"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




RICHARD FORD

Publicado en De Otros. el 9 de Agosto, 2008, 23:31 por MScalona

                         

                                     

- Tengo que decirte algo, Frank.

Ann apoya la espalda en la blanca pared, que han pintado hace poco. Me mira a los ojos, las pálidas mejillas tensas y las comisuras de la boca estiradas hacia abajo, lo que indica importancia y no presagia nada bueno. Siempre que dice mi nombre es que se trata de algo serio. Siento que las manos y los labios me empiezan a temblar (espero que no se note) involuntariamente. Lo que menos necesito ahora son malas noticias.

- Estupendo -respondo, con la sonrisa como única defensa. Puede que sea una espléndida primicia. A lo mejor es que se casa con Teddy Fuchs, el amable gigante profesor de matemáticas a quien todo el mundo creía marica pero que simplemente es tímido y ha tenido que esperar  (hasta los sesenta años) a que se muriera su madre, superviviente de los campos de exterminio. Tal vez ha decidido cobrar la renta vitalicia de Charley y marcharse a vivir a Costa del sol. O quizás se le ha ocurrido una nueva y elocuente manera de explicarme lo boludo que soy. De darme la lata con cualquier cosa. Lo que sea, con tal de que no me hable de tratamientos médicos. De eso ya he tenido bastante.

- ¿Te puedo contar una historia? -pregunta. Sigue mirándose los calcetinitos rosas, como si le infundieran seguridad.

- Pues claro -le contesto-. Me gustan las historias. Ya me conoces.

Sus ojos grises se alzan como una flecha, previniéndome en contra de cualquier familiaridad.

-El otro día fui a la tintorería Van Tuyll a ver qué pasaba con una reclamación que les hice sobre unos pantalones que me estropearon con una mancha y que no me habían abonado. Estaba furiosa, y como es ridículo demandar a la tintorería por un par de pantalones, prensé en presentarme allí y causarles alguna molestia para resarcirme un poco. Desde luego no es gente muy simpática.

Llevar un poco de orina de ciervo o quizás soltar una rata por detrás del mostrador. A mí se me han ocurrido esas cosas. Sólo que me ha faltado coraje. No me he movido un centímetro del sitio, bajo los focos que despiden demasiado calor.

-En cualquier caso -prosigue Ann-, cuando fui a la tienda, vi que dentro de la puerta habían pegado una tarjeta mecanografiada que decía: <<Cerrado por la trágica muerte de nuestra hija Jenny Van Tuyll, que perdió la vida el sábado en un accidente de tráfico en Belle Fleur. Tenía dieciocho años. Nuestra vida nunca será la misma. Familia Van Tuyll.>> En realidad tuve que sentarme en el reborde del escaparate de la tienda para no caerme al suelo. Casi me desmayo. Pobre Jenny Van Tuyll. Había hablado con ella cincuenta veces. Una chica de la más agradable. Y esa pobre familia. Y yo que estaba furiosa por mis pantalones de Armani. Resultaba tan absurda. Triste noticia. Pero no tan mala como <<tengo una encéfalo-patía galopante, y probablemente no duraré más de mes>>. Ann baja la vista, luego me mira con los ojos entornados.

-Mala cosa -digo gravemente. Aunque pienso: no puedes sentirlo más solo por culpa de tus pantalones de Armani. Tienen una tintorería. Ni siquiera te habrías enterado si no te hubiera enfadado con ellos.

Ann baja los ojos, grises como el océano, luego me lanza una mirada significativa, en la que está ausente el recuerdo de toda la angustia, la impaciencia y el dolor que ha acumulado conmigo. Un campo de práctica de golf es un extraño sitio para mantener esta conversación. Hemos tenido un hijo que se murió, en el mismo hospital donde hoy han puesto una bomba. Desde luego, no hay necesidad de hablar de eso ahora. Después de la muerte de Ralph, Ann y yo estuvimos mucho tiempo reuniéndonos en su tumba el día de su cumpleaños. Eso fue después del divorcio. Pero acabamos dejándolo.

-¿Te has preguntado alguna vez, Frank, si cuando sientes algo con verdadera fuerza, con tal fuerza que sabes que es verdad, te has preguntado si lo sientes porque ese día en particular te encuentras así y al día siguiente ya no te va a importar tanto?

