"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2 de Febrero, 2009


CARSON Mc CULLERS

Publicado en De Otros. el 2 de Febrero, 2009, 18:03 por MScalona

Carson Mc Cullers

(EE.UU. 1917-1967) en realidad se llamaba Lula Carson Smith;

adoptó el apellido de su esposo "Mc Cullers" y se quitó el Lula Smith.

Este relato, así como sus principales novelas ("Balada del café Triste"

y "El Corazón es un cazador solitario" los escribió antes de los 25 años de edad...

                    

                               

                                  EL  ORFANATO

Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la  lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con excepción de dos magnolios. En el patio rodeado por una verja de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.  

Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero hay algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que George Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Si una chica, me dijo, besaba a un chico, se convertía en una persona de color, y cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Sólo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentuda, de cabellos rubios grasientos que se sujetaban en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero sólo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y el día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera de algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedas de cinco y diez centavos.

Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad volandera, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas infantiles inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.

-Crecen dentro de las señoras -dijo Tit.

-Si juráis que nunca se lo diréis a ningún ser vivo, os enseñaré una cosa.

Debimos de jurar como nos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.

-¿Sabéis que es esto? -preguntó.

Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:

-¿Qué es? 

Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspense, dijo:

-Es un bebé muerto y escabechado.

El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit  contemplaba el frasco con aterrada fascinación.

            -¿De quién? –preguntó por fin en voz baja.

            -Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser boticario.

            Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:

            -¿De quién? ¿El bebé de quién?

            -Era huérfano –dijo Hattie.

            Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ése, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrado dentro y me estaba buscando… ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estanterías llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí…, y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle Tercera.

            Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba ya una chica mayor, y había pasado por delante miles de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces veía a los huérfanos, que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios religiosos después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron al instituto de la calle Diecisiete, al que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.

            Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañé en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de lo que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vacío y en las habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El calor procedía sólo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donadas por las diferentes iglesias de la ciudad y las dos se encerraron para  cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.

            Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de tejo dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme qué era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:

            -El mío era vigilante de la vía ferrocarril.

            Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba unos pololos marrones de algodón.

                 

                          

                 

                          

                 

                          

                 

                          

       Traducción de José Luis López Muñoz

       Traducción de José Luis López Muñoz

       Traducción de José Luis López Muñoz

                  

                         

                            NOTA   de Rodrigo Fresán:

         Definido como <<un ejercicio… pero algo asombroso para alguien tan joven>> por su hermana Margarita G. Smith al editar The Mortgaged Heart, donde apareció por primera vez, <<El orfanato>> -otra estampa estática y desolada donde puede inferirse que la narradora sin nombre es, de nuevo, McCullers- resulta técnicamente interesante por esa interrupción a mitad de camino donde, proustianamente, se reflexiona sobre los recuerdos de la infancia.

            McCullers siempre consideró a Proust uno de los grandes a quien le debía mucho. Y es aquí donde McCullers utiliza por primera vez –como lo haría al final de La balada del café triste y en su ensayo/credo <<El sueño que florece (Notas sobre la escritura)>>- ese recurso telescópico donde ella se ubica para contemplar, con cierta envidia, a todos los demás (a esos niños que juegan fuera, todos juntos) desde la soledad de su vida y de su oficio.     

           

    

         

Síntesis Argumental

Publicado en Humor el 2 de Febrero, 2009, 7:37 por ACatania

La maestra le dice a sus alumnos que tienen 2 horas para hacer una redacción, pero el primero que la termine se puede ir a su casa.  

La  redacción deberá abordar los siguientes 4  temas:

 

        1.  Sexo  

        2.  Monarquía.

        3.  Religión.

        4.  Misterio.

 

 

Jaimito es el  primero en entregar (1 minuto). Su redacción  decía:

 

 

 

¡SE COGIERON A LA REINA!

DIOS MÍO, ¿QUIÉN FUE????

Rolando sobre las fotos de AVEDON

Publicado en De Otros. el 2 de Febrero, 2009, 6:44 por MScalona

Avedon

 Por Roland Barthes

Miren una fotografía de Avedon; verán en acción la paradoja de todo gran arte, de todo arte de gran alcurnia: el extremo finito de la imagen abre al extremo infinito de la contemplación, de la estupefacción. ¡De cuántas fotos no se dice bastante tontamente que están "vivas", "animadas", etc., valores míticos que son movilizados por la publicidad de los materiales fotográficos! Pero el arte de Avedon es hacer fotos inmóviles, y, desde ese momento, inagotables como un objeto de fascinación: lo que fascina está a la vez muerto y vivo, y por eso es fascinante. Los cuerpos que Avedon fotografía son en cierto sentido cadáveres, pero esos cadáveres tienen ojos vivos que nos miran y que piensan: este arte realista es también un arte fantástico.

