"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Julio, 2009


LA TRANQUERA

Publicado en Nuestra Letra. el 30 de Julio, 2009, 18:39 por ALEJANDRO

Nos deslizamos por un camino de tierra que corre de norte a sur, encajonado entre lotes de maíz. Hay rastros de lluvia reciente, surcos verdes y una vaga noción de conocer el lugar. De a ratos nos damos la mano, de a ratos pongo mi mano sobre su hombro, de a ratos me cuesta andar, de a ratos ella llora.

Un boulevard de pinos se abre hacia el oeste.

Nos paramos frente a una tranquera. Una bruma espesa la envuelve. Supongo que es la lluvia tan nueva. Camino unos pasos y, agachándome con dificultad, suelto la cadena que la cierra al poste de quebracho generoso.

Ella retrocede y vuelve a llorar.

Me abro camino a través de la bruma y del otro lado de la tranquera veo que es más alta que yo. Comprendo que no tengo más de siete años.

Dos brazos, me recuerdan al poste de quebracho, me alzan.

Es mi Viejo. Comprendo que no tiene más de cuarenta años. Mucho tiempo atrás dejé de verlo. Consecuencias de la muerte.

Me abrazo a él, apoyo mi cabeza en su hombro.

Comenzamos a caminar rumbo al oeste, por el boulevard de pinos.

Voy mirando a la tranquera.

Ella se va desdibujando en la bruma. Llora.

El sol se pone al otro lado de los eucaliptos, como a trescientos metros por delante. Rebota en el techo rojo de un galpón.

Mi Viejo me dice que mañana, el día va a estar lindo.

Fortín Paraguay, mayo 2009

Algo más de Violeta

Publicado en Nuestra Letra. el 30 de Julio, 2009, 11:54 por Saty

Juan… Juan… Juan Ernesto ¡eso! Juan Ernesto, ¡ya sabía que me iba a acordar!

 

Violeta está sentada con una caja de madera sobre sus piernas. Es una de las tantas cajas que guardan fotos viejas.

 

Se siente exhausta, desprovista de fuerzas.

 

El estirar sus manos hacia el estante del placard y tratar de no perder el equilibrio, los dos o tres intentos de asir la caja en el preciso instante en que sus manos dejan de temblar y hacerlo lo suficientemente fuerte para que la caja no se caiga y finalmente, el caminar hasta el sillón y deslizarse de un solo envión de espaldas,  tratando de no equivocar su posición y depositar su cuerpo en el lugar justo, significan un gran esfuerzo.

 

Yo conozco a este muchacho,  sé que es alguien muy cercano a la familia. Y debe serlo porque en esta foto está con Agustincito en brazos el día que cumplió un añito, y en esta otra, en la casa de Mar del Plata conmigo y Clarita.

 

- Rosaaaaaaaaaa.

 

- ¿Sí Violeta? ¿Qué necesita? – pregunta la mujer desde la cocina.

 

- Dígame mujer ¿quién es este hombre tan apuesto que está en la foto?

 

Rosa se acerca y sin necesidad de colocarse los lentes reconoce la foto. Es la misma que Violeta mira cada día.

 

- El señor Juan Ernesto, señora.

 

- Sí, ya sé… pero ¿quién es?

 

- Su marido, Violeta.

 

- ¿Mi marido? ¿Estoy casada yo?

 

- Sí… bueno, mejor dicho estaba… hasta que el señor Juan Ernesto – que en paz descanse – murió.

 

- ¿Murió?... ¿Y cuándo murió?

 

- Hace cinco años ¿No se acuerda?

 

- ¿Y cómo murió?

 

- Viajaba a Córdoba en su avioneta… nunca se supo si fue un desperfecto mecánico o una mala maniobra del piloto, pero se cayeron en un campo de Cañada de Gómez.

 

- Pero… ¿usted dice que era mi marido?

 

- Sí Violeta. Un excelente marido. Él la amaba con locura.

 

-¡Qué pena! ¿Puede creer que no me acuerdo?

