"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




31 de Agosto, 2009


cuento de terror

Publicado en Cuentos el 31 de Agosto, 2009, 3:16 por Mayra

los "mayores"querian leer... aquí va mi cuento de terror...

La  Voz

 

 

Cuando Martín asomó del burdel, la noche negada de constelaciones exhibía una oscuridad ciega. Apenas lastimada por unos faroles con luz tiritante. Aún bajo el alero compuso su sombrero, resguardó su cuello y prendió un cigarro. Fresco –pensó-, y partió caminando por la calle almendrada. Esquivaba por instinto alguna  falta de adoquines y el aliento enredado con el humo pulsaba nubes en zigzag. Su mente fija en Sofía, que joven y delicada se diferenciaba del resto. Debía sacarla de allí antes que sucumbiera a su destino.

Aporreando sus bolsillos comprobó que había fumado su última dosis de nicotina. No lograría componer nada sin su aliado de alquitrán. El silbato del tren lo incitó hacia la estación terminal. Allí seguro conseguiría tabaco. Cuando llegó, el tren ya estaba detenido. Un hombre con sobre todo gris y sombrero negro parecía ser el único pasajero. Era extraño que no cargara equipaje, sólo un diario enrollado bajo el brazo derecho. En la tienda consiguió lo que buscaba. Retomando el regreso escuchó al tipo gruñir - En esta mierda de pueblo nadie madruga-. Giró para compartir el chiste. El rostro petroso del otro indicaba que el chiste no era tal. El tipo alzó el mentón en saludo mudo y le oyó  otra vez: -…¿y este boludo qué mira?-. Pudo ver que no gesticuló ni movió los labios. Atónito pensó que era un ventrílocuo poco amigable. - Mejor me voy a matar al otro y no me detengo en idiotas-. A la tercera frase se percató, no sin asombro, de lo que estaba sucediendo:  él podía saber o escuchar lo que el otro pensaba.

Lo saludó de la misma manera con la cabeza al tiempo que un abanico de interrogantes se abría perturbador. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Por qué él escuchaba sus reflexiones? y lo más inquietante ¿a quién venía a matar?

Decidió alejarse sin perderle el rumbo. Buscar a la policía para prevenir el incidente sin pruebas concretas, no tendría más mérito que el de ser tomado por un loco. Su amigo lo juzgaría alcoholizado y el olor a whisky en su vestimenta no lo favorecería. Definitivamente nadie le creería. Resolvió seguirlo con la precaución de no ser visto. Mantenía distancia prudentemente. La marcha lenta y pesada del pasajero, el abdomen prominente y los hombros hacia atrás lo mostraban seguro y rígido como un soldado.

      Era lo único en movimiento, aparte de los carteles chirriantes y algunas ramas quebradizas, que solapaban intermitentemente el silbido soplante.  La madrugada se presentaba con un sol perezoso y ausente siendo su  emisaria una bruma espesa levitando sobre el río.

Luego de siete cuadras se detuvo en una esquina. Desenroscó el diario y sacó una hoja de su interior. Por la forma de mirar hacia una y otra ochava alternando con el papel, parecía ser un mapa. -Calle Maipú…calle Maipú… en esta mierda de pueblo no señalizan nada…-. Martín se alivió al saber que se dirigía a su barrio. Siete cuadras no son pocas para un fumador mal dormido. Ya comenzaba a agitarse. Si seguía alejándose, recuperarse de la noche y componer música pasaría a ser meta para el día siguiente. Estuvo a punto de indicarle la calle Maipú instintivamente, pero la orientación renovada del extraño lo salvó de cometer ese error. Pensó en la cara que pondría si revelaba su secreto y, sobre todo, en como lo callaría. Se vio débil y cobarde. Deshacerse de él -para el extraño-,  sería poco más difícil que degollar a un pollo.

-Todos duermen, pueblo de dormidos, más fácil el trabajo sin testigos, nadie me vio, sólo el tarado de la estación-. El hecho de que lo recordara le produjo un escalofrío que le atravesó el esternón. Ahora sudaba. ¿Seguiría él? Dudó en abandonar la persecución y simplemente esconderse, pero sabía que se dirigía a su calle. Mejor controlarlo y evitar el crimen. ¿Pero cómo? Todo indicaba que el hombre era un profesional y él, un compositor de poca monta, desnutrido y sin fuerza. -Estos favores del pasado, en que molestias me meten…es la última que le banco al ruso… encima por calentura, si fuera por el negocio, vaya y pase…”.

El ruso, el ruso… ¿sería el mismo que él conocía? Probablemente. La gente oscura se conoce, forman un comunidad secreta: una religión de hombres sin escrúpulos. El ruso Rivak era el dueño del prostíbulo donde trabajaba Sofía, el proxeneta más mafioso de Pichincha. No era de extrañar que se conocieran.

