"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




23 de Septiembre, 2009


de la peli del jueves

Publicado en Poemitas. el 23 de Septiembre, 2009, 10:09 por S_Paganini

Joe Gould

                    




Perseguido
por el mito
                   lo perfecto
                   lo bello
consumió
contaminación

mezcla
-sin darse cuenta-

incapaz
de hibridar su goce
ser una lámina
                      de hojaldre

ignoró
           que escribía

mil entre infinitas
                           historias
el libro de arena

           



                         Susana  Paganini

ejercicio cuento de humor

Publicado en Cuentos el 23 de Septiembre, 2009, 9:52 por M_C_Rivarola

Creer o reventar

 

 

 

Esa tarde de abril, cuando Rogelio llegó, preparé el mate apretando on en el aparato rutinario y le pregunté: - ¿Cómo te fue?

Él se veía extraño, como constipado, tan comunicativo como de costumbre, me contestó: - Bien.

Entonces saqué de la heladera un Activia, busqué la cucharita de mango negro que a él le gustaba y le dejé todo en la mesa, más un beso en la frente. Se ve que se desorientó con mi gesto y atolondradísimo tiró el mate sobre el individual bordado a mano por la abuela Mecha. No dije nada. Los dos entendimos que se trataba de un mal presagio.

Así nos quedamos un buen rato mirándonos en silencio, mientras la yerba se derramaba tiñendo el macramé de verde. De no creer, lo sé. Y así, tildados estábamos cuando don Pañagua golpeó la ventana de la cocina y poniendo su índice en el gigantesco ombligo, alcanzó a vociferar algo así como que habían terminado.

 

Una sensación de vacío me recorrió el cuerpo. Hacía casi dos años que habíamos comprado la casa y desde entonces la estábamos reformando. Don Pañagua era ya uno más de nosotros. Vino apenas nos mudamos, por unas manchas de humedad en el living y terminó cambiando mosaicos por porcelanatos, tirando paredes, revistiendo en yeso, desmantelando el baño y cambiando por termotanque el calefón.

Tantos días pasamos juntos que era parte de la familia, siempre le decía a Roge:  -¡Qué buen hombre! ¡Tengo que tejerle un pancerito para el invierno!

Roge no estaba tan convencido de que lo fuera, sobre todo cada viernes cuando lo esperaba sentadito con las cuentas en la mano. El tema es que a mi me ayudaba mucho tenerlo en casa, incluso solía darme recetas de cocina tailandesa y hasta me enseñó técnicas para desmanchar los calzoncillos con palometa de Rogelio. Era una enciclopedia viviente, mezcla de Encartas con Google. Se comía las “s” y tenía problemas con arbeja y bondiola. Intenté corregirlo muchas veces pero siempre terminaba diciendo, alberjas y mondiola no había caso; al margen de los problemas de pronunciación el tipo sabía de todo.

 

Por lo pronto, mi esposo fascinado con la idea de que la pesadilla había al fin terminado y yo algo confundida, salimos a mirar el cerámico recién colocado del patio.            Todo parecía perfecto, sin embargo, cuando recorrí la extensión con mi bizca mirada, supe que algo inquietante pasaba.

Siempre al tanto de que mis ojos eran una  cualidad innata, casi un súper poder: mientras uno miraba un ángulo el otro apuntaba hacia el contrario, luego juntos repasaban lados opuestos. Recordé lo bien que me iba cuando trabajé en control de calidad de Arcor, nadie sospechaba nada, pero yo sabía que gracias a mi mirada desorbitada era la única que detectaba pico dulces cachados y rocklets despintados.

Lo importante ahora es que yo fui también la que pudo ver el tubito, efectivamente, la única: yo.           Un tubito negro asomando 4 centímetros del suelo.      Me acerqué a él como impulsada por un demonio y comencé a tironearlo fuertemente, pidiendo explicaciones a Pañagua que no sabía qué responder. Entré en crisis de pánico. Rogelio primero intentó calmarme, propuso cortarlo al ras.

–No, no y nó -grité.

          Don Pani, desorientado, seguía rascándose con ese dedo enorme y gordo que encastraba como puzzle en su ombligo. Yo estaba tan atacada que empecé a tartamudear intentando que comprendieran la gravedad del asunto.  -¿Qué hay debajo de ese cañito? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?

