"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




1 de Enero, 2009


ESCRIBIR(O INTENTARLO)

Publicado en General el 1 de Enero, 2009, 22:54 por Celina

ESCRIBIR....reinventarme a mí misma, erguirme de una nada, no se puede y se escribe,es lo desconocido que uno lleva adentro, la escritura llega como el viento, antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir........

   Siempre me pareció increíble, casi mágico, que otras personas puedan expresar exactamene nuestros mismos pensamientos o sentimientos, seguramente de una forma mejor que la nuestra, pero no por eso más válida.

  Esa soledad que te atraviesa de pies a cabeza, se esfuma cuando nos vemos reflejados en otras historias, otros textos, escritos por gente que ni siquiera conocemos y que nunca veremos, algunos incluso ya no forman parte de este mundo. ¿Será que sus ideas y pensamientos quedan flotando en el aire, suspendidos, invisibles y sólo resta que inspiremos profundo para que queden incorporados como propios?. No dejo de asombrarme, como una nena ante su golosina preferida, cuando una frase me toma desprevenida y pienso, ¡eso es lo que yo diría, si supiera cómo!.

  Por más que trate de descubrir por qué escribo, de dónde me surge, por más vueltas que le dé al asunto, no encuentro una respuesta adecuada. Es que no hay explicación, no se puede razonar lo que surge del alma; traspaso los límites de mi yo y me transformo en palabras, que brotan a borbotones e inundan mi alrededor,se establece una comunión perfectamente sincronizada entre mi mente y mi mano, intentando construir lo que yo no puedo, darle forma y sentido a una idea, una sensación. Menuda tarea, transformar algo abstracto en algo concreto y verlo plasmado en un papel. Como si nos fuese posible tocar el amor,  sólo podemos a través del objeto amado; o ver el alma, ya que ésta sólo se refleja a través de objetos materiales y debemos intuírla a través de ellos.Esto es lo más extraordinario, al proceso de escritura podemos verlo en sí mismo, palparlo, sentir el placer de las palabras, de las frases, acomodarlas, inventarlas, cambiarles el sentido. Y milagrosamente eso que rondaba primero como una idea, huidiza, efímera, pueda finalmente tomar forma y ver la luz. Como todo nacimiento será doloroso, pero placentero.

   Es que escribir es nacer a cada rato, cada vez bajo una forma diferente, es conocernos de a poco, "sacar lo desconocido", es aprender todo el tiempo,  frustarnos, divertirnos, impacientarnos, es estar enamorado ,sufrir y ser feliz. Desmadejar despacito la posibilidad de lo imposible. Deshacernos de la persona física y reaparecer convertidos en una frase, un relato, un poema. Es todo esto y mucho más.

                               .......palabras aún no pensadas,

                                      versos no imaginados,

                                      poesías y textos jamás soñados.

                                      Pero que ya están escritos,

                                      desde el mismo momento de mi concepción,

                                      impresos en cada célula de mi cuerpo.

                                      Y que ahora en la madurez de mi vida,

                                      pugnan por ser paridos.

                                                                                       CELINA

AÑO NUEVO (de Los estados del agua)

Publicado en General el 1 de Enero, 2009, 11:31 por amanda poliester

Me despertó el teléfono a las diez de la mañana. Era Calio. Feliz año nuevo, diábola. Me levanté, confundida. Estaba lloviendo. Calio seguía hablando, estaba agitado, me parece, no entendía bien por qué, pero haciendo un esfuerzo por sintonizar con él mientras seguía hablando yo contestaba lo que podía y encendí la cocina, puse agua en la pava.

-Contame cómo lo pasaste. –le dije dándome tiempo para despertarme.

