"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Septiembre, 2008


LOS VISITANTES

Publicado en General el 8 de Septiembre, 2008, 22:31 por amanda poliester

Obviamente no leí porque después de los masculinos esto era peor que una Sara Kay en minifaldas. Pero cumplo, es un textículo de los Acuáticos, estereotípicamente femenino.

El viernes llegaron Jano y Denise. Estaban viviendo en Madrid y venían una vez al año. Manuel y yo los esperábamos desde hacía un mes. Les conseguimos una habitación barata en un hostel agradable, a dos cuadras del departamento.

A Jano le gustaba el tango. Una vez por mes le enviábamos discos que nos recomendaba Narcisa. Manuel se encargaba de buscarlos en la disquería de Diego cuando yo no tenía tiempo. Afortunadamente a Manuel le caían bien esos dos. Jano era fotógrafo y silencioso, a Manuel le gustaba mirar sus fotos mientras Denise y yo nos poníamos al día con las noticias de los de allá, Lucre y Lali, el viaje a Marruecos, Alicia y José organizándose con las mellizas.

Para esa noche teníamos pensado ir a un lugar donde se bailaba tango. Yo no tenía un vestido adecuado, pero sí uno negro pegado al cuerpo que lo suplía dignamente. Usé un perfume bien pesado, que me había regalado Manuel la primera navidad, inadmisible para otras ocasiones. Como todo lo horroroso, el perfume duraba una eternidad y sólo podía perdonármelo esa noche o en alguna convención de testigos de Jehová; como nunca iba a ninguna, me puse una gota en la nuca.

Llegamos al restaurante. Había dos salones: uno en el que se bailaba y otro en el que se podía cenar. Después de la cena Jano y Denise fueron a bailar. Manuel y yo veíamos desde la mesa pasar las parejas danzantes entre las que aparecían ellos, como en una película de bajo presupuesto, ella un poco torpe y él sabiendo llevarla muy bien, impostando un ejemplar rioplatense macho con solvencia suficiente, a juzgar por los ojos cerrados y el abandono de Denise.

Manuel no quería bailar. Pero yo sí. Entonces implementé una táctica sencilla que consistía en decirle en la mitad del tempranillo obscenidades que había leído en una novela de Miller en mi adolescencia. Había varias posibilidades: 1) Manuel había leído y le gustaba Miller; 2) Manuel no lo había leído, pero le gustaba el tempranillo; 3) Manuel no lo había leído, pero le gustaba que le dijera eso y le gustaba el tempranillo. Pero lo más probable era que no quería ser menos que Jano. Importaba muy poco: yo estaba feliz porque se levantó y me dijo vamos sin esperar que terminara el vino.

Manuel era bastante malo como pareja de baile. Le recordé que el hombre lleva a la mujer. Es un misterio que siempre les encante eso. Improvisábamos quebradas, algunos nos miraban, porque éramos poco técnicos. Pero no estaba mal, nos habíamos abandonado al tango y a nosotros. Che, bandoneón, una noche de fandango.

-Me gusta esto de abandonearnos en estos bandoneones y neones –le dije, un poco borracha por la música y por la posibilidad de volver a jugar con él como antes.

Pero no dijo nada.

Después volvimos a la mesa. Terminé el vino en silencio y transpirada. Cuando volvieron los otros dos salimos del bar.

Caminamos.

 Yo seguía impresionada por los tangueros que cabeceaban a las mujeres de zapatos negros y rojos sin que éstas pudieran rehusar porque así eran las reglas. Pensaba que Manuel debería hacer eso: cabecearme a mí, entonces yo no podría decir no; no pensaría en nada, dejaría de nadar, saldría del agua para decir sí Manuel-como-quieras-querido, y en el querido ser todo sí.

Fuimos al departamento a tomar un vino que para nuestros amigos sería de mala calidad y para nosotros muy caro, aunque todos teníamos la delicadeza de no mencionarlo. Jano había traído haschís y fumamos y hablamos, igual que siempre, como si nunca se hubieran ido. No hablábamos de nada importante nunca, era un lindísimo ritual que teníamos. Creo que Jano dijo que detestaba eso del sexo tántrico, sé que habló y habló hasta que Denise se durmió en el sillón. Después la despertó y se fueron al hostel.

Manuel y yo nos íbamos a dormir. Mientras se desvestía le conté un sueño que Narcisa había tenido unos días atrás: estaba en un lugar, había vegetación, árboles bañados en agua de lluvia. Los árboles tenían unas vainas de las que salían chorros de agua de lluvia y ella, invisible, un pájaro o un insecto, tomaba el agua con fruición.

