"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




LORRIE MOORE

Publicado en De Otros. el 3 de Abril, 2009, 8:43 por MScalona

Lorrie Moore, EE.UU. 1957

                    

Cómo hablar con tu madre

            

                

            

                

1982. Sin ella, hace años ya, murmúrale a la heladera que se descongela:

-¿Qué? ¿Eh? Cállate ya- mientras ella cruje, se queja, gruñe, hasta que el último bloque de hielo cae desde el techo del congelador como algo vencido.

Sueña, y en tus sueños hay bebes con la personalidad de sabuesos, gordos como globos, que flotan junto a las copas de los árboles.

Se implanta quirúrgicamente el primer corazón permanente de poliuretano.

Alguien arriba está pasando Nunca vas a caminar solo en el tocadiscos. Ahora es ¡Oklahoma! Seguramente tienen un libro de música de Rodgers y Hammerstein.

1981. En el transporte público, hay madres con serafines suaves, jabonosos, de corderoy, que te echan una mirada, las caras como dominós de compasión. Los serafines son chicos y tranquilos o cuentan, inquietos, los colores de los asientos de los autobuses:

-Azul-azul-azul, rojo-rojo-rojo, marillo-marillo-marillo. –Las madres ven que miras a sus hijos. Sonríen, con comprensión. Creen que las envidias. Creen que no tienen hijos. Creen que saben por qué. Tú desvía la vista con rapidez, hacia la mancha de la ventanilla.

1980. El murmullo, apuro, golpeteo de las cosas en la cocina. Ésos son algunos de los sonidos que organizan tu vida. El tintineo de la plata dentro del cajón, apilada como huesos en una tumba colectiva. Tus comparaciones se están haciendo amargas, se están cansando.

Eligen presidentes a Reagan, aunque tú distribuiste dulces y panfletos para Carter.

Sal con un Italiano. Él te frotara la panza y dice:

-¿Éstas son marcas de estrías, no? ¿Estrías?-y en tu mente confusa, tú piensas: Marcas de Harpo, Ideas de Marx, Idus de Marzo, Ten cuidado. Él planta besos sobre la rampa inclinada de tu cuello y tú te duermes contra él, la ropa interior descartada, como una cáscara, arrollada alrededor de un muslo como la liga de una novia.

1979. Una vez cada tanto haz viajes más allá de la vieja casa sin vender en la que creciste, ese cruce de caminos con fantasmas, rurales, a dos horas de donde vives ahora. Es como la Noche de Brujas: el parque rastrillado, iluminado por la luna, los árboles descomunales, hinchados, brazos y dedos levantados contra el trapo sin mapa. Las sombras negras se hamacan contra el costado del porche del este. Son sombras de sueños, otras vidas ahí. Da vuelta la esquina despacio pero sigue mirando fijo desde la ventanilla del auto. Esa casa esta hundida en ti muy adentro, algo sigue ahí que conoces, que crees que conoces, una vez la parte superior de esas escaleras, tal vez, una figura en el, porche, un viejo delantal atrapado alto, entre las ramas, en la brisa demasiado tibia-para-una-noche-de-otoño, algo que no está bien, esa ventana en torre que todavía puedes ver desde aquí, desde afuera, pero que no se alcanza desde adentro. (La forma en que te dabas importancia en tu infancia, fantasmal ahora: "Tenemos una habitación misteriosa. La ventana se ve desde el frente, pero no puedes entrar, no hay puerta. Ahí vivió un médico hace años y hacía operaciones secretas y ahora está bloqueada".) La ventana esta ahí, sentada, como un ojo muerto en la torre.

Ves un fantasma, algo como una estatua que gira junto a un arbusto.

1978. Entiérrala en el patio del costado frío, sur de la casa de Noche de Brujas. Tu hermano y sus hijos están ahí. Abrácense. El sacerdote, en un abrigó de escoses deportivo, los campos sin vecinos, el cruce de caminos, todo es como una Kansas desolada. Hay rezos, después alguien esta cavando. La gente camina hacia los autos y se abraza otra vez. Entra en tu auto con tu sobrina. Espera. Mira por la ventanilla. En el cielo de noviembre, un yunque de pájaros, de chochines se mueve hacia el sur, las líneas de la formación, los costados y los vértices misteriosamente coreografiados, tiemblan, fluyen, se cruzan como las piernas de un patinador.

