"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




13 de Septiembre, 2008


...retazos para leer de golpe y en voz alta (pero son sólo sugerencias, claro)...

Publicado en Nuestra Letra. el 13 de Septiembre, 2008, 21:17 por Gonza!

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Como si fuera poca la soledad misma, sopla Diana uno a uno cada faro en su rancho olvidado por los techos sellados, por las puertas que cierran sin ruidos y mira mientras paciente la noche un caer triste, torpe burla la bruma un escondite, su abandonar duele y ya no siente será difícil pasar otro día tan lejos, si los metros ilusiones sabe, la distancia una burla a la fe crispada aculebrada certeza de que tal vez aún haya tiempo, que aún sabiendo no es nada cierto las dudas se borran, cien mojones sólo uno, lo lejos tris guiño si sabemos muy pronto o algún día volveremos, inevitable el soplo que reúne almas de a pares nuevamente, una y otra vez de nuevo.

SANDRA RUSSO

Publicado en De Otros. el 13 de Septiembre, 2008, 13:12 por MScalona

NÉSTOR  Y  ALICIA

                              

Néstor iba a cumplir cincuenta y seis años el 4 de octubre, y Alicia el 4 de noviembre. Siempre, desde que se conocían, mientras festejaban el cumpleaños de Néstor empezaban a organizarse el festejo del cumpleaños de Alicia. A lo largo de los años, muchos romances que habían germinado en el cumpleaños de Néstor florecían en el cumpleaños de Alicia. O al revés: muchos roses de parejas que habían asomado en el cumpleaños de Néstor se ponían en evidencia en el cumpleaños de Alicia, cuando algún amigo de él o alguna amiga de ella llegaban expresivamente solos. Desde que existían las heladeras con freezer, muchos pecetos mechados y tortas bombón de chocolate, que eran las preferidas de Néstor, habían permanecido congeladas desde el cumpleaños de él hasta el cumpleaños de ella.

Néstor y Alicia se habían conocido cuando a Néstor le faltaba una semana para cumplir los veinticinco, y a Alicia le faltaba exactamente una semana y un mes. Se habían visto antes porque los dos merodeaban la Manzana Loca y el Instituto Di Tella, pero habían mantenido su primera conversación, esa conversación fundante de las grandes amistades, en la casa de un amigo pintor. Corrían los años ´60 y todo el mundo tenía amigos pintores. Para tener amigos pintores no hacía falta que a uno le interesara el arte, sobre todo si se acostumbraba a ir a los bares de esa zona del microcentro. Era lo más natural del mundo ser pintor o ser poeta, era casi obligatorio, y no era el caso de Néstor ni el de Alicia. Néstor siempre había tenido un fuerte sentido estético, pero decoraba vidrieras y no lo hacía como quien se gana la vida decorando vidrieras hasta que puede dedicarse a la pintura. Todos preferían suponer eso, pero a Néstor la pintura, el dibujo, el grabado le parecía aborrecible, innecesario, inexplicable.

Alicia, por su parte, a veces escribía poemas en servilletas de papel, pero sabían que eran malos y nunca se los mostró a nadie. En aquella época además estudiaba psicología. No creía en nada de lo que aprendía. Después se recibió y llego  hasta ejercer como psicóloga, pero nunca creyó ni una palabra de las que dijo en su consultorio, y tampoco creyó nunca ninguna palabra de las que escuchó. Estaba convencida de que los pacientes mentían. Por eso nunca se tomó en serio a ninguno. Néstor despreciaban la pintura y Alicia despreciaba a la psicología, pero ejercían ese desprecio con mucha educación, cierto pudor y una abundante dosis de encanto.

