"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Cuento

Publicado en General el 30 de Agosto, 2009, 0:15 por María Ce Rivarola

Castillo de arena

 

Lore y yo nos mudamos en septiembre a la casita de la cortada Brandsen. La elegimos entre unas veinte que ella se ocupaba de marcar en el diario. Como yo no tenía mucho tiempo con el trabajo, Lore las preseleccionaba y el sábado salíamos juntos a recorrer inmobiliarias.

Me acuerdo perfectamente que a mi viejo no le gustó mucho, tenía que poner la firma, por eso nos acompañaba. Pensé confiar en su presentimiento, pero Lore tenía razón, ninguna le gustaba:- tiene mucha humedad, poco patio, no hay cochera, mala ventilación.

Por 250 mangos que era lo que estábamos dispuestos a pagar, no había mucho más que eso. Era como en épocas electorales,  lo mejor de lo peor, estar atento a la letra chica, pero sabiendo que indefectiblemente, te cagan.

 

El dueño me recordó al Hombre de Arena de mis pesadillas de niño, las cejas eran imponentes, nariz puntiaguda, mirada penetrante. A esta altura no podía explicar miedos relacionados con la infancia, Lore me apuraba con su sonrisa desde hacía más de un año. Finalmente firmamos, papá menos convencido que yo, y tres días mas tarde, nos mudamos.

 

Nosotros  contentos, recuerdo que la primer semana entre cajas y cajas de mudanzas, vivíamos tropezándonos, nos reíamos todo el tiempo y terminábamos en revolcada.  Poníamos música fuerte, bailábamos mientras cocinábamos juntos en medio del desorden caótico de la antesala.

La cocina era muy chiquita, yo pelaba verduras en la mesa, se las pasaba a Lore para que las picara. La zanahoria pasaba de mano en mano con un beso, la cebolla, con una mirada, el puerro, ya era con permiso de toqueteo y así la cena solía verse demorada. Creo que estábamos muy enamorados. No creo, aseguro, estábamos totalmente enamorados.

 

Eso es, amor: mi primera palabra.

 

Las semanas siguientes las cosas de a poco empezaron a cambiar. El aire siempre dentro de la casa era helado, pensamos que sería bueno en verano, sufro mucho el calor, al punto de tener un turbito en el baño, al lado del revistero. Por lo pronto cerrábamos todas las ventanas ni bien caía la tarde.

Por esos días fue cuando mi hermosa novia se transformó en esposa, creí que nunca sucedería y sin embargo… Ella comenzó con algunas quejas mínimas, que tenían que ver con el mal estado de la casa:

-Estuve todo el día limpiando, no doy más. Mirá, ya esta todo sucio de nuevo.

Y terminó con escenas histéricas donde frenéticamente fregaba paredes y pisos susurrando:

- Basta de arena. Basta.

En realidad creo que eso fue lo primero, sí, lo fue.

 

Las paredes tenían algunos problemas de humedad, era cierto, caía arenilla permanentemente, pero además Lore iba mostrando una faceta de obsesiva que yo no conocía.

Su aspecto también fue cambiando, no se arreglaba ni se depilaba. Se veía ojerosa, no dormía bien, se movía y daba sobresaltos en la cama. Por las mañanas saltaba como resorte y antes de desayunar deambulaba un rato observando los rincones. Siempre encontraba algo y ya salía atolondrada a buscar la escoba y la palita.

 

Una tarde llego de la oficina y me la encuentro en el baño, a medio vestir, pinza en mano, tratando de desarmar la ducha.

- Me quiere llevar.- dice desencajada- el agua se puso fría, quise cerrarla y empieza a caerme en la cara esa maldita arena, por la nariz y los ojos. ¡Qué asco! las tetas, todo el cuerpo me tocó. Me quiere, estoy segura de que me quiere. Tenemos que irnos.

- A ver, dejá.- le dije mientras la corría- calmate, por favor, calmate, yo me ocupo. Están viejas las cañerías, mañana llamamos al plomero, vestiste.

 

Enseguida pensé que era un problema esto de que se haya quedado sin trabajo, justo ahora, que necesitaba distraerse un poco. Supuse que la vida de ama de casa no sería para ella nada fácil.

Cuando se tranquilizó le propuse salir a comer una pizza y aunque le duraba el susto, aceptó. Salir siempre le gustaba.

Comimos y tomamos una cervecita, nos reímos un poco de lo sucedido y nos relajamos. Esa noche volvimos al sexo y sentí que al menos un rato éramos los de antes. Dormimos en cuchara, lo recuerdo bien. También se que noté la arena en su cuero cabelludo y detrás de las orejas cuando la acariciaba, por supuesto no le dije nada.

 

Cuando abrí los ojos, Lore gritaba. Miraba la cerradura y la señalaba.

-Cae por ahí, ya viene. Viene a buscarme. Mirá.

Yo no veía nada, le traje un café con leche y pudo explicarme que vio arena caer por la cerradura, una montaña de arena que crecía en el piso.  Le dije que seguramente estaba soñando y apurado me vestí, se me hacía tarde para ir al trabajo.

A la noche mis viejos venían a cenar, antes de irme le pedí por favor que no dijera nada y que cocinara algo rico, yo me ocuparía de unas masas para el postre.

 

Todo parecía tranquilo cuando llegamos, desde la puerta se sentía el olor a salsa. Ella estaba linda, creo que tenía una camisa nueva, cuando le pregunté me aseguró que era viejísima. Con esto de mi déficit atencional para la ropa, siempre aprovechaba para llenar el ropero sin que me enterara, después me sorprendía cuando llegaba el resumen de la tarjeta, a esa altura ya no importaba.

