"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




25 de Agosto, 2008


Concepción Bertone

Publicado en De Otros. el 25 de Agosto, 2008, 15:59 por MScalona

 A r s      P o è t i c a

                  

     a Graciela Cariello y Roberto Retamoso

                                               

                                               

                 

                 

Escribo de cigarrillo en cigarrillo.

Toda mi vida pasa

por el retardo en vilo de esa brasa

ínfima. Mortal,

dulce, pequeño vicio

que acaricia los humos

del recuerdo ( el mundo indivisible

al que me aferro): mi padre, mis abuelos, mis tíos,

envueltos en el velo del humo, vivos,

más vivos que los vivos

en los gestos familiares del habito,

como la veta en la madera,

lo que queda grabado en ella.

Las huellas del placer o del tajo.

El amor, el dolor,

el trabajo de las muertes y nacimientos más

el humo del cigarrillo. Mi yo

descentrado más el humo del cigarrillo. Humo

sumado a toda emoción. No en presente. En pasado.

Los vahos ascienden

hacia el techo de este cuarto

donde fumo y escribo ( entramo

las palabras y el humo). Aguzo

el delicado filo, la hoja

de tabaco molido, blanca arma letal

envainada en el humo. Afuera

la violencia es ligera,

menos sutil. Tersa, bien cuidada

la piel

de los asesinos.

                                                                                      

                        

           Poemas de "Aria da capo" Selección,1983-2003

RAFAEL BIELSA

Publicado en De Otros. el 25 de Agosto, 2008, 11:44 por MScalona

 

 

Árbol del paraíso

 

 

 

            Después “de almuerzo”, como decía ella, la nonna Marina nos sacaba las zapatillas y las escondía.

            En verano se comía a las doce y media, siempre primer plato, principal y postre. Los tomates enormes, traídos de la huerta del tío Juancito, el milagro de los huevos con dos yemas de las gallinas de cinco meses que la nonna alimentaba en el corral que estaba detrás del patio y principalmente la mortadela, con pistachos o mirtos o pimienta negra, de cerdo y asno joven, tan suave y sabrosa como nunca más he vuelto a comerla. Es curiosa la coincidencia, pero la mortadela es llamada así porque los frailes boloñeses pisaban la carne en morteros, y de ese modo se llamaba el pueblo donde mi abuela vivía y nos escondía las zapatillas “después de almuerzo”. Morteros, provincia de Córdoba, donde yo pasaba mis vacaciones.

            El plato principal solía ser pollo a la cacerola, que permitía mil variantes. Para mí, por entonces el mundo se dividía entre los que preferían el muslo y los que preferían la pechuga, entre los que tomaban helado de chocolate y crema americana o los que elegían limón y frutilla, entre los que les gustaban las películas de guerra o las de cowboys. Lo mío era la guerra, limón y frutilla y pechuga.

            También fideos, al huevo o verdes, y el inolvidable “ropa vieja”, al día siguiente del puchero, una mezcla de las sobras con ajo, limón y aceite de oliva, que no se parecía en nada a sus ancestros sino así misma. “ropa vieja”, una deflagración de sabores en los que ninguno aspiraba al papel estelar y todos juntos nos hacían festejar ruidosamente y alabar a mi abuela. “Zalamero”, me decía. Esa armonía perfecta entre los alimentos evoca otra, la de los equipos cuando funcionan como tales. Un funcionamiento que no necesita de estrellas como bien lo dijo Alfredo di Stéfano dijo en 1996: “…ningún jugador es tan bueno como todos juntos”. Fraternidad de dos artes.

            El postre habitualmente eran frutas, y excepcionalmente sangría, trozos de durazno tierno con su jugo, soda, vino tinto y azúcar molida a granel. La nonna, a veces, le agregaba cáscara de naranja y canela, pero yo le pedía que a mi vaso lo dejara sin esos ingredientes.

            A las cinco de la tarde la casa recuperaba poco a poco su movimiento habitual. Los chicos nos bañábamos, aunque no todos los días; pero sí nos obligaban a frotarnos enérgicamente con agua el cuello, los sobacos, detrás de las orejas y peinarnos el pelo mojado, a la mañana y después de la siesta.