Esa noche, la noche en que se conocieron, estaban en la casa del amigo pintor y los dos recorrían el enorme taller-estudio sin paredes más que las necesarias para que de ellas colgaran los cuadros del dueño de casa, unas geometrías despampanantes por sus colores y tamaños. Los dos, cada uno por su lado, miraban las obras con reticencia. Se notaba en la mirada de Néstor y también en la de Alicia que ninguno de los se había rendido al influjo del arte. En un momento se cruzaron. Se sonrieron. Fue una sonrisa de disculpa que los dos cazaron como se caza a una mariposa: con un placer mezclado con arrepentimiento, con un arrepentimiento sin  el cual el placer se hubiese diluido. Néstor, con aquella sonrisa, le confió a Alicia que esas pinturas que estaban ahí colgadas no lo impresionaban en lo más mínimo. Alicia, con aquella sonrisa, le confesó a Néstor que ella estaba allí por compromiso, porque el pintor dueño de casa era un paciente suyo.

Después se fueron juntos a tomar un café a un bar del Abasto, y mantuvieron su primera gran conversación. Estuvieron charlando  hasta la madrugada, embriagados por el éxtasis de haber encontrado un alma gemela: la coincidencia de cumplir años con un mes de diferencia no era gran cosa, pero a los dos le pareció algo extraordinario. Aquella noche Alicia fue a dormir a la casa de Néstor. Tuvieron sexo casi a desgano, un sexo simpático, entretenido, pero inmediatamente los dos supieron que la de ellos no iba a ser una relación de amantes. No se atraían sus cuerpos, sino sus mentes. Más específicamente, se atraían por una rara compensación de sus mentes, hiperrealista la de él, mágica la de ella.

Por lo menos esa era la idea que cada uno tenía de sí y del otro. Durante unos meses, no se dejaron de ver un solo día. Los unía entrañablemente ese desprecio respetuoso que sentían los dos por casi todo lo que los rodeaba. Y también los unía cierta manera de disculparse mutuamente por lo que no eran. A Néstor le parecía divertido que Alicia fuera una mala poeta y una psicóloga desganada, y a Alicia la enternecían las poco notables vidrieras de Néstor. En el grupo al que frecuentaban, Alicia era la única que no frecuentaban, Alicia era la única que no esperaba que Néstor se dedicara a la pintura, y Néstor era el único que dispensaba a Alicia de publicar un libro de poemas.

Cuando andaban por los treinta, empezaron, a descubrir otra faceta de esa relación tan intensa. Alicia recordaba cosas que Néstor había olvidado. Néstor tenía muy mala memoria. Ya de chiquito estudiaba las lecciones pero no las retenía. Olvidaba las letras de las canciones que estaban de moda. Olvidaba los nombres de los jugadores de Independiente, el club de sus amores. Nada grave. Simplemente no era él el indicado para recitar nada de memoria. Néstor tenía una mente deductiva. Alicia no. La mente de Alicia era un cofre. Una caja registradora. Guardaba cada dato, cada imagen, cada fecha.

-¿Cómo se llamaba esa novia mía que hablaba con la zeta?-le preguntaba Néstor.

-Lidia –le contestaba Alicia.

-¿Dónde fuimos a comer esa vez que me encontré con mi hermana y discutimos?                  

-A Bachín.

-¿Cuál era la película de Fellini que me mato?

-Amarcord.

-¿Por qué era que me había peleado con Laura?

-Porque estaban en una plaza y había una mosca y ella se quejó y vos le dijiste que las moscas revoloteaban donde hay mierda.

-¿A dónde me mudé cuando deje el departamento de la calle Bulnes?

-Al de Mario Bravo.

-¿Qué tengo ganas de comer siempre que venimos a Hermann?

-Higaditos de pollo.

-¿Por qué fue que me enamoré de esa pendeja?

-Porque le gustaba que le dieras palmadas en la cola.

-¿Y porque me pudrí tan rápido?

-Porque era lo único que le gustaba.

-¿Dónde puse la plata que había ahorrado?

-En el libro de Nietzsche, en el segundo estante, tapas rojas.

-¿Adónde me fui de vacaciones en 1957?

-A Mar Chiquita, con tus tíos.

