"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




3 de Julio, 2009


Tarea Cuento Clásico

Publicado en Cuentos el 3 de Julio, 2009, 19:14 por Mayra

               

AJ ,   crónica de una ausencia

                               

Ese día martes fue somero comparado con el devenir de los acontecimientos. Lo recuerdo claramente porque estaba mirando el noticiero de canal Cinco cuando entró chillando una antorcha desteñida al estudio. Era Jorgelina, la secretaria de  El show de AJ.  Entre los gritos, se escuchó: Alberto! Lo llevaron! Fue un momento de intensa confusión que apresuró el corte publicitario. Cuando regresaron, el anuncio era tan inevitable como solemne: "Nuestro querido compañero y amigo, AJ, fue secuestrado".

Entre sollozos la rubia especificó los hechos. Ellos circulaban en auto por Juan José Paso a la altura de Circunvalación.  Zona de moteles – pensé yo. AJ percibió que un Renault 19 gris lo seguía. Creyó que era un fanático. Incluso lo saludó mirándolo por el espejo retrovisor y sacando el brazo por la ventanilla. Cuando volvió la vista hacia el frente, un Taunus rojo se cruzó en su camino y frenó, obligándolo a detenerse. Eran cuatro o cinco, tenían el rostro cubierto. Le pusieron una bolsa arpillera en la cabeza y lo metieron al baúl del Taunus. -Ya tendrás noticias- le dijeron a Jorgelina y arrancaron.

AJ era un locutor bastante irritante. Tanto por su forma de referirse a sus compañeros de trabajo como por su ego extremadamente ensanchado. Ni siquiera había opiniones divididas en la audiencia. Absolutamente todos lo vapuleaban. Él no se daba por enterado. Era petulante, displicente y vanidoso. El gran misterio era su edad y su tendencia sexual. Veinticinco años atrás tenía el cabello cano por lo que ya parecía viejo en los ochenta. Acosaba a sus secretarias, a las modelos y a la señora gorda del horóscopo públicamente. Se les acercaba con el micrófono y les miraba los pechos hablándole pausadamente al oído, a lo que ellas respondían con una risa nerviosa. Pero muchos aseguraban que su debilidad era el sexo masculino. Por lo que su imagen alternaba entre macho proxeneta y puto. Sin embargo no había persona en el sur de la provincia de Santa Fe que no lo conociera. El clásico ejemplo de la fama sin éxito y eso para AJ debería haber sido suficiente.

Al tercer día llegó el primer casette. Una voz distorsionada pedía cuarenta mil dólares. Lo enviaron a canal Cinco. Ya en canal Tres se comprometieron con la causa y también lo reprodujeron. Mostraban programas grabados de la época de Daktari, con artistas invitados como Tormenta y Manolo Galván. La gente empezó a comentar. Las porteras salían a las siete en punto a baldear las veredas para hablar de la cuestión. Hasta incluso tarareaban las canciones de sus años mozos. Yo las admiraba desde mi automóvil, cada una colgada en su escoba con la mirada perdida, y algunas suspiraban desvergonzadamente. Se sentían en deuda con el desaparecido, quien colaboró para que se creyeran enamoradas alguna vez. Las veredas de Rosario nunca estuvieron tan sucias.

            El primer sábado sin AJ fue ciertamente vacío. No emitieron nada en su horario habitual, solo se veían las rayas de colores en la pantalla y el piii piii ensordecedor. Si bien nadie admitía que seguía el programa, muchos lo extrañaban en el zapping.

En la semana, los taxistas comentaban con sus pasajeros la ausencia en la radio. La Mañana de AJ era penosamente sostenida por su comentarista deportivo, Oscar Pendino Dávila. Los oyentes seguían fieles la transmisión a pesar de su acento insoportable. Tenía una grave tendencia a nombrar las palabras agudas como graves y esto sonaba como el motor de una lancha que nunca arrancaba.

