Catarsis
Publicado en Nuestra Letra. el 3 de Julio, 2008, 12:41 por Saty|
Debería saber cómo manejar esta situación. No es la primera vez que me encuentro en este estado. Y cada vez me digo, “no te adelantes, esperá los resultados”. Como si fuera fácil. Modificar la ansiedad, cerrar los ojos y hacer como que no pasa nada. Seguir con la rutina. Controlarme para no caer en la desesperación. Unas horas más y ya todo habrá pasado. O recién comenzaré, como la vez anterior. No importa, anoche pude dormir. El rivotril hizo efecto rápido. No sentí nada. Ni cuando llegaron los chicos. Me cuesta dejar de visualizar las imágenes que vendrán si me dicen que es malo. Otra vez los estudios, la operación, la espera de dos semanas antes de saber si los bordes estaban limpios, las interminables sesiones de rayos.
No logro recordar el nombre de la técnica que me daba la bata y me decía que me acostara una vez que estuviera lista. Sí sé que tenía un nombre raro. Y de lo que estoy segura es que la bata tenía el nº 13, porque el primer día yo pensé “debe ser el de la suerte”. Me juré que era el de la suerte porque de otra manera me hubiese vuelto loca. Rayos y encima mala suerte. Creo que era Avelina, sí estoy casi segura que así se llamaba. ¿Estará todavía? La verdad es que a pesar de su carácter enérgico, tenía buena onda la mina. Es que si no tenés ese carácter no podés trabajar en ese lugar. Viendo cada quince minutos un nuevo caso. El peor fue el de ese muchacho ciego al que siempre acompañaba alguien. Dicen que tenía tumores en la cabeza que no eran operables y le habían provocado la ceguera. Cada vez que él salía, me tocaba el turno a mí. Y al mirarlo, tan joven y tan bello, me preguntaba “¿Por qué a él?”, si hay tanta gente de mierda en este mundo que anda vivita y coleando y jodiendo a los demás. Y entonces mientras me desvestía, apagaba el celular y me colocaba la bata nº 13, pensaba lo mío es una pavada comparado con lo de él. Pero hoy no logro pensar que es una pavada. Estoy aterrada. Y no quiero que se den cuenta.
Parecerá ridículo pero lo más feo era cuando me quedaba sola, sin poder moverme y únicamente escuchaba el zumbido de la máquina. No eran más de cinco minutos, pero a mí me parecían eternos. Trataba de pensar en algo lindo, pero el maldito zumbido me desconcentraba. Y por fin, el silencio y Evelina que entraba para ayudarme a levantar de la camilla tan fría. “Hasta mañana” decía. “Chau, hasta mañana”. Ese era el mejor momento. Vestirme, salir casi corriendo sin mirar la sala de espera para no bajonearme, subir al auto y prender la música con un cd de Sabina o Maná. Volver a casa. Cuando agarraba avenida Francia ya casi ni me acordaba de dónde venía. “Por el boulevard de los sueños rotos “ y el español que parecía que me hablaba a mí. Cambiaba. Esa era un poco triste. Mejor la de la tres mujeres, que no me acuerdo cómo se llama. Me hace reír este barbeta. La parada en el semáforo de Salta, que siempre estaba en rojo, como para darme tiempo a mirar los títulos de las revistas del kiosco. Y después, lo mejor de todo. Un giro de mis ojos a la derecha, para ver si en el auto de al lado había alguien interesante, siempre había, que me mirara como mujer, total vestida como estaba, ni él se daría cuenta que yo me sentía mutilada. |
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