"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




DÍA DE PERROS

Publicado en General el 17 de Septiembre, 2009, 9:37 por CELINA.

 

                                                   DIA DE PERROS

 

      El mundo está en contra mío. Desde que me levanto hasta que me voy a dormir navego en un océano de dificultades. Un claro ejemplo fue el día de hoy.

    El despertador no sonó. Uso el celular porque el reloj que me acompaña desde hace más de 10 años dejó de funcionar. Puedo cambiar la hora pero me es imposible lidiar con los botoncitos para programar el despertador. En un par de ocasiones le dí un par de zapatazos,  pero sigue sin querer cambiarlos.  Me olvidé de cargar el celular y por lógica no sonó. Conclusión, me quedé dormida. Y todo arrancó mal. Nunca leo el horóscopo, pero seguro decía que iba a tener un día espectacular, lleno de sorpresas agradables y placenteras. Y que iba a encontrar al amor de mi vida. Eso hubiese bastado para imaginar lo que realmente sucedería. Justo lo contrario. Hay que saber leer entre líneas. Lo aprendí de una abogada amiga que hasta duda de lo que escribió con su propia mano. Y yo lo seguía al pie de la letra. Me la pasaba el día adivinando mensajes ocultos, leyendo entre líneas. Como el protagonista de Mentes brillantes, Russel Crowe. Un día encontré mi escritorio lleno de papelitos. Las milésimas de segundos que tardé en hacer la sinapsis correspondiente y comprender el caos que había -para qué negar que hasta yo quedé desconcertada- fueron suficientes para darme cuenta de que la cosa no daba para más. Por suerte la única que podía entender esa ensalada de palabras y letras remarcadas en rojo era yo. La señora que limpia en casa me miró suspicaz pero no atinó a decir nada. Junté todo despacito diciendo que los iba a tirar a la basura, pero me hice la distraída y los guardé en un cajón. Ahora  soy  más cuidadosa, no dejo nada a la vista. No me gusta que murmuren cosas por detrás. Porque hace rato que descubrí que él me manda mensajes. No puede hacerlo abiertamente.  No sé bien por qué, a lo mejor no se anima o es más divertido. Alguna razón debe haber. La cuestión es que yo descifro lo que me quiere decir. Generalmente lo hace en un mail o mensajitos de texto.  Enfatiza ciertas palabras, las pone en mayúsculas o en color y yo me doy cuenta de que eso esta dirigido hacia mí. Junto las letras y tengo mi mensaje. Suele ser confuso, pero siempre le encuentro una explicación. Y yo hago lo mismo. Le mando mi amor en pedazos, lo transformo en palabras de significado distinto a las que tienen a simple vista. Estoy segura de que él también se da cuenta. Trabajamos juntos. Y a mi me encanta perderme en sus mensajes ocultos, adivinar lo que no dice con lo que dice. Es parecido a lo que hacía Russel Crowe, pero él era esquizofrénico. A lo mejor  vio la película y ahí se le ocurrió. El problema es que tiene novia y ella trabaja con nosotros. A mi no me importa, nunca me llevé bien con ella.

     Me levanté a los apurones y salí sin desayunar. Error imperdonable. Cuando no desayuno mis neuronas se ponen estúpidamente lentas y tardo el doble en hacer todo. Por eso al taxi se lo tomó otro que llegó a la parada antes que yo, y me quedé mirándolo como una idiota. Justo vino el colectivo y me subí. Ya estaba arriba cunado me di cuenta de que no tenía tarjeta y ni una miserable moneda, el colectivero puso cara de nada y me hizo bajar alegando que no tenía cambio de veinte pesos. Descendí sin tener idea de dónde estaba. Cada vez se me hacía más tarde para el trabajo. Encima hoy tenía reunión con el jefe. Ahí me avivé que me había dejado la carpeta con los informes arriba del colectivo, más precisamente en el primer asiento. Puteé a todos aquellos de los que me acordé el nombre y una señora muy paqueta que llevaba uno de esos perros chiquitos, lanudos y gruñones, que no paraba de ladrarme, pensó que me dirigía a ella y se puso a dar un sermón sobre los buenos modales, ante lo cual el perro, sospechando de que yo había hecho algo contra su dueña, aumentó los decibeles de su ladrido.   Estupefacta, opté por retirarme porque ya se habían juntado dos o tres curiosos a ver por qué el perro me ladraba con tanto ímpetu y la señora me gritaba tan enojada.

Reevalué mi situación, era tarde, no tenía la carpeta con los informes, no había desayunado y me dolía la cabeza por los ladridos del perro, no por lo fuertes sino por lo agudo. Me matan los sonidos agudos. Lo primero es lo primero pensé y me metí en el primer bar que encontré. Cuando la moza se acercó le pedí un café con leche y dos medialunas dulces. Y un vaso de agua, necesitaba tomarme un analgésico. Busqué el celular en el bolso para llamar a mi jefe y decirle que estaba atrasada. Ahí me acordé de que no tenía batería y que ese había sido el inicio de mis problemas. Miré por la ventana y vi una cabina de teléfonos. No tenía monedas y le pregunté a un señor que estaba en la mesa de al lado si era tan amable de cambiarme plata.

