"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Abril, 2009


más Preatoni - Ejerc. 2

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Abril, 2009, 12:07 por MScalona
  • Función expresiva a convertir en poética :

“Vivimos todos lejanos y anónimos, y disfrazados, desconocidos sufrimos. Para algunos, esta distancia entre un ser y ellos mismos, jamás se revela; para otros resulta de cuando en cuando iluminada, con horror o dolor, por un relámpago; para algunos esta es la penosa constancia y cotidianeidad de la vida: que todo lo que sentimos o pensamos es una traducción, como algo que no nos atañe.” Fernando Pessoa. “El libro del desasosiego”.

 

 

 

 

 

CARLITOS

 

Carlitos. Le habían puesto ese nombre antes de que yo lo conociera, pero después de unas semanas, cuando dejé de ir al minimarket, pensé por alguna razón, que su nombre era Pedro.

            Me acuerdo claramente cuando entré por primera vez. Estaba lloviendo, eran las cinco de la mañana y ese lugar iluminado, con la puerta vidriada entreabierta, invitaba mi desvelo a un cálido refugio. Allí, interactuaban a los gritos cinco personas. El lugar era angosto. Un mostrador de un metro y medio de largo dejaba un pequeño pasillo de paso, cerrado a su vez por cuatro heladeras semivacías. Pasando el corredor había tres o cuatros mesas empalmadas al piso sucio. Atrás, o más atrás, cerraba la escena la entrada del baño, cercada hasta la asfixia por cajones de cerveza y gaseosas vacías.

            El dueño del local era un tipo de unos treinta y pico y parecía el más amistoso. En la última mesa, un señor mayor, luchaba con ambos codos sobre la mesa para sostener su cabeza, mientras apagaba un cigarrillo recién encendido sobre un cenicero plástico lleno de colillas. Este personaje me llamaba la atención particularmente. Tenía el pelo blanco y largo, estaba bien vestido y sin embargo, su imagen extraída del contexto, separada de la escena general, tenía algo misterioso. Quizá porque era el único que permanecía callado.

            Dos muchachotes más tomaban cerveza y discutían con frases simpáticas, pero desprovistas de toda lógica, cuestiones mundanas. No les presté demasiada atención. Un tipo que sufre insomnio no se sale a deambular debajo de la lluvia para encontrar relatos que puede ubicar en cualquier emisora o canal. Estos dos, sin embargo, parecían felices. Yo diría que eran concientes de la liviandad de su discurso, pero creo que había ahí algo sarcástico, mezclado con ganas de llamar la atención a alguien, y una dosis de alcohol que completaba el cuadro.

            El último personaje, que a mi entrada salía del baño con sus manos luchando contra la bragueta y un pitillo en la boca, era Carlitos.

            Inmediatamente, Carlitos, captó toda mi atención. No pasó mas nada en el lugar. Sólo él actuaba. Yo estaba hipnotizado, sentía una empatía enorme por un sujeto que jamás había visto y con el que no hablé ni hablaría nunca.

            Carlitos era flaco, muy flaco. Vestía unos harapos desvencijados y sus piernas macilentas desembocaban en unas botas negras sin cordones que dejaban ver los soquetes, que alguna vez habían sido blancos, desde sus muchos agujeros. Tenía una barba espesa, como esos personajes enciclopédicos del siglo XIX, y el pelo, a tono cercaba una calvicie pronunciada y afectada no sólo por la genética, sino por la mugre y los piojos. La pelada del viejo era para mí un modo de adaptación al medio. Menos pelo, menos piojos. Darwinismo puro.

            Mientras pensaba estas cuestiones y terminaba el café horrible que había comprado, el dueño empezó a invitar a los presentes al retiro. Yo me di por aludido, pese a que se dirigía a los otros, que sin duda eran clientes habituales.

            Al otro día volví nuevamente aquejado por el insomnio, que ya se volvía recurrente, pero con una dosis de curiosidad alentada por la visita anterior. El cuadro era parecido, sólo faltaban Carlitos y uno de los muchachotes. Me senté e inmediatamente empecé, casi sin quererlo, a participar de una conversación ya empezada entre el dueño y el muchacho que también había estado la noche anterior.