-Sin duda alguna -respondo-. Y es bueno. Es precioso cuestionar nuestros sentimientos más vehementes, aunque debamos seguir abiertos a la posibilidad de tenerlos. Es como el arrepentimiento del comprador. Un día tienes la impresión de que si no consigues una casa determinada, toda su vida se viene a bajo. Y al día siguiente no te imaginas porqué mierda se te ha ocurrido siquiera. Aunque muchas veces la gente ve una casa, se enamora de ella, la compra, se muda allí y se queda hasta que se la llevan en una caja.

Por algún motivo, estoy sonriendo. Me pregunto si la cámara de video que me enfoca esta funcionando, porque hay algo que me pone nervioso, de modo que me he puesto a parlotear como un locutor de tevé.

Ann se ha quitado de su pelo de matrona y atleta las gafas rojas de sol, y mientras sigue cotorreando, las cierra con mucho cuidado, como si fuera un deber soportar mis palabras.

-Es difícil saberlo

-Sé que ya te lo he dicho, Frank -empieza a decir, dejando con cuidado las Ray-Ban en el asiento del banco junto a ella como medio de callarme la boca sobre el arrepentimiento del comprador-. Pero cuando Charley estaba tan enfermo, y tú viniste varias veces a hacerle compañía  a Yale mientras sus amigos estaban muy ocupados en otra parte, fue algo muy, muy de agradecer. Por él. Y por mí.

Sólo duró seis semanas; luego se fue derecho al paraíso. En medio de su aturdimiento, Charlie me confundía con un tal Mert que había conocido en St. Paul. Me habló unas cuantas veces de su primera mujer y de las importantes regatas de doce metros a las que había asistido, y en un par de ocasiones mencionó al marido de su primera mujer, de quien dijo que era <<bastante agradable>> aunque <<un inútil>>. Le sugerí que aquel individuo probablemente tendría sus buenas cualidades, a lo que Charley, en su cama de hospital, las apuestas facciones desprovistas de animación e interés, me contestó: <<Ah, si, claro. Tienes razón. Soy demasiado duro. Siempre lo he sido.>> Luego repitió otra vez todo el asunto, y al cabo de pocos días murió.

¿Por qué haría yo una cosa así? ¿Hacer compañía al marido moribundo de mi ex mujer? Porque no me importaba. Por eso. Me imaginaba que alguien -un completo  desconocido- hiciera lo mismo conmigo y lo estupendo que sería contar con una persona con quien no tuvieras que <<relacionarte.>> No me apetece volver otra vez a ese tema, sin embargo, y me cruzo de brazos como un cura que acaba de escuchar un chiste inconveniente.

-Aquello me hizo ver algo en ti, Frank.

-Ah.

Evasivo. Ningún signo de interrogación. No tengo intención de preguntar que es lo que vería, porque no me importa.

-En mi opinión, tú habrás dicho que siempre lo habías tenido.

-Puede ser.

-No creo que lo pensara siempre. Quizás cuando éramos jóvenes. Pero dejé de creérmelo en 1982.

Recoge su guante blanco de golf y lo pliega haciendo un paquetito.

-Ah.

-Eres buena persona -declara Ann desde el banco.

-Soy buena persona - le contestó, parpadeando-. Era buena persona en 1982.

-Yo no lo creía -afirma estoicamente-. Pero quizás estaba equivocada.

Me molesta, desde luego, que de pronto declaren que soy algo que he sido y que debería saber una persona que en principio me ha querido, pero como no fue lo bastante lista ni paciente ni tuvo el suficiente interés para descubrirlo cuando eso tenía su importancia, acabó divorciándose de mí y ahora se encuentra sola y es Día de Acción de Gracias y resulta que yo, por casualidad, tengo cáncer. Si esto conduce a una especie de disculpa, la aceptaré, aunque no con gratitud. También podría tratarse de una declaración para despejar el camino antes de anunciar su compromiso con el grandulón  de Fuchs. El vínculo que nos une es bastante raro.

