"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




6 de Agosto, 2009


3 Miradas sobre aquella plaza

Publicado en Nuestra Letra. el 6 de Agosto, 2009, 18:00 por M_Castaños

Paloma de la plaza

           

         

Texto fotográfico

Lo que quedan son los despojos de una plaza que ahora se ve irreconocible. Quedan la pirámide de 20 metros, las palmeras, las calles internas y el entorno de edificios históricos, entre ellos, la catedral de las palomas, con sus doce columnas corintias y su capitel. La casa de gobierno, la gran pared de edificios modernos y pretenciosamente europeos, el banco estatal y el esqueleto colonial de los viejos revolucionarios se levanta y la abraza en silencio. Ya no hay bruma, se despejó antes del mediodía, pero ahora las columnas de humo oscurecen el aire. Se escuchan gritos y sirenas, se respira confusión. A un costado de la plaza, un inmenso cráter corta el paso de los Ford, los Chevrolet y los Mercedes negros que buscan la salida. Junto al estribo de uno de ellos hay dos cadáveres. Más allá, una mujer trata de incorporarse con la pierna que le queda. Tiene la pollera ensangrentada y la ropa de otoño desgarrada. Cerca de allí todavía arde el trolebús lleno de cuerpos carbonizados. Los que quedan para mirar la escena tiemblan arrinconados contra las puertas de los grandes edificios, los únicos que muestran sus perfiles entre el hollín y el humo espeso.  El estruendo pasó, los motores que espantaron a las palomas ya no se escuchan, pero han dejado un reguero de sangre.

              

                

texto cinematográfico

La escuadra de North American AT -6 y Beechcraft AT -11 apareció desde el río y se lanzó sobre el espacio abierto que hasta el momento vivía a su ritmo cotidiano. La plaza había amanecido cubierta de una bruma que apenas dejaba ver la pirámide y las torres de la catedral, pero se había despejado. Fueron muy pocos los que pudieron prever el desenlace, después de todo, se suponía que habría una demostración aérea y la irrupción de los aviones podría verse como un espectáculo. El ruido espantó primero a las palomas, que se enseguida buscaron el capitel de la iglesia y después el cielo abierto, en una huida desesperada. La primera bomba cayó sobre un trolebús y lo envolvió en fuego. Después vino otra, y otra, y las balas de la metralla fueron repiqueteando sobre las baldosas de la plaza hasta encontrar los cuerpos. Los autos alcanzados se detuvieron por los impactos del metal, los que seguían buscaron sortear los montículos de cemento. No hubo escapatoria. Enseguida llegaron los rescatistas que empezaron a levantar bultos moribundos y se sumaron a quienes se habían animado a poner a resguardo a los que pedían ayuda.  

                    

Texto autobiográfico

              

Llegaron volando. Sí, ellos vuelan, pero no son como nosotras. No caminan crédulas entre la gente, no mueven las cabezas hacia atrás y adelante acompañando sus pasos, no buscan con los picos el alimento que los hombres van dejando en el suelo, ni se amontonan allí donde la quietud redobla la confianza. Ellos vuelan ordenados y simétricos, hacen un ruido infernal y excretan fuego. No sé todavía cómo conseguí sobrevivir, escuché el ruido metálico de los motores, distinto al de los que pasan al ras del suelo. Había en ese ruido un grito premonitorio que me hizo remontar vuelo, después vino el estruendo y no quise mirar atrás. Ni los techos de la iglesia me parecieron seguros, solamente quiero dejar ese lugar, desaparecer, ganar el cielo y encontrar un lugar seguro. Mis antepasados hablaban de la plaza violenta. Vieron gente atada, con los ojos vendados, silenciadas por el fuego. Vieron corridas y hombres caídos. Hace algún tiempo, yo misma lo presencié desde lo alto de la Catedral, cuando algo estalló entre la muchedumbre. Hasta el momento la había visto como la plaza de la alegría, de los cantos multiplicados. Pero todo se fue enrareciendo. Ayer, una multitud distinta a la que acostumbraba a ver marchó silenciosa, y en ese mutismo sentí que el aire se rodeaba de peligro. Iban de negro, con cruces alzadas, los gestos adustos, el paso quedado. No era la multitud vocinglera; era, más bien, una gran extensión de lo que a diario veíamos bajo los techos a dos aguas de la iglesia. Miraban hacia el cielo, quizás  llamando a ellos, los pájaros metálicos, tronadores y mortíferos, de los que ahora trato de escapar. 

        

            

        

            

        

            

Marcelo Castaños

  
Autores
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