 

Violeta acaricia la foto, pasa su mano de un lado al otro del papel deslucido con suavidad, moviendo cada uno de sus dedos como si las figuras tuvieran relieve y ella pudiera reconocerlas por el tacto, buscando con ese gesto que su mente se aclare, que aparezca algún signo de familiaridad en ese hombre de rostro sonriente. Pero las imágenes que vienen a su mente no lo incluyen. Entonces, levanta su cabeza y recorre la habitación con sus ojos grises tratando de encontrar algún objeto que la ligue a él. Su mirada se detiene sobre el cenicero de cerámica que usa a diario. “Recuerdo de Carlos Paz”  dice y piensa que si dice recuerdo, ella debería recordar, pero no recuerda y  si no recuerda es por algo.

 

Rosa ha vuelto a la cocina. Se oye el ruido metálico cuando saca los cubiertos del cajón. Está preparando la bandeja donde llevará la comida para su patrona. Un intenso olor a sopa le indica a Violeta que pronto estará listo el almuerzo.

 

Sopa, piensa, y mira sus manos temblorosas.

 

Nuevamente el agotamiento se apodera de ella, al saber lo que le espera.

Levantar la mano para llevar la pesada cuchara a su boca y que el líquido no se derrame en el mantel o en su pollera, bajar la mano y lograr que la misma se dirija al plato sin chocar en su recorrido con las copas, volver a levantarla y coordinar ese movimiento con una suficiente apertura de su boca. Tragar con cuidado, para no ahogarse y que un acceso de tos la haga escupir todo.

 

Está cansada.

 

Pero tiene hambre a pesar de todo.

A pesar de que no recuerde quién era ese hombre que murió hace un tiempo y tenga que escuchar a Rosa contándole de su accidente.  

A pesar de que las imágenes se vayan disolviendo y una extraña neblina las rodee.

Ya nada importa, ella se prepara para comer.  

Guarda la foto en la caja y la cierra bruscamente.

 

- Rosaaaaaaaaa… traiga la sopa Rosa.

 

cuento clásico

Publicado en Cuentos el 30 de Julio, 2009, 10:26 por Celina

BUENOS   VECINOS

            Esa noche nos invitó a cenar el matrimonio que vivía en el departamento de al lado. No éramos amigos. Simplemente vecinos. Cuando nos cruzábamos en el pasillo nos saludábamos con amabilidad. -¿Cómo va todo? ¿Los chicos bien?- eran preguntas habituales. De ambos. Calculo que tenían más o menos nuestra misma edad. Ellos tenían una hija de dos o tres años y nosotros un varón de cinco. Hacía casi seis meses que vivíamos en ese edificio. Nos mudamos cuando a mi marido lo trasladaron a la sucursal del centro. Antes vivíamos en la zona norte de la ciudad, en una casita muy pintoresca con jardín y perro. Al perro tuvimos que regalarlo. Fue bastante triste para nuestro hijo. A mí no me importó demasiado. Estaba bastante cansada de tener que juntar sus excrementos y darle de comer. Siempre  hacía pozos en el jardín y rompía todas las flores. Ahora estoy más tranquila y a Nico le compramos una tortuga.

   La invitación nos tomó por sorpresa. Solemos tener una vida social  restringida. Los fines de semana nos gusta quedarnos en casa, ver películas y llevar a Nico a la plaza o al parque. Pero aceptamos para no ser descorteses. Después de todo salir de la rutina no estaba tan mal.

    A medida que fueron  pasando los días me encontré cada vez más entusiasmada con la idea de la cena. Me había dado cuenta de que no eran muchas las oportunidades que tenía de hablar con gente. Desde que tuve a Nico y dejé de trabajar pasaba mucho tiempo sola. Con mi marido pensamos que era mejor que yo me quede con nuestro hijo en lugar de pagarle  una niñera que lo críe. Cuando fuera más grande podría retomar mi trabajo. Soy arquitecta y  trabajaba en un estudio importante. El tiempo fue pasando y yo seguí en casa. Costumbre. O inercia. Igual disfruto de estar con Nico pero a veces me aburro. Y siento la necesidad de hablar con adultos. Cuando empiece la primaria, que falta poco,  estoy pensando en volver al trabajo.