- No sé puede volver a vivir la vida -sentencia Ann en tono de arrepentimiento. Alza la cabeza, me mira y sonríe, como si al decirme que soy buena persona se le hubiera quitado un peso de encima. Los oscuros nubarrones se están disolviendo. Para ella, en cualquier caso.

- Sí. Lo sé.

Una perla de sudor se me escurre del pelo hacia la frente. Aquí dentro hace un calor del demonio. Lo único que quiero es marcharme.

- No sabía que lo supieras realmente -dice Ann.

-Entiendo la sabiduría convencional -le aseguro-. Soy vendedor de casas.

- Claro -dice.

- Claro -repito-. ¿Claro qué…? -Echo una mirada a la Sony en su trípode, útil para mostrar a las jugadoras sus fallos en el swing-. ¿Está funcionando esta mierda de cámara?

Ann alza la vista hacia la cámara negra y no pierde la sonrisa. Hace muchos años que no la veo tan contenta.

-No. ¿Quieres que la ponga en marcha?

-¿Qué es lo que pasa?

Me siento aturdido en este puto horno. Debe ser lo mismo que un sofoco. Primero se siente calor; luego te desquicias.

-Tengo que decirte algo -anuncia, solemne de nuevo.

-Ya me lo has dicho. Que soy buena persona. ¿Qué más? Acepto tus disculpas -que no me ha dado.

-Quería decirte que te quiero.

Tiene las manos a los costados, con la palma apoyada en el banco, como si ejerciera presión para elevarse sobre el asiento. Sus ojos grises me han atrapado con una mirada más penetrante que  nunca.

- No tienes que contestar ni hacer nada -agrega. No sé si es otra vez o todavía. O si se trata de algo nuevo. No creo que importe. Dos pequeñas lágrimas bailan en sus ojos, aunque sonríe. Sudor, lágrimas, y ahora ¿Qué? Ann sopla y se pasa el dorso de la mano por la nariz. Vuelve la cabeza a un lado y se enjuaga los ojos con el canto de la misma mano. Aspira una gran cantidad de aire, lo exhala despacio y prosigue con voz lastimera- : Me he dado cuenta de que fue por eso lo que volví a Haddam el año pasado. No llegaba a entenderlo, pero luego lo comprendí. Y en realidad estaba dispuesta a no hacer nada. Nunca. Quizás sólo quería ser tu amiga y estar cerca de ti. Pero entonces se marcho Rally. Y luego te pusiste enfermo.

- ¿Por que me cuentas todo esto ahora? No es lo que quiero decirte, después de escucharla con la boca abierta. Pero no encuentro las palabras adecuadas.

- Por que fui a la tintorería Van Tuyll, y su preciosa hija había muerto. Y eso era absolutamente irremediable: la muerte lo borra todo. Y pensé que me había inventado un medio de ir hacia ti con el cual podía creer que estaba enfadada contigo tampoco tenía remedio, o como quiera que sea. Pero ese medio también puede eliminarse. Supongo que en lo irremediable hay grados. Amor es una palabra tremenda. Lo siento. Pareces confuso. Simplemente pensé decírtelo. Lamento haberte preocupado- Emite un ahoga sollozo, pero atrapa el hipo en la garganta convirtiéndolo en un pequeño eructo, igual que Clarissa, y concluye-: Lo siento.

- ¿Me dices todo eso porque tienes miedo de que me muera, y de que luego te sientas horriblemente mal?

-No sé. Tú no puedes hacer nada.

Agarra las gafas de sol y se las vuelve a remeter entre el pelo. Busca bajo el banco, saca un par de mocasines marrones y se los pones sobre los calcetines rosa. Mira alrededor del sitio donde está sentada para ver si se le olvida algo, luego se pone en pie bajo la cegadora luz, frente a mí, y dice:

- Mi abrigo está detrás tuyo.

Me vuelvo torpemente y allí está el chaquetón de Ann, colgado en una percha, una fina y corta prenda de abrigo que parece de rayón, de color castaño y brillante forro negro; catastróficamente caro pero expresamente confeccionado para que parezca barato. Lo descuelgo del anticuado perchero y se lo doy. Pesadas llaves se remueven en su bolsillo. Desprende el dulce y pulvirulento olor a perfume femenino.

-Puedes acompañarme al coche.