            Mis dos tíos, el mayor, el moro, el negro, caminaba unos pasaos hasta la escribanía, y el menor, el dorado, el piamontés, los mismos pasos hasta el estudio de abogado de pueblo. Las mujeres hablaban entre sí, articulando esas manos que parecían seres vivientes y autónomos, y nosotros nos íbamos hasta el Club Tiro Federal a encontrarnos con amigos, nadar en la pileta, o a enamorarnos por algunas horas. La dicha del amor niño: un aguacero rabioso que nos mantenía insomnes y que clareaba con el ascenso del alba. En el agua matinal los manotazos nocturnos del enamorado eran ya los de un nadador hecho y derecho.

            Al anochecer, las campanas de la iglesia con los muros sin revocar tañían el ángelus (todavía lo recuerdo: “Angelus Domini nuntiavit Maria, /Et concepit de Spiritu Sancto / Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicto tu in mulieribus, et bendictus fructus ventris tui, Iesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen”).

A esa hora, de vez en cuando, nos dejábamos caer por el Belgrano, el bar donde se reunían los tíos con sus amigos: el Chuni Mazzuca, el fotografo; el Petiso Galina, al que la nonna nunca logró querer porque era lasciva y provocativamente mujeriego, y Amado Fenoglio, cuyas hijas pasaban por ser las más hermosas del pueblo. A veces jugaban a las cartas y tomaban un vermú que, según mi tío más joven, Hipócrates recetaba como un eficaz  remedio para la enfermedad de la melancolía; otras veces cambiaban de tema al vernos llegar- en esos momentos, el Petiso siempre reprimía una carcajada-y a mí me gustaba cuando discutían sobre tango.

               Mi tío mayor era el más sabía, y el único que defendía a Piazzola, apellido que los demás censuraban. A pesar de su aspecto severo y pausado, era el que tenía la mente más fresca, libre de todo tipo de perjuicios, una naturaleza de artista con un fuerte deseo de independencia, que siempre encontraba algo de valor real donde nadie lo había advertido hasta que él lo hacía notar. Floreal Ruiz, Héctor Mauré, Jorge Durán, Chola Luna, Osmar Maderna, Julián Plaza eran los nombres que yo me grababa a fuego para luego escucharlos en el radio tocadiscos Kolster Oklahoma que estaba en la habitación principal de la casa.

También me gustaba que contaran cosas que según ellos nadie sabía, que habían averiguado por parientes directos o amigos íntimos de las estrellas, como por ejemplo que las mejores composiciones de Julián Plaza eran inéditas porque su esposa, una mujer muy celosa- pero evidentemente con un exquisito gusto musical- no se las dejaba ejecutar, o que Rodolfo Biagi se daba la biaba con tintura para el cabello perfumada al agua colonia La Carmela, que se vendía en el pueblo en unos frascos de vidrio blanco con tapón de goma y una admonición impresa sobre la etiqueta roja: “Úsese con cuidado”.

Por las noches era frecuente cenar torrejas, porque la nonna no despreciaba nada, y un postre exquisito que consistía en remojar el pan que se iba endureciendo con leche y ponerlo al sartén cubierto con miel; un recurso que mi abuela llamaba “niños pobres”. Después sacábamos unas sillas a la vereda, para tomar “el fresco”, hasta que el sueño nos vencía.

Al día siguiente solíamos despertarnos con el sonido de la bomba de agua, que extraía del pozo blandos chorros  refulgentes bajo el enrejado de vides, y la rutina recomenzaba, aunque para un niño lo mismo nunca es igual.

Hasta que llegaba el mediodía, el almuerzo, y el inexorable secuestro de las zapatillas. Yo solía usar unas sandalias de plástico flexible, blancas y eternas. Me acuerdo de la propaganda: “Tenía un problema y hallé la solución/con un calzado Skippy de larga duración. / Es fantástico, es elástico, es de plástico, / es calzado Skiiiippy”.

La siesta era sagrada. Cuando la nonna se despertaba por la mañana, todavía no había aclarado. Y para nosotros,  la hora de la siesta, encerrados en una casa con las persianas veladas, era una verdadera tortura.