Hasta que de la madeja de sus palabras pude entender que estaba preocupado por mí. No lo dijo, pero estaba claro. Empecé a atar cabos: que Berta lo había llamado y le había dicho que yo iba a estar sola el treinta y uno, ella tenía necesidad de estar sola y en otro lugar y se había comprado un pasaje a Armaçao. Con el primer sorbo de té pude empezar a explicarle que estaba todo bien, que había sido una decisión estar sola, que podía haberlo pasado con otros amigos, o irme a Mendoza, o con los primos que me habían llamado. Pero que estaba bien así.

Llovía. Claro que estaba bien así. Hacía cuántos años que no era un día de año nuevo con lluvia?

-Acá llueve –le dije.

Se escuchó su risa, que seguía siendo igual a pesar de que el acento había vuelto a ser tan chileno como cuando lo había conocido. La risa era siempre la misma. Un pequeño islote de melancolía en que recordé sus cejas, sus ojos, el pelo. Amor mío, miga de mí. No pregunto si volverás, no pregunto cuándo.

Pero como si lo hubiera preguntado. Empezó a dibujar un mapa de planes y proyectos para ese año: volver, que alquiláramos un departamento los tres. El plan incluía a Berta pero en realidad sabíamos que se trataba de nosotros dos.

-No te preocupes –insistí para no hablar del tema, no porque no le creyera sino porque sabía que decía todo eso creyéndolo, sí, pero inspirado por la idea de mi desamparo. Temía por mi soledad, los púlpitos, como él les decía, y entonces necesitaba articular toda esa caridad, que en navidad hubiera sido como los regalos que uno reserva para los huérfanos, pero ahora no se entendía. Yo no le había fijado fecha de vencimiento, ni le había pedido nada.

- Estoy bien –remarqué.

Y era así. Yo no era una sino esas partes de mí que estaban por el mundo. Calio en Chile, Berta en Armacao, Anka en el hospital. Juan quién sabe dónde. Pero estaba en paz.

Y le conté de los archivos de poesía. Y que el último día del año había llorado mares. Que a la tarde, al abrir los mails, había encontrado uno de Pilar. Me hablaba de navegar contra la corriente y de salvavidas de la noche. Es decir, de mí, de mis amigos lejanos. Estaban bien las lágrimas.

Llorar lo perdido. Un cliché, a esta altura. Cené con velas y me acosté después de las doce. Las lágrimas del día y la lluvia de la mañana lavaron todo.

-Cuando empezamos a hablar y vi la lluvia supe que está todo bien –le dije.

-Además –me dijo- yo soy pescador, sabías?

No entendí.

-Claro. Y los pescadores decimos que los peces buscados son los que nadan contra la corriente. Les decimos peces finos. No sería tu caso, claro.

Lo adoré tres segundos. Por qué siempre tenía a mano lo que tenía que decirme para que todo vuelva a ser claro y liso, hijo de puta cómo te extraño sería la idea, pero no se lo diría. Era romper el pacto. Aunque él lo estaba rompiendo ya con esto del futuro dorado.

-Tenés razón. El dorado, si no recuerdo mal, nada contra la corriente. –dije aprovechando el dorado para un uso mejor que el de reprocharle que me tiraba artillería pesada justo el primer día del año. Hijo de miles de putas, te extraño tanto. Encima llueve la putísima madre. Acá. Allá mejor no pregunto, sol de mí. Si no venís pronto me voy a secar. Pero no, eso forma parte del territorio vedado.

-Gracias por llamar –dije con solemnidad.

-No es nada- dijo. -Además te extraño tanto.

Hundido. Yo también. Yo también te extraño tanto, yo también volvería con vos a la volanta, al campo, a tu tesis, volvería atrás todo y esta vez no perdería tiempo, te diría todo, te llenaría de insensateces, te subiría el volumen de los dibujitos, te cogería tanto que no tendríamos tiempo para comer ni para trabajar ni para nada de la vida.

-Yo también –fue lo único que pude decir.

 

plus FORD

Publicado en De Otros. el 1 de Enero, 2009, 9:53 por MScalona

Sam Shepard - Richard Ford

                             

                             

                             

                             

                             

                             

               

               

               

               

               

               

-Te llamé anoche-  dice Ann, mi ex.