Sonríe, poniéndose el chaquetón sobre el contacto físico. Abre la puerta de la pista de squash, dejando escapar un soplo de aire. Se da la vuelta, examina la estancia, alarga el brazo por delante de mí y apaga la luz, sumiéndonos en una absoluta oscuridad, en la que estamos más juntos que hace siglos. Me empiezan a temblar los dedos. Se vuelve frente a mí para adentrarse en las sombras del pasillo. Casi le rozo la espalda del suave abrigo. Oigo la voz de un muchacho al fondo del largo corredor. <<Oye, tonta>>, dice la voz, que ríe entonces: <<Jee, jee, jee, jee.>> Se vuelve a oír el eco de un balón rebotando en un entarimado, ¡paf! ¡paf! Se abre la puerta del gimnasio, rechinando y luego se cierra. La voz de una chica dice algo al muchacho: <<No sabes nada del amor.>> Y entonces, lamentablemente, pasa el momento. 

*   *   *

Sólo son las cinco y media, pero ya es plena noche en Nueva Jersey. Nada bueno queda del día. Al cruzar el frío aparcamiento, con luz de color melocotón, Ann camina despacio al principio, pero luego acelera el paso, dirigiéndose resueltamente hacia su Accord. Los globos amarillentos de las curvas farolas de aluminio iluminan el húmedo asfalto pero no dan calor. Salvo por nuestros vehículos aparcados el uno junto al otro todo aquí parece desierto, aunque desde luego nos siguen vigilando. Nada pasa inadvertido en esta parte del planeta.

No hemos dicho nada más, aunque comprendemos que estar callados es lo peor que podemos hacer. Ahora me toca a mí anunciar algo sorprendente y de suma importancia. Añadir algo al conjunto de realidad a nuestro alcance, dar el hachazo al helado mar que nos habita, ñaca, ñac, ñaca, ñac. Aunque de momento soy incapaz de establecer un vínculo lógico entre dos ideas ni de componer el mensaje que necesito transmitir. Se ha introducido algo nuevo y diferente en nuestra relación, pero no sé lo que puede ser. El Periodo Permanente y su seguro a todo riesgo huye en desbandada aquí, en el estacionamiento de la universidad, cuando ya ha dejado de llover.

- Llevo casi un año viviendo aquí -recuerda Ann, caminando a mi  lado con paso decidido-. No puede decirse que me encante Haddam. Ya no. Resulta extraño.

- No –convengo-. Yo también. O, mejor dicho, a mí tampoco.

- Pero…

- Pero ¿Qué?

Hemos vuelto a nuestra anterior personalidad, obstinada, justificable. Preguntar <<¿Qué?>> no significa nada.

- Pero nada.- Saca el tintineante manojo de llaves del bolsillo de arriba del chaquetón y las toquetea junto al coche. Así era cuando íbamos a la tumba de Ralph el día de su cumpleaños en primavera: una paz negociada de poca consistencia y duración, que no agradaba a nadie, ni siquiera un poco. Y entonces dice-:

- Supongo que debería añadir algo más.

Hace frío. Las nubes acechan alrededor del cerco de la luna. Tentado estoy de ponerle la mano en el hombro, en apariencia para darle calor. Va vestida para jugar al golf  después de todo, con esta temperatura otoñal.

- Claro.

No le paso la mano por el hombro.

- Todo eso que dije ahí adentro. –Callada, tímidamente, se aclara la garganta. Me viene el olor de su pelo, aún con efluvios de cálida madera y algo ligeramente ácido-. Lo he dicho en serio. Y además, volvería a vivir contigo; dondequiera que vivas, si tú quisieras. O no.- Emite  un pequeño y serio suspiro. Se acabaron las lágrimas-. Ya sabes que los padres que han perdido un hijo son más propensos a morir antes de tiempo. Y la gente que vive sola también. Es una combinación explosiva.

Para los dos, quizás.

- Eso ya lo sabía.

Todo el mundo consulta los mismos estudios, lee los mismos periódicos, manifiesta los mismos temores, concibe las mismas soluciones obsesivas, poco prácticas. La inteligencia no nos ofrece explicación para lo nuevo. Sólo que yo no encuentro eso desalentador. Es como leer estadísticas sobre el cáncer una vez que te lo diagnostican: dan ánimo sin fundamento de futuro, como consultar los resultados de los partidos del día anterior. La desgracia quizás no quiera compañía. Pero el desánimo seguro que no.

