"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




20 de Agosto, 2008


SANDRA RUSSO

Publicado en De Otros. el 20 de Agosto, 2008, 19:39 por MScalona

                                          

A)      ME   VUELVE LOCA      

Mi marido es psicólogo y psicópata. No es un chiste. Es una pesadilla. Tardé mucho en darme cuenta de que me quería volver loca. Con él la vida me resulta imposible, porque se encarga de hacérmela imposible. Como se decía antes en el barrio, me amarga la existencia. Cuando mis amigas me cuentan sus discusiones de pareja las envidio profundamente. Envidio sus motivos de pelea, sus estilos de pelea, envidio sus gritos, sus portazos, envidio los platos rotos o insulsos que se escupen. ¡Miren las cosas que envidio! ¿Estaré loca? ¿No ven que hasta yo dudo?

Es muy difícil explicar mi relación con Marcelo. Para empezar, jamás hemos tenido una pelea. El no pelea. Calla. Calla obstinadamente. Evita cualquier tipo de roce verbal entre los dos. No quiere confrontarse conmigo. Al principio creí que era un hombre pacífico y extremadamente racional que sentía cierto desprecio por la gente que se deja mecer por sus pasiones, que es incontinente con sus exabruptos, que se rebaja a ese estado alterado en el que dos personas que conviven se convierten en insectos que muestran sus aguijones. Acaté esa costumbre de replegarse ante la ira, porque la ira sobrevino igual, en él en mí, aun sin insultos y sin gritos.

Al poco tiempo de vivir juntos, Marcelo empezó a decirme que yo había dicho cosas que yo no había dicho. Pavadas. Por ejemplo, llego una noche y se sorprendió porque yo había hecho carne al horno con papas. "¿Carne al horno con papas?", me preguntó. Yo no se hacer locro tengo una vaga idea de que es algo guisado que lleva choclo. Le dije que no, que no habíamos hablado de la cena esa mañana. Me miró paternal, sonrió, y me dijo: "No importa, Norita, la carne al horno está muy bien."

Otro día, muy pronto, apareció con los folletos de un barrio privado en Maschwitz. Los hojeé, le dije que era interesante, pero que en ese momento teníamos otras prioridades, que no me parecía conveniente meternos en un crédito. Se sacó los anteojos, me miró fijamente, y dijo: "Ay, Nora, no te entiendo. Hace apenas unas semanas dijiste que una casa en Maschwitz era el sueño de tu vida." Yo tengo varios sueños de mi vida, pero una casa en Maschwitz seguro que no es uno de ellos. Odios los barrios privados. Esa noche Marcelo se quedo un rato acariciándome la cabeza, como si yo fuera una desquiciada con Alzheimer.

Los equívocos siguieron, mientras él y yo nos íbamos tensando: él representaba el papel de estar casado con una demente, y yo sospechaba que él estaba rematadamente loco. "¿Y? ¿No ibas a ir a la peluquería a platinarte el pelo?", me preguntaba, por ejemplo. Yo por supuesto jamás había dicho y pensado hacer una cosa semejante. "¿Cómo te esta yendo en el gimnasio?", se interesaba. "¿Qué gimnasio?" "¿Cómo? ¿No me dijiste que empezaste a hacer cinta fija en el de acá a la vuelta?", se sorprendía, para colmo enseguida, intentaba arreglarla, como cuando efectivamente se trata con un loco: "Por ahí escuché mal, sí, seguro que escuché mal. Últimamente estoy me dio sordo".

Un día me rayé. "¿Y si nos vamos un fin de semana a la casa de tu familia en Mina Clavero?" me propuso para calmarme. "¿Qué casa? Mi familia no tiene ninguna casa en Mina Clavero", le contesté, todavía con la guardia baja. "Ay, Noria si hasta me mostraste las fotos, ¿no te acordás?" Ahí me bajó la ficha y decidí seguirle el juego. "Qué boba, Marce, hace tanto que no voy a esa casa que la tenía borrada. Sí, deja que hable con mis viejos y arreglo todo", le dije. De esto hace dos meses. Por una cosa o otra nunca podemos ir, y es una suerte porque la casa no existe, pero en las sobremesas me pide que le describa el jardín, que le cuente cómo era mis vacaciones infantiles en Mina Clavero, que le hable de los vecinos, que trate de contactar a alguien para que limpie la casa antes de que lleguemos. Estamos en plena guerra psicológica para ver cual de los dos esta más chapa, y por momentos, cuando por ejemplo me pasé tres horas relatándole un verano en esa casa, incluyendo en el relato un intento de violación del hijo del jardinero y la sospecha familiar acerca de un hijo ilegítimo que mi papá tuvo con una cocinera cordobesa lo veo flaquear ya a punto de entrar por el tubo de mis fantasías. No sé qué saldrá de todo esto. A lo mejor me vuelvo loca en serio, o a lo mejor me hago novelista.

