"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




24 de Julio, 2009


fragmento...

Publicado en Nuestra Letra. el 24 de Julio, 2009, 12:29 por MScalona

Ángela Molina

                 

            

Mi suegro estaba por llegar y entonces tendría que irme, y la andaluza saltaría a otra mesa o a la calle. Tenía que hacer algo urgente, para invitarla, para preparar un encuentro y sacarle los datos. Cuando el mozo vino a mi mesa quise cerciorarme y pregunté:                                                              

                                    

- Discúlpeme mozo, esa dama elegante, la señora de los lentes, de la barra...

- ¿Qué dama, qué señora? -contestó con aire peyorativo, casi guarango para el sitio.

- La de los lentes espejados, la que parece Ángela Molina.

- ¿Quién le dijo que es una señora?

- El tono, el aspecto, parece refinada, mujer de médico o turista.

- ¿Y usted es de aquí? -disculpe la pregunta.

- Sí, ¿qué, parezco alemán?

- No. No lo tome a mal, parece un poco distraído o desinformado. ¿Hace mucho que no viene a La Biela?

- La verdad que sí, estoy yendo a otra clase de bares.

- ¡Ha visto! Algo así tenía que ser, porque la verdad, usted no da el tipo despistado.

- ¿Por qué lo dice?

- Porque eso es un Gato señor. Con todo respeto, un gato fino y caro. Pero bueno, no es una dama.  Eso sí,  tiene usted una gran intuición.  El propietario es un médico, y muy rico, refinado por cierto. Como si fuera poco, es gitana de nacimiento y la verdad, que ahora que lo dice, se parece bastante a Ángela Molina.

Quedé un poco avergonzado y hasta triste, esa tara de creerme todo.  Ella ejercía el oficio más viejo del mundo y yo creyendo que la seducía.  Una mina así saldría solamente con los tipos que tuvieran el carné de Mariani o un juicio como el de Gayo con Montagnú. Encima, ya tenía dueño. Y lo de turista, era porque viajaba por todas las camas. ¡Ángela Molina, qué boludo…! A mí me faltaban por los menos cien años debajo de los puentes...

Y todavía faltaba la lección de oro, el broche. Porque entonces llegó Vinuesa  y se fue derecho a la barra. Levantó a la gitana en vilo, de un abrazo que pareció un fragmento de El lago de los cisnes. Se dieron un beso de amor brujo y él le dijo… mi chiquilla. Yo había acertado en todo. Si faltaba algo, mi suegro ante la envidia evidente de todo el salón, dijo:

 - Viste Quimet, el sueño de todos, mi propia Ángela Molina.

Me la presentó y ella dijo que yo la había comido con la mirada.  Me sonrojé y dije algo tan sincero como estúpido: - Sí, perdóneme... había pensado otra cosa.

- Venga -dijo- ¿Qué, no soy tan guapa?

- No sólo guapa, irresistible, basta mirar la sala, nadie mira otra cosa.  Y de cerca, ese perfume que usa... ¿su gracia?

- Lulú -dijo Vinuesa-. Decíle Lulú, y nada más. Ni te acuerdes de la casualidad con el jugador de Racing.

- Pero me llamo Ludivina, Ludivina Jardiel, aunque nací en este país, como vosotros. Es que mis padres son de Jaén y vinieron aquí al perder la guerra. Y eres gitano, guapo, siempre eres gitano.

- Yo a veces me siento un griego, clásico.

- ¡Uy qué raro! ¿Qué es eso?

-Que para mí no hay nada más sagrado que la amistad, ni siquiera la mujer.

-Arturo -dijo ella a Vinuesa-,  mucho cuidado con éste, ya sabes, predica lo que necesitas. 

Nos reímos, pero Vinuesa cambió el rictus, de pronto, como si hubiese recordado algo terrible. Le pidió a Lulú que se apartara y hasta pareció incómodo por su algarabía.  La mujer volvió a la barra y mi suegro apoyado en los codos sobre la mesa, se acercó a mi cara lo más que pudo. 

- ¿Qué te parece? -dijo-.

- Ángela Molina.

- ¿Y qué más... ?

- ¿Y qué más querés que te diga? Me ensarté, yo creía que era la esposa de un diplomático, de un médico, una turista. Y resulta que es un gato. Ya no se puede creer en nada.

- Pero mirá que sos tierno Pereda...                                           

                                                    

Pereda era mi nombre de alumno, y Quimet, mi nombre de hijo o amigo. Es decir, que si me iba a confiar alguna cosa o a darme afecto, era Quimet. Si me iba a enseñar algo o a dar clases, era Pereda.  Entonces dijo:

- Pereda, vos sos chico todavía, te voy a explicar, hace treinta años... menos, veinte años atrás, las putas se llamaban putas, se les decía putas, se vestían como putas y hasta vos te dabas cuenta. Estaban las mujeres para casarse y las mujeres para divertirse. Las de casarse eran fáciles de reconocer,  aunque eso sigue siendo, afortunadamente. Las otras, se dividían en unas putas bien señalizadas y otro  grupo, compuesto de mujeres solteras pero no vírgenes. O casadas, pero de espíritu libre o insatisfechas.  La novedad es que ahora se han mezclado los tipos, quiero decir, la clasificación viene revuelta.  Resulta que las mujeres decentes se visten como las putas, y las putas, como señoras de médicos o turistas. Y ahí están los llamados gatos,  unas minas que parecen de su casa pero te cobran, aunque una esposa sale más cara, pero no es lo mismo. O sea que hoy tenés una puta vestida como una dama, y a las damas, como la gran puta... O sea, esto es un quilombo m"hijito. Y la verdad, con vos no me da vergüenza decirlo: yo también me ensarté con Lulú y vine acá, y desde esta mesa me creí que era la mujer de un diplomático. Le hice caritas y la fui de langa. La bailé, la desnudé y fue maravilloso. La piel tiene el perfume ese que vos pensás. Pero cuando la llevé a su casa me di cuenta. De vuelta, ya con la luz del otro día  me dio el último beso de carmín. Y con esos oyuelos de las mejillas y los dientes blanquísimos, me dijo: - Son mil, doctor,  mil pesos querido, pero te juro por Jaén, que en mi vida he conocido un gitano que baile como tú.

            Y mi suegro tenía esas cosas, él conocía la vida de arriba y de abajo de los puentes. Yo podía citar teorías de los comportamientos, del sexo y de la ropa. No sé, que la moda vive de paradojas o de que la inconsciencia de la moda favorece la conciencia del hombre.  Pero no es lo mismo.  Uno puede saber mucho de peso, materia, gravedad, inercia... volar, es otra cosa.

               Marcelo  Scalona

Frag. Novela inédita EL PORTADOR, p. 85-86 

Dir. Nac. Der. Autor  exp.  15226 / 99

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-