Las conversaciones entre Néstor y Alicia eran largas y jugosas. Es cierto que constaban, en su mayor parte, de preguntas que él le hacía a ella sobre sí mismo, pero también incluían reflexiones, descripciones, chiste, divagues, observaciones en una sintonía fabulosa, y además hay que decir que con el paso del tiempo para Alicia hablar con Néstor sobre Néstor fue perfectamente natural. A medida que Alicia empezó a convertirse en la memoria de Néstor, los dos se acoplaron en una nueva modalidad de relación. Alicia tenía una memoria notable,  pero poco a poco fue adaptándola a vida de de Néstor, fue aceitándola y sincronizándola para que le funcionara mejor. Prestaba mucha atención a como estaban vestidas las mujeres que salían con él, cómo hablaban, cómo se peinaban, dónde residía el atractivo que él les encontraba. Tomaba nota mentalmente de los platos que Néstor pedía en los restaurantes y de los vinos que sorbía con los gestos de aprobación. Sabía cuantos pantalones y cuántas camisas tenía él, cómo administraba su agenda, qué libros leía, qué discos prefería, como administraba su dinero.

Hablaban mucho de sexo. Alicia preguntaba con curiosidad de amiga pero también de archivera. Preguntaba dónde y cómo cuántas veces, en qué lugar, por dónde, con qué dedo, con qué mano, cuánto tiempo, si la chica en cuestión gritaba mucho o susurraba, qué gritaba o susurraba, qué palabras exactas, si él la arrasaba a ella hacia sus preferencias o si se demoraba en las de ella. No había en esas preguntas más morbo del necesario para después poder responder con destreza cualquier pregunta de él. Aunque en realidad había además el morbo necesario como para reemplazar con la vida de él la de ella. Es que Alicia dejo de tener amantes y de tener amigos, y lentamente, después del tercer o cuarto desengaño, más o menos cuando los dos cumplieron treinta y tres, se dedico de lleno y con obstinación  a ser testigo de la vida de Néstor.

Por su parte, Néstor era un enamoradizo al que le costaba pasa la etapa siguiente del enamoramiento. Posiblemente si Néstor hubiese encontrado a una mujer con la que establecer una pareja, los detalles que él contaba a Alicia con fruición y entusiasmo  se habrían ido acomodando en esas mesetas en las que estacionan todo los matrimonios, lo que ninguno de los miembros juzga que vale la pena ventilar.  Las conversaciones entre, Néstor y Alicia eran largas y jugosas. Es cierto que constaban, en su mayor parte, de preguntas que él le hacía a ella sobre sí mismo, pero también incluían reflexiones, descripciones, chistes, divagues, observaciones en una sintonía fabulosa, y además hay que decir que con el paso del tiempo para Alicia hablar con Néstor sobre Néstor fue perfectamente natural. A medida que Alicia empezó a convertirse en la memoria de Néstor, los dos se acoplaron en una nueva modalidad de relación. Alicia tenía una memoria notable, pero poco a poco fue adaptándola a la vida de Néstor, fue aceitándola y sincronizándola para que le funcionara mejor. Prestaba mucha atención a cómo estaban vestidas las mujeres que salían con él, cómo hablaban, cómo se peinaban, dónde residía el atractivo que él les encontraba. Tomaba nota mentalmente de los platos que Néstor pedía en los restaurantes y de los vinos que sorbía con gestos de aprobación. Sabía cuántos pantalones y cuántas camisas tenía él, cómo ordenaba su casa, qué tenía en la heladera, qué citas de trabajo ocupaban su agenda, qué libros leía, qué discos prefería, cómo administraba su dinero.

            Hablaban muchos de sexo. Alicia preguntaba con curiosidad de amiga pero también de archivera. Preguntaba dónde y cómo, cuántas veces, en qué lugar, por dónde, con qué dedo, con qué mano, cuánto tiempo, si la chica en cuestión gritaba mucho o susurraba, qué gritaba o susurraba, qué palabras exactas, si él la arrastraba a ella hacia sus preferencias o si se demoraba en las de ella. No había en esas preguntas más morbo del necesario para después poder responder con destreza cualquier pregunta de él. Aunque en realidad había además el morbo necesario como para reemplazar con la vida de él la de ella. Es que Alicia dejó de tener amantes y de tener amigos, y lentamente, después del tercer o cuarto desengaño, más o menos cuando los dos cumplieron treinta y tres, se dedicó de lleno y con obstinación a ser testigo de la vida de Néstor.