B)   ME   VUELE   LOCA    2º

Yo estudiaba arquitectura y él era arquitecto. Era el padre de un amigo mío. Uno de esos padres ambiguos, más hombres que padres. Lo conocía desde hacía un par de años, cuando yo era una nena todavía. Un día nos encontramos en Malas Artes como los últimos cuatro o cinco sábados. Yo sabía que él iba por ahí los sábados al mediodía a comer con un amigo, porque una vez me lo había encontrado por casualidad. Desde entonces, casi sin darme cuenta, fingía otras casualidades y aparecía a eso de las dos de la tarde, con la total impunidad que dan ese tipo de bares a los que la gente puede ir sola sin llamar la atención. En esos lugares los solos siempre parecen a punto de estar acompañados, e incluso sin nunca llegan a estarlo, siempre hay algún conocido con el que intercambian un saludo breve, y uno ya no se siente solo del todo, sino apenas solo en su propia mesa. Al principio fue todo muy natural, muy cómodo, porque él conmigo era muy paternal y al mismo tiempo muy seductor. Y yo me alegraba cuando lo veía.

Quería verlo, solamente eso. Juro que sí. Me interesaba lo que me contaba, me divertía lo que me decía, me entretenía.

Pensé lo más honestamente posible que me calentaba intelectualmente. Hasta que uno de esos sábados, el cuarto o quinto, él vino a mi mesa con un amigo y se sentó a mi lado (hasta entonces, sólo habíamos estado frente a frente). No sé de qué nos estábamos riendo, cuando él, creo ciegamente que sin querer, casi por acto reflejo, apoyó su mano en mi pierna derecha. La envolvió una presión perfectamente descuidada. No fue un toqueteo por que si lo hubiera sido estoy segura de que mi pierna se habría defendido. Fue una presión ligera, masculina en un sentido puro: no leí en ese gesto que él quisiera imponerse y hacerse oír ni demostrarme una relación jerárquica entre géneros. Lo que leí fue que él estaba ahí. Sentí toda la palma de su mano encajarse en mi muslo. Terminamos de reírnos y él retiró su mano, pero mi pierna quedo latiendo y recordando por su propia cuenta, autónoma y febril, esa mano de hombre. El resto de esa sobre mesa transcurrió en un marco en el que no retuve nada. Fue como si el contacto entre la palma de su mano y mi pierna derecha hubiese abierto un picaporte secreto que yo desconocía, y a través de esa puerta se hubiesen despertado otros miles de radares internos que de golpe absorbieron con una sed inagotable su voz, su olor, su pulso, el repiqueteo de sus dedos sobre la mesa, el juego de sus uñas en el llavero, el roce de su codo con la manga arremangada de su camisa amarilla. De pronto el se volvió una presencia adorable, en el sentido más inentendible: comencé  a adóralo sin reservas. Me recosté en la silla, agobioada por tantos sucesos interiores, y de pronto la perspectiva me permitió ver debajo de la mesa sus pies. Era verano. Se había sacado los zapatos. La visión de las uñas de los dedos de los pies me provocó una oleada de calor intenso. El latido de mi pierna derecha siguió su cauce más arriba, y tuve cruzar las piernas y volver a recostarme en la silla y mirarle los pies y perder la conciencia  de todo lo que él, su amigo o yo decíamos, quedarme casi a solas con esa idea de él que empezaba a germinar en mí. Después del café, me propuso ir a ver una obra que estaba haciendo y que quedaba a unas cuadras. En la puerta de esa obra vi sus dedos buscando en su llavero la llave del candado. Entramos. El adelante y yo de atrás. Una obra en construcción es obscena. Es pornográfica. Esta a la vista todo lo que debe ser tapado. Una obra en construcción exhibe de sí aquello de lo que nadie debería ser testigo, eso que las terminaciones ocultaran. El trepo a un primer piso por una escalera precaria, yo me quedé abajo, fisgoneando entre los intestinos de lo que sería muy pronto el nido de alguien. Quedaba algo de olor a sudor en el aire agobiante del mediodía. Una obra en construcción supone fuerza bruta, pero también una delicadeza indescriptible. El estaba en alguna parte del primer piso, yo abajo, abriendo al máximo posible mis orificios para dejar pasar no sólo el vaho extraño que venía del cemento, los ladrillos y la pintura, sino además del rayo que provenía de él. Que un rayo me parta, pensé. En dos, en tres, en las que sea. Que un rayo me ilumine o me oscurezca, Que me deshaga o que me aplaste. Que se lo que  Dios quiera, volví a pensar ya sentada en una viga de madera, abandonada a eso que pasaba, asustada por la potencia imprevista de la vida. No sé si él llegó a darse cuenta de que ya entonces la obra en construcción era yo.     

SANDRA   RUSSO

No sabés lo que me hizo,  p.  66-69

      

el mejor teatro rosarino...

Publicado en Sugerencias. el 20 de Agosto, 2008, 15:17 por MScalona
Carambafiche by you.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-