"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




SANDRA RUSSO

Publicado en De Otros. el 1 de Septiembre, 2008, 11:45 por MScalona

                                                Cleopatra 

- ¿Su marido tenía problemas con las drogas?-me preguntó el comisario.

- No - dije agitando las manos como espantando moscas, aunque espantaba espanto. Hacía media hora que me tenían ahí sentada dándome agua y sosteniéndome cuando me desvanecía y me resbalaba de la silla. Me resbalaba para adelante, las rodillas buscaban el piso. Me habían ido a buscar a mi casa, después de avisarme al teléfono que Raúl había muerto en su auto. En el bolsillo le habían encontrado cocaína.

-¿Más agua?-me preguntó el policía que estaba a mi derecha, el que ya había evitado, apantallándome, que me desmayara dos veces. Creo que una de esas veces me desmaye del todo, pero el evitó que me cayera de rodillas al piso. Fue después que me apantalló.

-No-dije, agitando las manos otra vez. No había llorado. Ni en mi casa, cuando me lo dijeron, ni en el patrullero, cuando me llevaron a la comisaría, ni cuando empezaron a hacerme preguntas que me sonaban insólitas.

Me preguntaban, por ejemplo, el nombre completó de Raúl, su profesión, su estado civil. Cuando me preguntaron su fecha de nacimiento, mientras yo contestaba "6 de julio" vino una llamarada voraz a envolverme y a decirme que Raúl ya tenía, además de una fecha de nacimiento, la fecha de su muerte.

No había llorado pero por alguna extraña razón agitaba las manos, como saludando a Raúl en su nueva versión de fantasma o como quien dormido todavía, confía en el regreso a la vigilia y rema con los brazos. Sentía una infinita molestia. Estaban molestándome esos policías con sus preguntas, y estaba molestándome Raúl muriéndose.

-Me voy- dije parándome de pronto. El policía quiso atajarme pero yo ya no resbalé. Me subí el cuello del tapado y nadie dijo nada, porque tenía miedo que me cayera desmayada, no de que no me desmayara y me fuera rápido de allí. Ya tenían los datos que necesitaban, así que a nadie se le ocurrió que un patrullero me llevara a mi casa, y a mí tampoco, y no sabía a donde estaba mi casa ni donde estaba yo ni que había hecho Raúl para que ahora no estuviera en ninguna parte para llamarlo y pedirle que me pasara a buscar.

Así que caminé hasta la calle y nadie me siguió, y esa madrugada me encontré sola, y sin saber donde estaba ni cómo volver a mi casa, y con mucho fastidio. Eran las dos de la mañana. Me paré en la puerta de la comisaría. El cartel de la esquina decía Avenida La Plata. Calculé que mi casa quedaba a unas veinte o treinta cuadras, y empecé a caminar.

Iba a llegar a casa, iba a llenar la bañera, iba a darme un baño de inversión, iba a esperar en el agua caliente que la noticia que acababan de darme significara algo más que esa molestia y ese fastidio que sentía hasta en la punta de los pies. Pero escuché un sollozo, y pensé: estoy llorando. Es lógico, mi marido se murió, cómo no voy a llorar. El sollozo era ahogado y entrecortado. Así lloran las viudas, me dije.

-Y ahora qué hago, Dios mío, ahora que hago- oí que dije que en el medio del sollozo. Pero yo no invoco a Dios ni cuando me quedo viuda. Entonces desconfié. Hice bien, porque giré la cabeza y no era yo, era ella la que lloraba amargamente sentada en un umbral de un edificio en la esquina de la Avenida La Plata y San Juan. Una mujer de pelo corto y platinado, hecha un bollo, que se abrazaba las rodillas y se mecía en un desconsuelo.

-¿Qué le pasa?- le pregunté en voz alta. Estábamos ella y yo solas en todo Buenos Aires esa noche de invierno a las dos de la mañana. Ella se desovilló y me miró: tendría unos sesenta años. Se parecía ligeramente a mi mamá, aunque mi madre sería incapaz de decolorarse así. Mi madre nunca llegaría a perder tanto el control.

Me muero, me muero-dijo-. Me quiero morir.

Ay, esa palabra. ¿Qué les pasaba a todos esa noche? ¿Todos tenían pensado morirse? Me agaché y le vi la cara más de cerca. Tenía la piel gruesa, amalgamada con mancha de vejez y capas de maquillaje compacto. Estaba muy arrugada y muy mojada por las lágrimas que no paraban de escupir esos ojos marrones empastados de rimmel.

-¿Qué le pasa?-le volví a preguntar.

-Perdí todo-dijo ella, y agitó las manos como espantando espanto.

-¿Se le murió alguien?- qué se yo, pensé mientras lo dije: a lo mejor éramos hermanas en la desgracia.

-Perdí las expensas de todo el edificio en las tragamonedas- dijo ella, sollozando más fuerte. Raquel era la encargada del edificio en cuyo umbral estaba derrumbada. Hacía un año, me dijo, que iba al hipódromo, a jugar en las maquinas tragamonedas. Había empezado despacio, como matando el tiempo. Después matar el tiempo se le izo necesario. Y últimamente el asesinato del tiempo estaba costando, además del sueldo entero, otros dolores de cabeza.

