"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




15 de Diciembre, 2008


Mi cuento favorito

Publicado en De Otros. el 15 de Diciembre, 2008, 14:47 por sandra

Hay pocas cosas más reñidas con la pretensión de exclusividad o las jerarquías que la literatura. Preguntar por el libro que alguien se llevaría consigo a una isla desierta parece tan incontestable como la demanda, cuantitativa, binaria, que algunos adultos suelen dirigir a los niños sobre el amor que éstos sienten por sus padres. En primer lugar porque, si se acepta la condición erótica de la lectura, hay que convenir en que sólo el deseo es único e inefable, y por eso mismo, su objeto es plural y muchas veces inconstante. También poque todo lector es, como afirma W. H. Auden, un amante tiránico e injusto: pretende que cada autor que ama le sea fiel mientras él prodiga impunemente una multitud de romances con otros autores. Más aún si ambas razones son ciertas, hay que admitir que el lector de cuentos es libertino por antonomasia. Lejos de la fidelidad monogámica del lector de novelas, el amante del cuento recorre el índice de un libro de relatos con la misma urgencia que un donjuan en un internado de señoritas: abre la puerta de todos los dormitorios, entra en aquellos donde intuye la posibilidad de máxima fruición o sigue de largo, reservándose el mayor placer para más tarde; pero jamás se resigna a pasar toda la noche en un solo cuarto.

La paradoja es que esa dispersión a través de la cual se manifiesta el apetito de lectura parece reclamar un patrón de aceptaciones y rechazos. Una ilusión de orden en medio de la confusión, como en el chiste del hombre que asistente por primera vez a una orgía donde todo ocurre en la oscuridad, enciende la luz y clama: ¡organicémonos!. Sostenida por aparatos teóricos, tributaria de una ideología y queriendo ejercerse como una política, en el corazón de toda crítica se agazapan el gusto y una cierta idea de valor que estudiosos tan finos como Guillo Dorfles o Frank Kermode han puesto en evidencia hace bastante tiempo. Toda poética es, al fin y al cabo, un ejercicio de exclusiones que intenta dar sentido, contrario sensu, a aquello que no se ha rechazado porque resulta imprescindible...

Prólogo del libro MI CUENTO FAVORITO (según los escritores argentinos) de Guillermo Saavedra.

Fontanarrosa, Heker, Castillo, Piglia, Rivera, Saer, Tizón ... y otros hablan de los autores de su cuento favorito y publican el cuento...

Interesante... Edición Alfaguara.

ANTES DE QUE VENGA EL SEÑOR STREET

Publicado en General el 15 de Diciembre, 2008, 9:21 por Lorena Aguado

Titular 1: Invierta en dólares. No sabremos si es culpa de la navidad o del año nuevo. O si es diciembre. Todos recordamos el helicóptero en estas épocas. Las corridas a los supermercados, los changuitos saliéndose de los estacionamientos,  tomando la calle,  haciendo temblar alimentos no perecederos en su interior.
Yo lo vi por la tele, paralizada. Poniendo las manos en la cabeza y parafraseando a alguien que dice “dios mio” cuando no puede comprender lo que ve, cuando las imágenes parecen de ciencia ficción y no asoman los títulos finales.
Hay en nuestra historia ciertos lugares comunes a los que no queremos volver. Pero que siempre están cerca, acechando de frente. Los vemos venir.
Uno entiende poco, lee los diarios, mira los noticieros, escucha a economistas, lee a los mismos economistas, habla con los vecinos que vieron en la tele a otros economistas. Parlotean sobre crisis e impactos, y predicen que se va a poner peor. Y entonces no armamos el arbolito todavía. Porque no tenemos ganas, qué vamos a festejar?  El turrón está 15% más caro.  El pan dulce viene con menos frutas, lo que complica a los cirujanos de las fiestas que extirpan una por una para comerse el resto. Compramos dólares por las dudas y estamos atentos.