Yo seguía con el vestido puesto y lo del agua le dio sed, o sería el hasch, o la revancha del tango, no sé bien qué, pero sin cabeceo previo quedé indefensa debajo de él. Ahí estaba Manuel otra vez como antes, lo había soportado todo: los martinis, las migajas, los vestidos, ahora el agua de lluvia. Y seguía ahí, capaz de todo eso por mí. O el regalo de Jano era muy bueno.

Nos vi desde arriba a los dos, la cama en un acantilado, entre olas altas. Me dijo un par de cosas sucias en voz baja. Me gustó. Después nadar, volver al útero madre, la marea de la respiración, la paz final. Cuánto hasch se necesitaba para eso.

A la mañana desayunamos café y pan tostado que preparé. Manuel leía el diario. Yo pensaba en la novela de Miller.

Veinte renglones

Publicado en General el 8 de Septiembre, 2008, 16:37 por -luciano-

Se hundió un barco en la costa africana, se descuenta un desastre ecológico ¡el daño está hecho! asegura Santo. Que a decir verdad, no tiene pinta de swinger, pero mis viejos tampoco y en Bigand fueron pioneros.

En aquel entonces, el living era la sala; las paredes y los pisos de cemento, la puerta quedaba abierta y una bicicleta dormía afuera. Un quiste en las bolas de mi hermano iba a costar más de un huevo, y la diferencia se reunía de a poco. Creo que venían de Totoras, ella y su novio o marido o simplemente Ramón, siempre de a dos, con facturas, postre, vino o con las manos vacías. De él la verdad no me acuerdo: comprendan, la imagen de Ramón sobre Mamá no me seduce. En cambio, a ella la estoy viendo, con un vestido arrugado, el pelo negro, bien corto, empetrolada, transpirando sexo.

Hay gente que nació para coger. Y por eso me sorprende que siendo tan liberales me hayan educado así ¡miren! parezco Santo Biasati. En un colegio de curas nadie nos habló de sexo, para mí son cuatro besos, tres posiciones, no más de veinte renglones.

Santo ya pasó a otro tema, pero su expresión todavía no. Moria se  mueve pendejos cada vez más chicos, pero qué va a ser, los del espectáculo no son su fuerte. María Laura Santillán está cansada, tampoco le inyecta nada, su cara lo dice todo, no lo aguanta más. Me acuerdo: hacerla pasar, aclararle que en casa no hay nadie, que se fueron a Rosario, al hospital y ofrecerle Coca. Su cara de puta, su escote y su voz ¡estás cada día más grande! Suficiente como para confirmarle a cualquier pibe que allí morirá, sobre el cemento, en la sala, después de ser sometido a un petardo rabioso. Que a eso vino, aleteando, con un vestido arrugado, como si lo hubiera usado durante la siesta, el pelo negro mojado, y ¡qué calor que hace acá! ¿no te parece? y la bicicleta afuera, y ¿cuántos años cumpliste? pichón, y la confianza, la puerta quedaba abierta y darme cuenta que siempre venían de a dos.

Pero bueno, en los pueblos era así. Ahora no sé. Después vendimos la casa y nos mudamos a Viñas, pegado a Arrecifes. A mi hermano lo operaron y parece que con uno alcanza: tres pibes, dos nenas y un nene. Mis viejos cambiaron mucho, ya no trajeron a nadie, supongo que se cansaron que abusen de ellos. Yo estudio cine en Rosario y me reproché esa tarde tantas veces, como después le fui fiel.

Santo está sacado, mal; María Laura nunca lo vio así. Grita que ¡el daño está hecho! y tiene razón. En Bigand los curas ni hablaban de sexo. No es lo mismo Grassi que Moria Casán.

Cuento ligeramente erótico, leído el sábado 6 de septiembre

Publicado en General el 8 de Septiembre, 2008, 14:01 por Juanjlp

En el medio de la sierras, en la calma de los espinillos. Alejandro tenía su casa y taller de escultura, rara vez lo visitaban, menos aún compradores generalmente las pocas ventas se hacían en la ciudad, por medio de Marcel, un galerista que cobraba una comisión considerable.

 La escultura precisaba espacio y hasta los ricos estaban optando por los lugares más reducidos, eso argumentaba permanentemente Marcel cuando no lograba vender nada. Quizás por esto le sorprendió la llamada concreta y precisa.

-Hola, Alejandro, tiene obra para vender en el taller, ¿no?, ¿puedo visitarlo mañana?, voy justamente para las sierras , y parare en lo de un amigo que es vecino suyo, Zaldívar.