–Tengo que hacer un llamado urgente-le explico. –De eso depende mi trabajo. Fui hasta el teléfono y llamé. Tuve que intentarlo varias veces porque me daba ocupado. Cuando finalmente logré conectarme tuve que escuchar a mi jefe gritándome palabras ininteligibles durante casi cinco minutos, lo cual empeoró mi jaqueca. Estaba suspendida hasta nuevo aviso. Me lo tomé bastante bien, no me venían nada mal unos días de descanso. Volví al bar a tomar mi desayuno tranquilamente. No podía encontrar mi cartera por ningún lado. También había desaparecido el señor de al lado. Le pregunté a la moza si lo había visto. Negó enfáticamente. Le expliqué la situación, me dejó tomar el café con leche que ya estaba frío. La cosa iba de mal en peor. El fugaz alivio que sentí al enterarme suspendida había sido borrado de un plumazo. No tenía las llaves de mi casa ni mi billetera con las tarjetas de crédito. La plata no importaba, no había más de veinte pesos, pero iba a tener que cancelar las tarjetas. Ni siquiera podía comprarme ropa, lo cual solía darme un alivio instantáneo en caso de angustia. Terminé mi café y le agradecí a la moza. Las medialunas no las comí, ya no tenía hambre. Cuando salí a la calle se había largado a llover. No podía creer mi mala suerte si hasta hace un rato había un sol radiante. Evidentemente el mundo estaba en mi contra. No me quedaba otra alternativa más que caminar. Encima me había puestos zapatos con taco aguja y minifalda. Si odio ambos. Eso me pasaba por querer impresionarlo a Raúl. El que me manda los mensajes ocultos. Había pensado que le gustaría verme vestida así. Siempre ando de jeans y su novia se viste pésimo. Era hora de demostrarle que yo era una mujer de verdad.

    Ahí fue que se me ocurrió aparecerme en su casa de improviso, toda esta histeriqueada de los mensajes, de las verdades a medias, me tenían podrida. Tenía ganas de una buena revolcada, no hacían falta ni hablar, sólo poner el cuerpo. Bastó con darle una buena excusa al portero para que me dejase entrar. Tenía todo el día para planear algo. A mi casa no podía ir, al trabajo tampoco. Del teléfono de Raúl llamé al celular a la señora que limpia, por suerte todo el mundo tiene uno de esos aparatitos encima y  tengo buena memoria. Ella tiene un duplicado de mi llave. Le pedí por favor que la deje en portería. Me contestó que le iba a resultar imposible porque se había ido a Entre Ríos a visitar a su hija. Otra vez era abuela. No me iba a quedar otra que ir a dormir a lo de mi mamá. Si tenía suerte no haría falta, la cama de Raúl tenía suficiente espacio para los dos. Resuelto ese asunto, a medias, me dí un baño, tenía frío. Mi ropa había quedado hecha un desastre y la metí en el lavarropas. Busqué en el ropero qué ponerme, encontré en un cajón ropa de mujer. Evidentemente era de Roxana, su novia. Preferí ponerme una remera larga de Raúl, una con un dibujo de Homero Simpson sosteniendo un vaso de cerveza y una de sus frases típicas. Estaba un poco grande para ese tipo de remeras, pero sobre gustos, no hay nada escrito.

  Me sentía como el personaje de un libro de Zoe Valdéz, ésta era una  película y yo era la protagonista. Mientras me paseaba desnuda por la casa ensayando poses cinematográficas y decidiendo cual sería mi mejor perfil, afuera llovía torrencialmente. Bien de película, siempre hay escenas con lluvia. En algún lugar debería estar la camarita, estratégicamente oculta, para no sacarle espontaneidad a la historia. Lo que no tenía muy en claro era si mi historia era comedia o tragedia. Como en  Stranger than fiction, donde una de las protagonistas está escribiendo un libro y debe decidir cómo matar al personaje principal. Y él tiene que ir buscando datos para descubrir si es parte de una comedia o tragedia. Lo mío hasta ahora pintaba más para tragedia, pero estaba segura de que terminaría en comedia y romántica.

   Miré la hora, las dos de la tarde. Raúl no vendría por lo menos hasta las seis.  Encima hoy era viernes, seguro se iba a tomar cervezas con los amigotes. Igualmente la otra opción es irme de mi mamá. A escuchar quejas y reproches hacia mi papá. De lo único que ha hablado en los últimos veinte años. O aguantarme que alabe continuamente a mi cuñada,  tan prolija, tan estudiosa, tan simpática, tan divertida, tan….pelotuda le dije la última vez que hablamos. Eso fue hace casi un año. No nos volvimos a ver y mi hermano ya no me habla. Y mi mamá me lo echa en cara cada vez que nos vemos. Mi papá no dice nada, él nunca tiene algo para decir. Pone su cara de póker y que el mundo se venga abajo. Es curioso como algunas cosas nunca cambian.

