"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Octubre, 2008


Groucho y Wall Street...

Publicado en Aguafuerte el 8 de Octubre, 2008, 18:01 por MScalona

Groucho  y la crisis financiera

        Muy pronto, un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se

sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.  Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era

calderilla en comparación con la plata que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

       Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: - Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber

lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation" […]

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín. -En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta

que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por

ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al

agente. Era como robar dinero.

          El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitué de Wall Street, quien le dijo en un susurro: -Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que

sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. Chico corrió inmediatamente hacia el teatro, con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del telón hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos

entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo: - No ocurre a menudo que alguien entre

con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.

                 El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía, era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company. Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿Cuánto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada! Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo. - No sé gran cosa sobre Wall Street - empecé a decir  en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones? Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo: - Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro. - Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo? Adecuadamente castigado y amansado, respondió: - Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, perro éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Concierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra? –No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.)

-Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías.

-Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-.

¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas. Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos,

era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.

              En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (1) (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […]  Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo? Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha.

             Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí. Eddie, cariño - contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio! Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando

me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo: -Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs? -Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar

dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas? Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme. -¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de

inversiones más sensacional de todo el mercado de valores. Luego consultó su reloj y dijo: -Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que

hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo! Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos.

              ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figúrese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América. Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el

despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

                  De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."

                   Yo no estaba presente cuando la Fiebre del Oro del cuarenta y nueve. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba al todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro de que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición. Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales. Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente. Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó.

         Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo...se suicidó.

            En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído

a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.

             El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación..."

                                                          Groucho Marx

Groucho y yo   Ed. Tusquets, Colecc. Fábulas

Otro Clásico...

Publicado en relatos el 8 de Octubre, 2008, 8:32 por MCorsalini

EL PELIGRO DE LAS PALABRAS

     Debía ir a su casa para despertar a su hijo por lo urgente del trámite. Lo llamó varias veces con el celular pero no contestaba, sólo se oía la voz impersonal avisándole que el abonado no estaba disponible.

Salió del trabajo con el tácito permiso de su superior inmediato. Para hacer más rápido y por la generosidad de una de sus compañeras, se montó en la bicicleta y se alejó por el camino más corto. Quería regresar pronto.

     Entre pedaleo y pedaleo se sentía feliz de recibir el aire fresco en su rostro y de que echara hacia atrás su cabello sin importarle que enmarañara los rulos apretados y medio descoloridos.

       A pesar del tiempo pasado desde que no usaba una bicicleta se alegró de poder hacerlo con seguridad y soltura. Llegó a su casa, encontró a su hija ya levantada y con el celular apagado. Le repitió las recomendaciones necesarias para que el papeleo se realizara en forma correcta. Temía que el Dr. Terraza, un abogado joven de la ciudad, pudiera encontrar algún detalle que los comprometiera legalmente. Este afamado doctorcito, el terror de la ciudad, se encargaba de resolver casos raros, que llevaba a juicios y que, con métodos poco ortodoxos, le dejaban grandes ganancias mientras que a sus clientes los arreglaba con pequeñas tajadas.

Después de recordarle otra vez las precauciones, se puso en marcha para regresar al trabajo. En la esquina dudó un instante entre seguir o no de contramano. Al fin se decidió por hacerlo, aunque no por la calle principal donde el tráfico a alta velocidad era usual.

Iba no muy ligero y casi pegada al cordón por la calle elegida. El chirriar de la cadena junto al golpeteo del guardabarros flojo producían un ritmo semejante al de una canción infantil que recordó y comenzó a tararear despreocupada.

Al llegar a la mitad de cuadra vio un camión estacionado al que el dueño le estaba colocando la lona para tapar la carga, como hacen siempre cuando se preparan para salir de viaje. La estiraba con una caña india en cuyo extremo superior le habían hecho un corte en forma de gancho como una V corta, y al inferior lo habían  transformado prácticamente en una punta de lanza.

Sin abrirse demasiado, solo lo suficiente para esquivar al camionero que de espaldas seguía con su trabajo, vio como la caña le quedaba enganchada en el borde de la lona y dando un tirón seco hacia abajo trató de zafarla.