El tipo sonaba a empresario de decisiones inmediatas. Durante horas Alejandro preparó el lugar para dar una buena impresión, había acomodado las obras para que luzcan casuales,  estudio cada ángulo para que las más grandes y caras sobresalgan, tomó especial cuidado en no olvidar de cubrir a Fred, guardó la piezas pequeñas y las cerámicas baratas en la pieza contigua. Se repitió que  no debía ceder fácilmente a un pedido de rebaja del tipo. Habían quedado que iría a las cuatro y faltaban solo cuarenta minutos. El calor de enero no era piadoso, a pesar de que en la altura de las sierras la temperatura suele ser más suave. Se lavó la cara varias veces. Acomodó obsesivamente las gubias y los formones en el banco, dejó algunos restos de madera y una pieza sin terminar sobre la morsa, era importante sostener la imagen del artista trabajando, para eso va la gente a un taller. La verdad es que hacia seis días que no tocaba una herramienta, el calor y las permanentes visitas de Tania lo habían alejado del trabajo. De todos modos seis días no eran nada si se trataba de aplacar los callos de las manos que actuaban como guante natural y provocaban la ira de Tania. Desde el taller pudo ver bien abajo  la polvareda del auto subiendo la cuesta, era negro, largo y caro. De esos que manejan en la propaganda tipos esbeltos con una sonrisa impecable, esmoquin y una mina alta que siempre sonríe y lo mira con aprobación, en este caso el que bajó del auto fue un gordo transpirado con media camisa afuera, era Charlie Sodoca industrial metalúrgico, dueño de la fábrica de llantas para camiones más grande del país.

-pero que calor, ni el aire acondicionado logra aplacarlo bajo este sol!, vení Clara, vení!

La mujer que bajó luego, sí tenía cierto parecido con la de la propaganda. Piernas interminables que comenzaban en tacos altos. Un vestido rojo con un tajo discreto en un costado, una musculosa blanca impecable, pelo lacio rubio y unos lentes negros que no podían esconder una mirada de descontento permanente, una princesa venida a menos, que hace ya veinte años tuvo que hacer ciertas concesiones con la vida para no alejarse de algunos  privilegios, de ese pasado le quedaba una belleza digna e impactante,  cierto aire de moralina, unas manos afiladas, y un bronceado de velero. Había cierta coherencia en la elección de Charlie en mujeres y en autos, detrás de ella bajó Noelia, la única hija  del matrimonio,  dieciocho años, y con toda la distinción y el garbo de los Sodoca.  A pesar del cuerpo flaco y bien formado era difícil asociar a hija con la madre que era más alta y bella, sin embargo con el gordo sí era sencillo, quizás por el flequillo que Noelia, por sus zapatillas combinadas con una pollera, o la transpiración igual que la de Charlie.

Alejandro los hizo pasar al taller, les ofreció jugo y unas rodajas de pan casero con mermelada de la zona.

Noelia de inmediato ancló su mirada en Alejandro, provocándole cierta incomodidad, que se empeño en sostener todo el encuentro, ella transpiraba como si recién terminase de correr, su remera se empeñaba en pegarse inescrupulosamente, y se dedicaba permanentemente a alejarla de su cuerpo. Alejandro evitaba mirarla, a pesar del escote, y no pudo impedir  recordar las palabras de Tania: "las que tenemos tetas grandes que se tocan transpiramos más acá en el medio" siempre explicaba eso cuando se ponía desodorante.

Noelia comía sin ningún pudor, y parecía disfrutar de la visita más que nadie, a pesar de que no evidenciaba sensibilidad artística alguna, en cambio  la madre  estaba inquieta, y no disimulaba la intención de irse cuanto antes, él les mostro distintas piezas, ángeles en madera policromada, caballos de chapa batida, un Otelo tamaño natural realizado enteramente en lapacho pulido y dos mujeres entrelazadas talladas en una raíz. Charlie, miraba atento y por los comentarios,  parecía basar su decisión más en el hecho de que la pieza sea grande y que combine con el color de su casa, que en lo que esta representaba. Repentinamente preguntó:

-¿esa que está ahí tapada que es?

Negar a Fred hubiese sido cuanto menos desleal.

-Es Fred una escultura funcional, dijo al tiempo que le quitaba el lienzo de encima

-¿funcional por qué ? interrogó Charlie

Sin pensarlo optó por decir la verdad, y explicó:

-Es una escultura mueble, articulada, concebida como complemento sexual.

-No comprendo, dijo Clara confundida.

