"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




MATILDE SÁNCHEZ

Publicado en De Otros. el 19 de Agosto, 2009, 9:36 por MScalona

                              

                              

matilde sánchez

                                                  

                               

Por último, unas palabras todavía sobre nuestra situación. Yo era feliz, me refiero a antes de la operación. Lo era en la medida en que así percibía la realidad. Llevaba una vida tranquila e independiente, por lo menos la tranquilidad y la independencia representaban las formas civilizadas de la felicidad. Pasada la treintena había descubierto finalmente que no podían esperarse mejores cosas. No debía rendir cuentas a nadie. Podía realmente prescindir del, mundo  con sólo desearlo, y tal deseo no era infrecuente. A estas alturas, había visto el aniquilamiento de las mejores familias y la amistad había ido desintegrándose bajo dificultades menores. Nuestros ídolos juveniles  habían perdido el pelo y ganado un abdomen, envejecían en el anonimato, el alcohol o bien bajo el pulso de los cirujanos. Con el correr del tiempo también habían muerto todos los padres, en epidemias coincidentes, extraños contagios a un ritmo, digamos, de dos por año. Desde luego a largo plazo esto simplificaba la vida pero nos convertía en responsables y naturalmente no digo esto sin ironía. Hasta que finalmente comprobamos que nosotros no éramos más de lo que éramos.

Otra generación en la serie indefinida de generaciones.

Cada uno de nosotros ya no se sentía atraído por si mismo. En el mejor de los casos apenas soportaba. Quiero decir, yo avanzaba  en los años  sin euforia, sin una excitación particular acerca del futuro. Y me esforzaba por sobrellevar la decepción con realismo, recompensada por esa tranquilidad en la  que lo imprevisto siempre era un sinónimo del terror.

En cuanto a Kim, provenía de cualquier lugar y por lo tanto podía desaparecer en cualquier momento sin dejar en mis más rastros que la evocación ocasional de un rostro, cuyas facciones orientales resultarían desdibujadas. Había llegado al país hacía dos años, después de una estadía breve, crepo que en Santiago de Chile. Era doctor, estimo que no muy buen doctor. Tenía un contrato temporario con una asociación médica coreana, de manera que no extrañaba mucho a su país porque pasaba todo el día rodeado de coreanos, en su mayoría fabricantes de tejidos de punto o dueños de supermercados, que le contaba sus aflicciones y trastornos. Gente que padecía las enfermedades más vagas debido al exceso de trabajo, a la falta de comprensión del ambiente o sencillamente a la lejanía. Había viajado escapando de la mediocridad de su país, solía decir Kim con esa sonrisa desprovista de toda ironía, para acabar en ese mundillo artificial de enfermos y neuróticos que añoraban regresar.

Aun así, un tipo interesante, Kim. Supongo que era lo que comúnmente se dice un hombre solo. Llevaba unas de esas navajas suizas con distintas funciones que suelen usar los hombres solos, los que no tienen un hogar, los que lo llevan todo encima, como los alpinistas, los marinos, los viajantes. Ningún hombre que lleve esas navajas puede desear compañía por mucho tiempo. Yo creo que Kim lo sabía y la empleaba también  como un talismán. Allí, en ese objeto color granate al que daba vueltas maquinalmente dentro del bolsillo, llevaba el ridículo símbolo de su independencia.

Conocía la ciudad mucho más que si hubiera vivido aquí toda la vida, como sólo la conocen los extranjeros, obligados a buscar señales de orientación en un espacio irreconocible.  Recordaba él, aspecto de las fachadas, anterior a la maniática transfiguración de la ciudad, los ángeles y molduras de yeso arrasados por los nuevos mosaicos, las viejas mansardas y tejas francesas, que siempre exhibían alguna pieza faltante. Sabía exactamente los negocios que habían cambiado y recordaba los nombres de las despensas y almacenes que había visto llegar y que ahora habían pasado a nuevos dueños. Todos los nombres encerraban para él reglas nemotécnicas del idioma y al mismo tiempo cada palabra era una guía cardinal en el vació. Caminaba todo el tiempo, como suelen hacer los turistas. Mientras caminaba se detenía a leer los carteles que uno nunca habría advertido. Hotel, restaurant, reparación de paraguas, filtros de agua, cambio de filtros para automóviles. Se ejercitaba en la tarea infantil de aprender, junto al significado de las palabras, la forma de cada una de las letras, las figuras opacas de un nuevo alfabeto. En la niebla de la madrugada atravesaba las calles y encontraba los objetos cotidianos en la iridiscencia roja y verde del neón. Leía en la ciudad como en un libro.

EL vínculo con Kim no era malo, todo lo contrario, era aleatorio. De vez en cuando nos permitíamos algún exceso, en el que, debo confesar, creíamos a medias. Sólo me importaba lo que sucedía en su interior, digamos emocionalmente, cuando estaba conmigo, pero no toleraba que me rindiera cuentas de sus problemas o vicisitudes -y estoy convencida de que él sentía igual.

Por último, en cuanto a mi, no sentía soledad porque ni siquiera podía admitir que estaba sola. No concebía otra forma de vivir de todos modos. Al menos hasta que recibí el informe del laboratorio, donde se me informaba que estaba enferma. O quizá todo cambió cuando vi a Poli muriéndose en el Dock (ocurre que ambas cosas fueron casi coincidentes). Es decir, cuando supe en qué infierno se había metido Poli y hasta qué punto -aunque esto no podía adivinarlo entonces- su elección me alcanzaba.

                                                             

                                                             

                                                             

EL DOCK, Ed. Planeta, 1993,  p. 34-36

Esta novela fue 1º finalista del Premio Planeta 1992

Matilde Sánchez (1958, Argentina) es periodista y escritora. Desde hace algunos años es corresponsal de CLARÍN en París.

     

  
Autores
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