     He llamado a su móvil recién y no atendía. ¿Dónde estaría? ¿En una tienda de ropa interior del centro comercial de Quaker Bridge? ¿En el hoyo  dieciocho del club de campo de Haddam? ¿En el baño? Nunca sabes dónde se oye tu propia voz íntima y personal, qué auditorio tiene acceso a ella, quién miente acerca de dónde está quién. Es una intrusión pero no del todo. La semana pasada estaba en el Garden Emporium de Toms River encargando dos metros cúbicos de grava, y a mi lado había otro cliente que no hacía más que cotorrear: <<Escucha, cariño, nunca he estado tan enamorado de nadie en toda mi puta vida. Así que di que sí, ¿vale? Dile a ese imbécil que se vaya a tomar por culo. Esta noche podemos estar en el vuelo de las diez de Air Mexico con destino a Puerto Vallarta…>>

-Tenemos que hablar de ciertas cosas, Frank -dice Ann con voz disciplinada-. ¿Es que no quisiste llamarme anoche?          

-Te estoy llamando ahora. Anoche no estaba en casa. Tuve cosas que hacer.

 Ya me he duchado y afeitado y, con mi  albornoz a cuadros y mis botines de lana, me he sentado frente al escritorio en la postura más erguida posible, el coxis pegado al respaldo de la butaca, los pies bien plantados en el suelo, las rodillas separadas pero nerviosas, la respiración acompasada. Es la que adopto para escuchar decepcionantes informes sobre biopsias, recibir negativas y llamadas de que alguien <<ha resultado gravemente herido>>. También es la postura para comunicar malas noticias.

Pero ya estoy a la defensiva. Se me curvan los dedos de los pies dentro de los botines; se me contrae el esfínter. Sólo que soy yo quien da las malas noticias: No vengas hoy. Ni nunca. Me late el corazón como si acabara de llegar allí trepando a toda prisa por una escalera de incendios. Ann ha perfeccionado su habilidad para hacer que me sienta así. Es su íntimo mérito de golfista. Yo soy para siempre el adocenado y sonriente agente del censo que llama a la puerta; ella, la única que lleva una vida auténtica. Tengo el cuestionario y el gastado lapicero pero nunca sabré lo que la realidad -la que se encierra a su espalda, en sus complejas habitaciones- es verdad. Suya es la voz de la experiencia razonada, de los valores inquebrantables, de los buenos instintos y la apariencia correcta (por convencional que sea); yo estoy al otro lado del umbral, el lamentable, el que necesita serias lecciones. Por eso fue capaz de volverme la espalda hace diecisiete años sin siquiera (hasta ahora) mirar atrás. Porque Ann tenía razón, sí, sí. Es asombroso que no la odie a muerte.

-Creo que Gore debería ceder, ¿no te parece?  *

-No.

-Bueno, pues debería. Es un infeliz. El mercado se volverá loco si gana él.

Infeliz. El polivalente término de menosprecio que utilizan  en Michigan. Su padre me calificó de  infeliz cuando salíamos ella y yo. << ¿Dónde has encontrado a ese infeliz?>> Sólo con oírlo se me hace un nudo aún más prieto en el estómago. Nadie oye cómo le llaman infeliz sin pensar que probablemente lo es.

-Puede que sea un infeliz, pero ese otro innombrable (Bush) es un verdadero estúpido.  Y es verdad que no puedo mencionar el nombre del otro tío (Bush).

-¿Qué dijo John Stuart Mill?

-No sé. Desde luego no dijo que era preferible tener un presidente estúpido.

-Más vale lo malo conocido, aunque sea innombrable, que lo bueno, lo bueno… 

-Eso no es lo que dijo.

Pero no es algo de lo que me apetezca hablar. Mill habría  apoyado a Gore y a toda su candidatura y se habría sentido traicionado, igual que yo.