   Decidí ir a la peluquería. Hacía rato que tenía ganas de cortarme el pelo. Agarré mi cartera y las llaves del auto. Preparé a Nico y salí. También aproveché para comprarme ropa. No tenía nada nuevo que ponerme. Últimamente no me compraba. Cuando mi marido vio lo que compré me hizo un escándalo bárbaro. Que la remera era escotada y el pantalón ajustado. Me estaba costando entenderlo. Desde que tuvimos a nuestro hijo se habían operado en él algunos cambios. Sutiles al principio. Casi imperceptibles. Se fue poniendo más estricto en algunos aspectos. La ropa, por ejemplo. De golpe yo debía ser una señora recatada. Como si ser madre implicase no tener sexualidad. En eso me había convertido. Asexuada. Casi ni me tocaba. Lo más insólito es que me estaba dando cuenta recién ahora. Al principio Nico me absorbía tanto que ni lo advertía. Pero hacía tiempo que ya dormía en su pieza y toda la noche. Cada vez me estaba costando más que hagamos el amor. Y lo hacía mecánicamente. Yo quería erotismo, sexo salvaje y él se limitaba a cumplir. Fue encontrando excusas. Y todo esto del verso de quedarme en casa me parece que es eso, un verso. Me quiere tener guardada. Por eso me extrañó cuando aceptó la invitación. Debe pensar que nuestros vecinos no suponen ningún peligro. Es un matrimonio como nosotros y con un hijo.

    A las nueve en punto tocamos el timbre. Vino en mano. Nos abrío la puerta ella, Marcela. Atrás apareció el esposo. Todo sonrisas.

 -A la nena la llevamos de mamá -dicen. Me sentí estúpida llevando a Nico de la mano.

-Nicolás es muy tranquilo, no te preocupes -le dije a modo de disculpa.

-Pasen, siéntense que les sirvo una copa.

   El departamento era realmente agradable. Olía a limón. La iluminación era suave y se escuchaba música. La mesa estaba servida con elegancia. Tomamos un par de copas y nos sentamos a comer. Todo estaba delicioso. Marcela era una excelente anfitriona. Charlamos bastante. Rápidamente rompimos el hielo y nos encontramos contando anécdotas. Mi marido parecía otro. Reía sin parar de cualquier cosa. Estaba asombrada. Cuando traen el postre siento un pie que me acaricia debajo de la mesa. Supuse que era mi marido y lo miré con una sonrisa. Ni se dio por aludido. Quedé confundida. Mientras, sentía un pie descalzo que lentamente me recorría la pierna y se dirigía hacía arriba. Sentí que me ponía colorada. Mi vecino me miraba descaradamente. ¿Era lo que estaba pensando? No podía ser. Estas cosas no suceden en la realidad. -Permiso, voy al baño -dije y me levanté.

   Entré al baño y me miré al espejo. Mis mejillas estaba rojas. -¡Qué vergüenza!-pensé. Pero una sensación extraña se había apoderado de mí. Bajé la tapa del inodoro y me senté. Tenía que reponerme. De pronto se abre la puerta del baño. Era él. -¿Qué carajo estás haciendo? -le pregunté casi en un susurro. Me aterraba pensar que mi esposo se diera cuenta de algo. Sin contestarme se acercó y me besó. No podía terminar de creerlo, pero  le devolví el beso. Nuestras bocas lucharon sin tregua, lengua contra lengua. No podía respirar. Me miró a los ojos, me desabrochó el pantalón y empezó a acariciarme. Como si yo no fuera yo, hice lo mismo. Parecía un títere que alguien dirigía a su antojo. En un minuto estaba dentro mío. Tuve el orgasmo más rápido de mi vida. Increíble. Con todo lo que tenía que hacer mi marido para lograrlo. Creo que era para inscribirlo en el libro de récords. Sin decirme nada, se abrochó el pantalón, me estampó un beso y se fue. Quedé sola, toda despeinada, con la ropa arrugada. Me mojé un poco la cara, me peiné y arreglé lo más que pude. Pero no podía sacarme ese brillo de los ojos. Rezaba para que no se dieran cuenta.

       Esa misma noche, cuando terminé de acostar a Nico, mi marido me dice: -Parecen buena gente, no? Creo que encontramos unos amigos. El próximo sábado los invitamos nosotros.

                                                                      CELINA

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-