"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Negro, mínimo, sucio, policial...

Publicado en Cuentos el 14 de Septiembre, 2009, 20:28 por C_Santini

                                              Viejos  amigos

 

 

  La noche es un buen lugar para esconderse. Un bar cualquiera es otro buen lugar. Si es un bodegón oscuro, alejado del centro, mejor todavía. Él había decidido que el asunto no pasaría de esa noche. Hacía unos días que le daba vueltas por la cabeza una frase: “Qué es un amigo sino tu propio reflejo en un espejo imperfecto y tosco”. No recordaba quién lo había dicho, pero no importaba demasiado. Una vez que decidió el lugar, el resto era cuestión de tiempo.

  Esa noche llegó temprano al bar, quería estar un rato solo. Se sentó en la mesa más alejada de la barra, al lado de la ventana. En una mesa dos borrachos discutían por un partido. En otra, una prostituta con cara triste se miraba las uñas. En el piso grasiento había migas de pan, pedazos de comida y colillas de cigarrillo. El mozo bostezó al advertir la presencia de un nuevo cliente y caminó hasta la mesa como quien no quiere llegar.

 

-Buenas noches –dijo.

-Qué tal. Tráigame una botella de Blenders´ y dos vasos. Y un poco de hielo.

-Le debo el hielo. Se rompió la heladera.

-No se preocupe, igual tráigame la botella. Ahora.

-Muy bien.

-Y un cenicero, por favor.

-No hay ceniceros. Tire las cenizas al piso, como hacen todos.

 

  El mozo apareció al rato con la botella y los vasos. Le pagó y se sirvió una cantidad generosa que bebió de un trago. Necesitaba beber rápido para pensar mejor. O para no pensar. Media hora más tarde entró por la puerta el hombre que esperaba. Llevaba un casco en la mano y daba la impresión de estar algo molesto.

 

-De todos los bares donde nos hemos juntado, éste es el peor en años –dijo.

-Está acorde a la situación.

-¿Cómo se te ocurrió citarme en esta pocilga?

-Cómo cambiaste, che. Antes sólo frecuentabas antros de esta clase.

-Buen trabajo me costó salir de la miseria en que vivía.

-Y con alguna que otra ayuda.

-Sí, también eso.

-Veo que viniste con la reglamentaria adelante y la otra atrás, debajo de la camisa. La adivino por el bulto en la espalda.

-Sí, las dos de siempre.

-Y como siempre llevás montada la de atrás, no la de adelante. Por si te la manotea algún hijo de puta. ¿No es así?

-Así es.

-No es muy grato conversar con un policía que tiene dos pistolas encima, no esta noche.

-¿Qué te pasa, Marcos? Nunca me hablás de ese modo.

-Es verdad, Oscar, nunca. Pero todo sucede siempre por primera vez.

 

  Una cucaracha daba vueltas alrededor de la botella de whisky y vacilaba si treparla o no. Marcos sacó la cigarrera plateada y la puso sobre la mesa. Me repugnan las cucarachas, dijo al tiempo que miraba al otro. Juntó el pulgar y el índice de su mano derecha formado un anillo, hizo fuerza con el dedo más largo hasta que la punta se puso blanca y lo soltó directo sobre el bicho que fue a parar al suelo. Después se puso un cigarro en la boca. Sacó una caja de fósforos en la que se leía “Hotel La Granada”, uno de esos hoteles de mala muerte cerca de la terminal, pero que todavía tienen consideración por los fumadores. Tomó un fósforo y lo frotó contra el costado de la caja. Acercó la llama al cigarro cubriéndola con todo el cuerpo, como si estuviera en medio de una tempestad. Era una costumbre propia de los muchos años que llevaba deambulando a la intemperie. Clavó los ojos en la cara de su amigo mientras la llama quemaba la punta del cilindro de tabaco.

 

-Servíte whisky –le dijo.

-Gracias. Voy a pedir un poco de hielo, esto quema.

-No tienen hielo. Me dijo el mozo que la heladera está rota.

-¿Cómo puede ser?

-Ya lo dijiste vos: esto es una pocilga. Es probable que no tengan ni agua para lavar los vasos. El tuyo está bastante mugriento.

 

  Oscar levantó el vaso. Lo puso a trasluz. La luz mortecina que irradiaba la pequeña lámpara que colgaba en el medio del bar dejaba ver las manchas de grasa en el vidrio. Hizo un gesto de desdén, apoyó el vaso en la mesa y se sirvió.

 

-He tomado en cosas peores. A la mierda con la mugre.

-Me acuerdo de esa época.

-A veces es triste recordar.