-Van a bajar instintivamente sobre un árbol en alguna parte-dices-, pero faltan muchos kilómetros para eso.

Te maravillas, observas, hasta que, lentos como amebas, quedan oscuros, puntadas lejanas en el horizonte. No arrancas. La sobrina callada a tu lado habla finalmente:

-Tía Ginnie, ¿vamos al restorán con los otros?

Mírala. Reconócela: nueve en un abrigo de piel. Sonríe y arranca el auto.

1977. Ella envejece, se hamaca en su sillón, sin ruido como el viento. Las hebras de la frente del cabello blanco cuelgan, frente a sus ojos, amarillas por tantos cigarrillos. Fuma incluso ahora, la voz ronca de flema. A veces, durante la cena en tu cocinita, se te queda mirando fijo, los ojos reumáticos, después estalla en un ataque de tos que sacude su cuerpito viejo de hombre como una tormenta.

Deja de comer tu papa asada. Pregúntale si esta bien.

Ella va a croar:

-¿No te acuerdas, Ginnie, que tu padre decía que un día, con esos cigarrillos, iba a tener que "enfrentarme al moco"? –Y cuando lo dice, suelta una risita, se ahoga, jadea de nuevo.

Haz que se ponga de pie.

Inclínala contra ti.

Dale una palmada en la espalda curvada.

Pídele que deje de fumar, carajo.

Ella sonreirá y dirá:

-¿carajo? ¿Te parece forma de hablarme a tu madre?

A la noche entra a controlarla. Está acostada, despierta, los labios separados, abiertos, se secan en el aire. Tráele algo de jugo. Ella murmura:

-Gracias, querida.

Su boca huele, se hincha como una tumba.

1976. El bicentenario. En el lavadero, esperas que él tiempo de tus monedas se termine. A través del visor de la secadora, miras cómo saltan y caen tus toallas y sábanas importunadas. La emisora de radio que entra por los caños del techo toca una canción del sello Motown, lenta, triste; la música hace un círculo a tu alrededor con la esperanza desesperada de un chico en un baile, y te hace llorar. Tu madre está tejiendo torcido: rojo, blanco y azul. Dale un beso para saludarla. Di:

-Sí que hacía calor en ese lugar.

Te va a parecer que ella no te oye.

1975. Ve a varias lecturas de poesía en la biblioteca local. Descubre que, en realidad, no sabes escuchar. Mira fijo tus muslos cruzados. Piensa en tu madre. A veces la confundes con el primer hombre que te amó, que enterró su cabeza en las bolitas de lana de tu suéter y dijo cosas magníficas como "Ah, dios, ah, dios", que te amo incondicionalmente, maravillosamente, como una madre.

El poeta pierde valor por un segundo, un golpe de rojo en el cuello y las orejas, pero recupera la compostura. Cuando termina, la gente aplaude. Hay vino y queso.

Vete sola, camina sola hasta casa. Las calles del centro son corredores de luz que se sostienen, frente a la iglesia, frente al centro comunitario. Marcha, como Stella Dallas, la columna recta, a través del melodrama de las lámparas de las calles, los postes de teléfono, hacia la casa verde más allá de la avenida Boreales, hacia el departamento interior con el techo inclinado y la cocina abollada.

Tu horóscopo dice: Sé amable, sé breve.

Estas embarazada de nuevo. Decide lo que vas a hacer.

1974. Ella tiene ataques de una clase de senilidad enloquecida. Te llama al trabajo.

-¡Aquí no hay comida! ¡Ayúdame! ¡Me estoy muriendo de hambre!-aunque tú acabas de comprar cuarenta dólares de alimentos. Ayer.

-Ma, hay demasiada comida ahí.

Cuando llegas a casa, la heladera está casi vacía.