Esa noche Raquel se había jugado las expensas de veinte de los veintiocho propietarios e inquilinos en las máquinas. Por suerte había algunos morosos que se salvaron del exabrupto de Raquel. Yo no tenía ningún apuro por llegar a mi casa. Ya la idea del baño de inmersión me espantaba, porque faltaban menos cuadras para llegar y me quedaba menos tiempo para advertir que el agua caliente no iba a calmarme nada. Me senté en el umbral al lado de Raquel, y nos quedamos juntas. Raquel era viuda desde hacía cuatros años. Había empezado a ir el Hipódromo para hacer algo los fines de semana.

-Me van a echar del edificio. Voy a ir a la casa de mi hijo, dónde voy a ir, peo mi hijo me va a dar una patada en el orto. Qué hice. Qué hago- me preguntó Raquel a eso de las tres menos cuarto. No me lo preguntó exactamente, más bien se lo preguntó a si misma, o se lo preguntó a algún ser que ella creía superior, como a Dios o Alá, por ejemplo, o quizá, como a tantos millones de personas en este mundo han hecho en momentos difíciles, Raquel se lo estaba preguntando a un muerto.

Pero yo creí que me lo preguntaba a mí, y me levanté con decisión, y le dije, tirando de su tapado negro:

-Vamos.

Fuimos al cajero automático que había enfrente y saqué todo el dinero disponible, mil pesos. Caminamos en silencio unas cuadras hasta que pasó un taxi, y a los quince minutos estábamos en el Hipódromo. Nunca había entrado. De afuera, era un falso Montecarlo, con luces geométricas haciendo al enorme edificio una escenografía que convertía en extras a todos los que entraban en él. Me quede parada mirándolo. Raquel se paró a mi lado. Era una boca esa puerta, y el edificio del Hipódromo, esa madrugada, era una cara gigante petrificada en una mueca. Así su puse mi propia cara. Por mi boca estaba entrando el azar.

Apenas entramos, cambió el aire, cambió el clima, cambió el olor, cambió el sonido, cambió la frecuencia cardiaca: se escuchaba un gran tic tac tic tac, como una palpitación colectiva. Y sentí alivio y tristeza, una tristeza infinita, porque ni aquel latido feroz y salvaje podía servirle ya a Raúl. Sentí alivio, me imagino, aunque quién sabe, porque el latido me servía a mí. Yo latía.

El inmenso salón de juego despedía un vaho a sudor o terror petrificado en capas congeladas por el aire acondicionado. Camareras de Escobar o Morón vestidas como camareras francesas y hombres de sacos rojos iban y venían como una serpiente intermitente. Ese salón dorado y aterciopelado, artificialmente cálido, artificialmente frío, era el perfecto artificio para los atormentados. El de escapar de sí. El ruido atronador de las máquinas me mareó apenas entramos, pero advertí con mucha claridad como en unos minutos el ruido se aplacaba y se fundía con algo que era nada, con algo seco y ronco, con algo que no oía, algo muerto de mí. Yo quería latir.

Raquel debe haber pensado que yo estaba loca o que era una excéntrica. No me preguntó por que depositaba en sus manos llenas de pequeños pellejos levantados quinientos pesos, la mitad del botín.

-¿A cual vamos?- le pregunté. Yo nunca había jugado en esas máquinas.

-Las Cleopatras-me dijo, chispeante. Bajamos por una escalera mecánica a un subsuelo y nos sentamos en unas butacas altas, una al lado de la otra, delante de pantallas en las que había escarabajos, pirámides, flores azules y caras de Cleopatras.

-¿Cómo se hace?- le volví a preguntar. Ella sacó un billete de cien pesos de los que yo le había dado y lo puso en mi máquina, que pareció alegrarse de recibirlo, porque expidió sonidos expresionistas y ligeramente exóticos. "You are wellcome", me dijo.

-¡Habla!- grité. Raquel se rió y yo también. Eso era mucho mejor que un baño de inmersión.

-¿De cuánto quiere jugar?- me preguntó Raquel.

-De mucho-le dije. Hablaba en serio. Quería perder toda la plata rápido y tomarme un taxi a casa. No estaba tan en shock como para no darme cuenta del rodeo fenomenal que estaba dando.

-¿Mucho en serio?-ella me miró con ojos maternales. Asentí con la cabeza. Raquel estaba inclinada sobre mi máquina desde su butaca. Estiró la mano y apretó unas teclas.

-Entonces juegue de veinte líneas, cinco créditos por línea. Son cien. Pero mire que esto se le termina enseguida, ¿eh?

-No me importa, pierdo y me voy.

-Como quiera, querida. Cada uno sabe-dijo ella.

-¿Y ahora qué hago?