 - Rioja,San Luis… 1063, al fin- . Cuando escuchó la dirección de su casa empalideció. La sudoración fría bañaba las grietas de sus manos. Escondido tras la columna de una casa observó cómo el desconocido estiraba su cuello en forma circular enfrentado a su puerta. Golpeó la madera despiadadamente. - Faltaría que este hijo de puta no esté…-. Sintió sus piernas débiles. ¿Qué debía hacer? ¿Porque habían planeado para él este destino? Escaparse no tendría sentido. Lo encontrarían en otro momento y sobreviviría en un delirio paranoico permanente. Una vez recuperado, actuó.

-  Buen día, ¿qué necesita?

-  Martín Banegas – dijo a secas.

- Soy yo – trató de disimular el temblor en su garganta – adelante – abrió la puerta sin darle la espalda

 

Entraron a la casa en formalidad desecada.

-  ¿Quién es usted?

-  Vengo a escuchar sus últimas composiciones - soy tu verdugo.

Martín sintió que tragaba vidrio al escuchar las dos voces superpuestas en un coro diabólico.

    - ¿Cómo supo de mí?

-  Unos amigos de Buenos Aires lo escucharon en un bar. – me ordenaron que te desaparezca.

-  ¿En que bar?

-  En uno por Pichincha…no recuerdo exactamente el nombre – en la casa de putas del Ruso.

-  ¿Por qué?

-  Les pareció bueno y quiero que actúe en Capital – sabe que  Sofía está enganchada con vos y le pudrís el negocio.

- ¿Le gustaría escucharlo ahora? Tengo el estudio en el sótano para no molestar a vecinas quejosas…

-  Claro que sí – en el sótano mejor, así nadie escucha.

-  Por aquí por favor.

Una vez en la sala de estar abrió una pesada puerta de madera. En reverencia limitada señaló la escalera angosta.

-  Usted primero.

La mole bajó inseguro soportándose en la pared. Pudo rozar una humedad musgosa y oler el óxido que ascendía desde la profundidad.  Al no escuchar los pasos de Martín tras de él, giró con dificultad sobre su dorso. Lo vio sosteniendo en el aire, sobre su cabeza, una banqueta de cuero. La cara del endeble aterrada y lacrimosa. Sus brazos  vibraban bajo el peso excesivo a ese cuerpo famélico. El lanzamiento fue débil pero efectivo. El gordo cayó rodando como un buey por la ladera de la montaña. Se escuchó el crujido de unos escalones rotos y finalizó sobre una mezcla de hierros desarmados, vidrios y maderas. Martín cerró la puerta. La clausuró con un pesado mueble. Aún temblando, encendió un cigarrillo y esperó.

El cruel malogrado despertó con gusto a sangre y tierra en la boca. Observaba una pequeña claraboya  que daba a la vereda. Única luz esperanzada Tal vez alguien me oiga  Los gritos de boca seca se ahogaban a lo lejos. Inútil. Luchando con los obstáculos  logró flexionarse hacia adelante y examinar su pierna. Al rasgar la gabardina mostró su peroné rebosando la piel. Frágil, cual rama seca, blanca, rodeada de músculos macerados y sanguinolentos. Tenía la real impresión de no percibir sensación alguna, sensitiva o motora, de la rodilla hasta el pie. Estoy sonado.

Martín salió a caminar. No soportaba la tortura del torturado sobre su nuca. Taparse los oídos no lograba acallar el dolor, el lamento, el miedo, el desasosiego. Tal vez alejándose  por fin lo desterraría.

El hombre pudo indagar que la palidez del sol del mediodía no justificaba el calor que lo hacía sudar. Tengo fiebre. A pesar del torniquete improvisado la sangre seguía brotando como una fuente sofrenada pero continua.

Luego de andar toda la mañana sin rumbo específico como alienado, se dirigió a la estación de trenes. Era coherente volver adonde principió la siniestra enajenación. Probablemente allí mismo sería el final. Negativo.  Aún con el sonido de los trenes, las voces en su cabeza prevalecían en tozuda posesión.

Un ratón se posó en los escalones completos. Lo examinó desde la altura. El tipo lo creyó delirio por la fiebre, entre la visión borrosa y el mareo. El animal refutó su teoría romántica cuando se acercó. Ahora caminando por el borde de los últimos escalones rotos, pausado, con la elegancia de un equilibrista.¡No te atrevas! El ratón asintió respetuoso, aquietó el paso pero no le quitó la mirada.

Martín sentado en la barranca del río, sosteniendo sus piernas. Perturbado entre la nicotina y las imágenes impostoras. Un sol rojo sangre ocultándose en el oeste, era su bautismo acusador.

En el sótano, el aire comenzó a ser insuficiente. Aumentó la frecuencia de sus respiraciones, en un ronquido suspiroso y entrecortado. Podía sentir los latidos multiplicados en su cuerpo abrasado. Se sintió ridículo.  Un hombre y un ratón sin perderse de vista, con un halo fino rojizo resaltando las siluetas del duelo. El ratón resistió honorable la ceremonia.

La tarde en el río no era lo único que agonizaba. Martín fue librado pausadamente de los pensamientos hasta que el silencio se impuso aliviador.  Ahora sólo tenía que tolerarlos, de vez en cuando, en sueños.

 

 

Mayra Rodríguez - 22-08-09

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-