-¿Has hablado con Paul –nuestro hijo-?

Va siguiendo una lista.

-No. Ahora mismo está en la playa, cavando un hoyo para su cápsula del tiempo. Tampoco he hablado con Jill.   

-Bueno, Jill es interesante. Diferente.

De nuevo oigo la risa de Paul, que luego grita: <<Que lo pases bien, colega. >> Puede que el señor Oshi haya conseguido liberarse.

-Oye -digo a Ann-. Sobre lo de hoy. Sobre esta tarde, quiero decir. Sobre la comida de mañana…

Denso silencio. Diferente del espacio galáctico al que se retiró el inspector Marinara. El de Ann es el silencio únicamente conocido por los divorciados: el silencio de realizar ajustes cotidianos pero desagradables para poner de manifiesto la persistencia del mal carácter, de traiciones secundarias, exigencias poco razonables, excusas tardías, puñaladas en el corazón que deben superarse pero que es preferible frustrar de antemano. A eso se reduce la comunicación entre los insuficientemente amados.

-No voy a ir -anuncia Ann, sin emoción aparente. Lo dice con la misma voz con que anularía una cita en el salón de belleza- Creo que somos lo que somos, Frank.

-Desde luego. Yo sí.  

-Desde la muerte de Charley, he tenido la sensación de que algo estaba a punto de ocurrir. Estaba esperando algo. Dejar Connecticut y venir aquí era como acercarme a ello. Pero no creo que ese algo fueras tú.- Me he sumido en el silencio en que ella se ha sepultado antes. Ahora viene el testimonio revisado (incluido el de Charley) de mi repugnante carácter, corrompido e inaceptable. Me pregunto si está deambulando por su sala de estar como una ejecutiva a sentada en un banco con sus palos, esperando su turno en el campo de golf, mientras me despacha una vez más-. Pero entonces caíste enfermo.

-No caí enfermo. No estaba enfermo enfermo. Tenía cáncer de próstata. Tengo. Eso no es estar enfermo.

Sencillamente desastroso. Un pedo silencioso y  pestilente. Sigo siendo agente del censo, debilitado por la enfermedad pero aún necesitado de represión y de algunas lecciones.

-Lo sé -dice Ann en tono oficioso. Oigo sus pasos en un suelo duro-. De todos modos, en realidad no creía que ese algo fueras tú.

-Lo comprendo. 

Tengo un montón de cartas en el escritorio, bajo el pisapapeles de Agente Inmobiliario del Año. Están sin abrir desde el martes: una medida de mi distracción, ya que suelo estar ansioso de leer el correo, auque se trate de catálogos de cuchillos de trinchar o invitaciones para hacerme socio de algún club platino. Me parece que no voy a tener oportunidad de decir lo que quiero, pero me da igual.

- ¿Qué crees que era? ¿O quién?

      Estoy mirando la portada de la revista AARP: una fotografía a todo color (retocada) que muestra a un caballero de pelo blanco tumbado en la calle que parece muerto pero al que atienden bomberos de riguroso uniforme y con un casco, provistos de cilindros de oxígeno, desfibrilador, y aparatos de intubación preparados. Una anciana de cabellos plateados con un traje pantalón azul eléctrico contempla horrorizada la escena. El titular dice RIESGO. ¿HABRÁ TIEMPO?

-Pues, no sé -contesta Ann-. Es extraño.

-A lo mejor echabas de menos a Charley. ¿No lo conociste en el club de campo de Haddam? A lo mejor pensabas encontrarlo otra vez.

Inútil mencionar sus planes sobre el seminario.

-Charley no te caía bien. Lo comprendo. A mí sí. Tenías  celos de él. Pero era un hombre estupendo.-Cuando se estaba muriendo y creía que yo me llamaba Mert-. Él ha sido el amor de mi vida. Aunque no te guste oírlo. No se te da bien juzgar a las personas.