-Mamá, ¿Qué hiciste con toda la leche y el queso y todo?

Tu madre te mira fijo de donde esta sentada, frente al televisor. Las lágrimas le caen de los ojos.

-No hay comida aquí, Ginnie.

Hay un ruido que raspa, que cruje en el lavaplatos. Lo abres, y los ojos de un pequeño roedor brillan cuando te miran. El bicho sale corriendo, hacia las tablas del suelo detrás de la heladera. Aparentemente, tu madre puso todo dentro del lavaplatos. La leche se volcó, una laguna blanca contra el azul, y las cosas como el queso y las manzanas y las peras están masticadas.

1973. En una fiesta cuando una mujer te pregunta dónde compraste ese hermoso par de zapatos, di que crees que comprar ropa es como masturbarte, todo el mundo lo hace pero no es muy interesante y por lo tanto, debe hacérsele a solas, como si se tuviera vergüenza, no es algo que deba ser tema de conversación en una fiesta. La mujer apretará los labios y las cejas y dirá:

-Ah, supongo que tú tienes algo más fascinante de qué hablar.

Ponte torpe e inquieta. Di:

-No- y avanza hacia las bebidas. Dile a la persona que tienes a tu lado que sientes como si tus entrañas se estuvieran hundiendo, o fueran de vinílico, como un baño de Claes Oldenburg. Te van a decir:

-¿Eh?-y señalar que el estampado de tu vestido es uno de esos donde los dibujos búlgaros impregnan otros dibujos búlgaros. Sírvete más ginger ale.

1972. Nixon gana en forma aplastante.

A veces tu madre te llama por el nombre de tu hermana. Di:

-No, mamá, soy yo. Virginia.

Aprende a repetir cosas. Aprende que ustedes tienen una forma de reconocerse una a la otra que de alguna forma se te escapa más allá de las formas que tiene de no reconocerse una a la otra para nada.

Haz pastel de manzana por primera vez.

1971. Vete a caminar mucho rato para escaparte de ella. Camina por áreas boscosas; hay una vida ahí que has olvidado. Los olores y los sonidos parecen súbitos, sin cambios, exactos, el crujido a papel de las hojas, el sobrecito del montón de barro. Los árboles están torcidos como espaldas, los postes de los cercos partidos, confiados y precarios en su sólido apretar de brazos, las ásteres largas y delgadas, secas, blancas, aplastadas por una helada que cayó sobre ellos con demasiada fuerza. Encuentra una hermosa piedra rojiza y tráela a casa para tu madre. Bésala. Di:

-Es para ti.

Ella la toma y sonríe.

-Siempre fuiste una chica tan sensible-dice.

Di:

-Sí. Ya sé.

1970. Estás embarazada de nuevo. Trata de decidir qué vas a hacer.

Córtate el pelo, tan corto como el de un muchacho.

1969. La humanidad salta hasta la Luna.

Por primera vez se venden pañales descartables en supermercados.

Ten amoríos ocasionales con hombres absurdos, tontos, que te dicen que te dejes el pelo largo hasta la cintura y que, cuando estás triste, te hacen cosquillas para consolarte. La luz de la luna a través de las persianas te pinta rayas como una cebra. Te ríes. Nunca te casas.

1968. No te resientas con ella. Piensa en la situación, por ejemplo, cuando sacas la última bolsa de basura de su caja: tienes que tirar la caja poniéndola en esa última bolsa. Lo que era contenido, tiene que contener ahora. Lo que contenía, se vuelve lo contenido, lo  envuelto, lo sostenido. Descubre que te gusta cada vez más musitar sobre cosas como ésas.

1967. Tu madre está enferma y viene a vivir contigo. No hay ningún otro lugar adonde pueda ir. Sientes varios tipos diferentes de vacío.

Se realiza el primer trasplante de corazón exitoso en Sudáfrica.