Titular 2: ¿Eres adicta a los hombres? El me escribe un mail. Me habla de lo que hizo el fin de semana. Me pregunta cómo estoy, que le cuente. Yo podría enamorarme de él, lo sé. Pero él insiste con los mails y los impregna de cosas cotidianas despojadas de deseo, como la película que vio o con quien va a pasar la navidad. Yo supongo que está con alguien, o que no le intereso demasiado, o que le resulto sólo simpática y que no alcanza…
No entiendo por qué es tan difícil encontrarse en estos tiempos. Él aparece y desaparece en una especie de truco que lo lleva a 16 cuadras de donde yo trabajo. Nos separa la Bolsa de Comercio, el microcentro, las vidrieras de mujeres calvas y de los zapatos en eterna liquidación.
No hay nada entre nosotros, excepto eso.
Le contesto el mail aceptando las reglas de juego de una amistad que no sirve para nada.

Titular 3: Para Wall Street, el país será el más golpeado en la región. Atún desmenuzado o en trozos. Hay algo ahí. Cada sábado cuando me enfrento a los estantes de las conservas, tomo una lata, la acaricio, leo los ingredientes, trato de descifrarlos, pero sigo sospechando que el desmenuzado tiene cualquier cosa: una síntesis de deshechos de pescados desconocidos con una pizca de sardina y un poco de atún. El peso escurrido es una muestra amable de lo sinceras que pueden ser las industrias.
Entre Wall Street y el Merval, uno empieza a dudar de qué lata elegir. La sensación del desastre viene con la caída de aproximadamente 8 puntos (¿?). Nosotros, lo que no somos economistas expertos y charlatanes, creemos que eso es terrible. Que Wall Street es el nombre y  apellido de un señor que nos va a quitar las ilusiones. Se trata de un tipo vestido con frac y galera. De rigurosos negro y bastón dorado. Nos va a tocar el timbre, nos hablará en inglés y nos apuntará con el bastón diciendo “you are dead, latin american citizen”. Nosotros no diremos nada, porque no hablamos en ingles. No nos interesa.
Elijo la lata de atún en trozos. Esta vez, una tercera marca. Pienso que es más o menos lo mismo.


Titular 4: ¿Cuán Geisha debiéramos ser? El contesta mi mail otra vez, preguntando cosas sobre las que escribí. Decido no responderle por ahora. Asumo una postura erguida ante la situación y demoro el momento, no quiero que me encuentre en el mismo lugar, idéntica. Los tipos en estos tiempos no hablan claro. A mi ya no me gusta dar tantas vueltas. Quisiera decirle que me gusta, que seguramente ya lo sabe pero que no entiendo a qué estamos jugando. Que es un idiota. Y yo más idiota que él prestándome a toda esta confusión ¿A qué le tenemos miedo? ¿A ir juntos al cine y que no nos gusten las mismas películas? ¿A que uno de los dos se enamore y que el otro no? Eso no tendría que ser el motivo de nuestra hemiplejía. Descanso los dedos en el teclado. Doy vueltas alrededor del escritorio para encontrar en los cables del CPU, el detrás de esta escena patética.
Me pregunto si él está jugando conmigo y yo dramatizando demasiado.
En voz alta cuestiono otra vez: ¿Por qué es tan difícil encontrarnos? ¿Necesitamos garantías también en las relaciones? ¿No podemos actuar sin evaluar las probabilidades? ¿Acaso no aprendemos de estas caídas? ¿De estas crisis que intentamos resistir viéndolas por televisión?
Finalmente sucede. El resultado es no darse cuenta del recorrido en vertical. Estamos cayendo y nos olvidamos de lo importante. Empezamos a dibujar números, a creer en ellos tanto como en Dios, a tomar decisiones sobre nosotros y los otros, según nos den las cuentas.
Le contesto el mail al otro día. En el mismo idioma. Diciéndole nada.