¡Toma! ¡Zas! Me fustiga. Pero estoy preparado. El estilo retórico de Ann, meticuloso y de ritmo lento, siempre es señal de que pronto me va a dar donde más me duele. Todos los malos caminos llevan a Frank. Por su puesto, nunca hemos hablado de Rally -mi mujer- en los ocho años que he estado casado con ella. Ahora podría ser el momento óptimo para echarme en cara ese mal paso, en vista de que he llevado a donde me ha llevado: a esa conversación. No me sorprende que no haya ganado la medalla de oro al <<amor de mi vida>>. Sólo que en ciertos grupos apartados de la manada, los primates inferiores no abandonan al amor de su vida.  Hasta que sobreviene la muerte.

No he abierto la boca desde que Ann me ha acusado de no saber juzgar a las personas, sólo para informarme de que mi matrimonio con Sally fue una enorme insensatez que no ha conducido a nada bueno, mientras el suyo con Charley, el  arquitecto, fue de la materia con que se forja el mito y la leyenda.

-Hay algo que quisiera decirte -previene Ann, resoplando seguidamente por la nariz. Creo que ha dejado de pasear de un lado para otro-. Se trata de lo que te dije cuando viniste a De Toc queville el martes pasado.

- ¿Sobre qué?

- Sobre lo de querer vivir contigo otra vez. Y del mensaje que te dejé aquella noche.

- Vale.

- Lo siento. No creo que dijera en serio todo aquello.

- Vale.

Una inesperada punzada en el corazón, que no conlleva dolor.

- Me parece que lo quería era tener ocasión, después de todos estos años, de poder decirte algo así.

- Vale.

           Tres vales seguidos. El patrón oro de la genuina aceptación.

- Pero creo que quería decirlo por interés personal. No porque realmente tuviera necesidad de decirlo. O me sintiera obligada.

- Lo entiendo. De todas maneras, estoy casado.

- Lo sé -asegura Ann.

     Una vez más, esta bien que haya teléfonos para mantener conversaciones así. Ninguno de los dos podría soportar éstar cara a cara. Hay que quitarse el sombrero ante Alexander Gram Bell -gran americano-, que comprendió lo humanos que somos y cuánto necesitamos protegernos de los demás.

            - Lamento que esto sea tan confuso.

            - No lo es. Supongo que si no fui una buena elección en su momento, tampoco podría serlo ahora.

            Para cada persona, el amor significa algo distinto.

            - Bueno, pues no sé –responde ella con desaprobación, aunque sin tristeza. Un último reproche mientras yo me censuro afablemente a mí mismo.

            Resulta tentador preguntarse si tiene otro buen mozo en perspectiva, con una invitación más atrayente. Eso es lo que suelen significar estos discursos, aunque nunca se llegue a admitirlo. Teddy Fuchs, quizás. O Match Pockets, el simpático viudo de melena gris que es profesor de historia colonial en De Tocqueville, un personaje <<juvenil>> (no le hace falta Viagra) que es entrenador de lacrosse y se muestra simpático con sus intereses de golfista. Licenciatura en Amherst, doctorado en Tufos, una residencia veraniega en Watch Hill e hijos mayores menos enigmáticos que los nuestros. Sería una buena conclusión para todo. Podrían ser <<compañeros de por vida>> sin tener que casarse salvo si a alguno le descubren un tumor cerebral, y en ese caso únicamente para darle ánimo en la última vuelta del camino. Lo apruebo.

            - ¿Está todo bien? –pregunta Ann, con afectada pesadumbre.

            - Todo está bien.

            Podría decirle que ya me había figurado que el hecho de divorciarnos tras la muerte de nuestro hijo Ralph sencillamente nos ha privado de la oportunidad de divorciarnos más tarde como es debido, y por razones más sencillas: que no estábamos hechos el uno para el otro, que no nos queríamos tanto, que lo único duradero que amábamos el uno del otro era que habíamos tenido un hijo que falleció (olvidando a los otros dos que no habían muerto), lo que es un extraño amor, reconozcámoslo, y en cualquier caso no era suficiente. Pero es mejor, desde luego, permitir que siga considerándose la única conocedora de místicas verdades, aunque en el fondo no las conozca, sólo las presienta muchos años después. Ann tiene muchas cosas buenas y admirables, pero la mística no es una de ellas.

