"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




EL PORTADOR (frag. inédito)

Publicado en Nuestra Letra. el 20 de Febrero, 2009, 14:39 por MScalona

                                        

               

                                                  

                                                  

Pamela no tenía inhibiciones. Quedó bien claro cuando quiso manejar el BM y Javier le dijo que de ninguna manera. Que él era tolerante en todo, pero siempre había un límite.  En mi caso, dijo, nunca comprendí por qué designio, azar o bendición, una mujer que conduce un auto, llega a destino.

La chica no era tonta, dijo que ella había aprendido a manejar a los once, cuando todavía no estaba definida y se llamaba Aldo. Por lo demás -dijo- era una lástima que Javier fuera tan estirado: - ...que la mujer no maneje, que no se pinte,  una lástima,  hubiéramos podido divertirnos- y se le colgó del hombro izquierdo, del mismo lado que tenía un pañuelo que le hacía un cabestrillo hasta la muñeca donde terminaba el vendaje de la mano.  Le gustó a él el abrazo y más el perfume, fuerte y dulce. Se sentía tan fresca, tan sana, tan sin pose ni mentira. Esa cosa indefinida la hacía parecer un efebo. Y era bonita,  los rasgos de niño que le quedaban eran suaves y no se le habían deformado con el crecimiento. ¿Cómo decirlo...? Un niñoniña, como esos angelitos vacilantes de Bouguereau pero en el cambalache y cuanto más pasaba el tiempo, más le parecía una muchachita: porque en ningún momento su aspecto representaba al marica o el travesti. Había algo ambiguo, pero en el sentido que todos tenemos. Era una niña, una jovencita con cierto aire varonil,  pero de antes, de haber sido un niño en otra vida que ya había evolucionado hasta convertirse en una mujer.

Y tan así, que puesta al volante y con los ejercicios que tenía que hacer con las piernas, para los frenos, embrague y todo eso, dejaba lucir unos muslos estupendos,  largos,  ágiles y macizos, pero no con la esfinge del deportista, del varón de gimnasio, sino con la forma suave y redonda de las mujeres.  La verdad es que a Javier le bastó un viaje de diez cuadras para convencerse de que ella era lo más apropiado para  conducir su auto, incluso, vestida de leopardo.

Dijo que le gustaba la cabina con más espacio, y en mitad de la marcha corrió hacia atrás el asiento del conductor. Lo hacía adrede, sobreactuaba las piernas al conducir para liberar una bombachita blanca de encaje que asomaba del leopardo como un aliado invitando a la trinchera. Y se reía de todo, de las esquinas, de los peatones, de los imprudentes y de los veloces.  Él pensaba que hubiera puteado a más de cinco en el trayecto, pero se ve que la vida debajo de los puentes era otra cosa y empecé a sentirme relajado, dichoso de compartir su risa y tararear un estribillo que salía del estéreo,  que por cierto, no era de Bill Evans sino de Calamaro.  Si el viaje hubiera durado un día entero y fuera el último, hubiera estado satisfecho. Se hubiera enamorado rápido, ya vería si era recíproco, si era mujer o varón. Lo que importaba  era la ausencia de poses. Ella daba ese tipo y ya casi le iba a sugerir algo cuando sin querer me toqué el revólver,  se vio el semblante turbio en el espejo y más allá un auto negro, sin patente, que los venía siguiendo. Nos siguen, dijo, y torpemente quitó el seguro del Smith and Wesson.

- Son nuestros -dijo la chica-.  Es un Ala Uno, un protector, por las dudas.  Los móviles nuestros se llaman Ala,  ¿no leíste las instrucciones? Los de color negro, son Uno. Son los mejores,  mejor auto y mejor gente. Los azules son Dos, los rojos son Tres  y así sucesivamente.

- ¿Y cuántos colores tienen?

- No sé bien, yo conozco los colores primarios nomás, pero sé que hay mezclas. Se ve que el Portador te aprecia, porque los Ala Uno no salen para nadie. A lo sumo van con la madre o el santo. 

- ¿Quién es el santo?

- No sé bien, otros compañeros lo nombran con unción y misterio, pero no sé quién es. Es un protector de Furlet, alguien importante que lo guía. La leyenda dice que el santo lo bautizó.

- ¿Por qué le dicen el Portador?

- Por la pija; los más elementales lo dicen por el miembro, que lo tiene como un brazo, un miembro haitiano. Dicen que le creció culeando canas en la Jefatura. Pero bueno, es grande... sí, te impresiona verla dormida y amasarla.  Pero no es el tamaño,  las cosas hay que saber usarlas. Lo que vale es el oficio.

