"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




30 de Octubre, 2008


EDGARDO JUÁREZ, Premiado...

Publicado en Nuestra Letra. el 30 de Octubre, 2008, 17:25 por MScalona

POLAROIDS

 

 

Pudo haber sido en cualquier momento. Pero no. Fue precisamente en la semana en que, por algún motivo para mí desconocido, dejó de lado su habitual gesto adusto. Cada día un nuevo gesto aumentaba la paz de su rostro. Cada día un brillo nuevo se apoderaba de sus ojos. Al punto que, aquel viernes, parecía otra persona.

Se había cortado sutilmente el pelo. Y sutiles eran los acentos que copiaban el tono del mechón casi rubio que, en la nuca, persistía en su color original de la pubertad.Dejó los jeans y calzó polleras de géneros tan frágiles que se agitaban en movimientos inquietantes cuando caminaba, ahora, con una energía desconocida.

Para mi sorpresa, empezó a usar zapatos de media altura y un suave rojizo cubrió sus labios serenos. Algo hizo distinto en sus ojos. Pero no percibía qué. Solo que ahora, aquella profunda oscuridad que fácilmente se veía como ira, ahora despedía una paz sin límites. Tan serena como austera y generosa. La voz inflexionaba en un decurrir envolvente e inquietante. Decidida y firme. No debió sorprenderme. Al fin yo había sentidos, casi desde el principio, que un ángel moraba debajo de aquella coraza fría e impenetrable.

Sin mayor trámite me preguntó una tarde cuáles eran mis rituales. Mientras neguaba aceptar que los tuviera, una película de imágenes detenidas se desató sin piedad. Afeitarme, acomodar mis biromes, escarbar sin rumbo la biblioteca, cierto onanismo premeditado. Rituales. Rituales negados como culpas. No. No tenía rituales.

No respondió. Ni dejó espacio para comentarlo, solo me dio una bolsita de yuyos. «Mezcla de hierbas», rezaba. Me pidió que ayunara un día y solo bebiera aquel té. Pensé en un juego. Los habíamos tenido. No debía sorprenderme. Como cuando la induje a transitar un estado pre hipnótico, a lo que por supuesto se negó. Yo había disfrutado aquel tipo de juego. Ahora ella disfrutaba el hermetismo de éste.

Una íntima letanía me advertía del vértigo del próximo abismo. Pero ¿quién presta atención a lo que viniendo de la más profunda intimidad nos habla de vacíos atrapantes o equilibrios perdidos y caídas tan raudas como lentas? No me permitió que la fuera a buscar a su trabajo. Me citó en su casa e innecesariamente me exigió puntualidad. Nunca lo había hecho antes. Y aún así pasó inadvertido para mí. Cuando doblé la esquina de su casa y la vi parada en la puerta, algo se contrajo cerca de mi corazón. Uno de esos estragos que sueltan una fantasía perversa como la de una muerte súbita. Pero esto no ocurrió. Sobreviví a la experiencia y como tantas veces antes, nos saludamos con la íntima pasión de quien se ocupa del deseo propio y lo aviva cada día con ligeros soplidos, certeros y vivaces.

Los tres pisos de la escalera agitaron aún más aquel ahogo y frente a la puerta sin llave me detuvo con un apretón de mano a la vez que esquivaba sutilmente cualquier intención de beso o abrazo. Como quien tiene certezas de antemano, de un solo movimiento sacó mi eterno pañuelo de cuello y con maestría le dio pliegues exactos y prolijos.

Se puso detrás de mí y en puntas de pie vendó mis ojos. Definitivamente moriría. El pellizco era ahora el de una mano que quisiera detener mi corazón. De tal modo que no pude precisar determinar lo que parecía una risa. Muy por el contrario, como si la ceguera momentánea encendiera otros sentidos, un olor de humo dulzón caló debajo de las cuencas de mis ojos detrás de la nariz. Me sorprendió la precisión con que percibía el lugar de ese olor tan ajeno como conocido.

Abrió la puerta y el aroma se hizo intenso y embriagante. Lo envolvía todo. Con firmeza ceremonial me guió dos pasos y cerró la puerta. Entendí que no debía moverme. Ésa era la tácita consigna dicha por el suave abandono de mi mano. Traté de clasificar el olor. Era humo de velas, seguro. Sentía el acre olor de la parafina al quemarse. Pero ese olor estaba oculto en la intensidad de aquella fragancia desconocida y persistente.

Me tomó el silencio. Ni siquiera de la calle llegaban ruidos. ¿o por algún velado motivo no los oiría? Estaba descalza. Seguro podía percibir el deslizar de sus pies sin medias siquiera.  El tiempo se extendía, pero merced a un mandato no explicado, las urgencias me habían abandonado sin avisar. Como sin avisar los finos dedos pasaban una materia aceitosa y perfumada sobre mis labios con una sabiduría que se hubiera dicho antigua, genética.