           

            - Simplemente tenemos que ser quienes somos, Frank –repite Ann por segunda vez.

            - Y que lo digas.

            Separo una carta con un sobre especial del montón y me la quedo mirando.

            - ¿Te has puesto un poco raro, cariño. ¿Te disgusta esto? ¿No estarás llorando?

            - No. –Casi me pierdo lo de <<cariño>>. Pero ¿cómo he podido perderme esta carta…, precisamente ésta?-. No estoy llorando, que yo sepa.

            - Bien. No te he dicho que la pobre Irma (su madre) se está muriendo. Pobrecilla. Se ha pasado la vida creyendo que mi padre tenía que haberse ido con ella hace treinta años de Detroit a Misión Viejo, lo que por supuesto nunca habría hecho, porque estaba harto de ella. Tiene Alzheimer. Está convencida de que mi padre llega la semana que viene, y eso la anima mucho. Ojalá los chicos y ella estuvieran más unidos. En las relaciones personales son como tú. 

            - ¿En serio?

            La estampilla color salmón lleva un severo perfil de la Reina de Inglaterra en majestuoso alabastro, enmarcado en una moldura ondulada. Es el sello más emocionante que he visto jamás.

            - En general prefieren no tenerlas, por supuesto. Por lo menos en lo que se refiere a relaciones estables.

            Cookie nunca contó para ella.

            - Entiendo.

            - Lamento disgustarte con esto. He cometido un error y lo lamento.

            - Bueno…

            Sopesando la carta entre los dedos, me la llevo a las aletas de la nariz y aspiro fuerte, esperando percibir un olor que descubra al lejano remitente. Aunque sólo desprende un aroma a papel almidonado de carta y el seco olor al pegamento del sello. La pongo contra la ventana –no hay remite- y la vuelvo del otro lado, llevándomela instintivamente de nuevo a la nariz, tocando la solapa sellada con la punta de la lengua, poniéndome su suave material azul en la barbilla, luego en la mejilla, y manteniéndola allí mientras Ann sigue hablando.

            - Paul dijo anoche que Clarissa tiene un nuevo pretendiente.

            - Pues…

            - ¿Te ha dicho Paul que quiere marcharse de Kansas City y venir a trabajar contigo en la inmobiliaria? Está…

            ¡Toma! ¡Zas! Me fustiga. Otra vez. No estoy preparado. Mi dilatado corazón casi zozobra. No oigo lo que dice a continuación, aunque mi intuición sugiere: <<Ya sabes que al corazón no se le juzga por lo mucho que quiera, sino por lo mucho que lo quieran los demás. >> No sé por qué.

            - No me he enterado de eso –le digo. Fustigado.

            - Pues ya te enterarás. Supuse que se lo habrías pedido tú, después de tu operación de este verano y todo lo demás. Hablamos un poco de eso. Me sorprende que no hayáis…

            - A mí no me han operado. Me han sometido a un tratamiento. Que es distinto.

            Iba a explicarle mi situación. Y no le he pedido que se <<incorpore a la empresa, porque no estoy loco.

            - Las mujeres sabemos lo que son tratamientos, Frank.

            - Me alegro por las mujeres. Yo todavía no soy una mujer.

            - Sé que estás enfadado. Lo siento otra vez. Antes me preguntaba si te enfadarías alguna vez. Parecía que no. Siempre he entendido por qué no te fue bien en la Infantería de Marina.

            - Me puse enfermo en la Marina. Tuve pancreatitis. Ni siquiera me conocías entonces. Casi me muero.

            - No tenemos por qué enfadarnos, ¿verdad? Quizás no te das cuenta, pero tú tampoco quieres que esto vaya más lejos.

