"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




La Senda del Perdedor...

Publicado en De Otros. el 12 de Agosto, 2009, 9:57 por MScalona

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A mi padre no le gustaba la gente.

Yo tampoco le gustaba. - Los niños deben ser vistos, pero no se les debe oír -decía.

Ocurrió  un domingo por la tarde en que no estaba la abuela Emily.  - Deberíamos ir a ver a Ben -dijo mi madre a mi padre-. Tu hermano se está muriendo.

- Se llevó casi todo el dinero de Emily. Lo tiró en el juego, las mujeres y la bebida.

- Ya lo sé, papá.

- A Emily no le queda dinero para dejarnos cuando se muera.

- Deberíamos de todas formas ir a ver a tu hermano Ben. Dicen que sólo le quedan dos semanas de vida.

- ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Iremos!

       Así que nos subimos en el Ford T y nos pusimos en marcha. Nos llevó tiempo, y mi madre tuvo que pararse a por flores. Era un viaje largo hacia las montañas. Llegamos a las colinas y tomamos la carretera de subida de la montaña. El tío Ben estaba en un sanatorio allá arriba, muriéndose de tuberculosis.

- A Emily le debe estar costando un montón de dinero el tener a Ben allí arriba.

- Puede que Leonard esté ayudando.

- Leonard no tiene nada. Se lo ha gastado todo en bebida y en el juego.

- A mí me gusta el abuelo Leonard-dije yo.

- A los chicos se les debe ver, pero no oír- dijo mi padre.

             Luego siguió: - Ah, Leonard sólo era bueno con nosotros cuando estaba borracho. Bromeaba y nos daba dinero. Pero el día siguiente era el hombre más antipático y violento del mundo.

             El Ford T subía muy bien la carretera de la montaña. El tiempo era claro y soleado.

- Aquí es- dijo mi padre. Metió el coche en el aparcamiento del sanatorio y nos apeamos. Seguí a mis padres al interior del edificio. Cuando entramos en su habitación, mi tío Ben estaba incorporado en la cama, mirando por la ventana. Se dio la vuelta y nos miró. Era un hombre muy guapo, delgado, de pelo moreno y tenía ojos oscuros que relucían, brillaban con una luz resplandeciente.

- Hola, Ben –saludó mi madre.

- Hola, Katy. -Entonces me miró a mí-. ¿Este es Henry?

- Sí.

           Mi padre y yo nos sentamos. Mi madre siguió de pie.

- Te hemos traído estas flores, Ben. No veo ningún jarrón.

- Son unas flores muy bonitas, gracias, Katy. No, no hay jarrón.

- Iré a buscar uno -dijo mi madre.

           Salió de la habitación con las flores en la mano.

- ¿Dónde están ahora todas tus novias, Ben?- preguntó mi padre.

- Vienen de vez en cuando.

- Seguro.

- Te digo que vienen de vez en cuando.

- Estamos aquí porque Catherine quería verte.

- Lo sé.

- Yo también quería verte, tío Ben. Creo que eres un hombre muy guapo.

- Como mi culo-dijo mi padre.

             Mi madre entró en la habitación con las flores colocadas en un jarrón.

- Ya está. Las pondré en esta mesa junto a la ventana.

- Son unas flores muy bonitas.

            Mi madre se sentó.

- No podemos quedarnos mucho tiempo. Dijo mi padre.

             El tío Ben buscó debajo de su colchón y sacó un paquete de cigarrillos. Tomó uno, raspó una cerilla y lo encendió. Pegó una larga calada y expulsó el humo.

- No seas tan mierda -protestó mi tío.

- ¡Tengo el suficiente juicio como para quitarte ese cigarrillo de la boca! -dijo mi padre.

- Nunca has sido una buena persona- dijo mi tío.

- Ben- intervino mi madre- no deberías fumar, te va a matar.

- He tenido una buena vida-dijo mi tío.

- Nunca has tenido una buena vida-dijo mi padre. Todo el día vagueando, pidiendo dinero prestado, yendo de putas, emborrachándote. ¡No has trabajado un solo día en toda tu vida! ¡Y ahora te estás muriendo a los veinticuatro años!

- No ha estado mal- dijo mi tío. Le pegó otra calada al Camel, luego echó humo.

- Vámonos de aquí- dijo mi padre-. ¡Este tipo está loco! Mi padre se levantó. Luego se levantó mi madre. Luego yo.

- Adiós, Katy-dijo mi tío, adiós, Henry. Me miró para indicar a que Henry se refería.

                   Seguimos a mi padre por los pasillos del sanatorio y salimos al aparcamiento hasta el Ford T. Subimos, se puso en marcha y comenzamos el viaje montaña abajo por la serpenteante carretera.

- Deberíamos habernos quedado un rato más-dijo mi madre.

- ¿No sabes que la tuberculosis es contagiosa?-dijo mi padre.

- A mi me parece un hombre muy guapo-intervine yo.

- Es la enfermedad-dijo mi padre-. Les da ese aspecto. Y además de la tuberculosis, se ha agarrado también muchas otras cosas.

- ¿Qué cosas? -pregunté yo.

- No te lo puedo decir -contestó mi padre. Siguió manejando el volante mientras yo me preguntaba qué había querido decir.

  Charles Bukowski 

        LA SENDA DEL PERDEDOR   Ed Compac Anagrama  p. 12-15

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-