Titular 5: la crisis se profundizará en el 2009. Encuentro un poema de Charles  Bukowsky que termina así: “esos hombres / fueron niños / una vez / ¿qué les pasó? / ¿y qué me pasó / a mí? / está oscuro / y frío / por acá”
Me quedo suspendida entre los titulares de los diarios y el poema. Hay un mundo que pesa demasiado y  nadie sabe muy bien qué hacer con él. La gente comienza a creer que es mentira eso del año nuevo. Otra vez los números. Un 9 al final de la cifra y brindamos porque las cosas vayan mejor aunque sospechamos que no.
Pero parece que nadie está dispuesto a perder las esperanzas. La oscuridad arriba amenaza los patios con árboles y a los budines en la mesa. Ahí, cuando alguien vuelve a partir las nueces, aparece la melancolía que lo envuelve todo, hasta el azúcar del praliné. Pero llegan las doce y el cielo se enciende.
La oscuridad no dura para siempre.

Titular 6: Cuando ellos se van sin aviso. Él ya no contesta. Me posterga o simplemente desaparece otra vez. Entre la derrota y desilusión largo un insulto al proveedor del Internet. ¿Y si me contestó pero no me llegó? Llamo a la compañía, me atiende una operadora, le digo que estaba esperando un mail y que no me llegó. Que por qué no revisan bien cómo anda la conexión.
La chica me dice que está todo perfecto. Yo insisto. Le digo que hace varios días que tendría que haber llegado el mail. Le cuento brevemente la historia. Ella me dice que tiene una amiga que piensa que todo es culpa del servidor de hosting, pero que el tipo en realidad no le da bola. Le grito: ¿Y vos qué mierda sabés como venía la cosa?
Pienso que es una desubicada. Le corto y decido dar de baja el servicio.

Titular 7: La crisis no es sólo económica. Adoramos gurúes económicos que anuncian debacles financieras. Nos distraen con recetas parecidas a la de las revistas femeninas sobre cómo conquistar hombres. Nos dicen que tenemos que pagar por el cajón para que nos entierren. Nos dan cientos de argumentos para la infelicidad y yo termino dándole crédito a varios.
Que él no se interese por mí no ayuda a la situación. El test decía que éramos compatibles. El idiota se va a morir sin saberlo.
Antes que el señor Street toque a mi puerta, voy a ir al supermercado. Voy a manosear todas las latas. Voy a leer con atención la letra chica. Voy a fijarme si el código de la oferta coincide con el del envase. Voy a investigar si los supermercados suben los precios los sábados y domingos cuando hay 10% de descuento. Y después de eso, me voy a dar otra chance.
Tal vez sea hora de comprar la lata de atún desmenuzado. El amor puede estar en un envase corrompido. En la posibilidad de encontrarse con lo inesperado,  entre los deshechos propios y ajenos, entre las expectativas desmedidas y el pesimismo que nos contiene. Aunque haya gente que nos diga que sabe como es la cosa, no nos olvidemos del amor.

Lorena Aguado.

C O E T Z E E

Publicado en De Otros. el 15 de Diciembre, 2008, 6:55 por MScalona

La vi por primera vez en la lavandería. Era a media mañana de un tranquilo día de primavera y yo estaba sentado, mirando cómo la colada daba vueltas, cuando entró aquella asombrosa joven. Asombrosa porque lo último que esperaba era semejante aparición; también porque el vestido rojo tomate que llevaba era asombroso en su brevedad.

El espectáculo que yo daba también debió de sobresaltarla: un viejo encogido en un rincón que a primera vista podría ser un vagabundo de la calle. Hola, me dijo fríamente, y entonces fue a lo suyo, que consistía en vaciar dos bolsas de lona blanca en una lavadora de carga superior, unas bolsas en las que parecían predominar las prendas interiores masculinas.