Y mientras lo decía, su mano hizo un roce desde la palanca de cambios a la bragueta de él que venía levantando. Cada vez que agarraba la cabeza redonda de la palanca,  la suavidad y la malicia de los dedos de la chica le rozaban el glande. Empezó a contarle una historia acerca del estilo, esa cosa remanida de que el tamaño no es  importante. Ustedes disculpen si Javier no es textual en este punto, la situación era precipitada, ya había perdido mucha sangre y estaba a punto de perder cuatrocientas calorías. Pamela dijo: - Una de mis maestras en el oficio, la Farah Diva, un día se cansó de que la cana nos cogiera gratis y mató al Jefe de Robos y Hurtos con un balín del 22, ¿qué te parece? Hay que saber usar un fierro para embocar un monstruo de dos metros con un revolvito así... Pobrecita, la Farah, después dijeron que se  había ahorcado en la celda, con el cinto. Psé... jamás usó pantalones. Pero gracias a ella, nosotras nos dignificamos. Y no fue el tamaño, ¿entendés?, fue el estilo. Desde entonces, la cana cobra en dinero su parte. Y si quieren coger, pagan con guita. ¡Hijos de puta, algún día van a pagar hasta las pizzas !

Ya veo, dijo Pereda, y guardó silencio mientras aseguraba otra vez el arma. La aseguraba de él, porque estaba inquieto, porque no le hubiera embocado al policía ni con un lanzallamas. No era difícil imaginar la identidad del santo y su domicilio, a esta altura de las sorpresas, no le hubiera asombrado que en el convento de los Capuchinos hubiese una baticueva. Más extraño era que la chica hablara con estos modos de autodidacta, de leída, de informada.  Era seguro que no había ido a la escuela y acababa de nombrar a su maestra en la vida. ¿Cómo podía entonces una chica leopardo, pintada como  payaso,  analizar conductas y augurar que el policía que coimea la pizza era un tipo antropológico caduco?

Acaso ella tuviera en la amueblada otra biblioteca infinita como la de Furlet. Acaso Furlet le diera las clases y por eso le decían el maestro o acaso fuera lugarteniente del hombre al que llamaban comandante. Acaso fuese su novia o su amor o su trola y de escucharle todo el tiempo le habían quedado esos latiguillos. O acaso fuese la esperanza,  lade Pereda, que necesitaba creer en algo. O la de todos, incluido el santo, que quién sabe por qué designio, bendición o azar, nos había reunido en este ejército de locos,  enclenque,  impreciso.  Y quién sabe lo que era, si un designio, una bendición o un azar de llanto.                                                                                           

A Javier le bastaba con la bandera blanca de encaje. Ni celeste ni blanca, ni siquiera un banderín centralñubel...  otra clase de literatura le había dicho a Furlet.  La bandera, para él, eran las tres capas sociales anquilosadas en un corsé de hierro, el de las armas de los milicos que garantizaba la torre. Una clase sobre otra; la alta sobre el medio, y todo sobre los negros. La bandera representaba ese orden, una temporada de hambre y frío para los de abajo. Eso era la guerra. Y siempre había sido, por eso no le interesaba y se lo había dicho. Ninguna bandera, salvo ésta, la de puntillas, femenina, aunque fuera Aldo el nombre de pila. Aldo sudado por el deseo. Alas del deseo y otra vez escapaba por las consonancias.

                        Javier lo sabía en carne propia, había salvado su vida con lencería de jovencitas y la fórmula no estaba en los libros, se lo habían enseñado un ujier, un repuestero de motos y las masajistas de Vinuesa. Eso y la vereda del sol. Y el BM. Y la bandera blanca de encaje.    

La duda era qué habría detrás de la bandera, porque la chica se llamaba Aldo y la mano era más rápida que la cabeza.  Pereda sabía que tenía que aguantar, pero el cuerpo está hecho de otra cosa. ¿Y si era mina de Furlet? ¿O del novio de Furlet? ¡Quién podía saber nada entre estos tipos!

Por mirarte estoy accidentado, tengo miedo de no recuperar... decía la canción de Calamaro que salía del estéreo argentino compatible. Él tarareaba y hacía teclados en el tablero de cuerina, golpeteaba con la mano entera y pensaba en qué charco estarían el anular y el dedo medio de la mano izquierda. Ya no podría tocar el piano… sin embargo el rabillo del ojo le devolvía la felicidad,  de costado veía flamear la insignia nacional del ejército del Portador,  Pamela se subía cada vez más la pollera de leopardo y él cada vez más alto en el mástil.

Por la avenida costanera había un nudo de tránsito, un mar de conductores en fila o domingueros de los que acatan todas las señales. El paseo Colón estaba infestado de patrulleros, así que la chica pegó un volantazo y subió por México hasta Defensa y por allí con dos esguinces hasta Bolívar y Perú.  Su pericia al volante le recordó su nombre de pila, de antes: Aldo. Y para festejar su hazaña conductiva terminó de levantarse la mini con la mano y entraron al Parque Lezama en hurra, volando, a fondo. 

Paró en un kiosco por cigarros, cervezas y otras cosas. Cuando el Ala Uno se acercó a ver qué pasaba, Pamela les sacó la lengua, se la pasó húmeda y carnosa por los labios y la metió para adentro, contra la pared de la boca semejando una fellatio.

