"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Un cuento corto... casi real

Publicado en Cuentos el 23 de Abril, 2009, 15:24 por Saty

Aurora está sentada frente al televisor con la mirada fija.

Hace horas que está así, en ese sillón de cuero negro que se niega a admitir el paso del tiempo. Sus manos no dejan de moverse al ritmo de la música que escapa de la pantalla y sus labios se mueven nerviosamente mientras emite un murmullo denso y continuo.

Una y otra vez, sin desviar sus ojos de la caja negra.

 

Aurora tiene el pelo entrecano, los ojos grises y un cuerpo delgado al que no logran esconder sus ropas holgadas. Hace mucho tiempo que nadie acaricia ese cuerpo.

Desde la muerte de su marido, Aurora vive sola. Solamente le ha quedado de otra época más feliz, una gata mugrosa que aparece por la casa cuando tiene hambre.

Ella pertenece a esa generación de la charla con vecinas en la puerta de casa, de las compras en el almacén y las tardes zurciendo medias. No sabe de Internet, ni cd´s, ni de ipods, menos aún de comunicación virtual.

Aurora es vieja y lo sabe. Tiene plena conciencia de su vejez. Del dolor de espalda que no se le va, de las carnes caídas, de su deterioro. Aunque se empeñe es demostrar que no entiende lo que le preguntan y parezca abstraerse en un mundo único y ajeno. Aurora es vieja pero no quiere ni puede permitirse que los demás sepan que lo sabe. Prefiere que crean que está senil, perdida, como dicen.

Su vida desde hace años, no tiene otro sentido más que el de sobrevivir. Por eso, todos los días repite la misma rutina. Se levanta ni bien sale el sol, pone la pava a calentar y se sienta a tomar mate con bizcochos.

Sus hijos la van a visitar todos los días, pero ella apenas si contesta cuando le preguntan si está bien, si necesita algo, si tiene ganas de hablar “¿qué te pasa mamá, estás triste?”

Y Aurora niega con la cabeza. Deja el mate sobre la mesa, camina pesadamente hasta el estar, enciende la televisión, sintoniza el canal de música y se sienta en el sillón.

Así todos los días, hasta que llega la noche.

De vez en cuando, se enoja y comienza a gritar, a vociferar palabras que solo ella sabe lo que intentan decir. Pero son solo segundos. Después, vuelve a caer en un estado de ensoñación y pierde su mirada en la nada.

 

No hay dudas de que está enamorado de mí, me lo dijo el otro día muy claramente. Yo sé que es más joven, pero qué importa, para el amor no hay edad me decía mi mamá y se casó con papá que le llevaba como veinte años.

Cada vez que lo veo se empeña en tratarme de usted y a mí eso me enternece, porque demuestra lo educado que es.

“No olvide que la espero, no espere que la olvide, si por usted me muero, me muero cuando ríe corazón. No olvide que la quiero, no quiera que la olvide, si cada vez que puedo, me pierdo en el sonido de su voz.”

¿Acaso hay  muestra de amor más grande que esas palabras? ¿Es incorrecto sentir el impulso de decirle que sí, de ofrecerle también yo mi amor, cuando se juega con palabras tan sentidas, nacidas de lo más profundo de su ser? Aunque la realidad me diga que debo negarme a este amor y comprenda que somos de mundos distintos, aunque piense que su juventud puede llegar a ser un impedimento y todos me repitan que estoy loca.

 

Daniela llega muy temprano esa mañana. Por respeto, toca el timbre de la casa de su madre aunque tenga la llave para abrir. Le parece que no hacerlo es una violación a su intimidad, ella ha sido criada así y no tiene por qué cambiar ahora.

Espera unos minutos, los suficientes para darse cuenta de que Aurora no vendrá a abrirle. Desde adentro llega el sonido inconfundible de una canción de Vicentico, la misma que la mujer oye todos los días.

Decide entrar.

Encuentra a Aurora sentada en el sillón. La mujer no responde al saludo, ni siquiera se da vuelta cuando su hija le toca el brazo.

Daniela va hasta la cocina y comienza a ordenar las cosas que han quedado sobre la mesa. Busca un vaso de agua y las pastillas que tiene que tomar su madre. Vuelve al estar. Le alcanza a Aurora el vaso. Ésta abre la boca como una autómata y espera que Daniela ponga  la pastilla en su lengua. Cierra la boca. Traga rápidamente. No puede permitirse un solo segundo de distracción.

Él le está hablando y su hija solo quiere importunarla.

“Espera que lo nuestro se termine”, piensa. “Seguro que la muy zorra se dio cuenta que me ama y no lo soporta.”

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-