"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Jonathan Franzen

Publicado en De Otros. el 13 de Febrero, 2009, 8:36 por MScalona

Franzen, EE.UU., 1959

                                               

                                    

LAS  CORRECCIONES

Jonathan Franzen,    Ed. Alfaguara,  p. 329.337

El doctor Mather Hibbard tenía una cara grande, de piel un poco basta, parecida a la cara del actor italonorteamericano que tanto le gustaba a la gente, el que una vez hizo de ángel y otras, de bailarín de discoteca.

-Hola, ¿Cómo andamos hoy? -dijo, en una exhibición de perlados dientes. Enid lo siguió vestíbulo adelante, hasta llegar a la consulta. Una vez allí el hombre le indico que tomara asiento en el sillón de las visitas, frente a la mesa.  

-Soy la señora Lambert -dijo ella-. Enid Lambert, del B11. Vengo a ver si me puede usted ayudar.

-Eso espero. ¿Qué le ocurre a usted?

-Estoy teniendo dificultades.

-¿Problemas mentales? ¿Problemas emotivos?

-Bueno, es mi marido…

-Perdone. Un momentito, eh?, un momentito -el doctor Hibbard se agachó un poquito, sonriendo malévolamente-. ¿Dice usted que tiene problemas?

Tenía una sonrisa adorablemente propia, que tomó de rehén la parte de Enid que se derretía ante la contemplación de unas crías de foca o unos gatitos, y se negó a soltarla hasta que ella, no sin algún resentimiento, le devolvió la sonrisa.  

-El problema que yo tengo -explicó- son mi marido y mis hijos.

-Perdone otra vez, Edith. ¿Tiempo? el doctor Hibbard se agachó aún más, se puso la cabeza entre las manos y la miró entre ambos antebrazos-. Seamos claros. ¿Es usted quien tiene el problema?

-No. Yo estoy bien. Pero todo el mundo a mi…

-¿Siente angustia?

-Sí, pero….

-¿Duerme mal?

-Exactamente. Mire, mi marido…

-Edith. ¿Dijo usted Edith?

-Enid. Lambert. L-A-M-B…

-Enith. ¿Cuánto da cuatro por siete menos tres?

-¿Cómo? Bueno, está bien. Veinticinco.

-Ajá. Y ¿en qué día de la semana estamos?

-Lunes.

-Y ¿Qué paraje histórico de Rhode Island visitamos ayer?

-Newport.

-Y ¿está tomando algún medicamento contra la depresión, la angustia, el desorden bipolar, la esquizofrenia, la epilepsia, el parkinson o cualquier otro desorden psiquiátrico o neurológico?

-No.

El doctor Hibbard asintió con la cabeza y se enderezó en su asiento, abrió un cajón  de corredera de la consola que tenía a la espalda y extrajo de él un puñado de paquetes de plástico y papel de estaño, muy alegres. Apartó ocho unidades y se las colocó delante a Enid, encima de la mesa. Tenían un aspecto de cosa carísima, que no le gustó nada a ella.

-Es un fármaco nuevo, muy bueno, que le va a sentar a usted estupendamente -recitó Hibbard, en sonsonete monocorde.

Luego le guiñó un ojo a Enid.

-¿Perdone? 

-¿No nos hemos entendido bien? Creo que usted ha dicho <<tengo problemas>>. Y habló de ansiedad y alteraciones del sueño.

-Sí,  pero lo que quería decir era que mi marido…

-Marido sí. O mujer. Suele ser el cónyuge con menos inhibiciones quien viene a verme. En realidad, es el miedo paralizante a pedir Aslan lo  que hace que Aslan venga a ser, por lo general, lo más indicado. Es una medicina que ejerce una notable efecto de bloqueo en la timidez <<profunda>> o <<mórbida>>.

La sonrisa de Hibbard era como una mordedura reciente en una fruta blanda. Tenía pestañas de animalito lujoso, una cabeza que invitaba a darle palmaditas.