- ¿Quieres venir a casa el jueves y pasar el Día de Acción de Gracias conmigo? ¿Es decir, con nosotros, con los chicos?

Con cegadora rapidez salen de mis labios esas palabras mal concebidas, ocupando su justo lugar entre las demás cosas mal concebidas que he dicho en la vida. Ann desbloquea el coche pulsando la llave y abre la puerta. Un olor a limpio, a vehículo nuevo, irrumpe en el aire frío. En el interior, tenuemente iluminado, se oye un metálico tintineo.

Ann me da la espalda, como para poner algo adentro del coche -aunque no lleva nada en la mano-, luego se vuelve, la cabeza gacha, la vista fija en mi pecho, no en mi (horrorizado) rostro.

- Eres muy amable.- Sonríe débilmente: a lo June Allyson, otra vez. Tin, tin, tin. No se trata de la invitación que ella esperaba, sino de un pobre sucedáneo; pero aún así…-. Me parece que me gustaría -declara, afianzando la sonrisa. Una sonrisa que hace un siglo que no veo. Tin, tin, tin.

Y justo entonces, como cuando de niños estábamos con fiebre en la cama a altas horas de la noche, todo retrocede de pronto a una gran distancia y se empequeñece. Amortiguadas voces hablan por un  tubo acolchado. Ann, a no más de medio metro, parece estar a centenares de kilómetros, su tintineante  Accord apenas visible a su espalda. El tintineo, tin, tin, tin, parece llegar de estrellas recién descubiertas en lo más alto del cielo.

- Que bien dice su lejana voz.

Ann me mira a la cara y sonríe. Ahora no sólo mantenemos una relación diferente sino que nos encontramos en planetas distintos, comunicándonos como robots.

- Tendrás que indicarme el camino, supongo.

- Claro -contesto robóticamente, mejillas y labios contraídos en robótica sonrisa-. Pero ahora no. Tengo frío.

- Hace frío -confirma ella, con la llave de contacto en la mano-. ¿Cuándo llega Paul?

- ¿Qué Paul?

- Paul, nuestro hijo.

Tin, tin.

- Ah.

Todo me golpea con fuerza, la noche me da un puñetazo en la nariz. Sonido real. Invitación formal. Desastre auténtico, amenazando.

- Mañana, supongo. Está de camino.

Por la razón que sea, pienso decir camino para que rime con destino, palabra que no pronuncio.

-¿Es nuevo ese anorak?-pregunta-. Me gusta.

- Sí. Es nuevo.

Estoy perplejo.

- ¿Te encuentras bien, Frank? -inquiere, clavándose la mirada.

- Sí -contesto-. Solo que tengo frío.

- Hay un montón de cosas de las que no hemos hablado.

- Sí.

- Pero quizás lo hagamos.

               Y en lugar de cruzar el abismo de los años y darme un ósculo en la helada mejilla con sus labios fríos, Ann me da tres palmaditas en la hombrera del anorak  -plaf, plaf, plaf- como una chica vestida de amazona acariciando el lomo de un jamelgo viejo con el que acaba de dar un paseo  agradable pero no especialmente lleno de acontecimientos.

- Paul viene mañana a cenar a mi casa. Invité a Clary, pero se negó a venir, claro. - Igualmente hípica y señorial, su sonrisa y su voz. Hora del cepillado y el saco de comida en el morro.

Tin, Tin, Tin-. Nos vemos el jueves para comer.

- Vale.

- Llámame. Tienes que explicarme cómo llegar hasta allí.

- Sí. Claro. Te llamaré.

Tin, Tin.

           Me mira como diciendo. Sé que podrías caerte muerto ahora mismo, pero vamos hacer como si no fuera así y todo irá perfectamente, ¿eh, tío? Y de esa manera logramos decirnos adiós.

                                             

                                                        

                                                        

                                                        

                                                        

de la novela ACCIÓN DE GRACIAS, Ed Anagrama, p. 238-242

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-