En ese preciso instante  ella pasaba junto a él. La caña, que se le antojaba como un gran palo, golpeó su muslo derecho, resbaló y siguió hacia la otra pierna donde detuvo su curso al chocar con el fémur a la altura de la arteria femoral. El dolor tan intenso sumado a la sorpresa del golpe hizo que mientras se quejaba con voz apenas audible por la falta de aire, transpirara copiosamente.

La fuerza con que el camionero desprendió la lona, la envió sin control hacia el otro cordón frenando así la marcha. Se bajó de la bicicleta en cámara lenta. Sentía que ese dolor agudo comenzaba a extenderse por todo el cuerpo, por cada uno de sus órganos, estrujándole el estómago hasta las náuseas, subiéndole por las sienes y la nuca hasta sentir que se desmayaba.

Comenzó a inspirar por la nariz y largar el aire por la boca. Evitó así vomitar y superar el mareo. El camionero se le acercó sorprendido y la miraba abriendo sus ojos azules escondidos tras una abultada nariz ganchuda que le daba aspecto de pajarraco.

-         ¿Qué le hice? ¿Qué le paso?

-         Nada…  nada, estoy bien –mintió.

-         ¡Cómo no la vi! ¿Dónde le pegué?

-         Aquí, aquí. – dijo señalando la zona inguinal donde la pollera rasgada daba muestras de lo ocurrido.

-         ¡Qué desastre! A ver…

-         No se desespere- dijo con voz desfalleciente- La culpa es mía, yo iba en contramano.

       Trataba así de tranquilizarlo pues parecía un accidente preparado como esos de los que se ocupaba el Dr. Terraza.

-         ¡No, no! Yo debía haber mirado. Pero ¿dónde le di?

-        

Su timidez le impedía levantarse la pollera para mostrarle.

         Al darse cuenta, el camionero fue en busca de su esposa.

Aprovechó ese momento para subirse otra vez a la bicicleta, pero al levantar la pierna venciendo al dolor, sintió que algo cálido y pegajoso le corría por el muslo. Dedujo que era sangre. Debía tener un tajo, pero ¿de qué tamaño? Aún no había podido fijarse. Decidió volver a su casa en el momento en que la mujer llegaba a la carrera tomándose la cabeza con ambas manos.

-         ¿Qué pasó? ¿Se siente bien? ¿Quiere que llame a una ambulancia?

-         No, no se haga problemas. Me voy a mi casa y yo llamo a la emergencia. Mi hijo trabaja allí.

            Y caminando con dificultad regresó con la bicicleta a la rastra. Entró, se levantó la pollera y vio como un surco de sangre rojo oscuro le llegaba hasta la rodilla partiendo de una herida de labios abultados que parecían sonreírle con malicia.

           Despertó a su hija. Su celular había quedado sobre el escritorio.

-         Por favor llamá a Leandro  que venga rápido. Un tipo, un reverendo hijo de mil putas, me dio con un palo y me parece que me tienen que coser.

-         Sí, ya lo llamo. Pero ¿por qué te pegó? ¿Cómo fue?

-         Si te cuento, si lo cuento, nadie me lo va a creer. ¡Sólo a mí me pasan estas cosas! Después te digo. Ahora dejame que me duele mucho; y avisá en el trabajo.

           A los 10 minutos llegó la ambulancia con un médico y dos enfermeros. Su hijo no estaba entre ellos, había tenido que hacer un traslado. Sentada junto a la mesa la auscultaron, le limpiaron la herida, la vendaron y le dijeron que debía ser suturada. Como vieron que casi no tenía color en las mejillas y apretaba los dientes soportando el dolor, le dieron un calmante oral.

-         Con esto no vas a sentir nada, es un calmante como para caballos pero tómalo tranquila. Ahora nos tenemos que ir a ver a otro paciente. Dentro de unos minutos volvemos y la llevamos a coser ¿de qué médico prefiere ir?

-         Del Dr. Alberto –murmuró mientras le empujaban con suavidad la cabeza entre las piernas para evitar que se desmayara.

Al ratito llegó su hijo mayor asustado.

-         ¿Qué te pasó? Estaba sentado en un bardespués de terminar todo el papeleo, y cuando me vieron los enfermeros me dijeron a los gritos, que un tipo te dio con un palo. ¿Te tienen que coser?

            Detrás de él, y completando el cuadro familiar, entró apurado Leandro con los enfermeros que venían a buscarla.

