"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




more Lamborghini

Publicado en De Otros. el 3 de Agosto, 2008, 12:05 por MScalona


EL  SOL

 

Mi pobre y querida madre había sido siempre una eximia artista del disimulo pero, en aquellos días, logró la perfección. O casi. Porque, a decir verdad, nada es perfecto tratándose de seres humanos y mi pobre y querida madre era, después de todo, un ser humano. Bien, en aquellos días-días en los que estuve permanentemente junto a su lecho de enferma terminal, irrecuperable-lo comprobé muy de cerca: su modelo de simulación presentaba grietas, hendijas, a través de las cuales yo, el simulador de su hijo, atisbaba. Y veía el derrumbe. Es inútil, no hay perfección y, en todo caso, la verdad de lo presuntamente perfecto es su propia caricatura. Si, toda perfección es presunta. Fue la nuestra, llegado ese momento, una relación compleja, difícil. Una relación, diría yo, que entró en crisis después de tantos años de guardar la basura bajo la alfombra; el desenlace de una larga payada de simulaciones de toda la vida: desenlace, si se quiere, explicable pero, por lo que se verá, no menos brutal. En aquella solitaria casona junto al mar sucedieron cosas, y hechos, que hacen a la sustancia misma de este relato, cosas y hechos que lo irán tensando progresivamente o casi, hasta el final: hasta la decisión final que el septuagenario hijo, el que les está hablando también enfermo terminal (sidoso y travesti) tomara, luego de haber sido transportado a los Cielos, ya de vuelta. ¿Cómo contárselo? ¿Cómo superar la angustia indecible que me sobre coge de sólo pensar en hacerlo? Pero lo intentaré. Postrada en su lecho, allí estaba ella, simulando querer vivir cuando, en realidad, luchaba para no morir, para durar, algo que es muy diferente, lo opuesto, a mi entender. Durar, prolongándose hasta el borde mismo de la otra Orilla que ella, en sus delirios, confundía con Colonia, Uruguay. Durar  hasta no saber, ni ella misma, si tal vez estaba muerta o tal vez estaba viva soñando que estaba muerta en un entresueño eterno entre ésta y la otra Orilla. O Banda. Allí, postrada en su lecho terminal, ella era como una civilización que emitía su canto del cisne frente a quien-yo, su hijo terminal-pugnaba con todos  los medios a mi alcance por acabar con su hegemonía, mientras simulaba asistirla como lo hubiera hecho el más ejemplar de los hijos. ¡Oh decadencia de las civilizaciones que también mueren! Esta civilización postrada,  rugosa como una pasa de uva, boqueaba. Esta anciana ruinosa, descascarada, pretendía-así y todo-continuar durando. Mi madrecita. Odio fóbicamente a los artistas del arte por el arte. Y, en mi opinión, el arte de mi madrecita-querida y pobre- se inscribía dentro de los más rigurosos cánones de dicha estúpida estética. Artepurismo. El cómo antes de qué. El qué: para mi madre, durar y durando llegar a la otra orilla (Uruguay) en alas de un eterno entresoñar. Pero el cómo, sospechaba yo, era para ella lo más importante. Artepurismo. Su cómo: la forma delirio. La forma, esa forma, que fuera el continente de su entresueño de transición sin fin entre la una y la otra Orilla. O Banda; en pocas palabras: que le diera forma. O, al menos, eso pensaba yo, por distintas razones y sinrazones que me plateaba frente a la cuestión. Y aún por detrás. Y a sus costados. Pero, téngalo por seguro, no estoy loco. Por ejemplo, puedo demostrarles que mi madrecita no eligió bien la forma; lo verán enseguida. Y pueden creerme a pie juntillas,  que a lo largo de mi ya larga vida que nunca he sido internado en un manicomio. Aunque he curioso, digamos. Manicomios como fachadas dentro de los cuales vivían tipos que impresionaban como fachadas. Soy Napoleón. Es decir, soy una fachada de Napoleón que, a su vez, fue una fachada de Napoleón. ¿Qué es locura? ¿Qué es cordura?, no creo que ya, a mi septuagenaria edad, se haga la luz en mi cerebro respecto a esta cuestión crucial cuya elucidación considero que es impostergable- y más en estos tiempos- para que la humanidad pueda continuar su marcha libre de Napoleones. El estado de fachada, y me atrevería agregar, desde sus orígenes, define la naturaleza del hombre que detrás de su fachada (O facha) sigue preguntándose quién es mientras simula se lo que no sabe si es. Pero, habrá que admitirlo, nunca como ahora la simulación fachadesca había alcanzado tan alto grado de generalización. Y mi madre y yo, hay que admitirlo también, no podíamos ser la excepción: sólo que estábamos en una situación critica. Y en las situaciones críticas, lo sabemos, toda problemática se exacerba y muestra, en fascie aguda, lo que ha llegado a considerarse habitual dentro del orden establecido. Parecer en vez de ser: este axioma domina la vida pública y privada. ¡Tiempo de actores! Las veis postrada en su lecho terminal. Piel y huesos. La veis consumida y consumiéndose. La veis mirándome con mirada distante. Su cabeza jibarizada  por su ya larga agonía  es una calavera forrada de apergamina epidermis que se aconchaba hacia lo hondo de las órbitas. Desde ese hundimiento propicio ella finge distante indiferencia. Pero yo atisbo. Sus ojillos espíenme. Me estudian, Ponéme el Sapolán. Sorprendido mientras atisbaba. Haceme una friegas en los brazos. No puedo más  del dolor. Finge, pero puede más. ¿No puede más? Atisbo. Espía. ¿Así mamá? Finjo. ¿Así? Sí, algo me calma. Ponéme. Atisbo. Sigue fingiendo. ¿Finge? No puedo más. Puede más. Seguí. Sigo hasta que algo surgido de la cloaca de mi mente me impide continuar. Vomito. ¡Algo! Ella no ha dejado de espiarme y de estudiarme ni por un solo momento, aún en el momento en que vomitaba. Toda una civilización descascarándose, desmoronándose, Pero sin dejar de vigilar a su enemigo que simula ser su amigo. Ahora la atisbo yo a ella. Mi pobre y querida madrecita. Amuecada. Boca torcida por la mal colocada dentadura postiza. Torciéndole los labios escamosos. La veis. ¿La veis? Yo al veo y la atisbo como una ruina pronto a hacerla sucumbir del todo. Las civilizaciones también mueren o deben morir. Porque civilización es simulación.        

                                        

Op. cit.  p. 162-4

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-