-Lo único triste es lo que no tiene remedio.

-Bueno, supongo que tenés algo para decirme.

-Estoy un poco cansado esta noche, con pocas ganas de hablar.

-Mejor así. Te escucho –dijo, y se mandó un buen trago.

-Vi que cambiaste la moto.

-Sí, la cambié por una nueva. La otra ya me estaba quedando chica.

-La moto te quedaba chica. Como un pantalón. ¿Se te agrandó el culo?

-Bueno, en realidad no quería estancarme en el modelo.

-Claro. También supe que te compraste una computadora.

-Sí, la andaba necesitando, me harté de la máquina de escribir. Los informes quedan más prolijos.

-Te gastaste unos buenos mangos, che.

-Y, a veces no queda otra que endeudarse. Usé la tarjeta de mi ex mujer. La hija de puta me deja usarla con tal que no le rompa las bolas con la tenencia del pibe.

-Se ve que andás de buenas nomás. Eso merece un brindis. ¡Por tu presente!

–dijo y levantó el vaso.  

-Por mi presente.

 

  Los vasos chocaron en el aire. El ruido de los vidrios fue como una señal. El mozo se acercó a la puerta del bar y le echó llaves. Dio vuelta el cartel. Ahora decía “Cerrado”. Ellos siguieron en lo suyo, abstraídos, como si nada.

 

-El otro día revisé la ficha con los francos de la fuerza –dijo Marcos-. Vi que te pediste dos semanas en Octubre.

-Hace mucho que no nos vemos pero estás bien al tanto de mis cosas.

-Te conozco. Supongo que te vas a Córdoba a emborracharte al Oktober Fest con alguna de tus putas.

-No este año. En realidad me voy a Alemania. Aprovecho una oferta de vuelos y me rajo.

-¡Alemania! No te digo: el verdadero Oktober Fest. Sos un hombre de mundo. Yo sabía que llegaría tu hora después de tantas penurias.

-No sé si es para tanto.

-Yo creo que sí. Sólo me llama la atención una cosa.

-¿Qué? –dijo al tiempo que agarraba un cigarro de la caja metálica.

-Que no te acuerdes de los amigos cuando te va bien.

 

  Oscar se quedó quieto con el cigarro en la boca y el fósforo encendido en la mano. Miraba a su amigo desconcertado. Casi se quema los dedos.

 

-Parece que te sorprendiste. Estás pálido, che. ¿Te sentís bien?

-Sí, es sólo que…

-El bienestar borra los recuerdos amargos, dicen. Hace más de un año te di una ayuda importante. ¿Te acordás?

-Sí…

-Y ahora resulta que tu estilo de vida es el de un tipo de guita, se ve que te fue bien con lo que te presté.

-Marcos, yo pensaba devolverte todo junto cuando cobre la parte que me toca del divorcio.

-Entiendo. Y mientras te vas de conga a Alemania.

 

  Marcos apagó su cigarro en la mesa. Después lo arrojó al piso y escupió al aire un pedazo de tabaco que le quedó entre los dientes. Oscar lo miraba sin decir nada. Estaba tieso como un bloque de hielo. Se le notaba un ligero temblor en la mano al llevar el cigarro a la boca.

 

-Pero pongamos que la guita va y viene –dijo Marcos-. Lo otro es más jodido.

-¿Lo otro?

-Me refiero a Laura. Te vieron con ella en un restaurante.

-Bueno, ella me llamó, estaba mal después de la pelea.

-Y vos te ofreciste para consolarla.

-Ella quería conversar conmigo, contarme…

-Hiciste de psicólogo barato. Dejaste la carrera por la mitad y te metiste en la cana, pero sabés cómo manejar a una histérica.

-Marcos, esperá. Yo creía que…

-Apuesto las bolas a que te encamaste con ella.

-Dejáme que te explique…

-Mirá, no me debés nada. No me interesa la plata. Sólo te pido que levantes tu culo merdoso de esta mesa y nunca más vuelvas a cruzarte conmigo.

 

  Oscar sintió el rencor en la voz de Marcos. Lo conocía. Sabía de lo que era capaz. Se paró. Tomó un poco más de whisky con la mirada baja y caminó hacia la puerta. Giró la llave, miró al mozo como dando a entender que se iba y salió a la calle. Marcos se sirvió más whisky y esperó. Miró el reloj con parsimonia. Levantó el vaso mirando a los borrachos y a la prostituta. A la salud de los viejos amigos, dijo a todos. Después encendió un nuevo cigarro y luego otro, y siguió bebiendo toda la noche.

 

                                                                               

 

                                                                         C.S.

                                                                 Septiembre de 2009

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-