Después de haber intentado convencernos, de castigarnos, de prometernos los peores males del infierno, sin lograr que no nos escapáramos, las mujeres del barrio entero se pusieron de acuerdo en esconder nuestras zapatillas hasta las cinco, confiadas en la casi incandescencia del suelo durante esas horas cortantes. Todas se parecían, jóvenes y mayores, a mi nonna y dormían esas horas con la entrega y la profundidad simple y gozosa que provoca el cansancio físico.

De modo que se trataba de tirarme en el piso fresco de baldosas del cuarto donde estaba el Kolster Oklahoma, hacerme el dormido y esperar a que los primeros ronquidos me dieran alguna valentía.

Salía entonces al resplandor de la vereda, que me mostraba los colores más tersos o intensos, porque eran los colores de la libertad condicional, miraba a los costados, a la plaza vacía con sus rosales sus tilos, sus morenas y el templete en el centro donde a veces tocaban unos músicos municipales, y corría cincuenta metros hasta el depósito del padre del Dante.

Allí ya me estaban esperando, todos “en patas”: el Dante, Carlitos Audacia, como le decíamos, y el Enzo, a quien mi abuela había sentenciado: “Poveraccio, ¡comm´e babbacio!” (“…pobrecito, ¡qué pavo que es!”). Cuando mi hermana no venía de vacaciones conmigo, éramos cinco.

La bodega tenía dos puertas enormes de madera, e íbamos pasando a través de una hendija para que no chirriaran. El enorme patio de tierra apisonada y arena, donde los carros se estacionaban, era la cancha. Atrás estaba el galpón con las dos tinas donde se almacenaba el vino a granel que vendía al padre del Dante; era un lugar fresco, con un sistema para conservar la temperatura que requería de unos enormes bloques de hielo que traían envueltos en lonas de arpillera. Un olor agrio y dulzón, el olor del vino suelto reposando, anegaba el depósito.

El patio, compartía su copa plateada con el interior y el exterior un paraíso, cuyo frutos, duros y redondos, usábamos de proyectiles para nuestras gomeras, antes que maduraran y se ablandaran. Ver la mitad de esa melena estremecida y agradecida por la luz de enero arrojando sombra sobre la vereda, cuando estaba a metros de llegar a la puerta, me llenaba de una alegría provocativa que jamás he vuelto a sentir. En el otro extremo del patio se acumulaba unos armazones de alambre para colgar las botellas, y el resto era algún lejano alboroto fugaz en algún gallinero, una locomotora errando sobre el terraplén, una avioneta que devanada su cantinela por el azul impávido, y el techo a dos aguas del galpón, como una llegada de luz de cinc.

Jugábamos en mitad de un silencio ardiente como un juramento inconfesable, con una pelota de cuero número tres. Todavía siento bajo la planta del pie el roce áspero y gastado de los gajos rodando sobre la arena, en los tobillos las caricias infantiles de un quite del rival. Jugábamos con la intransigencia de los niños, con una alegría briosa, en una complicidad claustral que nos hacía pecadores sobre una balsa que nos conduciría a todos al castigo o a la redención.

Movernos procurando el sigilo, participar de ese pacto nos hacía mejores a todos, y esa fiesta sólo nos era arrebatada como por un viento taurino y fatal que arrojaba la felicidad a nuestras espaldas cuando calculábamos que ya había pasado demasiado tiempo, y que cada uno tenía que volver a su casa a afrontar el resultado de la huida.

A pesar de algunas preguntas capciosas, y de alguno que otro raspón que atribuíamos a diversas causas, aquello duró dos veranos. Era una aventura minúscula, pero capaz de un extraordinario consuelo. El final llegó, lo supimos cuando el Dante, incapaz de soportar un minucioso interrogatorio, le confesó a su padre el juego en que andábamos, y después de propinarle una paliza, su padre informo todos nuestros parientes. No sé cuál fue mi castigo puntual, pero sí cuál fue el peor.

Como un actor de teatro, que ya conoce su propio futuro, supe instantáneamente que nada nunca volvería a ser igual.  Igual, sólo el paraíso. Ni las casas, ni las veredas, ni la dicha, ni nosotros. Nada ni nadie volvió a ser igual.   

 

 

 

            RAFAEL    BIELSA

el cuento pertenece a su último libro

FUGA Y MISTERIO, que presentaré con el autor

y con Alejandro Fantino, en ROSS

el próximo lunes 1º de septiembre, 19 hs.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-