- ¡Que es para coger mamá!, escupió Noelia.

La señora no pudo disimular su enojo, apretó la mandíbula, miró hacia a un costado ,  luego un silencio interminable.

Fred sonreía implacable, tenía casi la altura de un tipo normal, apoyado en sus dos pies, un brazo hacia atrás con el bastón a modo de tercer punto de apoyo, el otro brazo adelante como abrazando a alguien invisible, Fred te invitaba a bailar. Noelia lo miraba y sonreía, estaba comiendo un durazno, las gotas de jugo que bajaban por su escote no parecían preocuparle demasiado.

-Tengo calor Charlie vamos, en todo caso si te decidís por alguna pasas mañana.

Saludaron y se fueron, Noelia antes de irse miró hacia atrás, con la sonrisa cómplice que nunca la abandonó, Alejandro la odió,  hervía de bronca, sentía que había arruinado todo, que no sabía manejarse con esa gente, que habló de más, quizás nervioso por la pendeja o lo que sea, encima esta le tuvo que contestar a la madre de esa manera, pero tampoco podía culparla,  fue él quien no corrió a Fred al garaje, quizás porque era tan pesado, sabía no iba a poder dormir esa noche, estaba demasiado ansioso, una venta le hubiese venido muy bien y estaba seguro que no volverían. No paró de caminar por el jardín, hasta que decidió encerrarse en el taller, volcar toda esa energía en algo era lo mejor que podía hacer, retomar la escultura era lo ideal. A golpe de maza la gubia fue dando forma a ese algarrobo rojizo, el piso se llenaba de fragmentos, el aire de olor dulce, la mano nudosa dirigía la herramienta, mazazo tras mazazo, era de noche hacia rato, estaba tan concentrado como transpirado, eran las 11 y media y ni siquiera recordó la cena, cosa que era frecuente, por eso su delgadez. Subió el volumen, violines y música electrónica; un proyecto de un amigo. La luz parpadeaba al son del traqueteo del generador dibujando un círculo dudoso en el piso, en el que trabajaba. En una pausa  de la maza, sintió que golpeaban la puerta, luego esta se abrió y entró ella, un vestido rojo corto, de una tela liviana que apenas la separaba del aire de la noche, arrastraba una exhausta botella de champagne en la mano, entró al pequeño círculo en que estaba Alejandro, se  paró justo a su lado, el aún con una rodilla en el piso, y un pie sobre la talla. Ella miró hacia abajo:

-Explicame sobre Fred, dijo.

 El se levantó confundido, deteniéndose un largo segundo a mirarla, no quería equivocarse, pero no había manera de equivocarse. A ella la transpiración no le quedaba mal y se balanceaba levemente.

 - Párate en los pies de Fred, miralo a la cara, bésalo si queres. Dijo él, señalando la escultura que  ella tenía detrás.

Ella  levanto el mentón, lo miro con complicidad , dio media vuelta e hizo lo que se le indicaba. Se subió a los pies del muñeco, y pegó su cara a la de él.  Alejandro colocó una mano en su espalda, justo debajo del cuello, y empujó suavemente,  esto provocó que ella se fuese hacia adelante, lentamente. Fred está articulado en la cintura, cuando recibe peso se pliega al medio, se dobla hacia atrás, en la punta del bastón hay una rueda que le permite desplazarse, quedando  muy similar a  una mesa. En la cintura tiene a modo de columna vertebral un gran resorte, así todo el proceso se da lentamente, en forma suave, ella se va doblando, junto con Fred, que se queja con un chirrido de bisagra antigua, su cara respira apretada, junto a la de él, esta no es de  madera sino de retazos de colchones viejos, de  esa tela, celeste, con hilados en blanco, reminiscencia de abuelas y de camas eternas. Alejandro ya no la empuja desde la espalda,  ahora lo hace  tomándola del pelo de la nuca, la cara apretada, la mejilla contra Fred, ya completamente reclinada, los brazos colgando, en puntas de pie  suelta la botella. El Detrás, el calor, en la transpiración de la proximidad, se pega, se adhiere, una mano sola, movimiento torpe que se torna preciso, se detiene en el secreto de Victoria, tira, baja, manipula tela, la simpleza de un cierre, que no demora, sí el botón, hecho para 2 manos, abre, acomoda saca y  entra de esa manera en el cerrado círculo de la clase alta.

Al día siguiente La señora Clara Ibarburen Villar de Sodoca, decide comprar de contado tres de las más importantes piezas del escultor prometiendo volver pronto para ver como continua su producción.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-