-¿Le interesa?- preguntó-. ¿He conseguido llamar su atención? Enid bajó los ojos. Le habría gustado saber si puede uno morir por falta de sueño. Como el que calla, otorga, Hibbard  prosiguió:

-Tendemos a considerar que un depresivo clásico del sistema nervioso central, como el alcohol, elimina la <<timidez>> o las <<inhibiciones>>. Pero apelar a tres martinis para superar la <<timidez>> equivale a reconocer la existencia de esta <<timidez>>, sin reducirla en absoluto. Piense en los profundos remordimientos que surgen una vez disipado el efecto de los martinis. Lo que ocurre, Edna, a nivel molecular, cuando se bebe uno de esos martinis, es que el etanol impide la recepción del Factor 28A que las personas con problemas de <<timidez>> morbosa o profunda poseen en exceso. Pero el 28 A no por ello resulta adecuadamente metabolizado o absorbido en la zona de recepción. Permanece almacenado en la zona de trasmisión, de modo temporalmente inestable. De manera que, en cuanto desaparece el efecto del etanol, lo que ocurre es que el receptor recibe una verdadera inundación de 28 A. Hay una estrecha relación entre el miedo a resultar humillado y el deseo de resultar humillado: lo saben los psicólogos, lo saben los novelistas rusos. Y resulta que no sólo es verdad a secas, es vedad-verdad. Verdad a nivel molecular. Resumiendo: el efecto del Aslan en la química de la timidez no se parece en nada al efecto de los martinis. Aquí estamos hablando de eliminación total de las moléculas de 28 A. El Aslan en un feroz depredador.

Evidentemente, ahora le tocaba hablar a Enid, pero en algún momento del discurso anterior se había quedado sin pistas.

-Mire doctor, lo siento -dijo-, pero no he dormido y estoy un poco confundida.

El doctor frunció su adorable entrecejo.  

-¿Confundida, o confundida-confundida?

-¿Perdón?

-Me ha dicho usted que tenía <<problemas>>. Lleva usted encima ciento cincuenta dólares en efectivo o en cheques de viaje. Basándome en sus respuestas clínicas le he diagnosticado una distimia subclínica sin demencia observable, y  a continuación procedo a suministrarle, sin cargo, ocho envases de Aslan <<Crucero>>, con tres pastillas de treinta miligramos cada una. Con ello bastará para que disfrute plenamente de lo que queda en este crucero, aunque más tarde deberá seguir el programa treinta-veinte-diez que se recomienda para la disminución gradual de la dosificación. Con todo, Elinor, debo advertirle que si se siente usted confundida-confundida, y no confundida a secas, ello puede obligarme a variar mi diagnóstico, lo cual a su vez pondría en serio peligro su acceso al Aslan.

Sobre estas palabras alzó Hibbard las cejas y silbó unos cuantos compases de una melodía que perdió la entonación, por culpa de la sonrisa de falsa incredulidad.

-No soy yo quien se siente confundida -dijo Enid-. Es mi marido quien se siente confundido.

-Si por confundido debemos entender confundido-confundido, entonces debo expresarle mi sincera esperanza de que su intención sea limitar el Aslan a su uso personal, sin suministrárselo a su marido. El Aslan está fuertemente contraindicado en caso de demencia. De modo que debo insistir, oficialmente, en que utilice este fármaco respetando las indicaciones y sólo bajo mi estricta supervisión. Claro que, en la práctica, no soy tan ingenuo. Comprendo que un fármaco tan potente y tan capaz de aportar alivio, un fármaco que aún no está disponible en tierra firme, vaya de vez en cuando a caer en otras manos.  

Hibbard silbó otros varios compases sin melodía, actuando como los personajes de dibujos animados cuando deciden ocuparse de sus propios asuntos, sin por ello dejar de observar a Enid, a ver si todo aquello le estaba resultando entretenido.

-Mi marido se comporta de un modo muy raro, a veces, por las noches  -dijo ella, apartando los ojos-. Se agita mucho y se pone muy difícil, y no me deja dormir. Luego me paso el día arrastrándome de un lado para el otro, cansadísima y de mal humor. Lo cual me impide hacer todas las muchas cosas que quiero hacer.

-El Aslan la ayudará -le aseguro Hibbard, con más sobriedad en el tono-. Muchos pasajeros lo consideran más importante, como inversión, que el propio seguro de cancelación. Con todo el dinero  que ha pagado usted por el privilegio de estar aquí, Enith, qué duda cabe, nadie puede discutirle el derecho a sentirse en plena forma todo el tiempo. Pelearse con el marido, estar muy preocupada por la mascota que se ha quedado sola en casa, o ver desaires donde no los hay, son cosas que usted no puede permitirse. Mírelo así. Si el Aslan evita que se pierda usted, por culpa de la distimia subclínica, una sola de las actividades de las Pleasurelines que tiene pagadas de antemano, ya saldrá usted ganando. Con lo cual estoy diciéndole que esta consulta de precio fijo, a cuya conclusión recibirá usted ocho paquetes de muestra gratuita de treinta miligramos de Aslan <<Crucero>>, le habrá valido la pena.

