"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




22 de Octubre, 2008


Beatriz Vignoli

Publicado en De Otros. el 22 de Octubre, 2008, 11:25 por MScalona

Nadie sabe adónde va la noche

 

 

            Mi madre había sido una persona alegre que cuando vi desaparecer su féretro en el correspondiente nicho. –como un cajón cuyos contenidos se retirarán de la vista hasta ser nuevamente convocados- no imaginé que mi padre podría haberla empujado hasta ahí.  Y sin embargo, ahora que había visto a mi padre abrir nerviosamente los cajones  de la cristalera, encaprichado en hallar algo cierto mantel con particular  con la tozudez que sólo recuerdo haber tenido de niño, sentí alivio: su mente ya no tenía poder sobre la mía.

Caminé de regreso hasta casa, esa tarde de mi visita filial, con la serenidad de quien se hubiera librado (Darte Vader = Dark Farré) de una persecución de siglos. O de toda una vida: la mía. Mi calma duró apenas el tiempo que tardó el sol en  ponerse. Y se ponía temprano, en esa época del año. Cuando sus rayos brillaban ya casi a ras de la tierra, iluminaron todavía los cabellos de una persona sentada en uno de los bancos de la plaza frente a casa. Supuse que sería mi hijo, que estaría aprovechando la tibieza otoñal y su computadora portátil. Debía serlo, con aquel cabello enrulado igual al de su madre, que el sol le volvía luminosamente traslúcido en torno a la cabeza como uno de esos halos dorados que los hagiógrafos les pintan en sus íconos a sus santos. Me imaginé lo que hubiera sentido yo, veinticinco años atrás, si en vez de hacia él estuviera caminando lenta y sigilosamente hacia su madre. Imaginé el amor en mi corazón, alterando sus latidos. Hubiera sido aquel un Gran Momento Kodak para la eternidad.

La persona a quien yo confundía con mi hijo sólo me era visible de espaldas, por lo que tuve la prudencia de no saludar. Menos mal. Al pasar el rumbo a mi casa pude verla de frente: era una mujer desconocida. Tendría mi edad o todavía más. Era fea. Estaba sentada sin hacer nada más que mirar al sol poniente, bañándose en sus penúltimos rayos como en una alegoría barata de aquel  momento particular de su vida. Eso duró mi calma. Cuando entré a casa, ya no era más un joven perseguido sino un viejo cansado y triste.

 

 

 

 

Bueno, tanto como viejo todavía no. Mi Gran Hermano (my Big Brother, lo apodé de adolescente, eras geológicas antes del programa televisivo de ese nombre) seguía tomando el control en cuanto yo le daba la oportunidad. La diferencia era que yo ya no le daba la oportunidad. ¿Para que? ¿Qué ganaba? Me imaginaba que iba a sentirme tan idiota como se veía mi padre buscando ese mantel en particular y ningún otro.

La novedad era que ahora podía elegir; y elegía no hacerlo. Si quería, podía bajar las defensas y permitir que la belleza de una alumna que me estaba haciendo una pregunta en la clase me diera de lleno en el plexo solar: jugaba a eso. Y mi Gran Hermano alzaba enseguida su hocico de lebrel; en eso seguía siendo casi tan rápido como siempre. No tan claro. Pero lo que me faltaba ahora a mí era convicción. Había perdido el elemento intelectual y volitivo del asunto, si no el físico  y químico. Lo que había de caído era  mí en el sexo. Me tentaba sin embargo más que nunca la idea de entregarme a las mujeres en forma total y definitiva. Ya no pensar más con el sexo: el junco pensante. Anotaba cosas en libretas. No perdía esa ridícula costumbre. Ahora perdía las libretas.

Y mientras todo me era más fácil que nunca, mientras era adorado no sin un dejo de ironía burlona por mis alumnas de Literatura Inglesa  y Norteamericana  I como el teniente Kurtz por los salvajes del Congo, yo soñaba con una epopeya a la altura de mi voluntad: es decir, de la voluntad que hubiera tenido en caso de existir entonces una epopeya tal que me dieran a mí ganas de hacer algo.

 

 

 

 

Analfabetismo afectivo. Así apodé yo mismo a mi enfermedad o lo que fuese. La sospeche inherente a la masculinidad; supuse que vendría con el cromosoma X en un mismo paquete genético. Por lo demás, nunca pensé demasiado en el asunto. De eso se encargó Elizabeth, la madre de  mi hijo, hasta que alguien la alertó de que estaba haciendo sola el trabajo de dos personas.

¿Sueño irónico? Es mi actitud habitual ante el tema.

Sé que podría pilotear todo un romance con la ayuda de mi Gran Hermano. Bastará con que ella sea bella. Enamorarme  de la belleza que siempre me resultó fácil. Difícil me fue no enamorarme de la belleza de las mujeres bellas. Yo no amo. Sí amo la belleza y acepto por añadidura todo lo que pueda adherírsele, es decir todo aquello lo cual la belleza puede ser una cualidad, léase: mujeres. Ellas y mi Gran Hermano se encargan del resto. Yo no tengo más que seguirlos.

De joven me entere a mí mismo para no abandonarme sino ante  quien luego sería la madre de mi hijo. Fácil me hubiera sido volviéndome anacoreta y quedándome en casa.  Pero me gano la vida hablándoles de Shakespeare a decenas y decenas de veinteañeras en celo. Y la metáfora del lugar del cuerpo de Julieta donde no llega  el sol es mi número favorito. Hacia junio, están casi todas enamoradas de mí. Y yo de ellas. Súmese a esto que enseño en una universidad pública, donde no corro peligro de que sus padres me inicien juicio  ni nada parecido: un coto de ninfas a mi disposición. ¿Y? Y no les hice nada. Nada. Malgasté toda mi fuerza de voluntad-mis mejores años- en contenerme y serle fiel a mi mujer. Debo  añadir en su descargo que lo hice menos por amor a ella que por amor propio: imaginar los comentarios, el corrillo del gineceo, me helaba. Era mi recurso para asistirlas. Cuando me divorcié quise recuperar el tiempo perdido, pero ya era tarde. Ahora  que me gobierno ya no quiero más a nadie.

Ellas me aman:<<¡Profe, profe!>>, como siempre. 

 

 

 

BEATRIZ  VIGNOLI,       Edit. Bajo la Luna

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-