Aquel 23 de diciembre la radio
arrancó a las 6:00 AM. En rigor, nada muy diferente a otros días. Según el
locutor, grave, la crisis Estados Unidos – Corea por los misiles nucleares
entraba en una fase definitoria. Después ratificó que eran las 6:07. Primero
clavó la vista en el ventilador de techo que apenas podía en su lucha con el
aire húmedo del incipiente verano. Estuvo unos minutos así, hasta que se sentó
en la cama mientras forzaba sus entrañas y dejaba escapar un ruidoso pedo. Se
rascó los tobillos y volvió a fijar la vista. Ahora, en las manchas de humedad
de la pared. Memoria de la inundación. Un metro y medio de agua. Fresca todavía
la imagen de la heladera flotando en la cocina, amarrada por el enchufe. Lo
poco que le quedaba de esperanza escurriendo por la cañada rumbo al Coronda.
Con las palmas de sus manos hacia abajo golpeó sus muslos. Se puso de pie.
Desnudo caminó hasta la galería. Orinó intentando hacer blanco en una mata de pasto
amarillento. La humedad y el gris le dieron la sensación de que el cielo estaba
un poco más bajo, más cerca. Pero ya no creía en nada, de manera que la
percepción lejos estuvo de tener algún significado religioso. En todo caso, la Cañada tenía un aspecto un
poco más pálido que el habitual. Sin más remedio callado apuró unos amargos. La
radio seguía despachando calamidades acerca de Estados Unidos, Corea y los
misiles. Le produjo el mismo efecto que el empate de Deportivo Riestra con
Yupanqui. Malhadadas circunstancias lo habían convertido en un bárbaro. ¿En qué
podía afectarle la crisis de los misiles? ¿En qué podía cambiar su vida? El
ruido del mate vaciándose fue lo suficientemente poderoso como para inhibir
cualquier intento de involucrarse con el mundo que, ahí afuera, acechaba. Recordó
que esa tarde, después de preparar la última tanda de lechones navideños, iría
a ver a la Norita,
su esposa. Ultimo anclaje al mundo de los afectos aunque las cosas no marcharan
bien. Ella, aun, era un aceptable soporte. Hasta pensó que podría brindarle un
sosiego, temporario, a su compulsión por masturbarse. La recordó, la imaginó,
desnuda. Salió de la casa y caminó hacia el galpón donde los que iban a morir
esperaban su irrevocable destino. Desfasado, su cerebro comenzó a bombear
sangre al pene. Bajó la vista. Tuvo que dejar caer la camisa por fuera de la
bermuda, alguna vez un pantalón de traje. Su peón, El Tuerto, ya lo esperaba.
Ni se miraron. Entró al cuadro donde cincuenta lechones se aplastaban,
desesperados, contra el lado opuesto. Diez de ellos no verían el final del día.
Uno, en particular. Un negro fajado, hermoso animal de quince kilos, muy bien
conformado, cuartos traseros perfectamente redondos que se le había escapado en
un par de oportunidades. “Hoy te hago cagar hijo de puta”, murmuraron sus
labios. Tanteó el cabo del cuchillo, atrás, en la cintura. El lechón, ojos desencajados
por el pánico, recurrió a todas las tácticas a su alcance para esquivar a la
muerte, que en forma de bestia erguida se le abalanzaba, que resbalaba en la
bosta, que caía, que volvía a levantarse. Hasta que pareció comprender que ya
no tenía caso seguir y se quedó inmóvil, su trompa clavada en un rincón, la
vista fija en el ángulo formado por las paredes grises. Ni siquiera agitó las
patas cuando la furia asesina, tapada de mierda, lo agarró por atrás y lo
arrastró hasta fuera. “Negro tenías que ser” vociferó desquiciado mientras lo
aseguraba al piso de hormigón clavando su rodilla contra las costillas del
pobre cerdo. No podría asegurarse quien respiraba más agitado. Aprestó el cuchillo
mientras clavaba la mira en el cogote del condenado. Una estocada certera, así
debía hacerse. La sangre escaparía a borbotones junto a un ronco, postrero
quejido. Algunos decían que parecía el grito de un bebé. Eso no lo preocupaba.
Y fue entonces que sintió la voz del Tuerto:
-¿Hace mucho que no lo ve al Gerente
de la Cooperativa?
Ese turro pensó. Lo tenía agarrado de
las pelotas. Le había fiado maíz para los animales, después plata. Ya se había
quedado con su camioneta. Y ahora estaba a punto un terrenito en el pueblo. Lo
único que le quedaba fuera de la
Cañada.
-¿Qué le pasa a ese conchudo?,
preguntó mientras su mano izquierda atenazaba las orejas del animal, que lo
miraba, ya calmado en la inevitabilidad de los próximos segundos.
Y mientras el cuchillo ya iniciaba el
viaje hacia la yugular de la pequeña victima ofrendada a la navidad, volvió a
oír al Tuerto que hincado atrás suyo, la boca a la altura de su oreja, le decía
“Se la está cogiendo a la Norita”.
Y en ese tan corto lapso de tiempo, el cuchillo, su recorrido levemente
descendente, la confesión, a él no le quedó ninguna duda que el lechón negro
fajado, sardónico, sonrió. Recién después llegó la sangre…
"estudiar economía es aprender a no dejarse inducir a error por los economistas"
JOAN ROBINSON.- Economista Inglesa.-
Autores
Lorena Aguado, Carlos Bagnato, Tomás Boasso, Ma.Paula Cerdán, Susana Crosetti, Gabriela Gervasoni, Carlos Descarga, Pablo Javkin, Analía Lardone, Verónica Laurino, Mario Armas, Lilian E. Marín, Marcelo Scalona, Daniel Valdez, Roberto Vince, Omar Maya, Juan J. López Puccio, Pilar Almagro Paz, María Laura Isaia, Laura Corti, Adolfo Villatte, Luciano Galimberti, Nicolás Doffo, Mirta Pujol, Celeste Galiano, Ramiro García, Fabián Trovatto, María L. Martínez, Pablo Castro, Alicia Catania, Silvia Tombolini, Iberia Oñate, María S. Barta, Roberto Frangi, Fernando Sauro, Melisa Sánchez Ramski, Gabriel Bortnik, Sergio Ballatore, Gonzalo Ruzafa, Mabel Savarino, Clara De Luise, Soledad Ayarza, Mariano Aliau, Sandra Fabi, Martha Corsalini, Alejandro Caponi, Lorena Lucero, Carolina Musa, Laura Oriato, Ivana Simeoni, Mirta Guelman, Francisco Kuba, Alejandro Parolín, María. V. Elizathe, María C. Cerutti, Claudio Berón, Silvia Cerejido, María C. Gamallo, Susana Paganini, Celina Russo, Patricia Barchesi, María Torriglia, María De Buono, Yanina Pietromica, Billy Boldt, Carolina Eguren, Teresa Barrios, Carlos Santini, Patricio Magnano, Norma Pérez.-