1966. Confundes amantes, mezclas quién tiene qué cicatriz, qué auto, qué madre.

1965. Fuma marihuana. Trata de pensar que fue lo que hizo que tu vida saliera tan mal. Es como tratar de pensar qué huele mal en la heladera. Podría ser cualquier cosa. La tapa de la mayonesa, el vino de miel del tío  Ron que hace cuatro años que está en el rincón izquierdo, el brócoli que se está poniendo amarillo, que florece rápido. Todas son metáforas. Todos son problemas. Tu horóscopo dice: Habla con dulzura a una persona amada.

1964. Tu madre te hace una llamada de larga distancia y pregunta si vas a ir a verla para el Día de Acción de Gracias, tu hermano y el bebé van a estar ahí. Discúlpate.

-Cuando una madre envejece- dice tu madre-. Este tipo de fiestas se vuelve cada vez más importante.

Di:

-Lo lamento, ma.

1963. Despiértate una mañana con un hombre con el que creías que ibas a pasar el resto de tu vida, y date cuenta, una roca en la boca del estómago, de que en realidad ni siquiera te gusta. Pasa una tarde llorosa en su baño, sin salir cuando él golpea. Ya no puedes confiar ni en tus afectos. La gente y los lugares que crees que amas tal vez sean gente y lugares que odias.

Matan a Kennedy.

Alguien inventa un corazón artificial para usar durante las operaciones.

1962. Ve a probar comida china por primera vez, con un abogado de California. Él te va a mostrar cómo sostener los platitos. Te va a palmear la pierna. Ataca a su profesión. Pregúntale si siente que la ley convierte en pelos largos los palitos diminutos de los hombres.

1961. Muere la abuela Moses.

Eres un zoológico de inseguridades. Empiezas a ponerle brandy a tu café en el desayuno y a enamorarte con demasiada facilidad. Te haces un aborto.

1960. Hay dinero del testamento de tu padre y de su seguro de vida. Te compras un auto y un vestido de terciopelo vede que no necesitas. Manejas dos horas para almorzar con tu madre todos los sábados. Ella sugiere cosas sobre las que puedes escribir, cosas que escuchó en la radio: una mujer con gemelos telepáticos, una mujer sin pies.

1959. En el funeral dice:

-Tuvo sus problemas, pero era un hombre generoso

-aunque tú sabes que era más apretado que un nudo para soltar cosas, no sabía escuchar a nadie, la única vez que recuerdas haberlo querido fue esa vez en que él entendió el remate de uno de tus chistes antes que tu mamá y levantó la vista de su revista de ciencia y se rió a carcajadas, con fuerza, como un gigante, los dos, tú y él, por un momento apenas, en comunión como ángeles en medio de esa habitación, en esa luz mental tibia, compartida.

Di:

-No era malo.

-No deberías ser resentida-ladra tu madre-. Él te financió a ti y a tu hermano en la universidad.-Se abrocha el abrigo.- También fue el primer hombre que aisló un isótopo particular del hielo, me olvido de cómo se llama, pero tu padre debería haber ganado el premio Nobel.-Se toca la nariz.

Di:

-Sí, ma.

1958. En el casamiento de tu hermano, tu padre se va en ambulancia. Un primito susurra en voz alta a su madre:

-El tío Hill, ¿tuvo un ataque al corazón?

Por siete días seguidos dile cosas así a tu madre:

-Estoy segura de que se va a mejorar

Y:

-Yo me quedo, ¿por qué no te vas a casa y duermes un poco?

1957. Baila el calipso con chicos de otra universidad. Enrédate en borgoña del estado de Nueva York, pierde tu virginidad y cómprate una de las primeras máquinas eléctricas portátiles.

1956. Cuéntale a tu madre todos los libros que estás leyendo en la universidad. Eso la va a poner contenta.

1955. Haz una de esas pinturas en las que hay que seguir los números, esas que aparecen en las revistas: una de Elvis Presley. Dile a tu madre que estás enamorada de él. Ella meneará la cabeza.

1954. Roba un suéter de cashmere en un negocio.

1953. Fuma un cigarrillo con Hillary Swedelson. Cuéntense de qué chico gustan. Conviértanse en hermanas de sangre.

1952. Cuando tu madre te pregunta si hay buenos chicos en la secundaria, pregúntale cómo diablos vas a saberlo tú, que tiene que volver, ¡a las nueve! Todas las noches. Las cejas se le van a levantar como telones en el teatro.