-¿Qué es el Ashland?

Alguien llamó a la puerta, y Hibbard sacudió los hombros como para despejarse la cabeza.

-Edie, Eden, Edna, Enid, perdóneme un momento. Estoy empezando a comprender que está usted confundida-confundida en lo tocante a la psicofarmacopea de vanguardia mundial que las Pleasurelines tienen el orgullo de ofrecer a sus distinguidos pasajeros. Veo que necesita usted  más aclaraciones suplementarias que la mayor parte de nuestros clientes. De modo que si me perdona un instante…

Hibbard sacó ocho paquetes de muestra de Aslan de su consola, se tomó la molestia de cerrar ésta y echarse la llave al bolsillo, y salió al vestíbulo. Enid oyó el murmullo del doctor y la ronca voz de un hombre mayor, contestando <<Veinticinco>>, <<lunes>>y <<Newport>>. No habían pasado dos minutos y ya estaba de regreso el buen doctor, con unos cuantos cheques de viaje en la mano.  

-¿Es correcto lo que hace usted? -le preguntó Enid-. Quiero decir desde el punto de vista legal.

-Buena pregunta, Enid, pero óigame lo que le digo: es maravillosamente legal.

Examinó uno de los cheques, como pensando en otra cosa, y luego se los guardó todos en el bolsillo de la camisa.

-Pero sí, es una excelente pregunta. Una pregunta de primera. La deontología medica me impide vender los fármacos que receto, así que lo único que puedo hacer en dispensar muestras gratuitas, lo cual se da la afortunada circunstancia de que encaja plenamente en la política de las Pleasurelines de tutto é incluso. Lamentablemente, dado que el Aslan aún no ha recibido todos los permisos que la ley norteamericana prescribe, y dado que casi todos nuestros pasajeros son norteamericanos y dado que, en consecuencia, el creador y fabricante de Aslan, Farmacopea S.A, carece de incentivos para promoverme de muestras gratuitas suficientes para atender la extraordinaria demanda, lo que hago, por pura necesidad, es comprar muestras gratuitas a granel. De ahí los honorarios de mis consultas, que de otro modo podrían parecer algo exagerados.

-¿Cuál es el valor real en efectivo de las ocho muestras? -le preguntó Enid.

-Dado su carácter gratuito, y que esta prohibida su comercialización, su valor monetario es nulo, Eartha. Si lo que me preguntas es cuánto me cuesta ofrecerte este servicio sin cobrarte nada, la respuesta es unos ochenta dólares de los Estados Unidos.

-¡A cuatro dólares la pastilla!

-Exacto. La dosis plena para pacientes de sensibilidad normal es de treinta miligramos el día. Dicho de otro modo: una pastilla con capa protectora. Cuatro dólares diarios por sentirse estupendamente: habrá pocos pasajeros a quienes no les parezca una ganga.

-Bueno, pero dígame: ¿qué es el Ashram?

-Aslan. Se llama así, según cuentan, por una criatura mítica de alguna mitología antigua. Mitraísmo, adoración del sol, etcétera. Para decirle más, tendría que inventármelo. Pero cero que Aslan era una especie de león bueno. El corazón de Enid brincó en su jaula. Tomó un paquete de muestra de encima de la mesa y examinó las pastillas a través de sus burbujas de plástico duro. Cada pastilla dorada, color león, presentaba una hendidura central por donde partiría en dos y llevaba como blasón un sol de muchos rayos, ¿o era la cabeza, en silueta, de algún león de rica melena? La etiqueta era ASLAN Crucero.

-¿Qué efecto tiene?  

-Ninguno- replicó Hibbard-, para las personas en perfecto estado de salud mental. Pero, seamos francos, ¿hay alguien que responda a esa definición?

-Y ¿Qué pasa si no está uno en perfecto estado de salud mental?