De ahí una producción comprometida, que abre inmediatamente una crítica social y que, sin embargo, no cae en el estereotipo del compromiso: Avedon, en una parte de las fotos que he visto, manifiesta la opacidad, la dureza, la tristeza involuntaria del establishment norteamericano, todo lo que hace del hombre que llega un cuerpo cerrado, que le ha dado demasiado al poder y no lo suficiente al goce; pero, en una segunda parte de su obra, y a veces en las mismas fotos (¿por qué no?, la Historia es complicada), sin abandonar su estilo, nos invita a mirar algo muy distinto: la pensatividad, la severidad dulce, la inteligencia liberada de las posturas de la inteligencia, enteramente recogida en los ojos, que nunca mienten. De ahí que, delante de una fotografía de Avedon, nos comuniquemos siempre con el modelo: no solamente nos habla, o mejor aún, por más desgarrador, nos quiere hablar, sino que también le respondemos, queremos responderle, a través de la imposibilidad misma en que nos hallamos de despegarnos de esa imagen que nos retiene sin repetirse (¿es por lo tanto amorosa la relación que mantenemos con estas fotos?).

Así pasé toda una velada mirando las fotos de Avedon; la víspera, había ido al cine, donde me había aburrido un poco, y comparaba (aunque con cierta injusticia) estas dos artes. El de Avedon arrastra hacia una teoría de la Fotografía, injustamente entregada hoy en día a la Teoría floreciente del cine o incluso de la Historieta. Como producción, la Fotografía se ve sometida a dos coartadas insoportables: tan pronto se la sublima en las especies de la "fotografía artística", que niega precisamente la fotografía como arte, como se la viriliza en las especies de la foto de reportaje, que obtiene su prestigio del objeto que ha capturado. Pero la Fotografía no es ni una pintura ni... una fotografía; es un Texto, es decir, una meditación compleja, extremadamente compleja, sobre el sentido.

He aquí, por ejemplo, todo lo que leo en una fotografía de Avedon, los siete dones que me hace: en primer lugar, lo verdadero, la verdad, la sensación de verdad, la exclamación de verdad ("¡qué verdadero!"); luego, el carácter (la pensatividad, la tristeza, la severidad, la satisfacción, la alegría, etc.); luego, el tipo (el hombre político, el escritor, el empresario); luego, Eros, un compromiso, ya seductor, ya repulsivo, con el afecto; luego, la muerte, la vocación de cadáver; luego, el pasado, lo que ha sido captado no puede volver, no se puede volver a tocar; por último, el séptimo sentido es precisamente el que resiste a todos los otros, es el suplemento indecible, la evidencia de que, en la imagen, hay siempre algo más: lo inagotable; lo intratable de la Fotografía (¿el deseo?).

Las fotos de Avedon me obligan a hacer todo este recorrido y a volver a empezarlo sin descanso; con ellas no se termina nunca; son ricas y desnudas a la vez, dan sin cesar, y sin cesar retienen; en suma, son las figuras mismas de una dialéctica: en ellas, la mayor intensidad de sentido, y, finalmente, la carencia misma de sentido, parte de un goce contenido. El primer lugar, los sentidos abundan, la excitación está en su apogeo; luego, conducido por una mano inflexible, aunque supremamente discreta, la de Avedon, el sentido se extenúa: del cuerpo representado no queda ningún adjetivo seguro. Creo que, si Avedon me fotografiara, yo no tendría ningunas ganas de juzgar mi propio cuerpo (con cuya imagen, como cada hijo de vecino, mantengo relaciones espinosas), ni de encontrarse demasiado esto, no lo bastante aquello: mi cuerpo se empeñaría simplemente en ser, en persistir, la fotografía de Avedon no juega (contrariamente a la imagen fotográfica), nadie es feo, nadie es bello (salvo, por una excepción que firma el resto del proyecto, los dos muchachos desnudos de la "Factory" de Andy Warhol). En resumen, sería tal, y en ese tal de mi cuerpo sentiría tal vez parte de la serenidad de los grandes sabios orientales.

Roland Barthes, "Tales", en La Torre Eiffel, Ed. Paidós.

Texto aparecido en la revista Photo, 1977, con motivo de la publicación del libro del fotógrafo norteamericano Richard Avedon, Portraits, Ed. du Chêne.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-