas del techo de la terminal y que en su momento llenaron de orgullo a los cordobeses.

 

Cuando el aire acondicionado tosió por primera vez recién pisaban la autopista a Rosario. Tosió y arrancó. Evadió cualquier pensamiento. El Scania, semi vacío, se bamboleaba suave por el hormigón vivo. Por una rendija de la cortina miraba el campo reseco. La tierra, un tentáculo de la ruta. En el preciso momento que por la TV bajaban los títulos amarillentos y borrosos de una película, el frío se paró. La convicción del para siempre. Decidió calmarse. Las cosas no debían darse así, debían solucionarse y se concentró en el video. La imagen era gris, no supo si por capricho del director o exceso de viajes. Algo pasaba en New Orleans, la gente se mataba y cogía atrás de una pantalla censurada. Tanto que jamás pudo saber de que trató todo aquello.  Noventa minutos, su asiento ardía y le costaba respirar. Cerró los ojos. En el 2002, las hojas de los árboles aun se movían gracias a las aspas del helicóptero, llenó una encuesta y envió un mail al programa de inmigración de Quebec. A los pocos días un sobre lleno de sellos llegó a la puerta de su departamento: al Gouvernement du Quebec le interesaba su perfil profesional, su grupo familiar también. Le sugerían aprender francés e iniciar el proceso de admisión previo pago de cinco mil dólares canadienses. Su esposa apenas dijo "no" y siguió con la carne picada. Ahora, en ese colectivo que se incineraba sin llamas, pensó que Quebec, en enero, es frío.

 

Durmió hasta el parador de Villa María. Al bajarse vio a los choferes discutiendo que hacer. Estudió el tamaño de sus cabezas. Tal vez retención de líquidos. En ambos casos un mechón negro, engrasado, húmedo caía sobre la frente tan estrecha. Desastrados. Quince minutos más tarde lo llamaron para abordar la pira. Preguntó que posibilidades de solucionar la falla. Ninguna le respondieron. "Comprate un par de aguas". Masticó que los dos caras de verga eran ocurrentes. Tal vez esas camisas rosas. Quedaban varias horas de sol y un rato más hasta que aquellas chapas se enfriaran. Un astronauta dentro del velo negro.

 

Una gorda se apantallaba con un revista que en la tapa mostraba un culo empotrado sobre dos piernas. A intervalos regulares, arriesgó, susurraba "… que calor…" y emitía una sonrisita estúpida. No quedaban dudas, lo miraba para entablar un dialogo, debía levantar toda su artillería para que eso no pasara. Detestaba hablar con desconocidos en los colectivos pero la gorda repetía, cada vez con mayor velocidad, "… que calor…" y la risita estúpida. Uno de los breteles de su inclasificable batón ya había caído. Rodeaba el brazo, corroído por la celulitis, que pugnaba por mantener en pie una canasta de mimbre con un par de termos. El ataque final era inminente. Volvió a dormir.

 

El sopor le trajo el recuerdo de sus últimas vacaciones junto a su esposa e hijas. En febrero pasado habían elegido San Bernardo, unas cabañas al norte de la ciudad. Fueron lindos días. Temprano dejaban a las nenas durmiendo y salían a caminar por la playa, a menos de cien metros. Después desayunaban los cuatro y partían al mar hasta las cinco o seis de la tarde. Le gustaba el mar, pasaba largos ratos contemplándolo y sentía que, efectivamente, no existían límites. En general cenaban en la cabaña y recorrían el paseo de los artesanos o un par de cuadras céntricas. Con el paso de los años no dejaban la costumbre de ir de la mano. Las nenas, recién adolescentes, algunos metros adelante mirando anillos, aros o locales de tatuajes. Casi todas las noches su esposa se acostaba desnuda a su lado. El sexo era bueno. Este año, entre aguinaldos, premios y ahorros cambiarían por Valeria del Mar. Los últimos diez meses fueron intensos. Recorrió varias provincias, auditoría de sucursales. Siempre su familia lo aguardaba en el andén de la estación de colectivos. Antes de abordar mandaba un mensaje de texto "llego a las …". Y ellas tres allí estaban, lo saludaban y se reían al verlo a través de la ventanilla. Esta vez no sería la excepción. Antes de cenar tomaría una ducha helada y más tarde, en la cama, su esposa, desnuda, iría a su lado.

 

Se despertó cuando el colectivo maniobraba para entrar a la plataforma de la terminal de Rosario. Atardecía. Era el último pasajero. Aún chorreaba. Se bamboleó por el pasillo rumbo a la puerta y saltó los últimos escalones hasta el andén tan vacío.


(1) También llamado "Russian Woodpecker", fue una notoria señal proveniente de la Unión Soviética que pudo ser oída en la onda corta entre julio de 1976 y diciembre de 1989. La señal consistía en un agudo y repetitivo sonido grabado que se emitía en los 10 Hz, a raíz de la similitud con el o los sonido del pájaro carpintero se derivó su nombre. La frecuencia empleada y sus saltos generaban interrupciones en estaciones legales, radio aficionados y emisoras utilitarias que resultaron en muchísimas quejas de gran cantidad de países alrededor del mundo.


  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-