"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Ariadna Machain - Ejercicio nº 2.-

Publicado en Nuestra Letra. el 31 de Marzo, 2009, 13:27 por MScalona

Nirvana

 

 

Como todos los días, agobiada y confundida por el insomnio de la noche anterior, volvía a su casa después del trabajo. Caminaba agitada, con el rumbo fijo y segura como quien conoce el camino señalado por la costumbre.

Avanzaba indiferente, prediciendo que no habría cambios en el cartel de las ofertas del día de la vieja verdulería que con el sucesor de turno permanecía vigente. Esta vez, quizá como consecuencia de un nuevo invernadero o de modernos plaguicidas, los cajones de madera se habían multiplicado, traspasando los límites de las baldosas rotas que antecedían la vidriera, irrumpiendo el frente del tapial vecino. La pared, revestida desorganizadamente con afiches de ideologías combinadas, anunciaba la utopía de un futuro que no era cercano. En medio de ellos, en los huecos libres y como fruto de la inspiración alcohólica-divina se asomaba con furia un graffiti que decía: “La realidad atenta contra los mandatos más recónditos del amor”.

Interrumpiendo su reflexión, el resto de sus sentidos comenzaba a sentir el perfume de las flores exhibidas al público que, por autoría de los artilugios predeterminados de los aniversarios comerciales, debían mantenerse frescas, entremezcladas con las que auténticas, se encontraban marchitas en los balcones.

La cotidianeidad repetía los hábitos de las bocinas y el humo contaminado afirmaban el aire de occidente cuando de pronto, casi bruscamente, aparecían sin consultarla, el éxtasis, la gloria.

Lo presentía y las emociones más sublimes se apoderaban de ella. A lo lejos podía verlo, en el mismo instante que las hojas de otoño caían cerca de sus pies, recordándole aquel día en que las gotas de lluvia mojaron sus zapatos nuevos, esos que con tanto entusiasmo había comprado para la fiesta en que lo cruzó por primera vez.

En segundos, los recuerdos de aquella noche se reproducían en su mente y mientras avanzaba por la vereda de calle Corrientes, en la memoria, todo su ser bailaba fluidamente con la música que resonaba sin darle tregua en su interior.

Permanecía en ella la sensación ambivalente, eterna y efímera, que ni los pasajes bíblicos más elevados en algún tiempo profetizados habían alcanzado. “El estado Nirvana” había leído alguna vez, aunque sabía que lejos estaba de protagonizar un gurú meditando bajo un ombú.

Invadiendo sus sentimientos de mujer, los recuerdos de la libertad de su infancia se entrometían en su retina. Por un momento, el relato de Salvador Gaviota, aquel viejo libro del que sólo recordaba las fotografías impresas de quien, asumiendo el papel principal, había desafiado el psicoanálisis freudiano más desarrollado, apartándose de su instinto animal más elemental para desplegar sus alas más allá de la presa del día.

Respiraba profundamente, convirtiéndose en aquella que años atrás se deslizaba sin preocupaciones sobre un tobogán, sintiendo el temor de que el camino la llevara hasta abajo y terminara con el encanto.

Como la marea, en su interior, las emociones. Por fuera, la frialdad, resistiéndose a las órdenes autoritarias del azar que precisamente ese mediodía húmedo y nublado había escrito el encuentro.

Él, con su hombría definida y el cabello despeinado le dijo “Hola”, sin detener su marcha.

Ella, a través de gestos que la preservaban, le sonrió con la melancolía interna de saberse aterrizar de uno de los viajes más profundos que jamás hubiese emprendido.

Sus pasos programados a destino la llevaban adelante y nuevamente, la realidad la interpelaba por medio de la fachada del edificio viejo y desolado. Llegaba a casa, podía intuirlo por el olor a sopa que venía desde las alturas, saliéndose de las habitaciones antiguas y confundiéndose con las improvisadas e inseguras notas musicales que sin figura definida salían desde un piano de la planta baja. Inconscientemente sus manos revolvían la cartera, buscando la llave de la puerta principal.

En ese momento, sin insinuarlo, las gotas de lluvia mojaban sus zapatos nuevos, esos que había comprado para caminar aliviada después del trabajo y los que, minutos atrás, habían atravesado la vereda en que lo cruzó por segunda vez. De pronto, en el recuerdo, casi bruscamente, aparecían sin consultarla, el éxtasis y la gloria.

                            

                     

                    

 

ARIADNA  MACHAIN    (26)  Abogada

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-