-Pobrecita, qué terrible-va a decir.

Di:

-Justamente- y cierra la puerta de un golpe.

1951. Tu madre te cuenta lo de la menstruación. Al día siguiente menstrúas, obediente, tu cuerpo sólo esperaba el permiso, una señal. Te despiertas por la mañana y sientes vergüenza.

1949. Aprendes a hacer globos con  chicle y a sumar números negativos.

1947. Se descubren los rollos del Mar Muerto.

Viste demasiados musicales en Hollywood. Viste a demasiada gente cantando en lugares públicos y supones que tú también puedes hacerlo. Practica. Tu maestro te pregunta algo. Tú gorjeas:

-La respuesta a la número dos es doce. 

La mayor parte de la clase se ríe de ti, aunque algunos se te quedan mirando, los ojos quietos como joyas, fascinados. En casa, tu madre te pide que le pases el plumero a tu cómoda. Consigue un vibrato que podría atravesar un camión. Canta:

-¿Por qué tengo que hacerlo ahora?-y baila a través del comedor. Tu madre te pide que te calmes  y duermas un rato. Grita:-¡No te importo nada! ¡No te importo nada de nada!

1946. Tu hermano pasa Pastelito todo el día en la vitrola.

Pregúntale a tu madre si puedes ir a cenar con Ellen.

Ella dirá:

-Pregúntale a tu padre- y tú harás sonar tus dedos, saldrás caminando del living y gemirás frete a la silla de él. Él está leyendo. Tócale el brazo:

-¿Papi? ¿Pa? ¿Papi?

Él sigue leyendo su revista de ciencia. Haz sonar tus dedos con más fuerza todavía y corre de vuelta hasta la cocina a contárselo a tu madre, que entra como una furia al living, diciendo:

-¿Por qué nunca escuchas a tus hijos cuando tratan de hablarte?

Los oyes discutir. Aprieta la cara contra una toalla en la cocina, avergonzada, el murmullo del motor de la heladera, el goteo de la pileta, te asustan.

1945. Tu padre viene a casa de su trabajo de guerra. Te lleva a caballito alrededor de la mata amarilla, ancha de tu patio, la ventana muerta en la torre, oscura como una herida, te mira. Él te empuja en la hamaca, sin palabras.

Tu hermano tiene amigos nuevos, actúa como si fuera mayor distante, hasta cuando esperan juntos el autobús que los lleva a la escuela.

Pasas mucho más tiempo sola. Le dices a tu madre cuando crezcas vas a llevar a tus bebés a Australia a ver los canguros.

Mueren cuarenta mil personas en Nagasaki.

1944. Viste y acuna a una muñequita diminuta a la que llamas "la Sue". Llévala a todas partes. Piérdete en el mercado de frutos de Wilson Creek y llama con suavidad:

-Mamá, ¿adonde estás?

Mira cómo otros chicos roban uvas pero no te atrevas a hacerlo nunca. Tus ojos son gargantas pequeñas, oscuras, tu mano se aferra a la Sue.

1943. Pregúntale a tu madre sobre bebés. Pregúntale si va a tener un bebé. Pregúntale sobre el bebé que murió. Lora sobre uno de sus brazos.

1940. Aferra el cabello de ella en tu puño. Frótalo contra tu mejilla.

1939. Como a través de una hélice, como a través de una oreja, aquí es donde estás más cerca de las luces de los sueños, las otras vidas.

Hay una carpa de piernas, un partirse de los seres, mientras las dos jadean, ciegas, buscando aire. A través del brillo y del frío, ella sabe cuándo tú tratas de hablarle, aunque eso es algo que tú nunca realmente consigues entender.

Alemania invade Polonia.

La gran canción del año es Tres pececitos y alguien, en algún lugar, la está tocando. 

        

                                                        

      del libro AUTOAYUDA,  Ed. Emecé.-

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-