"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Marosa Di Giorgio

Publicado en De Otros. el 2 de Abril, 2009, 15:01 por MScalona

Urug. 1932-2004

                                    

Camino de las pedrerías

         Estaba sentada delante de la viña, y podía aparecer el monstruo delante de esas viñas. Su edad era la que, justamente, atraía a los monstruos, según decían siempre. Escribió con un palo en la arena de la vid, salpicada de uva, su edad, "trece".

            Tal vez ya había divisado a alguno; aunque no se fijó bien.

            Empezó la noche, o por lo menos, el atardecer, pero ¿cómo? Si era apenas después del mediodía. Así, varias horas para siempre se pedieron. Miró si había nubes y no; sólo vio un cielo negro donde chispeaban ya las estrellas celestes.

            Notó una presencia y no era de planta, no. Un muchacho de la sombra estaba parado delante de ella, como si estuviese en el vano de una puerta inexistente.

            Le dijo; y no entendió bien: -Me llamo Albert… O Alan. Y tú eres… Anastasia.

            No entendió.

            -Anastasia, ven para mí, ven para acá.

            Así, la confundía con una de sus primas. Iba a explicar y no se atrevía. Se puso, tambaleando, de pie. Sentía miedo al estar sentada, y pavor al estar de pie.

            Él le dijo: -Ven, conmigo, ven. A ese árbol que ahí ves. Adentro, tiene un sillón. Donde yo voy con cada… señora… cada vez.

            Y agregó: -Es lo único que yo sé hacer bien. Luego, se le acercó; preguntó sonriendo: -Y tú… ¿Usas bombachas?...

            Ella, sin contestar, pensó, sí, sí.

            Él se atrevió a más.

            Ella recordó que llevaba una de color de rosa, algo abullonada, con dos lazos en ese mismo color. Su mamá la había hecho así.

            Trató, temblando, de liberarse. Él le sujetó un brazo (pero ¿qué era eso que estaba aconteciendo…?) como evitando fuera a escapársele; casi le rompía los huesos. Luego, suavemente, le pegó en la cara. Un alhelí oscuro se desprendió a ella de la nariz. Entonces, él sacó la lengua y sorbió esa sangre, ese coágulo. La abrazó, la besó. La arrastraba hacia el árbol; los pies de ella no caminaban, la llevaba arrastrando, la hizo subir. La sentó en el sillón adentro del árbol.

            ¿Cómo? ¿Y este árbol…así? Nunca lo había visto, siempre pasando por ahí. ¿O recién se había formado?

            -Ves, todo es hermoso acá; descansa –dijo él- y quita ese delantal.

            Mientras el delantal caía, él se transformó; ella lo desconocía.

            Lo veía negro, ahora, brillante, como con un disfraz, como con máscara, y con otra pierna, otro brazo, un gajo en la mano, pero de sí, con la punta quemando, florida. Ella gritó: -¡Aaah!... Él la hostigó, la perforó, así casi de perfil, hasta que él también clamó ¡aaah! Pero en otro tono muy distinto, casi indescriptible.

            Le dijo: -Salta, ¡ahora! ¡Al suelo! ¡Ya!

            A ella le pareció como cuando en los sueños se cae al abismo.

            También cayó la bombacha como un papel salmón, cayó más allá.

            Él huía tal si lo persiguieran, como si por nada del mundo quisiera quedar ahí.

            A ella le rodaba por las piernas una menstruación redonda, despacio, en forma de rosa, en forma de hilo; y de higo negro, perfumado.

            Desde la fronda o de por ahí nomás apareció un perro. Le dijo: -Anastasia, no llores hermosa, te digo que no.

            Anastasia. Seguían equivocándose con el nombre, la seguían confundiendo.

            El perro lamió la rosa, dijo: -¡Ah! –suspiró, se tomó el espíritu de ella, el espíritu de abajo, de adentro. Entonces, se puso en dos pies. Y la abrazó. En idioma de perro, dijo: -Guau, hubiese querido entrar primero. Pero no fue.

            Ya le lamía un oído, le sorbió la boca. Se le cayó un poco ansioso la baba. Estaba en dos patas, en puntas de pie, la tenía abrazada: -Miré bien todo lo que te hizo el otro. Lo miraba desde abajo.  ¡Ya verás!

            De entre las ramas se salió la luna como un espejo.

            Y mostraba a una muchacha color de rosa adherida a un perro.

                              

OBRA REUNIDA, AH Editora.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-