Al décimo día la tensión en el pueblo rosarino se podía palpar. No recuerdo cruzarme con alguien, ya sea en el ascensor o en el videoclub sin hablar de AJ. Ya no era necesario nombrarlo. Se había convertido en una especie de sujeto tácito de todas las conversaciones. – Aún no aparece – me saludó la panadera. – Hoy le hacen grabar un casette como prueba de vida… cuánto de tomate? – me informó el verdulero.

Jorgelina aparecía a diario en los noticieros y luego en las dos ediciones. Cambiaba de anteojos e indumentaria. Su metamorfosis fue algo llamativo en esta historia. De mujer fatal y jeans violadores, paulatinamente se fue reconciliando con un perfil de dulce damisela con faldas a la rodilla y cabello recogido. -Parece una viuda llorando- le comenté a mi madre. -¡Que la boca se te haga a un lado!- me reprendió mamá persignándose.

Con el advenimiento del otoño la tristeza se instaló definitivamente. Las personas caminaban inertes y cabizbajas hacia sus obligaciones. Cada sábado la ciudad era más gris. Se encendían los televisores y se dejaban las rayas de colores en forma de rezo masivo para que AJ estuviera sano. Las hojas secas no despejadas por las porteras compungidas se acumulaban en las calles y junto a los taxistas distraídos, entorpecían el tránsito. Hubo récord de accidentes ese otoño. Todo evento que acontecía era relacionado con AJ. Los piqueteros de Empalme Graneros además de viviendas y planes sociales, exigían que suelten al conductor.

Hasta yo me convencí de que Rosario ya no era vital sin AJ y decidí colaborar depositando dinero en la cuenta que Jorgelina abrió en el Banco de Santa Fe para el rescate.

Fueron recibidos dos casettes más con la voz de AJ. Leía el título de La Capital del día correspondiente  seguida de una voz distorsionada poco entendible. Eran escuchados por todos al aire, como debía ser para un noble hacedor de los medios de comunicación. Nadie lo escuchaba en privado previamente. Jorgelina afirmaba que AJ lo preferiría así. Cada prueba de vida era recibida por oyentes y televidentes con alegres aplausos y resonaba en la ciudad como un grito de gol en plena final del mundial.

Los santuarios se fueron multiplicando por la ciudad. El primero fue en La Florida frente a los puestos de pescadores. Aparecían los fieles con fotos de AJ junto a distintos famosos. Sergio Denis viajó especialmente para dirigir la marcha mostrándose sinceramente afligido. Juan Ramón realizó un recital a beneficio e invitó como telonero al grupo Alegría. Alcides, como era esperable, cantó Violeta. El trío San Javier se presentó en Cañada de Gómez para reclamar por su liberación. Para ese entonces, una epidemia de angustia se había extendido por todo el sur de la provincia y AJ era recordado como el locutor más respetado de todos los tiempos.

            El último casette arribó como una bomba atómica. La voz distorsionada de extraño acento aseguraba que si el dinero no estaba para la fecha límite, a AJ lo encontraría prefectura en el río Paraná. Ordenó  que sólo Jorgelina y Dávila realizaran el pago, sin policías. Los arreglos se hicieron en forma privada.

Una vez realizada la entrega, divulgaron los detalles. A la vuelta de una esquina, a Dávila lo esperaba sorpresivamente otro vehículo. Jorgelina debió seguir conduciendo según las indicaciones al teléfono móvil. De este modo los policías vestidos de civil que los custodiaban, fueron desorientados siguiendo el auto inicial. Dávila, con el dinero, se dirigía hacia otra dirección. Afortunadamente, además del trámite no ocurrió ningún hecho para lamentar. Sólo quedaba esperar.