-Aslan  suministra una regulación de factores verdaderamente de vanguardia. Los mejores fármacos ahora autorizados en Norteamérica son como un par de Marlboros y un cuba libre, comparados con Aslan.

-¿Es un antidepresivo?

-Sería una forma muy tosca de expresarlo. Llamémoslo, mejor, <<optimizador de personalidad>>

-Y ¿por qué <<Crucero>>?

-Aslan optimiza en dieciséis dimensiones químicas-dijo Hibbard, haciendo gala de gran paciencia-. Pero adivine que. Lo óptimo para una persona que está disfrutando de un crucero marítimo no es óptimo para quien está funcionando en su puesto de trabajo. Las diferencias químicas son muy sutiles, pero también puede ejercerse un control muy calibrado, de modo que ¿por qué no hacerlo? Además del Aslan <<Básico>>, Farmacopea comercializa otras siete presentaciones. Aslan <<Esquí>>, Aslan <<Hacker>>, Aslan <<Ultra Rendimiento>>, Aslan <<Adolescentes>>, Aslan <<Club Méditerranée>>, Aslan <<Años Dorados>>… Y me olvido uno, Ah, sí: Aslan <<California>>. Con mucho éxito en Europa. En el transcurro de los dos próximos años está previsto elevar a veinte el número de presentaciones. Aslan <<Súper Estudiante>>, Aslan <<Cortejo>>, Aslan <<Noches en blanco>>, Aslan <<Desafió a Lector>>, Aslan <<Selecto>>, blablá, blablá. La probación en Estados Unidos por parte de los organismos competentes aceleraría el proceso, pero habrá que esperar sentados. Si me pregunta usted, ¿qué distingue <<Crucero>> de los demás Aslan? La respuesta es: que pone el interruptor de la ansiedad en No. Baja ese pequeño indicador hasta situarlo en cero. Algo que no hace Aslan <<Básico>>, porque en el funcionamiento cotidiano es deseable un moderado nivel de ansiedad. Yo, por ejemplo, estoy ahora con el básico, porque me toca trabajar.

-¿y c…? 

-Menos de una hora. Ahí esta lo más esplendoroso del asunto. La acción es prácticamente instantánea, sobre todo si la comparamos con las cuatro semanas que necesitan algunas de las pastillas antediluvianas que se siguen tomando en Estados Unidos. Empieza usted hoy a tomar Zoloft, y con un poco de suerte a lo mejor empieza a sentirse mejor el viernes que viene.

-No, digo que cómo hago para seguir tomándolo en casa.

Hibbard miró el reloj.

-¿De que parte del país eres, Andie?

-De St. Jude, en el Medio Oeste.

-Bien. Entonces, lo  mejor es que se consiga Aslan mexicano. O, si tenes amigos que viajan a Argentina o Uruguay, puedes llegar a algún acuerdo con ellos. Ni que decir tiene que si le tomas afición al fármaco y deseas una disponibilidad total, las Pleasurelines estarán encantadas de recibirte de nuevo a bordo.

Enid frunció el ceño. Este doctor Hibbard era muy buen mozo y muy carismático, y a ella le encantaba la idea de una píldora que le ayudara a disfrutar del crucero y, al mismo tiempo, a cuidar mejor de Alfred. Pero el buen doctor se pasa de labia. Y, además, Enid se llamaba Enid. E-N-I-D.

-¿Está usted total y absolutamente seguro de que me  hará bien? –  dijo- ¿Está superconvencido de que es lo mejor que puedo tomar?

-Te lo garantizo-dijo Hibbard, guiñándole un ojo.

-Pero ¿Qué significa optimizar?

-Notarás una gran capacidad de resistencia emotiva -dijo Hibbard-. Te sentirás más flexible, más confiada, más contenta contigo misma. Te desaparecerán la angustia y el exceso de sensibilidad, así como la mórbida preocupación por la opinión de los demás. Cualquier cosa de la que ahora te avergüences…

-Sí -dijo Enid-. Sí.

-<<Si surge, ya hablaremos de ellos, Si no, ¿para qué mencionarlo?>> Esa será tu actitud. La bipolaridad de la timidez, un círculo vicioso de la confesión al engaño y del engaño a la confesión… ¿Es algo de eso lo que te hace sentir a disgusto?

-Veo que usted me comprende. 

