"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2 de Agosto, 2009


Cuento clásico ???

Publicado en Cuentos el 2 de Agosto, 2009, 14:28 por Colo

        

                  

                   NOMBRADO

                             

                                                                             

No sé porque se me ocurrió esta historia del nombre. ¿Qué nombre? Cuando a uno se lo encajan uno no tiene nada que ver con el nombre ni con nada, digo. No creo mucho en los destinos, pero tal vez sería más lógico elegir el nombre cuando uno es un poco más grande y ha vivido lo suficiente. Digo, vivir, vivencias que permitan la hipotética elección de algo alegórico, que por ahí tenga más sentido con alguna esencia de uno. Igual quizá sea el sobrenombre el más simbólico, aquel que se endilga en la escuela, en el barrio con los amigos, en la familia, no sé, a partir de una característica física pero a veces temperamental u otras, cualquier detalle, que de acuerdo al gusto del consumidor uno puede o no querer que se use, y vivirlo como  algo propio, tu marca.  Eso que te nombra…

El hecho es que me ha tocado portar por la vida una mochila de 3 nombres que pocos saben que tengo. Generalmente algún empleado u oficial o alguien a quien hay que informarle de todos los nombres o mostrarle el documento para algún trámite, lo advierte y se sorprende por lo largo y engorroso. Y tendría  que confesar, que en algún caso excepcional, se ha dado que en tales contingencias uno se encuentre con alguien lúcido, sagaz y hasta inteligente, que esboza un gesto pícaro, un ademán con la cabeza o algo que haga ver lo ridículo de la combinación y lo absolutamente innecesario de tantos nombres. Uno suele bajar la cabeza, irremediablemente abochornado, casi vencido.

Sí, porque la combinación es muy ridícula y da cuenta de que cada uno de los nombres tuvo una razón de ser independiente y que sumadas resultan informes, caprichosas, y hacen que quien lo advierta piense: ¡pobre tipo, en qué diablos estarían pensando los padres cuando lo anotaron!

El caso es que mi primer nombre es Ricardo, y al contrario de mucha gente que usa el segundo nombre porque el primero no le gusta, a mi es el que mejor me cae, en todo caso porque es el único que tiene un origen afectivo o digámoslo con todas las letras, tiene que ver con un amor, tal vez platónico ( nunca lo sabré), pero con un amor, con el amor. Es que mi madre estaba ocultamente enamorada del marido de una prima, no prima-hermana, sólo prima, ya que el padre de la prima de mi madre y  la mamá de mi madre (o sea, nada más ni nada menos que mi abuela) eran primos-hermanos y hasta donde sé, los hijos de dos primos-hermanos qué carajo son !!!! Sólo primos, nada más que primos, ¿que piensan ustedes? ¿Por ahí no son una mierda no?

Bueno, éste señor  al cual me refiero, se llamaba Ricardo, sí, Ricardo Gimenez y era santiagueño, muy morocho, creo que de ojos claros, no lo recuerdo bien. En realidad yo lo recuerdo siempre muy morocho, como con apariencia de estar muy bronceado, pero era un tostado congénito, tostado de naturaleza. Su aspecto era muy seductor, simpático, yo era chico y recuerdo  que se las arreglaba para caerle muy bien a los chicos, a los hombres con quien contaba anécdotas y resultaba sumamente entretenido y seductor a las mujeres. Todo al mismo tiempo. Habrá que admitir que cualidades no le faltaban.

Luego me enteré, mucho tiempo después de las visitas que realizaba a mi casa y que paradójicamente nunca eran con mi tía, (o sea su esposa) siempre sólo. Luego me enteré que terminó engañando a mi tía con su mejor amiga, y de hecho huyendo con ella de la casa y abandonándola. En cualquier caso a mi poco me interesa que hizo él con su mujer (supuestamente mi tía) y con la mujer con quien se fugó. Lamentablemente para mi madre (con la cual  no tuvo nunca nada o quiero creer) la historia fue así y por eso me gusta que mi nombre tenga que ver con el amor, consumado o no, Ricardo está inspirado  por el amor. Igual nada de esto le quita credibilidad a lo que digo, o más bien se la agrega, tal vez sea.

¿Cómo saber quien imaginó esto y quién no? Como dice Woody Allen, los mejores amores de la vida son los que nunca se concretan. Pero tampoco me importa ahora, yo estoy seguro que fue así y que ella me puso Ricardo para homenajear aquel amor imposible. Siempre fue "de esto no se habla". Quizá  esto también es producto de mi imaginación, porque a menudo si tenemos que  analizar el desamor de los padres o las condiciones en que fuimos engendrados, es preferible quedarse con un amor prohibido como musa inspiradora.

Mi padre solía hacer alarde en las reuniones sociales de su machismo, referido a sus facultades procreadoras, y que bué… aquello de que cuántos más hijos uno engendre más macho es considerado (algo medieval aún para cincuenta años atrás). Somos cinco y yo soy el quinto, cómo se habrán ubicado los espermas no sé, pero la cuestión es que el primogénito fue un varón: José Eduardo, luego vinieron tres chancletas al hilo: véase, Silvia María de la Ascensión, Graciela María de los Milagros,  y por fin María Julieta Esmeralda No exagero, son las tres marías…. Luego, el brochecito de oro. Ricardo Benito, sí señores, Benito. Benito es mi segundo nombre.