Al cabo de seis semanas, a partir de ese martes, liberaron a AJ. Apareció caminando por La Tablada con larga barba blanca y la manga izquierda de la camisa descocida. Era llamativo que sus pantalones blancos no estuvieran tan sucios y se lo vio con un ligero sobrepeso. Declaró que lo alimentaban a guisos y que a pesar de todo lo trataron con respeto.

Fue fiesta popular. Algunos detonaron fuegos artificiales. La provincia volvió a respirar y el retorno a la normalidad fue casi súbito. Solo que ahora todos amábamos a AJ. Para la primavera ya nadie recordaba los acontecimientos y se hablaba de quién merecía ganar el Cantando por un sueño.

La popularidad de Jorgelina prosperó tanto que Rosario le quedó pequeño. Ahora sus fans debíamos esperar al sábado para verla bailar en Pasión Tropical. Dávila logró una hora diaria en Radio dos, gracias a la precipitación de auspiciantes publicitarios que acaeció luego del heroico rescate.

Pero los vericuetos del destino y la falsa impunidad de la vanidad quisieron que los sucesos no terminen allí. En los primeros días de noviembre se lo vio a AJ manejando un Mini Cooper por la ciudad y la policía comenzó a sospechar. Se realizó la reconstrucción de los hechos. Verificaron que la poca elasticidad de AJ impedía que cupiera en el baúl de un Taunus, siempre quedaba un brazo o una pierna afuera, arrojando por el piso la primera versión de Jorgelina. Solicitaron a canal Cinco las cintas de los mensajes y un experto en sonido pudo deducir que el acento raro de la voz distorsionada era compatible con el de Dávila. La noticia de víctima y héroes simulados, provocó en mí (en todos) una profunda decepción. La población volvió a defenestrarlo como siempre lo había hecho.

                        

                    

                        

                    

               

Mayra Rodríguez -    27-06-09

BUSCANDO AL SR. BARTHES

Publicado en General el 3 de Julio, 2009, 11:16 por Alejandro

El próximo beso

 

P

eleo con mis ojos, que se niegan a enfocar la ruta, y pienso en los caprichosos acontecimientos de las últimas 36 horas. Me duele la cabeza, me duele la cintura. Enero en Corrientes, hace calor y las lluvias, desde tanto tiempo atrás, que se mueven en sentido exactamente inverso a mi conveniencia. Este ahogo no es caprichoso. Ayer, más o menos a esta hora, llegué a mi trabajo en la embotelladora de soda. Mal dormido me enteré que un camión que traía una máquina desde Porto Alegre estaba parado a la salida de Paso de los Libres. El camionero se había calentado con un gendarme, lo puteó (según me contó muy orgulloso le vomitó: “negro hijo de puta porque no me chupan la pija vos y los otros putos que están ahí”) y todos quedaron detenidos: camionero, camión y máquina. Casi lo mismo le quise decir yo al Sodero, tal vez cambiando el negro por un judío, cuando me ordenó “Gringo, agarrate el Corsita y fijate de arreglar este quilombo. Hacete acompañar por el pibe nuevo”. El Corsita, una lenta babosa a GNC sin aire acondicionado, el pibe nuevo un gordo inútil que mandaba mensajes de texto con las dos manos, usando solo los pulgares y 800 kilómetros por delante después de una muy mala noche.

 