Ahora, un pote cerámico, tibio, anticipaba una infusión amarga y breve que pronto sentí reconfortante. La proximidad de su cuerpo era innegable. Podía olerla, raramente exudada. Podía percibir el calor corpóreo como si las temperaturas de ambos se hubieran desfasado. No puedo negar la intriga que invadió cada lugar de mi emoción, pero mentiría si dijera que resistía aquel ritual desconocido. ¿Ritual? Otra vez el corazón queriendo escapar de aquella guerra firme y opresora. Ritual. Ceremonia. Preámbulo misterioso anticipado en los días que precedieron.

Con firmes tironeo me hincó en una superficie mullida. Sentí que todas las mantas y sábanas de la casa habían sido apiladas y de alguna forma habían sido tensadas como en un minúsculo dojo de arte marcial. ¿Sería una lucha o su metáfora más vívida? Sin prisa una a una, mis ropas me abandonaba y así adiviné su propia desnudez. Con los ojos vendados me sentí en desventaja y me invadió una vergüenza ajena e impropia. No sentía eros  pero estaba excitado. Los latidos golpeaban fuerte el cuerpo entero, pero el ritmo se me ocurría cada vez más lento.

Una flauta celta, morosa y serena anunció el goteo de un aceite grueso y tibio. El vaho perfumado coincidió con un sobresalto. Era plástico lo que cubría las mantas. La pensé en ese instante como una sabia pitonisa de algún rito antiguo y desconocido. Ahora sus frágiles dedos me recorrían aceitados a ritmos impredecibles. Nada era casual, ni siquiera ciertos imperceptibles roces que anunciaban desbarranques que nunca llegarían.

Una pausa puso en mis labios una boquilla metálica liviana y delicada.  No dejaba de ser tabaco. Pero picaba la garganta y confundía cierto «blend» dulzón, inexplicable. Cada cosa se hizo más lenta, más pesada o más penetrable. Las manos deslizaban debajo de la piel y el canto de un cello envolvía los sentidos de un modo exasperante. Me provocaba una lengua puntiaguda y firme. No había secretos. Ni límites. Me sentí flotar y no me resistí a nada. Desató el pañuelo en un momento eterno donde pude percibir el trabajo medido de los dedos en los pliegues del nudo. Por un instante infinito me negué a abrir los ojos. Los efectos de aquellas sustancias químicas y seguramente prohibidas, me guiaban en un sendero de profundo placer donde nada apuraba trámite alguno.

Una brisa de soplido ahumado perturbó la calma y ví cien mil velas y sahumerios irradiando líneas iridiscentes que rompieron mi última voluntad. Caí de espaldas y un llanto sin congoja me ganó al tiempo que sonreía a aquella diosa sibarítica de goces para mí desconocidos. La duplicaba en peso y no poca altura le llevaba. Sin embargo su cuerpo untuoso generaba calces perfectos como una pieza dinámica de un rompecabezas sinuoso y cada vez más excitante.

Me envolvieron sus pliegues con promesas gigantescas que no podía deducir o tan siquiera imaginar. Dónde ancló en mí esa ceremonia, no lo sé. Como no sé cuándo ni cómo terminó. Un sueño intenso se resistía a dejarme ordenar los hechos.

Recordaba el rostro, bello, franco sereno, el cabello tensado en una cola alta, y la belleza emanada en suaves oleadas de una voz que no entendía. Volví a la vida en una ducha que no podía precisar cuándo ocurría, pero cuando salí, solo pude cambiarme para, sin palabras, salir escaleras abajo a un día gris de ese invierno intensamente frío. Juzgué que era sábado o domingo. No podía precisar que día había recorrido el camino inverso.

Descubrí un hambre de cosas dulces y no pude decirlo porque antes de hablar me ofrecía, riendo, una barra de cereales y miel. Caminamos en línea recta hasta el final mismo de la calle, contra el río, y nos abrazamos pidiéndonos permiso, como la primera vez debajo del marco de la puerta de su casa. Muy a mi pesar, no volví a verla. Nadie respondía su teléfono y su timbre se había silenciado. No podía preguntar en su trabajo. Pero compré varias veces en cada local de la cadena, pensando encontrarla, aunque cada vez menos.

Busqué alguna vez sus fotos, y no estaban. Como no estaban los pocos negativos que tuve con su imagen. Busqué la caja donde algunas polaroid compartían poesías de Neruda y fotocopias de mis textos pensados para ella. Nada. Caí en la cuenta que su aguda inteligencia sólo podía opacarse ante su astucia. Me negó su recuerdo en esa huida hacia ningún lugar.

Algunas semanas después de su extraña partida, descubrí un mechón de pelo  dorado y oscuro, con ondas profundas atado con un hilo rojo a la correa de mi cámara más querida. Sentí que me embargaba un abismo profundo y silencioso. Lo prohibido, lo negado, lo sentido, se mezclaban en esa sima profunda y traicionera. Me explotaban los sentidos con su anunciada ausencia. 