            Por su parte, Néstor era un enamoradizo al que le costaba pasar a la etapa siguiente del enamoramiento. Posiblemente si Néstor hubiese encontrado a una mujer con la que establecer una pareja, los detalles que él le contaba a Alicia con fruición y entusiasmo se habría ido acomodando en esas mesetas en las que estacionan todos los matrimonios, lo que ninguno de los miembros juzga que vale la pena ventilar. Pero apenas una relación estaba por consolidarse, Néstor se desinteresaba. Jamás se sabrá hasta qué punto la razón de sus vaivenes amorosos era la necesidad de mantener a Alicia atenta, de entretenerla con nuevas historias.

            El le contaba todo. Cada palabra. Cada roce. Cada altercado. Cada ilusión. Cada desilusión. Cada duda. Cada corazonada. Ella archivaba. Después él confundía a Marisa con Mirta, a Clara con Raquel. No se acordaba de si la que lo había encontrado con otra por la calle era Marcela o Julia. No se acordaba de si había llorado borracho por Estela o por Silvia. Alicia se lo recordaba. Y con las palabras de Alicia la memoria de Néstor iba recuperando no sólo los nombres de las mujeres que habían pasado por su vida: recuperaba también las emociones.

            -¿Cuál fue la que me plantó un lunes cuando yo estaba esperándola en el cine?

            -Marisa.

            -Era Mirta la que acababa diez veces seguidas, ¿no?

            -No. Era Clara.

            -Cómo lloré esa noche cuando Julia me dejó.

            -Era Estela. Te tomaste media botella de JB y vomitaste en el ascensor. Te hice entrar a mi casa y te acosté en el sillón. Te dormiste llorando.

            Y cuando Alicia se lo contaba, Néstor volvía a sentir la desesperación de esa noche cuando Estela, que le gustaba tanto, que casi lo doblegaba, lo había acusado de frívolo y de mentiroso. Y él se había quedado sin palabras porque en el fondo sabía que era un frívolo y un mentiroso, si por frivolidad se entiende el sobrevuelo ligero y a baja distancia que él hacía sobre seres y cosas, sin decidirse a aterrizar jamás. Y sabía que era un mentiroso: a las mujeres les mentía para gustarles, para parecerse al que ellas querían ver, pero después se cansaba de mentir y se iba.

            -¿Qué me había dicho Estela que me puso tan mal?

            -Que eras un frívolo y un mentiroso.

            -¿Por qué me dijo eso?

            -Porque ella quería presentarte a sus padres, quería que la acompañaras al cumpleaños del padre. Le dijiste que ibas a ir, pero no fuiste.

            -¿Y por qué no fui, si ella me gustaba mucho?

            -Porque sos frívolo y mentirosa.

            Hasta que los dos cumplieron cincuenta años todo fue más o menos así. Pero cuando los primeros síntomas de la menopausia se hicieron presentes en Alicia, con calores y estremecimientos, la vida de los dos cambió para siempre. Alicia dio por terminada su edad fértil, y su mente decidió enterrar junto con ella la fertilidad de su memoria. Fue a ver a dos o tres médicos que no le dieron ninguna explicación razonable: el olvido no era un síntoma de la menopausia.

            Pero Alicia comenzó a olvidar. Era un olvido perfectamente selectivo. Olvidó, de un día para otro, toda la historia de Néstor.

            Ella presenció su propia metamorfosis en el living de su casa, sola, una tarde, mientras iba a la cocina a servirse un vaso de Coca Cola. Sintió en su cabeza una tapa que se abría y dejaba volar todo lo que había adentro. Sintió un ventilador dentro de su cabeza. Sintió cómo páginas y más páginas, miles de páginas se desparramaban sin orden, sin numeración, sin destino. Sintió cómo se le borraba el archivo, cómo sus neuronas atentaban cargadas de explosivos contra cada mínimo recuerdo relacionado con Néstor.

            Se quedó quieta. Estupefacta. Con sin vida. Sin vida ajena.