            A pocas cuadras de la fábrica  vive una compañera de la escuela secundaria. A sus 17 todos correteábamos, alzados y patéticos,  tras su culo tan duro y tetas tan redondas. Yo la quise, ella no. Quiso a varios pero a mi no. Con el tiempo aprendí a aceptar los hechos y fuimos bastante amigos pero, a intervalos extrañamente regulares, aun soñaba con ella. La lógica de aquellos sueños era curiosa, capítulos hilvanados. En el primero, al menos yo lo suponía como tal, ella desnuda, apenas tapada por la camisa blanca que usaba en el colegio y su lengua, precisa, rigurosa. Al tiempo, cuando volvía a mis sueños, podía sentir su culo, tan duro como siempre chocando, rítmico, contra mi vientre. Ya no había camisa y, desde atrás y con ambas manos, jugaba con sus tetas, tan redondas como siempre. Se extinguía, pero alguna noche retornaba. Ya dije que sus intervalos eran regulares. Arrodillada, nuevamente su lengua y yo me iba, espeso y caliente, sobre su cara. Nada parecía incomodarla. Ahora, sentados en el bar de una estación de servicio me cuenta que su marido, del que se divorció hace un par de años, no le pasa suficiente plata y que no le resulta fácil mantener la casa y sus dos hijos. Yo le miro el escote, sus tetas han soportado más que bien el paso del tiempo y, pienso, razonablemente aun pueden ser pasto de mis fantasías nocturnas. Creo que ahí sentados, los dos, apenas tratamos de pellizcar algo de los lejanos días de gloria, yo atajaba penales y ella la protagonista excluyente de nuestra fiebre. Al levantarse para volver a su casa me besa en la boca. Después desaparece. A intervalos regulares, volverá.

 

            A las cuatro de la mañana me despierto. No hay luz y no tengo fuerzas para putear a la EPE y sus cortes “por exceso de demanda”. Hace calor, no hay aire, ni ventilador ni nada. Tengo la frente empapada. Camino al baño. La puerta entreabierta y el difuso resplandor de las velas que va y viene. Abro. Una amiga de mi hija, rubia, desnuda, mojada, eventualmente virgen, está parada sobre una toalla. Me mira y no puedo saber si algo la sorprende. No tiene más de 17. Con ambas manos se tapa las tetas y no hace más que realzar su perfección. No se si bajo la vista o la recorro. Su piercing en el ombligo, el delfín tatuado un poco más arriba de su pubis casi totalmente depilado. Vuelvo a la cama. Ya no podré dormir.

 

            Un novillo, el aburrimiento del que sabe que va a morir, me mira desde un camión jaula. Intento dejarlo atrás. Vamos a 40. El Corsa hierve, se funde en la doble raya amarilla. El Gordo estira su brazo a la radio. Sin mirarlo (mis ojos gambetean la frase atrás del acoplado “Nao e prisa, e saudade”) le ordeno “ni se te ocurra” y, transpuesto, vuelve a la algo reclinada butaca de acompañante. Bajo a segunda y acelero, el auto tose y yo puteo “… judío de mierda, el gas es para la cocina…” Voy entre los novillos y un perro muerto que se pudre en la banquina.

 

            En Paso de los Libres, cerca de la aduana, cien metros a un costado del A.C.A. hay un puticlub. Después de conciliar con los gendarmes y devolver el camión a la ruta quiero tranquilizarme. El camionero trepado al estribo del Scania, calco de los Guns en el centro del parabrisas, alardeando “un rato más ahí dentro y me los garcho a todos esos tobas de mierda”, el beso en la estación de servicio, el delfín tatuado en el pubis tan bien depilado de la amiga de mi hija. Pido un Fernet con Coca y arreglo que el Gordo suba al escenario. Una puta vieja y estropeada le baja los pantalones y se la empieza a chupar. Excepto la verga tiene todo duro. Desde la oscuridad alguien ladra “bombeá gordo”. “Metele un dedo en el culo que le gusta”, grito y me pregunto cuando será el próximo beso.

 

El hormigón de la ruta es un espejo. El sol parece estar atado al techo del Corsa. El hilo es corto. Me aburro. Bajo el asiento tanteo el 38 Special que siempre llevo conmigo. Miro al Gordo tan somnoliento. Apoyo el caño sobre su sien izquierda y gatillo. El tambor vacío gira y el percutor pega un chasquido seco. Me río y le digo al Gordo, una masa fofa, transpirada y contorsionada, los ojos tan abiertos, “como te cagaste hijo de puta”.

 

Fortín Paraguay, Junio de 2009

 

Alejandro Caponi

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-