La mesa estaba muy bien presentada, ella sonriente, nos recibió con empanaditas de atún y vino tinto, un rato más tarde nos sentamos, ya estaba lista la pasta.

 

Mi viejo no paraba de hablar de enfermedades, empezó  contándome del vecino de enfrente, le dolía mucho la espalda y la cintura, pensó que era reuma y no, cáncer de próstata, después también la tía Cata y el verdulero y el primo de la vieja del campo, ni él se acordaba del apellido, tuvo que pedir ayuda cuando llegó el momento de nombrarlo. Me estaba mareando con la charla cuando Lore me pidió que le pasara los platos. Menos mal, pensé, mientras come se calla. Los platos fueron pasando de mano en mano mientras se me ensalivaba la boca con el olorcito que humeaban.

Mamá dio el primer bocado y comentó algo, como que el queso estaba raro, entonces me apuré a probar. Mi cara se transfiguró, esto era lo último, lo penúltimo supongo. Comencé a creer que mi mujer era mala, o estaba loca, esto no podía ser casual, esto era a propósito.

 

Definitivamente, loca: penúltima palabra.

 

Traté de disimular pero mi viejo con la frontalidad que lo caracteriza escupió en el plato:- Esto tiene arena. ¡Qué asco!

 

Y si, masticar arena no es una sensación agradable, Lore lo miró sin poder decir nada y desde ese día no paró de llorar.

 

Pasaba tardes enteras en la cama, sumida en una total depresión. A veces llegaba y la veía en la mesa, tomando mates, era peor, fumaba y en vez de humo largaba lágrimas. Empezó a adelgazar mucho, no sabía que hacer para ayudarla. Le pregunté una y mil veces qué era lo que le pasaba. Nada. La voz se le había desvanecido supongo, como castillo de arena en el agua.

 

Después empecé a llegar más tarde, prefería encontrarla durmiendo. Martes y jueves jugaba al fútbol con los muchachos, lunes y viernes cenas de trabajo. Los fines de semana se me hacían eternos. Trataba de poner al día la casa, cocinarle algo, nada la entusiasmaba. A veces me sacaba de quicio, terminaba maltratándola. No se si ella se enteraba.

 

Lo último fue terrible, en medio de la madruga me despertó un grito desgarrador, prendí el velador y Lore sentada con las piernas abiertas y cara de espanto me miraba, entre las piernas tenía una montaña de arena. Empecé a zamarrearla para que me dijera de dónde había sacado eso, no soportaba más ese juego inmundo, necesitaba que hablara. Finalmente la abracé y lloré como un chico.

-Me quiere para él.- murmuró.- me va a llevar.

 

Entonces tomé la decisión, que tendría que haber tomado mucho tiempo antes.

-Mañana nos vamos.-aseguré- tratá de juntar algo, cuando vuelvo del trabajo llamo a un flete.

Ella volvió a su mutismo.

 

Me desperté más temprano que de costumbre y pensé hablar con mis padres para pedirles que nos alojen unos días hasta poder ver algo, pero me resultó imposible. ¿Cómo explicar lo inexplicable?

Dejé pasar el día, algo se me ocurriría seguramente al llegar a casa.

 

La cortada estaba más silenciosa que de costumbre, seguramente había sorteo en el super del barrio. Ni los pibitos de enfrente que siempre me recibían a los pelotazos. Silencio raro. No corría el aire, pude ver las ramas del ceibo con sus flores rojas y estáticas, el ambiente estaba denso como anunciando tormenta de mar.

 

Entré a casa y cerré la puerta sin llave. Dejé mis cosas en el hall y antes de pasar para al baño golpee con el anillo la puerta del dormitorio donde seguramente Lore acostada me esperaba.

Quise abrir mientras anunciaba mi llegada pero la puerta estaba trabada. Golpee con fuerza, ella por supuesto no me contestaba. Insistí, cada vez más fuerte. Al borde de un ataque nervioso, agarré la puerta a patadas. Era imposible, parecía sellada. Corrí hasta el galponcito del patio y tropecé con un balde, lo había dejado yo, seguramente, busqué desesperado un hacha que tenía para la leña de la salamandra. Las latas de pintura se me caían, la lamparita se había quemado. Atrás de la bolsa de leña, ahí estaba. Volví a la puerta y empecé a golpearla con furia hasta que la hice pedazos.

 

Terrible cuadro. Creí que era una pesadilla. Eso no podía estar pasando. . . La habitación entera colmada de arena, no se distinguían los muebles, todo era una gran montaña.

Desesperado intenté llegar a la cama, escarbé con pies y manos. Supe que Lore estaba ahí abajo, vi el color verde de su camisón y temiendo lo peor, a los tirones logré sacarla. No respiraba.

Pude ver el teléfono caído sobre una montaña menor, ubicada en el lugar de la mesita de luz, un almohadón y el libro de Quiroga que ella me regaló para mi cumpleaños. Espantado y hasta casi anestesiado tomé el teléfono y llamé a una ambulancia.

 

Abrazado al almohadón y sentado sobre la cama estaba cuando los médicos llegaron. No contesté el timbre. Mi mujer yacía muerta a mi lado. Trataron de revivirla. Fue inútil.

-La quería- les dije- me la quitó. Él. . .

 

- Buenísima historia, pero a mi la verdad. Su mujer murió de asfixia, usted tenía un almohadón en la mano. Ya le dije, ni un poquito de arena había en la casa. Declárese culpable, serán menos años.

 

-El hombre de arena se la llevó-aseguré- Arena…Y fue mi última palabra.

 

                                             Ce

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-