            Lo primero que hizo fue callar. No formaba parte del vínculo entre ellos que Alicia le contara a Néstor qué le pasaba a ella. Sonrió cuando todavía se cuestionaba ese silencio: de todos modos, Néstor lo olvidaría, y sería Alicia la que tendría que repetirle a cada rato, ante cualquier pregunta sobre sí mismo, que ella ya no recordaba nada. Durante un tiempo mintió:

            -¿De quién era esa novela que leí en dos días?

            -Scott Fitzgerald.

            -¿Qué tengo que evitar en las comidas?

            -El ajo.

            -¿Por dónde la tengo que pasar a buscar a Perla?

            -Por el consultorio del dentista.

            -¿Cuál era la que me quería ordenar el placard a toda costa?

            -Marisa.

            -¿Ya vi la última a Al Pacino?

            -Sí.

            Algunos datos coincidían y otros no. Durante ese tiempo Néstor fue cayendo a su vez en una lenta confusión, porque estaba tan acostumbrado a que la memoria de Alicia le devolviera los recuerdos y las emociones del pasado, que ahora que los falsos recuerdos no le despertaban ninguna emoción pensó que estaba poniéndose viejo.

            Poco a poco Néstor fue advirtiendo, sin embargo, que la que estaba cambiada era Alicia. A Perla, por ejemplo, la había esperado una hora en la puerta del consultorio del dentista. Después encontró en el contestador un airado mensaje de Perla recriminándole su ausencia en la puerta de la Biblioteca Nacional, que era donde habían quedado en encontrarse. Lo primero que Néstor pensó fue que Perla estaba loca. Alicia había dicho: "En el consultorio del dentista". Pero la información sobre sí mismo que siguió recibiendo lo confundía. Comía sin ajo pero descubrió por simple deducción que lo que le hacía mal era el vinagre. Decidió ver por segunda vez la película de Pacino, y se dio cuenta de que no la había visto nunca. Y sobre todo, estaba desconcertado por la absoluta falta de emociones: advirtió, en esa época, que él había vivido toda su vida adulta para recordar, que hasta entonces lo había conmovido más el relato que Alicia hacía de su vida que su vida misma. Que tenía tanto miedo de las emociones profundas que sólo podía soportarlas tamizadas por la voz de Alicia.

            Néstor nunca se animó a decirle a Alicia que se dio cuanta de todo. Alicia le daba pena. Se había ido convirtiendo en una mujer triste y madura que casi no hablaba. El dejó de salir con mujeres. Para qué, si ya no iba a poder revivir esos encuentros. Con Alicia se seguían viendo, pero él ya no le hacía preguntas y ella ya no estaba obligada a falsear las respuestas.

Estaban a punto de cumplir cincuenta y seis años. Estaban solos. Se querían. Sostenían entre ellos todavía muchos ritos cotidianos. Llamadas, cenas, caminatas, compañías relajadas de sábados y domingos. Un día Néstor se le cruzó por la cabeza que tal vez Alicia había estado enamorada de él. Después de todo, ella había vívido para él, y él había hecho otro tanto. Y viéndose en el espejo del baño las arrugas del cuello, tomando nota de la fatiga  que le daba ahora subir las escaleras y de la apatía que le iba brotando en el pecho, tuvo miedo y recién cuando tuvo miedo, mucho miedo, pensó que después de todo la mujer de su vida era Alicia.

Esa noche estaban en la casa de ella. El hojeaba una revista en el sofá. Alicia revolvía una ensalada en la cocina. Miró la espalda de Alicia, los movimientos de sus brazos. Lo enterneció el silencio de ella. Esa forma que había adquirido su dignidad.

-Alicia, te voy a preguntar algo, pero no te asustes. No es para que lo tomes en serio. Es solamente curiosidad. ¿Vos alguna vez pensaste que nosotros…?

Ella se dio vuelta con la delicadeza de  una geisha, lentamente, dejando el torso inmóvil y ofreciéndole a Néstor nada más que su mejor perfil. Con aire distraído le dijo:

-La verdad, no me acuerdo.  

     

                                                                

del libro CLEOPATRA y otros relatos, Ed. Página 12

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-