Como un rayo, me di vuelta sintiendo su presencia. Pero era el vacío. Maldije el aire que me rodeaba y maldije el sentimiento que tardío me rozaba el alma y esculpía las tardes con hastío. Un día de enero, un sobre sin remitente me devolvió su imagen de polaroid difusa. Sin textos, se la veía rodeada de orientales y médicos. Un uniforme decía que podría ser monja, pero me resistía a aceptarlo. A través de la foto, me hablaba sonriendo con sus enormes ojos oscuros. Un aire angelical y pícaro irradiaba mensajes que no pude entender hasta pasado cierto tiempo.

La emoción me impidió ver que un médico de estetoscopio al cuello, de perfil, con los ojos semicerrados, sostenía con firmeza su mano cerrada sobre el otro brazo. Era su gesto más característico. Estaba cómoda y me lo decía con la imagen. Estaba en paz, y su mano lo confirmaba aceptando la presencia de aquel hombre.

No había rencores. No había pasado. Sólo la distancia que la ubicaba en la exacta antípoda de nuestra tierra. A esa que de tanto quererla, le había suplicado hasta el hartazgo que la liberara de tamaño compromiso. Enchinché la polaroid por encima del 39 gigantesco con que homenajeaba a Antonioni en la puerta de mi estudio.

Pensé que ella llamaba «tus polaroid» a los momentos en que capturaba su belleza con sólo lo efímero de mis ojos. No era efímera su otra belleza. La que recordaría hasta mi último momento.

Tal era el pacto.

 

 

 

EDGARDO  JUÁREZ

edgardojuarez@hotmail.com

 

POLAROIDS.

NIKON. Agosto 2003.

 

 

 

 el autor acaba de ganar el 1º Premio en el Concurso de Cuentos del Valle de Punilla, con este maravilloso relato. EDGARDO pasó (pasa) unos 3 años por el taller, hasta el año pasado. Además es fotógrafo artístico, diseñador gráfico y publicitario.  Recibirá el premio y una estadía en el valle, el próximo 8 de noviembre.  ¡Hermosa noticia...!

Cicatrices

Publicado en Nuestra Letra. el 30 de Octubre, 2008, 10:02 por Ali

 

                                                           Se te olvida

                                                           Que me quieres a pesar de lo que dices

                                                           Pues tenemos en el alma cicatrices

                                                           Imposibles de borrar.

                                                                                  

 

Dicen que no hay herida que el tiempo no pueda sanar.

Es cierto, las heridas se curan pero nos dejan una cicatriz, que con el tiempo no molesta ni duele, pero allí se mantiene, indeleble.-

Me he puesto a pensar que a veces no es malo recorrer nuestras cicatrices. No todas significan recuerdos dolorosos.

La marca que tengo en la rodilla por ejemplo, fue cuando me estrellé contra los adoquines de la calle al estrenar mi primera bici; estaba tan feliz que dije: “No me dolió”.-

Acá, en la mano, me quedó la marca del colmillo de una mascota, un cachorrito lanudo que no le gustaba que lo molesten cuando comía; y como yo no lo respetaba no tuvo mejor forma de hacerse entender que tirándome un tarascón.- ¡Bien hecho! ... Dijo mi mamá.-  

Continúo recorriendo mi cuerpo como si fuera un mapa, y me detengo cada pocos centímetros. ¡Hay tantas cicatrices, o mejor dicho tantos recuerdos, que enumerarlos a todos sería una tarea difícil !

Pero ¿cómo ignorarlos? Ocurre que cada cual guarda una significación diferente asi como la dimensión de su paso por mi vida.

Cada vez que me maquillo frente al espejo trato de ocultar esa pequeña línea, hoy casi imperceptible, en la zona del tabique nasal, secuela de aquel choque en moto. La caída contra el pavimento fue muy violenta, no tenía el casco puesto y como se dice en la jerga popular: “la saqué barata”.  Sólo unos cortecitos en la cara, magullones en todo el cuerpo y un diente partido. Chau moto!

Sigo incursionando, atravieso rápidamente años de mi historia y llego adonde no quería llegar. La mama izquierda ya no es igual a la derecha, después de una mastectomía. Me detengo unos segundos sobre esa cicatriz, la acaricio y la disfruto. ¡Estoy curada ... y viva!

Cuando creí haber concluido ese viaje imaginario a través de mi cuerpo buscando y descubriendo cicatrices, trayendo a la mente cada hecho provocante de las mismas, algo me decía que no estaban todas.-

Sentí que faltaban las más importantes, las que aún seguían doliendo, pero no las podía encontrar.- Recordé a Saint Exupery cuando su Principito decía: “lo esencial es invisible a los ojos”.-

Y así las encontré. Allí estaban las cicatrices del alma, invisibles pero presentes, imposibles de borrar.-

                                               Ali Catania (2008)

  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-