-         ¡Vieja! ¿Quién te dio con un palo? ¿Cómo fue?

-         Fue realmente de película, si te lo digo no me vas a creer.

-         ¿A ver? ¡Uh, pero qué cagada! Vamos, vamos ya de Alberto.

En el trayecto le contó.

-         ¡Uh, parece que fuera un caso como los de Terraza!

En el barrio, en el bar, en el trabajo todos comentaban lo sucedido. Cada uno cambiaba el tono o le agregaba algo de su propia cosecha. Todo se iba haciendo cada vez más grande y más grave hasta que alguien nombró al Dr. Terraza y otros se encargaron de que llegara a oídos del camionero.

-         Si esta mujer habla, el cuervo te hace un buraco…

-         Pero si ella iba en contramano.

-         Sí, y vos no tenías que hacer eso en la calle. Rogá que no abra la boca, que si no…

              El camionero comenzó a desesperarse. Si la mujer hablaba, si se iba del abogado ese, perdería todo: su casa recién estrenada, el camión nuevo, todo comprado con sus únicos ahorros. ¡Qué desastre que podrían hacerle! Cuanto más lo pensaba, más se enloquecía buscando una solución para parar este embrollo.

              De la silla de ruedas la pasaron a la camilla. El Dr. Alberto comenzó a suturarla mientras la escuchaba atento aunque ya le habían comentado lo disparatado de este accidente. Es que ella necesitaba decirlo, ponerlo en palabras, escucharse a sí misma contarlo para poder creerlo. A ella también le parecía una mentira.

              Como el médico notó su gran nerviosismo, además de la anestesia local le dio un tranquilizante sublingual. Este relajante, más el que le habían hecho tomar los enfermeros, más todo por lo que pasó: sorpresa, susto, dolor, ansiedad (al saberse ahora protegida y segura), hizo que comenzara a aflojarse, a tener necesidad de dormir.

               Sus párpados parecían tener decisión propia y no dejaban de intentar cerrarse a pesar del esfuerzo que hacía para mantenerlos abiertos. No podía entender bien lo que Alberto le decía, y, cuando lograba descifrarlo, sólo podía articular algunos monosílabos para responderle. ¡Justo ella que no paraba nunca de hablar!

                Ya se dejaba atrapar por esa nebulosa que la envolvía cuando logró distinguir al doctor que salía de la habitación diciéndole que sólo le faltaba recetarle un refuerzo de la antitetánica, y que descansara un rato mientras volvían los de la emergencia.

               Así intentó hacerlo, cuando con los ojos entrecerrados pudo ver que por la otra puerta entraba un enfermero con un guardapolvo blanco medio ajustado, corto de mangas, que realmente le quedaba chico. Esbozó una sonrisa, se notaba que para él debía ser, por lo menos, un talle más grande. Seguro que no le pertenecía.

                 También notó que se le acercaba con una jeringa en la mano. Sus neuronas, aunque medio perezosas, lograron captar algo que la angustió. No entendía por qué. Trató otra vez de enfocar la mirada, ahora en la cara de ese hombre que se le arrimaba para inyectarla. Esa cara, eso ojos azules y fríos, esa nariz abultada, ¿cuándo y dónde los había visto? ¿por qué le producían este miedo sordo y profundo? No podía encontrar las respuestas aunque buscara, revolviera en su mente.

                    Trató de decirle que ya el doctor había terminado, pero no llegaron a materializarse las ideas en palabras, y, antes de hundirse desesperada en ese sueño intenso que había ganado la batalla, sintió como la punta fría de una aguja se apoyaba en su boca y pinchaba sus labios.

                         Primero el superior y luego de empujar con firmeza la barbilla hacia arriba para poder cerrarlo, le clavaba el inferior. Sintió como se deslizaba el hilo lacerando la carne y sin poder moverse, como se tensaba y anudaba con tirones rápidos. Y lo sintió en cada puntada que le daba, una, dos, tres veces más; mientras lágrimas de dolor, estupor y resignación corrían por sus mejillas junto con gruesas gotas de sudor hasta humedecer la camilla.

                          Y sintió también como sus suspiros finales se escapaban por los huecos que dejaron cada una de esas desparejas puntadas, en su fallido intento por abrir la boca por última vez.

                                                                        Martha  I.  Corsalini

  

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-