-Es todo por la química cerebral, Elaine. Un fuerte impulso de contar las cosas, un impulso, igual de fuerte, de ocultarlas. ¿Qué se un impulso fuerte? ¿Qué va a ser, sino química? ¿Qué es la memoria? ¡Un cambio de tipo químico! O quizá un cambio estructural, pero, ¿sabes qué? Las estructuras están hechas de proteínas. Y ¿de que están hechas las proteínas? De aminas.

A Enid le paso por la cabeza, haciéndole sentirse vagamente inquieta, la idea de que eso no era lo que enseñaba su iglesia -sino que Cristo sin dejar de ser un trozo de carne colgando de una cruz, era también Hijo de Dios-, pero las cuestiones de carácter doctrinal siempre le habían parecido disuasoriamente complejas, y el reverendo Anderson, el de su Iglesia, tenía cara de bondad y gastaba bromas en los sermones y hablaba de los chistes del New Yorker o de escritores seglares como John Updike, y nunca incurriría en nada molesto, como decirles a sus feligreses que estaban condenados, lo cual habría sido absurdo, porque todos ellos eran gente cariñosa y simpática, y luego, además, Alfred siempre se había burlado de su fe, y a ella le resultó más fácil dejar de creer (si es que alguna vez había creído) que tratar de vencer a Alfred en un debate filosófico- Ahora, Enid pensaba que uno se muere y se acabó, muerto queda, y el modo que tenía el doctor Hibbard de presentar las cosas le parecía bastante lógico.

Pero nunca había comprado nada sin ofrecer resistencia, de modo que dijo:

-Mire, yo soy una vieja tonta del Medio Oeste, o sea que eso de cambiar de personalidad no me suena muy bien.

Puso una cara muy larga y muy preocupada, no fuera a ser que no se le notara la desaprobación.

-¿Qué tiene de malo cambiar? -dijo Hibbard-. ¿Tan contenta estás de cómo te sientes ahora?

-Pues no, pero si me convierto en otra persona después de tomar la  píldora esta, si me vuelvo diferente, no puede ser nada bueno, y…

-Créeme que te comprendo muy bien, Edwina. Todos nos apegamos de un modo irracional a unas determinadas coordenadas químicas de nuestro carácter y temperamento. Es  una variante del miedo a la muerte, ¿cierto? Ignoro cómo sería dejar de ser el que ahora soy. Pero ¿sabes qué? Si <<yo>> ya no está ahí para notar la diferencia, a <<yo>> qué más le da. Estar muerto es problema si uno sabe que está muerto, lo cual es imposible, precisamente por estar muerto.

-Pero es que suena como si esa medicina hiciera iguales a todos los que la toman- 

-Eh eh ¡bip bip! ¡Error! Porque, ¿sabes qué? Dos personas pueden tener la misma personalidad y seguir siendo singulares. Dos personas con el mismo coeficiente intelectual pueden diferir en cuanto a sus conocimientos y al contenido de sus memorias. ¿Cierto? Dos personas muy cariñosas pueden tener objetos de afecto completamente distintos. Dos individuos idénticos en su aversión al riesgo pueden diferir por completo en cuanto a los riesgos que cada uno evita. Puede que Aslan nos haga a todos un poco más parecidos, pero sabes qué Enid? No por ello dejamos de ser singulares.

El doctor soltó una sonrisa especialmente encantadora, y Enid, teniendo en cuenta que, según su cálculo, la consulta iba a costarle 62 dólares, decidió que el hombre ya le había dedicado la suficiente atención y el suficiente tiempo, e hizo lo que supo que iba a hacer desde la primera vez que puso los ojos en las leoninas y soleadas pastillas. Abrió el bolso y extrajo 150 dólares en efectivo del sobre de las Pleasurelines donde llevaba sus ganancias de las tragamonedas.

-Puro gozo del León -dijo Hibbard, guiñándole el ojo, mientras le acercaba, haciéndolo deslizarse sobre la mesa, en montoncito de paquetes de muestra-. ¿Quieres una bolsa?

Con el corazón batiéndole en las sienes, Enid regresó a la zona de proa de la Cubierta B. Tras la pesadilla de los días y noches precedentes, de nuevo tenía algo concreto que esperar; y qué tierno, el optimismo de quien lleva encima una droga recién conseguida y de ella espera que le cambie la cabeza; y qué universal, el ansia  de eludir los conocimientos del yo…

           

       

                        

    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-