Tiró en el asiento un pack de seis latas de cerveza, tenía un cigarro  prendido en la boca y no sé bien con qué mano se preparó un saque.  Aspiró la pala, largó el humo y puso primera.  Se vio de nuevo la punta de la insignia de encaje que a causa del sudor iba perdiendo el blanco inmaculado.  Todos los olores conducían a la embriaguez: lúpulo,  tabaco,  Chanel  y los fluidos de los cuerpos. Y la imaginación, que todo lo exagera. ¡Vaya a saber cuántos eran en la cabina del auto...! Él contaba por lo menos tres cuerpos sudorosos que ya no podían evitar el roce: él, el Aldo y Pamela.  La próxima vez que lo tocara le saltaría. Y así fue, escolar del ciclo básico en busca de la bandera blanca, como la mayoría de los héroes, por impulso, por instinto, por estar ahí. ¿Acaso una batalla no es una orgía? La chica hablaba sin pausa, ustedes disculpen si Pereda no es muy textual en esta parte, es que las últimas frases coincidieron con la ruta del cierrefácil a todo lo largo del leopardo sintético, un vestidito de la casa Etam. Le quedó solamente la bandera blanca. Y las palabras. Pueden faltar algunas, pero la chica dijo más o menos así: -Para los elementales, la visión santa es la forma, el tamaño, la fuerza, las proporciones ...aunque los deformes tienen lo suyo. El hombre es primitivo, ciego, hay que buscar con las manos, la boca,  el pelo. El fuego brota de las fricciones.  Los tesoros se guardan  en huecos pequeños y lo más hermoso es la ilusión de poder abrirlos. Con llave, con fuerza o con jugos y modos de seda.  Hay agujeros que se niegan al principio y puertas que rechinan, para eso se inventaron los aceites y las sorpresas. Empezará como un hurto y acabará en un saqueo.                                                                                          

De ahí en adelante Javier pudo acordarse de los gestos, no de las palabras.  Si esto era una religión,  entraba y salía del arca, mete y saca. No podía parar de quemar, de romper la bombacha, de echar simiente,  blanca, espesa, abundante. Como una hostia, aunque cayera afuera de la boca, en la cara, o sobre el asiento del BM, de un cuero de unas vacas criadas en Escocia, sin alambrado de púas. Pero la violencia es inevitable cuando hay tanto deseo y poco espacio. No acertaba a saber con qué mano o cómo sacar el último encaje. La chica no lo dejaba romperla ni hubiera podido, como hacen en las películas. La deslizó suave entre las piernas y mete y saca, esta vez una lluvia de fuego, de sangre y hacia adentro, dio una vuelta imaginaria y saltó por el torrente de su lengua, las tetas y las manos. Por fin saltó su lluvia blanca, afuera, a su boca, la cara y el asiento cuerovaca de Escocia.

La mano más próxima de Javier era la mutilada, pero el deseo se extendía hasta las partes ausentes. Se dice que los mutilados conservan la sensibilidad de los miembros que faltan, así como hay quienes los tienen y no sienten nada.  Se quitó el pañuelo que sostenía la armadura de los vendajes. El dedo medio que faltaba era útil para lo que quería hacer, tarea específica de esa falange. Como un cyber se ayudó con las gasas, las tablillas de torniquete y todo lo que componía ese muñón consolante.  Consolante para ella, que emitía gemidos dulces, suaves y estudiados. Abrió esa boca inmensa, tenía unos dientes blanquísimos y la lengua le transmitió una energía, una fuerza y un deseo que solo podía atribuir a la vida salvaje de abajo de los puentes.

Salió todo de adentro de él y sin embargo aún le faltaba entrar,  meterse en su cuerpo. Recién allí sería completo para los dos. Carne y carne o comunión decía. La comunión de los santos y otras cuatrocientas calorías.  Para los dos, porque ella también era el Aldo. Javier sintió que llegaba la delicia de la gloria, un éxtasis irrefrenable y ningún santo podría negarse.  Ella se puso perrito, apretó sus nalgas, la resistencia decía que eran de quince, diecisiete… máximo ventiluces… Mojó con saliva y preparó el hueco: mete y saca y atrás y adelante. Se puse loco cuando sintió que se venía, que gritaba sin estudio, sin pose. Dejaron el chorro adentro, esa ilusión de que tirarlo es desperdicio. Ni el lugar ni la hora.  Entonces ella gritaba: -...dale, dale, dale ...sí, sí, loco, loco, loco- y empezaron a abrirse puertas y ventanas de todo el vecindario.  ¡Quién diría...! Javier Pereda acababa de hacerse coleccionista de los discos de Calamaro.                                                       

                                      

MARCELO SCALONA,  novela   El Portador,   Dir. Nac. der. autor exp. 15.226/99

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-