Lo zamarreé tanto a mi marido y desesperada pedí por favor que levanten el piso. Era un pálpito, estaba totalmente segura: una desgracia en puerta. Ahí no más recordé que a esa misma hora el día anterior comiendo un bizcocho de grasa, el ojo derecho me latía y de repente me ahogué. Tosí media hora escupiendo migas, era evidente, un disgusto se avecinaba, lo del mate sobre el mantel terminó de confirmarlo. Seguí tratando de que estos hombres reaccionaran, llorando, revolcándome por el piso y estaba a punto de arrancarme los pelos cuando vi que Rogelio se puso serio y señalando la casa dio su discurso:   

-Vaya pa’ adentro.

Era un hombre de pocas pulgas y menos palabras, le hice caso después de escuchar como le pedía a don Pani que volviera al día siguiente.

Esa noche no sabría decir si dormí o soñé o soñaba que dormía, lo cierto es que los poderes empezaron a agudizárseme. Vi la araña tejiendo y el mosquito succionando la sangre de Rogelio, no lo maté por miedo a despertarlo. Me levanté de la cama sigilosamente y me puse las pantuflas para no resfriarme. Caminé despacio y a medida que me acercaba al cañito, el patio se iluminaba. Cuando pude tocarlo decidí apoyar la oreja, pero el perro de la vecina ladraba, esperé quietita largo rato. Sabía que mi idea de envenenarlo no estaba tan errada, lástima que la comenté con Rogelio.  Cuando el animal dejó el canto para tomar agua, pude escuchar perfectamente una voz que venía del fondo:

- Truco -dijo-, se los aseguro.

Y otra más tenue:

- Retruco.

 De no creer, lo sé.

-Quiero vale cuatro.

Nunca me olvidaré de ese diálogo, jamás. Traté de apuntar con el ojo izquierdo, pero en ocasiones como estas los poderes se me dificultaban, entonces decidí no esperar, busqué el pico y la pala. No se de dónde saqué la fuerza, golpeé tres veces y a la cuarta un bloque perfectamente cuadrado se levantó dejando desplegada una pequeña escalinata. Con el culo lleno de preguntas pero bastante asustada bajé un par de escalones.

No podría haber imaginado semejante didascalia: en una mesa ovalada dos pequeños hombrecitos jugaban cartas, bebiendo whisky y fumando. Tenían las pestañas y las cejas quemadas. Una vela alumbraba la mesa y otra el frigobar.

Ahí quedé, espiando, cuando de repente se me escapó un estornudo, increíble con pantuflas y todo. Fue ahí cuando pude ver sus rostros que apuntaron hacia arriba y yo salí corriendo tan torpemente como siempre que corría, aunque no estuviera asustada. Tanto que perdí la pantufla.

Adentro me esperaba Rogelio con el termómetro, ningún príncipe azul con la pantufla en la mano.

– Eran nuestros padres Roge, los vi bien. Jugaban al truco. Me miraron.

Rogelio, serio, me recordó que antes de mudarnos en el término de dos meses los dos habían muerto y que habíamos decidido cremarlos. Agregó que cuando vivos, no se toleraban.

        Totalmente confundida agarré el termómetro, pensé que podía ser el resfrío o una infección urinaria. Mientras él hacía unos llamados telefónicos puse el termómetro en la pava, cuando volvió acepté ir al sanatorio, era evidente que algo raro estaba pasando.

Por la ventana del remís fui viendo como los astros me guiaban. Siempre que me enfermaba ellos marcaban mi rumbo hasta que sanaba. Llegamos al sanatorio Pinel y por suerte me encontré con Don Pañagua, era el médico de guardia. ¡Con razón sabía tanto! era doctor. ¿Quién lo hubiera sospechado con esa pinta? No me gustó que me lo haya ocultado, pero me tranquilizó bastante que me recibiera al fin sin el dedo en el pupo.

Me propuso quedarme a pasar unos días, comentó que había una habitación con camita tendida esperándome.

–Buena idea -pensé, siempre quise conocer un spa.

Pidiéndole a Rogelio que me trajera el cidí de Arjona, me despedí afectuosa con un beso en la frente. Él tan cariñoso como siempre, dijo:

-Chau.

 

Ahora me visita los martes y jueves, supongo que los demás días participa del torneo de truco con los viejos. No me lo cuenta, nunca me cuenta nada. Le sigo besando la frente para que no sospeche que lo se, pero yo estoy segura, lo estoy. El que no me crea diríjase a mi domicilio y pase al patio. Hay un tubito negro asomando 4 cm del suelo, intente levantarlo y verá.

 

                                                                                           Ce

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-