            En la charla me enteré que Carlitos era Carlitos, o que así lo conocían en el lugar. Que hacía once años que no se bañaba (aunque no hacía falta una investigación científica para dilucidarlo), que su historia era triste porque “se sabe que tiene una hermana abogada y él… pobre, nunca pudo superar lo de la muerte de su madre”, que “anda vagando todo el día por ahí y lo echan a la mierda siempre de todos lados, viste, acá por lo menos yo trato de darle agua, pero si se pone pesado lo corro con el desodorante, el pobre no soporta el desodorante, es mas le decimos arma de destrucción masiva y ya sabe que lo voy a sacar y corre, pero no me queda otra, me siento mal, pero si no lo echo me llena el lugar de olor y la gente se va… viste, no se puede, que querés que haga…”

            Entré en la conversación y me vi preguntando por Carlitos. Todos hablábamos de Carlitos. Nos afligíamos por la locura, fantaseábamos con otras vidas para él. ¿Qué hubiera sido? Capaz que abogado, como la hermana. Quizá hubiera tenido hijos, se hubiera casado. Una vida normal. ¡Qué cagada que no todos podemos! Lo que es que te chifle el moño y después, eso… la vagancia, el frío, la locura. “Andá a saber qué piensa” dijo el que la noche anterior trataba de sostenerse la cabeza, hoy un poco más recuperado.

            Seguí yendo al minimarket todas las noches, porque el insomnio no mejoraba. Ya era uno más del cuadro. Pero Carlitos no apareció. “Quizá se dio cuenta que le teníamos lástima. O quizá no sabe ni donde está parado, que es más probable”, pensé. Las charlas seguían. A veces más avivadas, a veces con monosílabos. Pero no se volvió a hablar de Carlitos.

            Ayer, mientras volvía del trabajo en el colectivo, lo vi. Estaba en la esquina de San Lorenzo y Mitre, juntando unos papeles del piso. Hablaba solo. La gente le pasaba por al lado, indiferente. Algunos hacían muecas de desprecio o compasión. Yo entendí que ninguno de nosotros está acompañado. Nos llenamos de amigos, de compañeros, de hijos de esposas y esposos. Pero seguimos solos. Nuestro delirio en convivencia no es mejor que el delirio en soledad. ¿Quién puede asegurarme que Carlitos o Pedro o todos no creamos nuestras historias? ¿Quién puede entenderme?

            El insomnio no siguió.

            No volví más al minimarket.

 

           

             Bruno Preatoni

Bruno Preatoni - Ejerc. nº 2

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Abril, 2009, 11:57 por MScalona

Funciones a convertir:

  • Función poética a convertir en función expresiva :

"Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos…".

Julio Cortázar.    "Rayuela".

                  

             

            Roland Barthes nos dice en "Fragmentos de un discurso amoroso" algo muy cierto respecto a la figura o tropos del "rapto". Fiel a su estilo híbrido y heterogéneo, trae a Sigmund Freud para ilustrar dicho concepto a partir de la idea de la hipnosis psicoanalítica. Dice Barthes textualmente: "el episodio hipnótico, se dice, es ordinariamente precedido de un estado crepuscular: el sujeto está de algún modo vacío, disponible, ofrecido sin saberlo al rapto que lo va a sorprender".

            Usando a Goethe (o a su personaje Werther en su recurrente citada historia de amor con Carlota), el semiólogo estructuralista concluye que no caemos enamorados, si previamente no lo hemos deseado. Para caer en el rapto y convertirnos en objeto amado o sujeto amante, debemos poseer un estado previo, una especie de alerta, de "búsqueda" casi siempre inconciente de ese otro para amar.

Cuando finalmente "encontramos" o – lo que es lo mismo – "creemos encontrar" ese alguien que deseamos que "es en sí nuestro deseo" nos parece que algo del orden de lo místico, de lo épico, se apodera del acontecimiento. Es el famoso "flechazo". Sin embargo, siempre el flechazo amoroso es producto de la búsqueda del impacto del dardo cautivante por parte del sujeto amoroso.

Bruno Preatoni (23)  Est. Comunicación Social

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-