-Apriete ahí- me señalo una tecla grande y cuadrada. Apreté. La máquina comenzó a girar y después se detuvo. Apreté otra vez. La pantalla se puso anaranjada. Toda ella se cubrió de un telón que iban rasgando desde adentro, una por una, las caras petrificadas de cinco faraones. A medida que salían las esfinges, la máquina pegaba un alarido lo bastante atronador como para superponerse al ruido de la otras máquinas. El paroxismo llegó con la explosión de muchas caras de Cleopatra abriendo y cerrando lo ojos como una desquiciada erotómana a una diosa. La música exótica era casi enloquecedora. Una señora que estaba sentada al lado de Raquel estiró el cuello, vio mi pantalla, y agitó las manos como espantando espanto, con disimulo.

Parecía euforia.

-¡Le salieron las cinco! ¡Le salieron las cinco!

Un hombre mayor trajeado, canoso, peinado con spray, metió la cabeza entre mi pantalla y yo.

-¡Las cinco!-gritó.

De pronto, Raquel estaba agarrándome fuerte del brazo, como si yo hubiese sido una campeona olímpica y ella mi entrenadora. Sus ojos marrones, esos mismos ojos que media hora antes habían parido lágrimas, despedían rayos luminosos. Raquel estaba transfigurada. Su cara era una pantalla.

¡Las cinco! ¡Nunca visto!-gritó, y desde mi butaca vi cómo ella y el hombre trajeado y una chica de pelo largo lleno de trenzas y una señora de la edad de Raquel con un cuello ortopédico se palmeaban, me besaban, aplaudían, invitaban a todos los demás a que vinieran a ver el fenómeno de mis cinco Cleopatras. La máquina no dejaba de pegar alaridos, hasta que la pantalla quedó completamente roja y empezó a sonar una sirena. Recordé la del patrullero.

-¿Qué pasa?- le pregunté por lo bajo a Raquel, que no me soltaba el brazo. Me lo apretó y dijo:

-Ganaste cien mil. 

Vino un empleado del Hipódromo vestido de negro, una especie de falso agente FBI, seguido por cuatro o cinco chicas de uniformes colorados. Me saludaron con burdas reverencias  pero con curiosidad, porque, según me dijeron, esa jackpot era uno de los mayores. Anotaban en una planilla números que aparecían en la máquina.

-Señora, hágame el honor- me dijo el que parecía del FBI, indicándome que lo siguiera. Raquel venía prendida de mi brazo. Apretaba. Fuimos a una oficina y allí nos dieron, con cierta indiferencia no exenta de respeto, uno por uno, diez fajos de billetes nuevos, diez mil cada uno. Casi no entraban en mi cartera. Raquel me ayudaba, empujando los fajos hacia adentro mientras yo tiraba del cierre.

-¿Qué haces, querida?- me dijo Raquel cuando vio que yo volvía al sector de las máquinas.

-Vamos a jugar-le dije. ¿O a qué habíamos ido? Yo había apretado nada más que dos veces una tecla y había generado todo ese alboroto.

-¿Estás loca?-ella se puso seria-. ¡Cien mil ganaste!!Nunca visto!¡Nos vamos!-y me tiró del brazo.

-De ninguna manera-me solté. –Vine a jugar, vamos a jugar.

Raquel volvió a mirarme con ojo maternales:

Podes seguir viniendo todos los días por años y no te van a volver a salir las cinco Cleopatras, Ya está, nena. Vamos.

Yo no podía irme. No iba a poder salir de allí hasta que perdiera todo lo que había ganado. Todo había sucedido muy rápido. Ya entendía cual era el verdadero juego. No podía volver a mi casa con un marido muerto y cien mil pesos en la cartera. Esas eran dos imágenes de mí irreconciliables. Saque dos o tres fajos de billetes y se los di a Raquel.

-Tome. Acá tiene las expensas de todo el año. Buenas noches-le dije, y me aparté de ella.

-De ninguna manera-dijo ahora ella, apurando el paso para seguirme.

-¿Quiere más?-abrí la cartera.

-Vos te vas-dijo ella, terminante, rechazando con la mano la oferta.

Miré el reloj. Eran las cuatro.

-Media hora más- le pedí. Quien sabe porqué, ella me tenía que dar permiso.

-ni cinco minutos más- dijo Raquel atravesada de nuevo por un extraño desconsuelo. ¿Por qué estaba triste Raquel?

-¿Por qué está triste, Raquel? ¿No quería recuperar la plata de las expensas? Ya la tiene. ¿Quiere más? ¿Quiere la mitad? Es mucha plata. ¿Por qué esta triste?- dije mientras abría la cartera.

Ella se sentó en una butaca y se tapó la cara con las manos. Negaba con la cabeza. ¿A que le decía que no? Le acaricie con cierta cautela el pelo platinado. Era áspero. El ruido del salón había a ser atronador. Raquel levantó la cara, surcada por una amargura muy honda, cristalizada. Era un tipo de amargura muy difícil de describir. No la amargura en la que nos sumerge una mala noticia, no la amargura que debía estar tatuando sin que yo lo supiera mi propia cara, sino esa otra, la que se arrastra, la que se carga, la que se incrusta.

-¿Por qué está triste, Raquel? -le pregunté.

No sé –me dijo.               

                  

                                                                                           

Del libro CLEOPATRA Y OTROS CUENTOS,  Ed. Página/12,    p. 13-24     

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-