"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Juan José Becerra

Publicado en De Otros. el 30 de Abril, 2009, 12:55 por MScalona

MILES  DE  AÑOS

 

  (novela Ed. Emecé)   p. 9-12

 

 

Alguien tiró un perro vivo a los leones del zoológico. Esa es la noticia que puede encontrarse en la sección del diario que a Castellanos le interesa, junto a otras que cuentan la historia del bebé encerrado en un locker de aeropuerto, la de las tres mil personas hechas catorce mil pedazos en el ataque a las torres, y la del famoso equilibrista americano que ante la mirada de sus pequeños nietos, vestidos como él, pisó mal la cuerda tendida a lo ancho de un cañón el día de su cumpleaños.

La noticia describe la forma de espiral en que quedó el collar metálico del perro sobre los decorados de cemento que imitan la aspereza de un risco africano, el hábitat circense donde las fieras yacen prematuramente envejecidas, saciadas a medias o medio hambrientas: ni ellas lo saben.

En esas cuevas construidas en el ángulo de un foso cuyos fondos dan a un cruce de avenidas, pueden oírse por las tardes los rugidos de apropiación de un terreno inscripto en las oficinas de catastro como espacio público donado por la familia Gainza, cercado por las rejas y una hilera de niños obedientes a la crueldad común de su especie, quienes observan las sombras interiores y en ellas ven el poder luminoso de la naturaleza salvaje que admiran.

El diario recoge las impresiones personales del cronista más que el relato del testigo que vio un bulto humano correr entre los árboles con algo en andas que, según el testimonio, era un punto de metal brillando en la espesura de lo negro; una descripción que para el ministerio público y el periodista, atados a la tradición de asociar lo que está con lo que falta, para que no le falte tampoco al lector ni al ciudadano, era sin duda la evidencia de que detrás del brillo había un perro a punto de ser entregado en holocausto.

Luego la crónica  se disuelve en detalles sin relieve, en el estilo del cronista que ya no necesita del suceso una vez que ha sucedido, y en la opinión de personas que no han estado cerca de estos hechos, ni de otros sobre los que opinaron antes; ni del zoológico donde alguien dejo servida la presa, que no ha de haber sido suya si al soltarla no pensó un instante en retenerla, a las fieras que allí adentro volvieron a sentir el olor a sangre fresca en las zonas atrofiadas de su olfato y se entregaron a la precisa experiencia de lidiar con carne viva retorciéndose entre dientes después de haberse alimentado tantos años con cortes vacunos abombados y cubiertos por las moscas.

Día a día la noticia añade materiales muy diversos a este caso sin que ellos añadan precisiones. Hay testigos falsos que enjuagados en sudores pretenden incluirse como actores del suceso para verse valorados por los otros, conseguir algún descuento en los bares y mercados de la zona, siquiera, alguna compañía; y hay requisas sorpresivas a empleados, más extensas entre quienes alimentan a las fieras, las vacunan o las bañan. Aparecen en escena cerraduras violadas por palancas, candados bajo las cascadas de la lobería que habrán de trabarse por efecto del agua una vez secos, y destrabarse luego con tres gotas  de bebida cola; y movimientos sospechosos en la guardia de la noche, lámparas destruidas en senderos laterales y silencio en las autoridades del zoológico que no dan partes de prensa o informes oficiales porque, dicen, no cobran sus salarios desde hace cuatro meses.

Castellanos no ve un crimen grave en estos pormenores que reconstruyen el acontecimiento como un orden falso de los hechos sumado a otro verdadero; ve más bien un suceso extraordinario: el del primer paso hacia un tipo de delito que encontró una forma nueva en la idea antigua del abuso de la fuerza. Por su parte, el testimonio de aquel que en la penumbra vio un hombre alzando a un perro, cuando es norma ver al perro trasladarse por su cuenta, dice que el animal ha debido presentir el peligro al borde del abismo que separa a la fiera de aquellos que la hacinan, porque se oyeron en la calma de la noche unos ladridos inconclusos y luego un batir de uñas rascando las paredes sólidas del foso, buscando cavar y escapar tal vez por un boquete, una idea del can que no era mala pero a la que le faltó el tiempo en que debía ejecutarla.

El testigo vio correr el bulto humano que nunca llamó hombre por temor a caer en falso testimonio y corrió él mismo hacia la jaula, donde alcanzó a ver al perro que olió el peligro en el olor de los felinos y saltó de un lado a otro en un regreso instintivo a su vida de cachorro, trotó en círculos sin hallar la recta  de la fuga y se echó sobre el colchón de bosta seca a esperar que el instante infinito terminara y las fieras lo olieran; lo olieran y degustaran luego, tras presentarse a la entrada de la cueva y hacerle entender con la presencia que en si misma ya es un acto, que el asunto  había terminado mucho antes que cualquier coreografía de caza que hubiera podido suscitarse.         

 

 

JUAN JOSÉ BECERRA

Nació en Bs As. En 1965

redactor de InrocKuptibles, Crítica, Perfil.

  
Autores
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