Benito era el nombre de un tío-abuelo paterno, uno de los tres o al menos tres que no tuvieron descendencia, y al genio de mi abuelo se le ocurrió que, dado que estos tres hermanos eran solterones, debían trascender con un sobrino nieto que llevara su nombre. Bueno parece que los 3 hijos varones de mi abuelo, es decir mi papá y mis dos tíos, el tío Carlos y el tío Hugo, se pusieron de acuerdo y embarazaron casi al unísono a sus tres mujeres, mi tía Chona, mi tía Lucy y mi mama. Del feliz matrimonio de mi tía Lucy con mi tío Carlos, nació Juan Pablo, que fue  el primer adelantado, luego vino el producto de la otra unión de tía Chona con tío Hugo, Juan Manuel y finalmente el rezagado, el último culo de perro que fui yo, producto del gran emboque entre la Perla (mi mamá) y el Cocho (mi papá), y como ya no quedaba otro tío ni pariente aunque fuera lejano me tocó el Benito.

Benito era un viejo parapléjico que ladraba como un rottweiler histérico, no se le entendía nada lo que decía excepto las dos palabras, mierda y carajo, con las que se dirigía a sus hermanas solteronas que se abnegaban por cuidarlo. Me llevaban a visitarlo de pequeño lo que me generaba un terror particular. El viejo había tenido un accidente cerebro-vascular y además de parapléjico estaba disártrico, pero de cualquier manera no me imagino que ése hombre, aún en el mejor momento de su vida haya tenido ni buen carácter ni mucho menos, buen humor.

Bueno, imagínense entonces cuál es el sentido que tiene este segundo nombre para mí. Y esto sin referirme a que mis apellidos son Parma Pizzorno, y que teniendo en cuenta la cultura absolutamente italiana que reinaba en la casa paterna, la presencia del "duche" estaba en mi historia y tal vez en mi memoria, casi más que la mismísima muzzarella.  Pero eso no es todo sobre Benito, también tuve que aguantarme en la primaria y secundaria  muchos "beni….to…camela" de muchos improvisados.

Les había contado que mi papá se llamaba José Ignacio no? Pero sí les conté que mi hermano mayor se llama José Eduardo. ¿Se preguntarán por qué? Bueno, es que mi papá, tan previsor, no quiso que mi hermano se llamara como él, dado que si después estudiaba  la misma profesión, como ocurrió ( ambos abogados), la gente los confundiría y luego no se sabría quién era quién, lo cual podría sacarle protagonismo a mi progenitor y eso sería cosa terrible (para él).

Pues bien, ¿que pasó entonces con el quinto? Que resultó varón, según anunció la partera. Ricardo Benito Ignacio. Sí, Ignacio es mi tercer nombre; es que para cuando yo nací papá ya había cumplido 40 años y bué… le agarró como una cosa por no tener un hijo con su nombre.  Luego de haber visto nacer consecutivamente a 3 mujeres habrá pensado que un nombre más al último (último) varón, no le hace mal a nadie. ¿No? Bueno, parece que a mi vieja le calló indigesto, ya que cuentan que estuvo estuporosa llorando en la maternidad por no poder eludir los designios de los nombres de su hijo varón.

Ignacio tal vez fue el menor mal, al menos desde mi perspectiva, ya que una de las pocas cosas que envidié de mi padre, si no la única, fue el nombre: José Ignacio es un buen nombre y no me hubiera disgustado llamarme así.

De cualquier manera y decididamente, es mi sobrenombre, Colo, lo que me ha nombrado siempre y con el que estoy totalmente identificado. Recuerdo que con frecuencia pasa que al llamarme con la palabra Ricardo, suelo no darme por aludido; alguna vez la mamá de una compañera de mi hija de la escuela me dijo: ¡tantos nombres pa" que te digan Colo…! Y la verdad es que tragué saliva y asentí otra vez avergonzado y casi vencido.

Es que uno puede valorar qué tan personal o impersonal es el trato que tenemos con los demás según cómo pueden llamarnos. Por ejemplo, la gente que te llama por el apellido, sólo, a secas, resulta distante. Yo creo que nunca podría ser amigo o tener una relación sensible con alguien que me nombre por el apellido. Que te nombren por el título: véase Doctor (aunque raramente lo sean abogados o médicos sin doctorados), suena entre protocolar y almidonado. Lleva implícita una gran carga, sobre todo para gente de determinado nivel de instrucción y aquí entra aquello de "Mi hijo el dotor" y como alguna vez le oí decir a una señora en un pasillo, refiriéndose a un abogado: - No… pero no es dotor de verdad –dijo-  Es abogado, no médico.

Y ni que hablar con aquello de ¿que haces papá? a lo que uno tendría ganas de contestar: - Por suerte, no soy tu papá,  ya que lo último que me hubiera gustado en mi vida es tener un hijo como vos.

He tratado de no autoperpetuar tanta sumatoria de enredos y errores en mis hijas y les he puesto un solo nombre a cada una. Por decisión de la madre se las ha anotado con los 2 apellidos, pero ellas se encargan, por suerte, al insistir con el minimalismo, y usar uno solo.

Finalmente me declaro (in totum) a favor de promulgar una ley que permita que las personas usen el nombre asignado al nacer hasta que sus facultades mentales o uso de razón, les permita optar por uno nuevo, o modificado que sea de su total, libre y ocurrente elección. Fírmense la cantidad de copias que necesiten, a un solo efecto o a varios, de un mismo tenor y archívese.  Pero con el nombre que les venga en ganas.

      RICARDO  BENITO  IGNACIO  PARMA

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-