Bonito día, le dije. Sí, replicó, de espaldas a mí. ¿Es usted nueva?, le pregunté, refiriéndome a si era nueva en las torres Sydenham, aunque también eran posibles otros significados, ¿eres nueva en este planeta?, por ejemplo. No, dijo ella. Cómo chirría el intento de mantener una conversación. Vivo en la planta baja, le dije. Esta clase de tácticas me están permitidas, se achacarán a la locuacidad. Qué hombre tan charlatán, le dirá ella al propietario de la camisa rosa con el cuello blanco, me ha costado librarme de él, una no quiere ser descortés. Vivo en la planta baja desde 1995 y aún no conozco a todos mis vecinos, le dije. Sí, replicó ella, y nada más, una sola palabra que significaba

Sí, oigo lo que dice y estoy de acuerdo, es trágico no saber quiénes son tus vecinos, pero es lo que ocurre en la gran ciudad y ahora he de ocuparme de otras cosas, así que ¿podríamos dejar que este intercambio de cortesía de rigor fallezca de muerte natural?

Tiene el cabello negro, muy negro, una hermosura de osamenta. Cierto brillo dorado en la piel, <<suavemente radiante>> podría ser el término preciso. En cuanto al vestido rojo brillante, tal vez no sea la prenda que habría elegido si hubiera esperado la compañía de un desconocido en la lavandería a las once de la mañana de un día laboral. Vestido rojo y chanclas. Esa clase de chanclas que son una continuación de los pies.

Mientras la miraba me invadió un dolor, un dolor metafísico, que no traté de reprimir. Y de una manera intuitiva ella lo supo, supo que al viejo sentado en una silla de plástico en el rincón le ocurría algo personal, algo relacionado con la edad, el pesar y la tristeza de las cosas. Algo que a ella no le gustaba en particular, que no quería recordar, aunque era un tributo a ella, a su belleza y frescura, así como a la brevedad de su vestido. De haber procedido de otro hombre, de haber tenido un significado más sencillo y directo, podría haber estado más dispuesta a aceptarlo de buen grado; pero viniendo de un viejo su significado era demasiado difuso y melancólico para un  bonito día en el que tienes prisa por terminar las tareas.

Transcurrió una semana antes de que volviera a verla (en un bloque de pisos bien diseñado como este, no es fácil seguir la pista de tus vecinos), y solo fugazmente, cuando cruzó la puerta principal enfundada en unos pantalones blancos que resaltaban un trasero casi perfecto que podría ser angelical. Dios, concédeme un solo deseo antes de morir, susurré; pero me embargo la vergüenza por la concreción del deseo, y lo retiré.

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Gracias a Vinnie, el encargado de la Torre Norte, supe que ella (a la que tuve prudencia de describirle no como <<la joven con el vestido seductoramente corto y los elegantes pantalones blancos>>, sino como <<la joven del pelo negro>>) es la esposa o por lo menos la novia del pálido, presuroso, rollizo y siempre sudoroso individuo cuyo camino se cruza con el mío de vez en cuando en el vestíbulo y a quien he puesto por mi cuenta el nombre de señor Aberdeen, y también que no es nueva  en el sentido habitual de la palabra, puesto que (junto con el señor A) ocupa desde enero un excelente apartamento en la planta superior de esta misma Torre Norte.

Su relación con ese señor Aberdeen, que sin duda tiene pecas en la espalda, es una gran decepción. Me duele pensar en los dos uno al lado del otro, es decir, uno al lado del otro en la cama, puesto que en última instancia eso es lo que cuenta

No solo por el insulto (el insulto a la justicia natural) que presenta un hombre tan insípido en posesión de una amante tan celestial, sino por el aspecto que podría tener el fruto de su amor, el brillo dorado de la mujer totalmente desleído por la palidez céltica del hombre.

      

 diario de un mal año

 diario de un mal año

ed. mondadori,  p. 7

ed. mondadori,  p. 7

john m. coetzee

john m. coetzee

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-