    Deambulé sin sentido por la casa, me preparé algo para comer, un sándwich de queso, no encontré nada más. Me senté en un sillón a mirar televisión y me quedé dormida. Desperté cuando escuché una llave que intentaba abrir la puerta. Me senté y aclaré mis ideas. ¿Dónde estaba? Ahí recordé todo lo que había pasado, la lluvia, la suspensión del trabajo, el robo de mi cartera, mi obsesión por Raúl. Me alisé un poco el pelo e intenté poner cara de mujer fatal, aunque el reflejo en la ventana mostraba a una mujer con una remera arrugada y cara de dormida. Puse mi mejor sonrisa y abrí la puerta. Del otro lado estaba Roxana, la novia de Raúl con cara de pocos amigos. Nos miramos. Ella atónita, yo muda.

-¿Qué hacés vos acá casi desnuda? me pregunta fulminándome con la mirada.

-Ehhhh, sinceramente no sabía qué decirle. Le conté una verdad a medias, agregando que me había peleado con mi novio y que el muy hijo de puta me había echado de la casa. Eso siempre funciona entre las mujeres, automáticamente nos sentimos solidarias con la desgracia amorosa de la otra, y nos unimos para terminar de descuartizar al enemigo. En este caso mi supuesto novio. Después le dije que lo había llamado a Raúl porque no tenía adónde ir y que él se había comunicado con el portero y me había dejado entrar. Ya vería cómo arreglaba esa mentira. Como mi ropa se había mojado me había puesto esa remera y bueno, acá estaba esperando que se seque mi ropa.

-Igual pensaba irme antes de que volviera,  ¿no te avisó que estaba yo?-arriesgué.

-No, no lo veo desde el mediodía, tuve que ir al médico y él quedó en la empresa y la verdad no tenía ganas de volver al trabajo. Me vine derecho para acá.

-Ah, bueno, yo me visto y me voy.

-Pero no quedate, total es temprano y Raúl  seguro se va a tomar algo después del trabajo. Yo me aburro hablando con la misma gente con la cual estoy todo el día. Vamos a tomarnos un trago.

  Acepté. De paso tenía tiempo para inventarme algo, ver cómo le avisaba a Raúl para que no tuviera lío con su novia. Y yo le explicaría la verdad, que él me gustaba. Los tipos se desarman cuando les decís cosas así, aunque no estén interesados.

   Hablamos un montón de pavadas, después de todo Roxana no era mala mina. Empecé a sentirme mal por haber querido transar con su novio. Creo que sólo me había obsesionado.  A esta altura me parecía que lo de los mensajitos me lo había inventado, siempre tuve inclinación para hacerme películas.  Desde que había visto Mentes brillantes me había copado con la idea de tener que buscar mensajes y descifrarlos. Me sentía una pobre mujer que al no tener nada interesante en su vida, se lo inventaba. Sin proponérmelo me largué a llorar. Primero despacio, lágrimas tímidas, solitarias,  después ya no pude parar. No sabía bien por qué lloraba, aunque las mujeres no necesitamos un motivo concreto para hacerlo. A veces se convierte en una catarsis necesaria. Esa que nos permite dar vuelta la página y empezar de nuevo. Roxana me miraba un poco desconcertada. Después alargó sus brazos y yo me refugié en ellos. Me acariciaba el pelo y decía palabras de consuelo que no entendía. Las caricias empezaron a hacerse más lentas, y su mano bajó por mi cuello y después por la espalda. Me quedé quieta, era reconfortante. De a poco el llanto se fue cortando, pero Roxana siguió con sus caricias. Con delicadeza metió su mano por debajo de la remera, hacía circulitos con sus dedos que me daban un poco de cosquillas. Ahora su mano subía con determinación hacia mis pechos. Sus caricias eran suaves, placenteras y yo dudé. No entendía nada, pero tal vez no hacía falta. Nunca pensé que disfrutaría que una mujer me acariciara. No era ilógico, qué mejor que una mujer para saber lo que le gusta a otra. Me incorporé y nos miramos a los ojos.

-Nunca estuviste con una mujer ¿no?-me pregunta seria.

-Sinceramente no, y no sé si quiero ahora.

-No seas prejuiciosa, no tiene nada de malo. A mí me gustan los hombres pero varias veces estuve con mujeres; es muy diferente. Me parece que estás necesitando alguien que te entienda. ¿Me equivoco?

  A toda velocidad repasé mi día. La suspensión del trabajo, el robo, la sensación de impotencia cuando la señora me gritaba, la lluvia, estaba peleada con mi hermano y mi mamá, a mi padre no le importaba, y me había inventado un amor inexistente. Deprimente. Levanté la vista, Roxana había interpretado mi silencio como un sí y se estaba desabrochando la camisa dejando ver unos pechos exuberantes y blancos. Inexplicablemente mi útero se contrajo y mis pezones se endurecieron. Cerré los ojos y me acerqué a ella. Hay momentos en la vida en  que pensar no sirve absolutamente para nada. Éste era uno de esos.

                                                             CELINA

 

   

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-