            - Me doy cuenta.

            Tengo la carta azul de Sally cogida entre el pulgar y el índice como si se me fuera a escapar volando y conservarla fuera cuestión de vida o muerte.

            - Por eso te he llamado, para decírtelo. Sólo que te me has adelantado.

            - Ah –dice Ann. Mi mujer, Ann. Mi ex mujer, Ann. Mi ex futura mujer, Ann.

            Las cosas que nunca se harán no se deciden al final de la vida, sino en el largo espacio gris que hay entre medios, donde no se alcanza a ver la tenue luz de los extremos. El Período Permanente trata de protegernos de momentos peligrosos como ése, haciendo de la pseudoaceptación una simple cuestión transitoria. Un capricho. Nada que dure mucho. Por eso el Periodo Permanente no da resultado. La aceptación significa que todas las cosas, las buenas y las malas, han de tenerse en cuenta. Todas las relaciones, como dijo el gran hombre, acaban en nada.

            - He animado a Paul para que vaya a trabajar contigo. Creo que estaría bien.

            Esa ridícula perspectiva me sume en un pasmado silencio.

            ¿Cólera? Si hablo, probablemente me pondré a blasfemar en una lengua extranjera. Ésta es la tensión que el doctor Psimos me recomendó evitar. La que consumiría mis marciales isótopos radiactivos en la próstata como si fueran lucecitas navideñas y me pondría por las nubes mis índices del PSA. Me gustaría decir algo aparentemente cortés y trivial pero a la vez astutamente cáustico. De momento, sin embargo, soy incapaz de articular palabra. Es absolutamente posible odiar a muerte a Ann. Qué extraño darse cuenta a estas alturas. La vida es un viaje muy largo cuando uno piensa en lo que tarda en enterarse de que odia a su ex mujer.

- A lo mejor no necesitamos decir nada más, Frank.

Bum-bum, bum. Silencio.

Oigo el chirrido de su silla, sus pasos que resuenan en el entarimado del suelo. Me la imagino caminando hacia la ventana del 116 de Cleveland, una casa habitada por mí en otro tiempo y aún antes por ella, a raíz de nuestro divorcio, cuando nuestros hijos eran niños. Es otra vez dueña de la casa, plena propiedad absoluta. El gran magnolio de la entrada, con sus ochenta años, es ahora una presencia espectral pero arrogante, aun sin hojas, su arrugada corteza suavizada por el aire húmedo y templado de la falsa primavera. He estado frente a esa ventana, la respiración entrecortada, los pies pesados, las manos frías y endurecidas. He contemplado mi destino mirando las tejas de los vecinos, el espejeante cristal de sus ventanas, los remares del tejado y los vistosos y breves caminos de entrada. Lo que puede ser tanto un consuelo (Estás aquí, no has muerto) como una decepción (Estás aquí, no has muerto. ¿Por qué?). Puede que el pasado no sea el mejor sitio adonde lanzar la mirada cuando fallan las palabras.

Bum-bum.

Mi silencio lo dice todo. Lo oigo. Mi voz está atrapada en su interior.

Bum, bum, bum, bum.

- Bueno -oigo decir a Ann. Más pasos por el entarimado. El cansancio le ensombrece la voz al añadir-: No sé…

      Luego oigo un pin-pin. Un camión que pasa por la calle. ¡Pin! ¡Pin! Si tú no me puedes ver, yo a ti tampoco. Espero, respiro, no digo nada.

- Bueno -repite Ann.

Entonces creo que cuelga el teléfono, porque ya no hay línea y así acaba nuestra comunicación.

             

             

             

             

             

             

              

              

              

              

              

              

 ***  la novela transcurre en el año 2000, en vísperas de la primera elección que ganaría (?) George W. Bush.

ACCIÓN  DE  GRACIAS - Richard Ford--------Edit ANAGRAMA,   p. 563-572

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-